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Asilo político a Snowden y el enojo estadounidense

México D.F. Editorial La Jornada | 2 de Agosto de 2013 a las 09:05
Más de un mes después de su sorpresivo arribo al aeropuerto moscovita de Sheremetievo, Edward Snowden, ex contratista de la Agencia Nacional de Inteligencia estadunidense (NSA, por sus siglas en inglés), quien sacó a la luz pública una masiva red de espionaje telefónico e informático operada por Estados Unidos, recibió respuesta favorable del gobierno de Rusia a su solicitud de asilo político temporal, concedido con la condición de que deje de difundir información clasificada.
Es de saludar que Moscú haya abandonado la postura ambigua y pragmática con que reaccionó inicialmente a la solicitud de asilo formulada por Snowden; que haya resistido a las improcedentes presiones de Washington para que le fuera entregado el ex contratista de inteligencia y que se haya conducido, en este asunto, de conformidad con el derecho internacional.

Desde el punto de vista geopolítico, el hecho reviste relevancia en la medida en que exhibe la existencia de contrapesos a los intereses hegemónicos de Washington y muestra a un gobierno ruso capaz de contravenir las presiones políticas de la Casa Blanca y el Pentágono y asumir medidas soberanas, por molestas que resulten para la superpotencia. Lo anterior es significativo ante el precedente inmediato de la sumisión mostrada por diversos países europeos –particularmente Francia, España, Italia y Portugal– a los designios estadunidenses en el contexto de la persecución internacional contra Edward Snowden, como quedó de manifiesto con el vergonzoso episodio de la retención del avión presidencial de Bolivia por la infundada sospecha de que en él se ocultaba el programador informático.

Ante la decisión de Rusia de dar asilo temporal a Snowden, lo procedente es que Estados Unidos desactive las reacciones virulentas y las amenazas de sus funcionarios y legisladores en contra del gobierno de Vladimir Putin, pues de no hacerlo podría multiplicar en forma indeseable las tensiones diplomáticas prexistentes entre el Kremlin y la Casa Blanca, así como los focos de conflictividad regional en el área de influencia tradicional de Moscú. Particularmente improcedentes resultan las declaraciones formuladas por el senador republicano John McCain, en el sentido de que en represalia por el asilo concedido a Snowden Estados Unidos debería presionar para que se completen todas las fases de los programas de defensa misilística en Europa y promover otra expansión de la OTAN que incluya a Georgia, pretensiones que, cabe recordar, influyeron en la configuración del más reciente escenario bélico en el Cáucaso, en agosto de 2008.

Tales amenazas, por lo demás, confirman que la persecución emprendida contra Snowden no está motivada por un afán estrictamente de carácter legal, sino por una determinación política mayor: la de cobrar venganza contra el ex contratista de la NSA por haber evidenciado algunos de los aspectos más impresentables del poder público de su país.

Si algo corrobora esa presunción es el conjunto de atropellos perpetrados por Washington contra el soldado Bradley Manning, acusado de haber entregado a Wikileaks la documentación que prueba los crímenes de guerra cometidos por los invasores en Afganistán e Irak y hallado culpable en un juicio que podría condenarlo a pasar el resto de su vida en prisión, mientras los autores materiales e intelectuales de esas atrocidades permanecen libres e impunes.

En lo inmediato, el otorgamiento de asilo a Edward Snowden evita que éste enfrente un escenario similar al del marine de 25 años, y evita también, en forma paradójica, que Estados Unidos profundice aún más su propia descomposición moral.


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