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Darío Nuestroamericano

10 Febrero 2020
Darío Nuestroamericano

Por Marcela Pérez Silva, Embajadora de Nicaragua en Perú

El 10 de junio de 1886 el vapor Uarda, de bandera alemana, entra en la bahía del Callao. Sobre la cubierta, observándolo todo, un muchacho de 19 años. Es el único pasajero de aquel buque de carga y el único que habla castellano. Huyendo de una desilusión amorosa se ha embarcado en el puerto de Corinto y ha dejado su Nicaragua natal. Sueña con alcanzar la gloria en las tierras del sur. Pronto brillará como el primer escritor pleno de Nuestra América; llenará de música y sonoridades nuevas la poesía de nuestra lengua; será el cronista de nuestra modernidad; y el embajador de nuestras nacientes repúblicas mestizas que abren sus puertas al mundo. Su nombre: Rubén Darío.

Tiempo atrás, Ricardo Palma había solicitado a los gobiernos de América ayuda para reconstruir la Biblioteca Nacional, saqueada durante la Guerra del Pacífico. Rubén, que tenía entonces 17 años y había conseguido empleo en la Biblioteca de Nicaragua, fue comisionado para juntar los libros que se enviarían al Perú "pero a poco de ello, sobrevino una revolución en la República, y todo se atrasó..." –le contaría Darío en una de las muchas cartas que le escribió al célebre tradicionista, a quien él llamaría: "el príncipe del ingenio".

Durante varios años Rubén y don Ricardo compartieron noticias literarias, cuitas y confidencias, en un nutrido intercambio epistolar que fue cimentando su amistad. Apenas sale publicado su libro Abrojos, Darío se lo manda por correo a Palma, como después habrá de hacer con Los Raros y Prosas Profanas y otros poemas.

"Muy pronto volveré a Centro América –le anunciaba Darío a Ricardo Palma en una carta fechada en agosto de 1887-. Entonces tendré ocasión de saludarlo por telégrafo, a mi paso por el Callao".

La ocasión se presenta en febrero del 89 cuando el vapor Cachapoal, la nave que lo lleva de regreso a Nicaragua, vuelve a parar por unas horas en el Perú. Rubén Darío aprovecha para ir a conocer personalmente a su amigo peruano que lo recibe en la Biblioteca Nacional con una sonrisa amable, y confundiendo su nombre lo saluda diciendo:

— "¡Oh, mi señor don Darío Rubén!..."

El cronista viajero evocará aquel recuerdo en un bello texto escrito en Guatemala, en el que rememora su visita a la ciudad de Lima.

"Si queréis gozar, ¡oh, los que leáis estas líneas!, id a Lima si tenéis dinero; y si no tenéis, id también. Id al hermoso Paseo de la Exposición lleno de kioskos, alamedas, jardines y verdores alegres; id en las tardes de paseo, cuando están las mujeres entre los árboles y las rosas, como en una fiesta de hermosura. El pueblo de Lima canta con arpa. La cerveza de Lima es excelente. En la ciudad de Santa Rosa se fabricó́ un palacio, la alegría."

El príncipe de las letras nuestroamericanas y su amigo limeño volverán a encontrarse en Madrid, dos años después, durante las celebraciones por el IV Centenario del Descubrimiento de América. Ricardo Palma le comentará por carta a su esposa Cristina:

"De los delegados americanos, con el que vivo más estrechamente ligado es con Rubén Darío. Nos vemos diariamente. Él me busca o yo lo busco."

Por esos días tendrá Rubén ocasión de conocer a Angélica, la hija del escritor, que entonces tenía catorce años y empezaba a brillar en las tertulias literarias a las que asistía acompañada de su padre. Era costumbre en esa época que las muchachas coleccionaran autógrafos. En el álbum de Angélica, Darío escribe un poema: "Canción a Angélica Palma".

Hijos son de Rubén Darío todos los poetas de nuestra lengua que en el mundo han sido después de él. Lo reconoce César Vallejo que lo llama "Darío de las Américas celestes", y el poeta Eduardo Chirinos cuando habla de "los versos a cuya sombra crecen y se multiplican los poetas". Lo reconoce en sus sonetos de madurez Martín Adán; y en su tesis juvenil Mario Vargas Llosa. Lo reconoce el entrañable Arturo Corcuera: a quien nuestro presidente, el comandante Daniel Ortega, otorgó la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío.

