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"Cebollita", el inolvidable guerrillero jinotepino

07 Noviembre 2019
"Cebollita", el inolvidable guerrillero jinotepino

Por Ramón Edelberto Matus

He preguntado, pero no he podido averiguar cuándo llegaron las Téllez a Jinotepe.

Me dijeron, sin ninguna convicción, que fué doña Rosa  (con su  gran batea o "batella" hecha de palo balsa -liviana y blanca- repleta de yuca cocida y un  gran canasto de bambú, rebosante  de chicharrones, hojas de chagüite y un par de pategallinas para sentar a los clientes de su vigorón), la primera de su progenie que un día amaneció en el portón sur-oeste del mercado municipal. Lo que sí está confirmado es que llegaron de la ciudad de Masaya.

Las hijas de doña Rosa se hicieron mujeres entre sus tramos de verduras y frutas, con olorosa reseda en el pelo trenzado y enormes delantales de vuelos en las caderas. Parecían bellas aborígenes chorotegas en los tiangues aldeanos de sus antepasados. Las Téllez, las "masayas", amables y recias, llegaron al pueblo y se quedaron aquí para siempre.

El escenario de mi niñez fue el mercado y ahí precisamente supe que tenía más hermanos y hermanas, además de los tres maternos. Eran los famosos hijos e hijas de muchas madres y de nuestro padre, Manuel Matus: destazadores y comerciantes de carne vacuna ("carneros" les decían), verduleras, vendedores ambulantes, fritangueras, etc. Eran casi todos hombres y mujeres adultos, así que tenía yo muy poca empatía lúdica con ellos. Sin embargo, los Matus, hijos de doña Lidia Téllez, eran menores como yo. Y entonces nos "hicimos" hermanos de "a de veras".

Jorge y dos de sus (mis) hermanas menores eran zarcos, es decir de ojos de color verde y cabellos rubios, aunque en lo restante nos parecíamos mucho. Éramos "chinitos", "trompuditos" y "vivos" decía la gente. Jorge era algo mayor, más inteligente y más taciturno. Los amigos de la escuela lo apodaban "cebollita" por uno de los productos a la venta en el tramo de su mamá, aunque él no era un buen vendedor de verduras, pues era más dedicado a los estudios.

Se involucró en la lucha revolucionaria (según el Comandante Omar Cabezas) cuando estudiaba odontología en la Universidad en León. Desde entonces sólo lo vi una vez. Fue la última.

Llegó a mi casa en el barrio San Felipe y se sentó conmigo en las gradas  de la puerta, echó su brazo sobre mis hombros y empezó a aconsejarme sobre la importancia de los estudios, el amor a mi madre y a prevenirme de no confiar en la ayuda de nuestro padre. No entendí entonces el sentido de esas cosas.

Me contó que "había entregado su vida a Dios e iniciaba un viaje a Panamá,  donde cursaría estudios teológicos". Me abrazó fuertemente, se despidió de mi mamá y su delgada figura se perdió para siempre en la tenue niebla de la noche jinotepina...

Cuando lo mataron entendí con amargura que  tal vez, crípticamente, me había querido decir que había entregado su vida a la Revolución y viajaba a la montaña para convertirse en guerrillero y regar su sangre por la bella utopía de hacer feliz a los desposeídos. Afortunadamente, no logré entonces entender sus palabras.

Noviembre de 1976 es, después de agosto 1967, el mes más funesto y desesperanzador que vivió el FSLN en su historia pre-insurreccional.

En el transcurso de esos treinta días una veintena de probados militantes sandinistas mueren en enfrentamientos o son asesinados a sangre fría por la GN. Si en Pancasán y Fila Grande caen  once de los mejores combatientes que en ese entonces tenía la muy exigua organización guerrillera (incluyendo a dos miembros de su Dirección Nacional) y decenas de colaboradores de la base local campesina de la guerrilla, en noviembre de 1976, en distintos lugares de la geografía nacional, caen nada menos que el fundador de Frente Sandinista, Carlos Fonseca, el miembro  de la DN, Eduardo Contreras, los suplentes de la DN, Carlos Roberto Huembes y Edgard Munguía y encarcelado otro miembro de la DN, Tomás Borge.

Es precisamente durante esta orgía de sangre (en el mes que los campesinos del norte se aprestan a sembrar los frijoles de apante), el 5 de noviembre de 1976 que, emboscados por una patrulla de montaña de la GN, mueren combatiendo Leonardo Real Espinales y el muchacho hijo de la verdulera que un día llego desde Masaya de la mano de su mamá Rosa, para quedarse por siempre en el mercado municipal de Jinotepe.

"Cebollita", el amante de los libros y amigo de todo el mundo de su pequeño universo y hermano de la Martha y la Dulce, las dos muchachas más lindas que el viejo pueblo vio, hermano también de más de dos docenas de Matus y de otros que no se apellidaban Matus, pero también fueron sus hermanos como Arlen Siú y Hugo Arévalo, que se fueron a la montaña con él y también fue hermano de todos los guerrilleros de Nicaragua de todas las épocas y de todos los guerrilleros de las causas nobles de todo el mundo.

En 1980 estuve en el lugar donde ya herido fue rematado inmisericordemente por la Guardia. Era un lugar bello, muy cerca del curso medio del río Lisawé, rodeado de bosques de caobas, cedros, guapinoles, corteses y pájaros. Un lugar propicio para vivir o morir en consonancia con nuestra Madre Tierra. "El Plátano" le llamaban los campesinos a ese remoto paraje, muy cerca de Wiwa. Sin Caminos, solo ríos para llegar o salir.

Por esas cosas del destino ahora tengo -temporalmente- una tierrita por esos lados. No me atrevo a cabalgar por esos potreros donde antes hubo bosque, en dirección a aquella piedra donde dio su último suspiro mi hermano. No por temor, sino por no encontrarme con aquellos ojos zarcos del chinito trompudito, que viajó hasta ahí para "entregar su vida  a Dios y cursar  estudios teológicos".

Mi hermano el guerrillero,  al que en nuestro  pueblo (donde escuelas, mercados y calles llevan su nombre), los que lo conocieron le  siguen llamando entrañablemente, "Cebollita".

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