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La última compañera que vio a los Héroes de Nandaime

19 Septiembre 2019
La última compañera que vio a los Héroes de Nandaime

Testimonio de la Comandante Guerrillera Leticia Herrera, Mujeres Sandinistas Amanda Aguilar

A mediados de 1973, por disposición de mi responsable Pedro Arauz Palacios, se me ubicó en Granada, bajo la dirección de los compañeros Oscar Turcios y Ricardo Morales Avilés. Mi misión era organizar estructuras de apoyo e incidencia política organizativa en esta ciudad.

Me correspondió alquilar una casa donde viviría con María Castil, para darle cobertura como base de operaciones, y hacerme responsable de la casa que ya se tenía alquilada en Nandaime, donde vivían los compañeros Juan José Quezada (bajado de la montaña en malas condiciones de salud, debido a un enfrentamiento con jueces de mesta), Jonathan González Maldonado y Serafín García, quienes apoyaban la seguridad de Juan José. En la casa se encontraban las compañeras Alicia Bervis (María Luisa), de una familia de colaboradores, y María, una compañera campesina traída del norte.

María Castil vivía conmigo en una casa ubicada frente al Cementerio General de Granada, a 350 varas de la entrada principal, en dirección noreste. Allí llegaban los compañeros Oscar Turcios y Ricardo Morales Avilés.

Yo iba a Nandaime dos o tres veces por semana, llevaba orientaciones y me informaba de lo que acontecía con los compañeros. Los días 13, 14 y 15 de septiembre, por la tarde, llegaron Óscar y Ricardo, permaneciendo en la casa por más de una hora, lo cual nos extrañó a María y a mí. El día 16, como a las 4:30 pm llegaron los compañeros Germán Pomares y Edwin Cordero a preguntar si ellos llegarían. Les informé que habían estado los tres días anteriores, sin decir si regresarían.

En la foto, la Comandante Guerrillera Leticia Herrera y el Comandante de la Revolución Daniel Ortega, recorren León ya liberado en julio de 1979.

Germán, sabiendo que yo era la responsable de la zona, me pidió llamarlos y decirles que les estaban esperando, sorprendiéndose de que yo no tuviera comunicación con ellos. Ante su preocupación, le respondí que yo no me atrevía a pedir esa información por respeto a la compartimentación. Ésa era nuestra disciplina militante.

Germán se quedó a esperarlos, y Edwin regresó a León, para cumplir con el sistema de seguridad establecido. Pasó la noche del 16, transcurrió el día 17 y por la noche –no preciso la hora exacta– llegaron los compañeros Óscar y Ricardo. Tras una larga conversación, cerca de las diez u once de la noche, Óscar dispuso ir a Nandaime a ver a los muchachos.

Al escucharlos, intervine y les expliqué que yo había estado con ellos el día anterior, y que estaban bien, particularmente Juan José; tenían provisiones, les había dejado dinero y había autorizado a Serafín García a irse a Managua, porque tenía días de estar con un fuerte dolor de muela y él tenía un amigo odontólogo. Óscar, sin embargo, no cambió su decisión, y Ricardo quiso disuadirme diciendo: "No lo vas a convencer". Su argumento fue que en dos horas estarían de regreso. Se fueron, y fue la última vez que los vi.

Un presentimiento certero

Nos habíamos acostumbrado a convivir con el riesgo, y a cumplir con nuestro trabajo a pesar de éste. Sin embargo, me preocupaba su retorno a la una o dos de la madrugada. Andaban en un vehículo Falcon, llamativo y, sin mofle, hacía mucho ruido. Nandaime era un pueblón polvoriento, y su presencia a esa hora podría llamar la atención; la casa estaba en el costado norte del Hospital, sobre la última calle del pueblo.

Germán y yo no dormimos esperándolos. A las cuatro de la madrugada me alisté para ir a buscarlos, porque presentía que algo había sucedido. Germán, con su sonrisa bonachona me dijo: "Vos estás preocupada porque no los conocés... dentro de un rato se aparecen". No, Germán, insistí, yo siento que algo les pasó.

Estábamos en esa discusión, él tratando de retenerme y yo insistiendo en ir cuando escuchamos por la radio el pipiripí... se anunciaba un combate en Nandaime, dos sandinistas fallecidos y la muerte del jefe del Comando de la GN y sus soldados. Su comentario fue: "Sos bruja".

