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Edmundo Narváez, soldado de Carlos Fonseca

16 Mayo 2019
Edmundo Narváez, soldado de Carlos Fonseca

Por Ramón Matus

Creí que iba a ser una tarde normal de sábado entre amigos: Los anfitriones, Mito Cajina y su compañera y los otros invitados, Emilio y Francisco (todos antiguos combatientes sandinistas y actuales funcionarios públicos) y este servidor, le entraríamos con fruición a la sopa de costilla alta y a los traguitos de ron, platicaríamos del golpe y su derrota, de la cueva de malhechores en que se ha convertido la OEA, del odio secular del imperialismo yanqui hacia todo aquel individuo, grupo o país que no agache la cabeza ante sus dictados, de la fidelidad de la militancia sandinista, de Putin, el heroísmo venezolano, de la serenidad de nuestra dirigencia, de mujeres, del Bóer y el Real Madrid, de enfermedades, de guaro...

Pero Mito nos tenía una sorpresa. Llegó a pie y luego de saludarnos se sentó a la mesa y pidió un trago de ron blanco "con algún juguito para no picarme".

"Les presento a un héroe de nosotros, a un héroe de verdad", dijo Mito a modo de presentación. El anciano flaquito y bien vestido, con su pantalón bien planchado y su camisa estampada de mangas largas, faja bien ajustada y melena desordenada y abundante, nos abrazó a cada uno y dijo llamarse Mundo Narváez. (En la foto, al centro).

Iba a hundirse en el silencio obligado que guardan los recién llegados educados, pero el dueño de la casa no le dio chance y de inmediato dijo que este hombre ya mayor tenía una historia muy especial que contar. Que había sido combatiente urbano en los brumosos primeros años de la lucha sandinista, que había asaltado un banco para recuperar dinero para el incipiente movimiento guerrillero, que peleó al lado de Jorge Navarro, Jacinto Baca y otros jóvenes de aquella época pionera a la que muy pocos sobrevivieron, que había conocido y estado preso con el mismísimo comandante Carlos Fonseca.

La Revolución Cubana abrió una época de esperanza para los revolucionarios latinoamericanos que desde tiempos coloniales venían luchando por liberar a la América morena de los invasores extranjeros y más tarde, construir sociedades más justas. Los barbudos de la Sierra Maestra y el Escambray, con su triunfo imposible y su lucha por instaurar una patria socialista, impulsaron con su ejemplo y ayuda concreta a muchos jóvenes rebeldes a unirse y crear organizaciones revolucionarias para enfrentar el gran reto de derrocar dictaduras a lo largo y ancho del Continente y soñar con la "utopía posible" de conquistar el poder político y edificar democracia popular y por qué no, socialismo real en cada uno de sus países.

A don Mundo, el compañero Edmundo Narváez Sánchez o "Oscar" (como fue bautizado en la guerrilla) se le humedecen los ojos al recordar aquellos tiempos heroicos y de sacrificio, pero su voz no pierde su tono fuerte, tampoco su prodigiosa memoria pierde brillo y generoso, nombra y da crédito a cada uno de los compañeros de su escuadra. Nos cuenta de un Carlos Fonseca joven y activo que bregó en esos convulsos años de inicios de los años sesentas, en tantas organizaciones (Juventud Democrática Nicaragüense, Juventud Revolucionaria Nicaragüense, Juventud Patriótica Nicaragüense, Frente Revolucionario Sandino, Movimiento Nueva Nicaragua, Frente de Liberación Nacional) hasta dar con su gran hallazgo: su Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Faltarían recorrer y luchar varias décadas y derramar ríos de sangre preciosa para que el amanecer del triunfo de la Revolución Popular Sandinista iluminara a toda Nicaragua.

Mientras tanto, don Mundo nos cuenta los detalles de su vida guerrillera, los pormenores de un asalto a una sucursal bancaria en mayo de 1963. Entre risas, detalla por qué no vaciaron toda la bóveda "abierta en pampas", de cómo su jefe y compañero, Jorge Navarro, atravesó Managua en bus con todo el botín (haciendo un vale por veinticinco centavos del pasaje), para no gastar mucho de lo recuperado y así comprar más armas para la lucha.

El viejo guerrillero nos cuenta, siempre riendo, como fue apresado, los regaños del comandante Carlos (compañero entonces de cárcel) por no socializar con los carceleros y no "explicarles el porqué de la lucha sandinista". Muchas historias entre sorbo y sorbo de sopa.

Este hombre humilde sobrevivió la cárcel y las guerras, la muerte de sus compañeros de lucha y sus familiares. Sobrevivió la pobreza y el olvido, pero nunca renegó de su pasado y dice que morirá orgulloso dentro de su Partido rojinegro.

Para nosotros está claro que hombres como don Mundo son el material, los ladrillos con que poco a poco se fue construyendo a una Organización revolucionaria victoriosa e invencible: el Frente Sandinista de Liberación Nacional.

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