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Pensamiento Crítico

Los niños de Chernobil en Cuba: Una historia no contada

Por Maribel Acosta Damas | Cubadebate | 24 Junio 2019

Un día de 2011, la creadora visual peruana Sonia Cunliffe visitó el balneario de Tarará. Llamó su atención niños calvitos bañándose en la playa. Preguntó quiénes eran y le respondieron: los niños de Chernobil. Ella quedó impactada, pero en aquel entonces no supo nada más.

Luego en 2015, el azar hizo que nos conociéramos y me preguntó si yo conocía sobre aquella historia. Le referí lo que guardaba en mi memoria. Ella insistió en querer hacer una exposición sobre el tema y me pidió colaborar con la investigación. Dudosa acepté. Hoy le agradezco infinitamente.

Mi hermano médico me dio el primer contacto: el Doctor Julio Medina y él me condujo a otros médicos, pacientes traductores, centros de investigación, Centro de Higiene de las Radiaciones de Cuba y hospitales; los archivos de los periódicos Granma y Juventud Rebelde me abrieron las cajas y los diarios; colegas me entregaron archivos fílmicos y así de puerta en puerta y durante un año completé la investigación que sirvió de base al proyecto de exposición que ha tenido éxito en más de un país; una de las experiencias profesionales más hermosas de mi vida.

Aquí comienza la historia…

Algunos años después de la explosión del cuarto reactor de la Central electronuclear de Chernobil, la entonces URSS solicitaba al mundo auxilio para atenuar la huella de la explosión nuclear en su población, fundamentalmente infantil. Cuba mostró su disposición inmediata. Sin embargo, no fue así en muchos países del mundo desarrollado, cuya ayuda fue generalmente exigua comparada con la demanda y urgencia de la catástrofe.

Un día de 1989, el entonces Secretario General del Komsomol o Juventud Comunista en Ucrania, Anatoli Matvienko, en una recepción oficial se dirigió al Cónsul cubano Sergio López y le mostró su preocupación por el estado de los niños ucranianos después del accidente nuclear de Chernobil.

Contó Lilia Pilitay en La Habana al periodista Julio Morejón de Juventud Rebelde (hay que decir, que hasta donde sabemos, Lilia Pilitay sigue siendo una leal amiga de Cuba y partidaria de reabrir el programa humanitario) que luego de las consultas con la dirección del país, con Fidel específicamente por la delicada tarea, inmediatamente se desencadenó todo el proceso de lo que después sería el programa humanitario. De hecho, por la rápida gestión de Sergio, en el Komsomol ucraniano se hizo popular la frase "Trabajen como Sergio".

Y según narra el Dr. Julio Medina, quien fuera director del programa en la mayoría de los 21 años de su duración, el Ministerio de Salud Pública de Cuba creó una comisión de especialistas en hematología, oncología, endocrinología, clínicos y otras especialidades, que envía a Ucrania. Una vez allí, en contacto con las autoridades de salud de ese país y con la ayuda del Komsomol, los médicos comienzan la exploración de la situación, organizan consultas y emprenden el trabajo en el terreno con los pacientes que necesitaban atención médica urgente. Se seleccionan los más enfermos, el primer grupo.

Así se organiza el primer vuelo a Cuba de 139 niños, muy enfermos, fundamentalmente de problemas oncohemtológicos. Llegan a La Habana el 29 de marzo de 1990 a las 8 y 46 de la noche en un vuelo de Aeroflot. El propio Fidel los recibió en la escalerilla del avión y ya estaban preparados los hospitales pediátricos Juan Manuel Márquez, William Soler y el Instituto de Hematología para recibirlos.

Esa misma noche da inicio la preparación de un programa que fuera capaz de atender al mismo tiempo a miles de niños y niñas de las regiones más afectadas en Rusia, Bielorusia y Ucrania.

¿Cómo se organizó el programa para la atención en Cuba de los niños de Chernobil?

En 1990 el Doctor Carlos Dotres era el director del hospital pediátrico William Soler. Cuando la epidemia del dengue hemorrágico ocurrido en Cuba en 1981, que tuvo un elevado impacto en la población infantil, Dotres colaboró de manera decisiva a la organización de un programa de atención masiva a los niños y niñas víctimas de la epidemia.

En la ciudad de los Pioneros José Martí de Tarará se atendieron 75 mil niñas y niños cubanos con el propósito de suministrarles tratamientos inmulógicos con interferón. A partir de esta experiencia, se le pide al Dr. Dotres su contribución a la creación de un programa integral que fuera capaz de atender a 10 mil niños y niñas impactados por el accidente nuclear de Chernobil, en el mismo Balneario de Tarará al este de La Habana.

Para la creación del programa se tuvo en cuenta no solo a las niñas y niños enfermos, sino su presencia en lugares contaminados con impactos notables en el agua, los alimentos y el medio ambiente en general. Tres repúblicas de la antigua URSS fueron las más afectadas por su cercanía a la zona de la catástrofe: Rusia, Bielorrusia y Ucrania; fundamentalmente esta última, con la característica de que había poco yodo en el agua que consumía su población.