Reaccionando, ambos coincidimos en que los dos compañeros del FSLN caídos en combate, eran Juan José Quezada y Jonathan González, por la descripción que daban; pero las pertenencias encontradas en sus bolsillos identificaban a Ricardo y a Óscar. La pregunta era dónde estaban ellos, y qué había pasado con María y María Luisa (Alicia Bervis).

Asumiendo la gravedad de la situación, y el gran golpe asestado a la organización, dispusimos qué hacer. Germán debía irse a lo inmediato para León, buscar a Pedro Arauz, informarle en detalle lo acontecido, pedirle que me enviara dinero y un vehículo para sacar de la casa las armas, las municiones y un archivo de documentos de la Dirección Nacional, antes de las tres de la tarde, pues había que evacuar la casa lo más pronto posible, previendo que algún vecino los reconociese si salían sus fotos en La Prensa, que circulaba por la tarde. Germán y yo estábamos sin dinero. Juntando 20 córdobas de cada uno, él, María y yo, se ajustó 60 para que llegara a León y se fue. María y yo nos quedamos cruzando los dedos y empacando las armas.

A las cuatro de la tarde no había llegado el vehículo. La Prensa sólo sacó fotos de los cuerpos masacrados de Juan José Quezada y Jonathan González. Valorando que todavía teníamos posibilidad, le pedí prestados 75 córdobas al dueño de la casa, para regresárselo en 48 horas. Le dije que el novio me había mandado razón de que fuera a apoyarlo con una comida para los cortadores de café en su finca de Jinotepe, me ausentaría por un tiempo y me llevaría a la empleada para que me ayudara. El señor era un hombre humilde del campo, que había vendido parte de su finca para radicarse en la ciudad y cuidar de sus hijas que ya estaban en secundaria, a quienes yo les daba clases. Él se sentía con suerte de haber encontrado una profesora gratis para sus hijas.

María no se quiso ir

Le di dinero a María para que regresara a Matagalpa en el primer bus. La campesina sólo me quedó viendo fijo a los ojos y me dijo: "No, no me voy". María, no te pregunté, es una orden. Y ella, con más firmeza me dijo: "No, no me voy, porque aquí va venir la guardia y usted va a combatir, y yo me quedo mejor con usted". María, le dije, aparentando serenidad, aunque por dentro todo se me estrujaba, lo que debemos evitar es que haya más muertos, ya tenemos varios. Yo debo quedarme para tratar de salvar esas armas y esos archivos de la DN ¿me comprendés? Fue cuando, casi llorando me dijo: "Es que yo no sé llegar a Matagalpa, yo nunca había salido de la montaña y nunca he viajado en bus...". Ante esa confesión a mí se me partió más el alma. En efecto, unos colaboradores por orientación del FSLN la habían rescatado de las asolaciones que hacía la guardia en las montañas del norte. Entonces nos abrazamos y le prometí que la llevaría a León en la madrugada del 19 de septiembre.

Viajamos oscuro para Managua y luego a León. Llegamos como a las diez, y nos fuimos a la iglesia La Merced. Le pregunté a María si sabía rezar, y me dijo que un poco. "Bien, pues rezá y pedile a la Corte Celestial que nos ayude; mientras vos hacés eso yo iré a buscar a un compañero que vendrá por vos y te llevará a un lugar seguro, ya no nos veremos más". Le describí a Iván Montenegro, nos abrazamos muy fuerte y nos despedimos.

En la Rectoría de la UNAN, busqué a Liliam García, secretaria del Rector, y le pedí localizar a Iván, y a éste que me llevara donde estaba Federico (Pedro Arauz), a quien le di el parte, pidiéndole que me facilitara los 75 córdobas que debía devolverle al dueño de la casa, y un vehículo con chofer. Él, con la serenidad y parsimonia que lo caracterizaba, me escuchó y me miró muy serio: "estás loca si pensás que voy a dejar que vayás a ponerte en bandeja para que te maten; ¿no te das cuenta que a esta hora están peinando por aire y tierra todo Granada, Nandaime y Jinotepe?". Sólo me dio el dinero.