Como Mariátegui, este pensador completo, que fue a la vez poeta, narrador, periodista y diplomático, soñó con apropiarse del conocimiento de occidente e injertarlo, como también quería José Martí, en las raíces del árbol sagrado de nuestra cultura americana, y así haciendo forjó para nosotros la identidad multicultural, inclusiva, soberana y moderna con la que nos asomamos como latinoamericanos libres al siglo XX y que seguimos reivindicando un siglo después.

Por algo Jorge Luis Borges lo llamó "Libertador de nuestra lengua", y la Asamblea Nacional de Nicaragua lo declaró Prócer de la Independencia Cultural de la Nación que "con su pluma e intelecto como armas, defendió la soberanía e independencia de la lengua nacional de Nicaragua…". Jorge Eduardo Arellano, lo ha llamado "nuestro Bolívar literario, porque independizó la creación poética de la tradición española".

Lo cierto es que Félix Rubén García Sarmiento (que nació en Metapa –hoy Ciudad Darío- en 1867, y murió en León un día como hoy de hace 104 años) fue un antiimperialista convencido.

"Su canto fue una especie de cañonazo –dice el comandante Tomás Borge- de estruendo, de clarinada continental ante la política intervencionista de su tiempo y el nuestro. Darío fue un revolucionario de su lengua y de su contexto, un ferviente partidario de la unión centroamericana, de la transformación de la Nicaragua conservadora, agraria y semifeudal, y un enemigo de la política norteamericana."

Tomás solía decir que fue la Revolución Sandinista quien resucitó a Darío. Que el pueblo lo expropió a las clases dominantes de Nicaragua y del continente que lo habían dejado anquilosar entre princesas regordetas, cisnes desplumados y centauros de cartón.

"No puede haber Rubén Darío en la tiranía ni bajo la esclavitud – explicaba el comandante poeta-, porque su obra es expresión de libertad creadora. Él liberó a la Lengua de sus cadenas. Señaló para los pueblos de América la altura de su humanidad y de su historia. Trazó un destino. Para que el hombre vuelva a ser hombre; para que el amor sea la única relación entre los humanos, y la poesía, su único medio de comunicación".

Y agregaba Tomás:

"Darío debería ser la lengua de los nicaragüenses. Hablar en Darío sería hablar de las nuevas ideas que hacen posible la transformación del hombre y de la sociedad. Darío es lengua de indio, lengua de negro, lengua de español. Hablar en Darío es hablar en Sandino. Hablar en Darío es hablar el lenguaje autóctono y, a la vez, universal de los nicaragüenses".

El "cisne de Nicaragua" enarboló desde muy joven el ideal unionista centroamericano y encarnó, como nadie, la integración de nuestras repúblicas. Fundó periódicos en Guatemala, se casó en El Salvador. Su primera esposa, Rafaelita, era hija de un hondureño y una costarricense. Fue redactor, corresponsal y cronista de La Nación de Buenos Aires, donde publicó más de seiscientos artículos durante un cuarto de siglo. Fue nombrado cónsul de Colombia en Argentina, cónsul honorario de Paraguay en París y ministro residente de Nicaragua ante el reino de España.

En la obra, decolonizadora y libertaria, de Rubén Darío, conviven la pluralidad de voces y culturas que forman nuestra identidad latinoamericana, y nos definen. A 104 años de su paso a la inmortalidad, su palabra sigue siendo un espejo y un faro que nos invita a pensarnos como nuestroamericanos libres y a trazar juntos nuestro destino soberano.

Por eso, agradeciendo a la Municipalidad de Lince y los vecinos que nos acogen esta mañana, a mis colegas embajadores, miembros del Cuerpo Diplomático y Organismos Internacionales, a los solidarios poetas y artistas del Perú y a los Amigos de Nicaragua que nos cobijan siembre con su cariño, a nombre del presidente Daniel Ortega y nuestra vicepresidenta, la poeta Rosario Murillo, deseo terminar esta intervención con unos versos del más universal de los nicaragüenses que llama a la unión entre nuestras naciones

"Unión, para que cesen las tempestades;
para que venga el tiempo de las verdades;
para que en paz coloquen los vencedores
sus espadas brillantes sobre las flores;
para que todos seamos francos amigos
y florezcan sus oros los rubios trigos;
entonces, de los altos espíritus en pos,
será como arcoíris la voluntad de Dios".

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