De este modo, las tiroides – sobre todo en la población infantil- eran glándulas ávidas de consumo del yodo radioactivo liberado al ambiente por la explosión nuclear.  Así se prevé que enfermedades derivadas de las tiroides serían las de mayor incidencia a lo largo de los años. La atención posterior confirmó esta aseveración médica.

Desde este punto de partida, equipos interdisciplinares cubanos comenzaron a estudiar e investigar sobre un tema del que Cuba no tenía experiencia. Entre los elementos conclusivos para la atención a esos pacientes estuvo el hecho de que si le lograba sacar a la población de un medio contaminado a un medio limpio, el organismo tenía posibilidades de recuperarse de manera más rápida.

El Doctor Carlos Dotres, quien entre 1995 y 2002 fuera Ministro de Salud Pública de Cuba,  confirma que el programa se elabora con dos objetivos generales: tratar a los niños y niñas enfermas como consecuencia de la catástrofe y, a su vez, traer niños y niñas a un área limpia que pudieran ser observados y estudiados para ofrecer un diseño de atención que diera lugar a seguimiento médico en sus países de origen.

El programa se trazó, además, otros objetivos como caracterizar clínicamente a todos los niños y niñas; se clasificaban desde el sitio de donde provenían por médicos cubanos y de los países involucrados. Se dividieron en cuatro grupos: los muy enfermos que venían directamente a los hospitales e institutos médicos y de investigación. Un segundo grupo tenía en cuenta el impacto psicológico elevado que derivó en enfermedades llamadas psicosomáticas como soriasis, alopecia y otras. El tercer grupo no presentaba síntomas complejos y el cuarto grupo estaba clasificado como de niños y niñas relativamente sanos.

En un principio, en Tarará se crearon condiciones de camas hospitalarias para 350 niños y niñas. Se establecieron áreas especializadas de acuerdo con las enfermedades que presentaban y médicos y enfermeras permanecían con ellos de manera permanente.

Se diseñaron también servicios estomatológicos especializados a partir de hipótesis sobre la incidencia de las radiaciones en la proliferación de caries y otras enfermedades bucales; un alto índice de niños y niñas presentaba caries. A todos se les midieron las radiaciones con que llegaban en el Centro de Higiene de las Radiaciones de Cuba y luego de los resultados se determinaba si había que realizar estudios genéticos.

En Tarará se creó un sector para los niños y niñas que requerían de tratamiento de histoterapia placentaria para la caída del cabello y la soriasis, que dirigió directamente el Dr. Carlos Manuel Miyares Cao, creador de una veintena de productos para atender estas patologías y otras como el vitiligo a partir de la placenta humana. A los niños y niñas se les implementó, además, un programa de atención psicológica.

En cada grupo que llegaba venían médicos y maestros de sus países pues en Tarará se organizaron también las condiciones para que continuaran estudios. Por cada diez o quince niños venía un guía y a los más enfermos les acompañaba su madre o padre.

Cercano a los hospitales donde permanecían internados los más enfermos, se acondicionaron viviendas para que sus familiares permanecieran cerca; sobre todo aquellos que continuaron hospitalizados por largos periodos, incluso años. Este programa tuvo diferentes etapas y se concibió y realizó por 21 años de manera gratuita.

En marzo de 1990 llega a Cuba el primer grupo de niños y niñas de las áreas afectadas por la explosión del cuarto reactor de la Central Electronuclear en Chernóbil.  Ya en julio de ese mismo año, con el trabajo voluntario de miles de cubanos, en el balneario de Tarará se habían recuperado casi todas las instalaciones para el recibimiento masivo de niñas y niños de Rusia, Bielorrusia y Ucrania.

Desde un primer momento, el Ministerio de Salud Pública de Cuba rectoró y dirigió el programa y se involucraron todas las instituciones de salud y centros de investigaciones de la capital, dadas la magnitud y complejidad de este y el difícil periodo que comenzaba para Cuba luego de la desaparición del Campo Socialista y la desintegración de la URSS en 1991.  Toda la sociedad, de uno u otro modo se involucró en voluntariado que contaba con traductores, profesionales de disímiles sectores y el propio sistema de educación cubano.

Por ejemplo, el Ministerio de Comunicaciones garantizaba la comunicación telefónica de los niños y niñas con sus familiares en sus países; el Ministerio de Transporte apoyaba en el traslado de los pacientes hacia los hospitales, centros médicos y excursiones como parte de su rehabilitación psicológica. En coordinación con el Ministerio de Cultura se organizaban actividades culturales en Tarará que llevaran alegría a los niños y niñas que vivían allí.

Los países involucrados garantizaban la transportación aérea hacia Cuba, el resto de la atención la asumió Cuba gratuitamente.

El Dr. Julio Medina, parte del equipo del programa médico desde su inicio y su director a partir de 1998, afirma que en medio de estas condiciones el programa fue sostenible gracias al sistema político que permitía movilizar recursos y organizarlos, a  la fortaleza del sistema de salud cubano y a la inmensa humanidad de los profesionales de la salud de la Isla, quienes compartieron su atención a los niños y niñas cubanos junto a los de Chernóbil, en las mismas salas de los hospitales de la capital.

