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Saqueos en Acapulco

Acapulco, México. Por Josetxo Zaldúa, diario La Jornada. | 18 de Septiembre de 2013 a las 15:50

Este miércoles, ha sido el segundo día sin lluvia en Acapulco. El sol calienta hasta al que no quiere, pero también provoca que la pestilencia comience a dejarse sentir en las zonas que fueron cubiertas por agua, lodo y piedras de todo tamaño. Ya se abrió la vía que conecta la zona Dorada con Punta Diamante, Barra Vieja y el aeropuerto. La tozudez y el saber hacer de los trabajadores de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) hicieron posible que a primeras horas de la mañana ese tramo carretero quedara reconectado.

La reapertura propició que varios miles de turistas que se encontraban en los hoteles de la Costera hicieran peregrinación al aeropuerto. Pero ese trayecto que en promedio demora cubrir 45 minutos, llegó hoy hasta las dos horas por el enorme tapón que se generó en Puerto Marqués.

Al comienzo del Bulevar de las Naciones se encuentra una importante superficie comercial, con negocios de todo tipo y calibre. El agua, en mayor o menor medida, no respetó el pedigrí de las firmas que ahí están instaladas.

Caso paradigmático el mega almacén departamental Costco, saqueado y bajo asedio todavía hoy de cientos de pobladores que irrumpieron a la brava para llevarse cuanta mercancía encontraban. Eso sí: quien ya no encontró el inevitable carrito, le echó ganas y enjundia para cargar televisores y cuanta mercancía pesada pudiera ser cargada. Cuentan quienes lo vieron que se organizaron cuadrillas para sacar refrigeradoras, lavadoras, secadoras, cajas fuertes, lo que encontraran.

Más allá de los alimentos, objetos del primer deseo, las llantas, los colchones, hornos microndas, cajas de herramientas, muebles para el jardín, en fin, vaciaron de arriba hacia abajo el tal Costco.

Hoy temprano, esa zona parecía un campo de batalla. Efectivos del Ejército, Marina Armada y policías Federal, Estatal y Municipal llegaron para tratar de poner orden en el inmenso desorden. Casi nadie se echó para atrás. Ahí se quedaron, cercando al centro comercial, pero no se opusieron a que las fuerzas de seguridad les arrebataran la mercancía. Mentaban madres, faltaría, pero no pasaron de ahí.

En el estacionamiento de esa superficie comercial el agua todavía llega a la cintura. A pesar de eso, la gente caminaba en medio de la pestilente laguna como Pedro por su casa, todos quitados de la pena. La necesidad no conoce límites.

Dos kilómetros después, en dirección al aeropuerto, donde se encuentran tres o cuatro grandes supermercados, bancos y comercios diversos, la situación era la contraria. Lugareños y turistas entraban para realizar sus compras con entera normalidad.

Bueno, con una salvedad. No hay redes y, por lo tanto, no pueden aceptar tarjetas de crédito. Y casi nadie tiene el suficiente efectivo. La promesa, que nadie sabe a ciencia cierta quién la dijo pero que todos la creen, es que en las próximas 24 horas el servicio de cajeros será restablecido y, con él, las terminales para aceptar los plásticos.

Claro, como alguna dijo el comandante zapatista Tacho a los miembros de la Cocopa ,en San Cristóbal de las Casas : "de lengua me como un taco".

Hay que reseñar que durante los últimos días de agua y caos a más de uno, y de una, le ganó la debilidad por hacerse con los carritos de los súperes, de tal modo que por el Bulevar de las Naciones es común ver a ciudadanos y ciudadanas caminar empujando el carrito. La policía los ve, pero la verdad es que tienen asuntos más importantes que atender.

Como dijera el clásico: ¡Viva México! ¡cabrones!

Al llegar al medio lujoso centro comercial La Isla, en el entronque con la carretera a Barra Vieja, se ubica el esperpéntico Foro Mundial, reconvertido en albergue y en sala de atención para los miles de turistas, más nacionales que extranjeros, necesitados de abandonar este destruido Puerto.

Las filas de espera para abordar los aviones son interminables. Hay gente que llega desde la noche con la esperanza de volar a Ciudad de México. Duermen en las filas, comen y beben ahí, todo con tal de dejar atrás la pesadilla. Y pese a que las aerolíneas han incrementado su frecuencia de vuelos aprovechando la bonanza climatológica, e incluso algunas no están cobrando el boleto los dos próximos días, hay personas que teniendo confirmado su vuelo, al llegar al punto de documentarse, los echan para atrás con explicaciones que nadie cree.

La radio infaltable vía voz ciudadana asegura que en el Foro Mundo hay ya ocho mil personas esperando volar y aguantando un sol que cae a plomo sobre sus cabezas. Esa misma fuente, generalmente exagerada en sus dichos pero no exenta de cierta veracidad, dice que en la base militar de Pie de la Cuesta son dos mil las personas que esperan ser evacuadas.

Oficialmente el número de turistas que llegaron a Acapulco el pasado fin de semana está cifrado en 40 mil, pero hablamos nada más de quienes se alojan en los hoteles, cuya ocupación, según cifras oficiales, alcanzó 75 por ciento. Fuera de esa contabilidad están los turistas que se quedaron en viviendas rentadas, cantidad nada despreciable.

Tampoco se sabe cuántos visitantes llegaron vía aérea y cuántos por carretera. Lo que sí se sabe es que muchos de estos últimos se quedaron sin sus vehículos gracias a Manuel.

Y faltan los viajeros que llegaron en camiones desde los cuatro puntos cardinales de la República. Buena parte de ellos, que no tienen ya transporte terrestre, son parte de la kilométrica lista de espera que enfrentan las líneas aéreas.

Cuentan también historias tremendas de hoteles que están corriendo a sus clientes sin importar adonde vayan a parar con sus huesos. Dicen que sucede sobre todo en la Costera, pero también hay versiones que apuntan hacia los lujosos centros hoteleros de Diamante.

Sea como sea, el drama central lo viven y sufren los acapulqueños y los guerrerenses en general, como casi el 80 por ciento de las entidades federativas afectadas por el fugaz y devastador matrimonio formado por Ingrid y Manuel.

Tampoco hay que llamarse a engaño. La ausencia de planificación y la voracidad de desarrolladores y gobiernos de todos los niveles propicia que estemos inermes ante los fenómenos naturales. Se construye donde no se debe. Los que pueden lo hacen a chaleco, a golpe de chequera. Los que no, lo hacen a la brava porque son obligados a abandonar sus parcelas, sus aldeas y pueblos, para buscar horizontes en territorios siempre hostiles.

Cuando se desarraiga a la gente, cuando se la machaca y desprecia, cuando no cuentan ni para las estadísticas del INEGI y, sobre todo, cuando los gobernantes creen tenerlo todo bajo control porque, como dicen que dijo Carlos Salinas, "no se preocupen de los jodidos, ellos aguantan", las aguas salen de sus cauces y no hay plan DM-III que lo arregle.


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