Yo decidí buscar un colaborador con carro y que estuviera dispuesto a ir conmigo a rescatar las armas y el archivo. Salí, y me topé con Edwin Cordero sin saludarlo. Cordero le preguntó a Federico qué me pasaba y éste, con su perspicacia, le dijo: "doctorcito, ¿usted iría con ella a Granada?" Cordero respondió: "Si ella dice que va, yo voy con ella".

Al llegar a Granada, no recuerdo la hora, entre la catedral y el cementerio, iban presentando armas al paso de los cinco ataúdes de los guardias caídos en Nandaime. En la entrada del cementerio había varios camiones resguardados por soldados.

Busqué a la esposa del arrendador, una señora tranquila de 65/70 años, le di los 75 córdobas, y le expliqué que dejaba "el ajuar de casa", que no sabía cuándo retornaría pero que las niñas podían entrar y estudiar ahí, como lo hacían conmigo, y le entregué las llaves.

El vehículo, cargado, casi pegaba al suelo por el peso. Cuando salimos, la plazoleta rebozaba de guardias, estaban entrando los muertos. Cruzamos, y los guardias ni nos determinaron. Atravesamos la ciudad con cautela, y ya en la carretera a Managua le dije a Edwin: "doctorcito, métale la pata al acelerador y no pare hasta que estemos en León". Así se rescataron los equipos bélicos y el archivo de la DN se preservó.

¿Qué pasó en Nandaime?

Al investigar, que era parte de mi responsabilidad, supe que Óscar y Ricardo llegaron, estacionaron el auto frente al muro del hospital, próximo al solar de la casa esquinera ubicada al noreste del mismo; cruzaron el solar vecino para llegar al de la casa nuestra, y entraron por la cocina. Estuvieron más de una hora con los compañeros, todos menos Serafín.

Una serie de sucesos desafortunados se conjugaron ese día, dando paso a la tragedia. Cuando ellos salieron de la casa y cruzaron el solar vecino, los estaban esperando. Había gente emboscada en la casa vecina, y detrás del muro del hospital. Los neutralizaron en silencio, y los trasladaron al Comando, contiguo a la Alcaldía. Ignoraban aún que eran del FSLN, pero les extrañaba su relación con los inquilinos que decían ser "terremoteados de Managua". Transcurrió la noche, sin que ellos dijeran algo.

Antes de las cinco de la mañana, el Jefe del Comando, con una patrulla, llegó a registrar la casa. Jonathan estaba sacando agua del pozo, mientras Alicia lavaba trastes en el fregadero empotrado en una ventana, y los vio venir. En voz alta dijo: "viene la Guardia".

Jonathan sale hacia la casa y Juan José les dice a las compañeras que los dejen entrar. La casa tenía tres ambientes: cocina, sala y una habitación.

Se entabló el tiroteo, que tomó por sorpresa a los guardias. Juan José les ordena a las muchachas que se vayan, sin tomar transporte cerca del pueblo, y que busquen como llegar a Jinotepe.

Ellos, con sus armas, abandonan la casa por potreros, y llegan al empalme Jinotepe–Nandaime–Granada, donde funcionaba un bar restaurante, que siempre tenía vehículos estacionados. Los compañeros ya habían estudiado la zona y tomado nota de algunas características y recursos. Entraron y le pidieron/ordenaron al barman que los acompañara; el hombre, aterrorizado, les dijo que él no sabía manejar, y les dio la llave de un vehículo, pero ellos tampoco sabían. Se retiraron entonces hacia el sureste, para internarse en los potreros de La Montañita, por la comarca Monte Verde y La Orilla, en dirección a la serranía del Mombacho.

Aura María Jirón Tercero, la vecina que les fiaba las tortillas, dijo que al escuchar los disparos y salir a la calle, vieron caer a los guardias. El jefe cayó dentro de la casa. Ella y su prima vieron cuando Juan José y Jonathan salieron cargando una mochila pequeña y un fusil cada uno. Los cuerpos de los guardias fueron levantados por unos BECATS que llegaron de Granada, dirigidos por "el Ranger", jefe de la plaza.

Es de suponer que hasta en ese momento la Guardia confirmó la identidad de los dos detenidos (Ricardo y Oscar) que aún tenían en el Comando, y procedieron a asesinarlos.

Por esos muertos, nuestro compromiso está vigente, que es defender nuestro proyecto de vida, porque es un proyecto de pueblo. Es un proyecto de nación. Es un proyecto de liberación.

¡Gloria eterna a los Héroes de Nandaime!

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