A lo largo del tiempo el programa fue evolucionando en lo que hoy llamaríamos distintas etapas. Como parte de la primera etapa, hasta el año 1992, los pacientes eran comunes a los tres países. A partir de esa fecha fue disminuyendo el número de niñas y niños rusos y bielorrusos y se mantuvieron de manera masiva las niñas y niños ucranianos.

Durante los primeros diez años unas 2 mil personas entre niños, niñas y sus acompañantes estaban de forma permanente en Tarará, con un elevado nivel de ocupación; los recuperados regresaban a sus países y otros llegaban a Cuba. En esa primera etapa los vuelos a La Habana se realizaban de forma conjunta pagados por fondos internacionales de ayuda humanitaria a las víctimas de Chernóbil y otras gestiones internacionales.

Sin embargo, más tarde, fueron complejizándose las posibilidades de transportación aérea y hubo que empezar a traer niños y niñas por los vuelos regulares, lo que hizo más difícil su llegada. Así, Cuba organiza con el gobierno ucraniano cuotas de unos 600 niños y niñas que se correspondieran con sus posibilidades de transportación y la preparación de la infraestructura necesaria en Tarará.

Esta es la etapa calificada como la más difícil del programa, que significó su diseño e implementación, la atención a los niños y niñas más enfermos y a sus familiares; que también recibieron ayuda médica. Es la etapa de experimentación en el campo científico y médico y por supuesto de aprendizaje y sistematización de los resultados que se iban alcanzando para su posterior análisis y presentación ante convenciones  internacionales que dieran cuenta de los resultados del trabajo médico y científico realizado.

Un paso a una segunda etapa del programa puede considerarse como lo que el  Dr. Julio Medina expone como la solución alcanzada para garantizar el seguimiento del programa en Cuba con la apertura de un programa médico similar en Ucrania en el año 1998, en un sanatorio en Crimea. Ahí se desarrolló el trabajo conjunto entre especialistas cubanos y ucranianos que dieron atención médica y de ese modo se paleaban las limitaciones de la transportación aérea.

Tarará y Crimea se mantuvieron hasta la conclusión del programa humanitario en el año 2011.  Esto contribuyó a lo largo de los años al fortalecimiento del sistema de salud ucraniano y al manejo más eficaz en su población del impacto del accidente nuclear. También, a finales de los 90, en esta nueva etapa, comienzan a desarrollarse alternativas de tratamiento en el Instituto de Hematología de Kiev; y la colaboración entre la Isla y Ucrania favorece la atención de pacientes en ambos escenarios a partir de la experiencia obtenida en Cuba, lo investigado conjuntamente y la aplicación de los protocolos internacionales de atención médica en estos casos.

El líder cubano Fidel Castro recibe en el aereopuerto José Martí de La Habana, al primer grupo de niños de Chernobyl, el 29 de marzo de 1990

El programa continuó hasta 2011, en la última etapa, con menos pacientes en la Isla, teniendo en cuenta la concentración masiva y el esfuerzo de los dos primeros periodos. Se consolidaron prácticas médicas y científicas que representaron un esfuerzo de miles de profesionales cubanos: se tradujeron al idioma español textos y referencias relacionadas con el tema, de gran utilidad en la medición de las radiaciones y sus interpretaciones posteriores.

El Centro de Protección e Higiene de las Radiaciones de Cuba desde el propio año 1990 desarrolló estudios dosimétricos y biomédicos para evaluar el impacto del accidente, de gran beneficio para conocer los niveles de contaminación, estimar las dosis de irradiación y su influencia en tiroides, así como dar seguimiento a las patologías derivadas de la contaminación en las localidades de procedencia. Los profesionales de este centro de investigaciones aún conservan en sus archivos tanto los equipos y aditamentos utilizados (algunos de elaboración propia)  como los registros originales de sus investigaciones.

Ello ayudó a crear una importante base de datos, considerada por expertos internacionales como única de su tipo en el mundo y que convierte al estudio realizado en Cuba como una de las fuentes más reconocidas para la evaluación del impacto radiológico del accidente de Chernóbil.

Por otro lado, el programa no solo constituyó una experiencia médica y científica sino humana y de simbiosis cultural: los niños y niñas con largas estadías en Cuba seguían con sus clases, se estimuló la confraternización entre los niños y niñas de Cuba y de Ucrania en bailes, juegos, excursiones, comidas y costumbres de un lado y de otro. Tradiciones de la Isla como la celebración de los quince años a las adolescentes cubanas, se practicaron también con las adolescentes de Chernóbil, y cada una de ellas que cumplía quince años en Cuba, tenía su fiesta de homenaje.

Los testimonios de muchos profesionales cubanos y pacientes que vivieron largamente en la Isla y otros que se quedaron a vivir para siempre en Cuba son de gran trascendencia para conocer la dimensión del programa humanitario. Sus historias son también voces de Chernóbil.

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