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Angela Merkel

Ciudad de México. Por Soledad Loaeza, diario La Jornada. | 26 de Septiembre de 2013 a las 10:03
Angela Merkel

Angela Merkel será investida por tercera ocasión jefa de gobierno del país más poderoso de Europa, después de que su partido, la Democracia Cristiana (CDU-CSU), obtuvo una aplastante mayoría (41.5 por ciento) en las elecciones del pasado domingo 22 de septiembre. Los resultados de los comicios hablan más de un plebiscito por Merkel que de una elección. Desde que llegó al poder a finales de 2005, la canciller ha alcanzado mayor popularidad que tres de sus más distinguidos antecesores: Konrad Adenauer, Willi Brandt y su padrino Helmut Kohl.

Su triunfo plantea preguntas interesantes a propósito de los requisitos del liderazgo político, porque no deja de despertar curiosidad el amplio apoyo que Merkel recibió de casi la mitad del electorado. Estamos hablando de una mujer cuyo estilo reservado y casi monjil contrasta poderosamente, por ejemplo, con el de Cristina Kirchner o Dilma Rousseff. Tampoco se parece mucho a Hillary Clinton ni a la mismísima Margaret Thatcher, la otra canciller de hierro con la que parece tener más similitudes, pues sus posiciones frente a los países deudores de Europa mediterránea son casi tan inmisericordes como la política de la primera ministra británica frente a los mineros en huelga. Toda proporción guardada.

Autores como Timothy Garton Ash sostienen que el éxito de Merkel reside en que es un perfecto reflejo de la cultura política alemana de principios del siglo XXI, que no busca ni la notoriedad ni el predominio, que rechaza la retórica grandilocuente y las actitudes melodramáticas, porque lo único que le interesa es el empleo, que Merkel ha sabido alentar, sin provocar inflación, que es uno de los grandes miedos de los alemanes. La canciller tiene el mérito de haber sobrevivido la crisis de 2008, a diferencia de un buen número de líderes europeos.

La canciller Merkel, fiel a sí misma, no externó el entusiasmo que la magnitud de su victoria hubiera naturalmente inspirado en muchos otros políticos más expansivos, y que, en su caso, sólo provoca el futbol; pero su reacción contenida era esperable en ella, que se distingue por la sobriedad de su arreglo personal y la nula coquetería. Salvo por la ocasión de una cena oficial en la que llamó la atención por la profundidad de su escote, Angela Merkel se viste siempre igual, se peina siempre igual, pesa lo mismo por lo menos desde 2005. Se me ocurre que detrás de esta reserva y recato están, por una parte, la hija del teólogo y pastor de la Iglesia evangélica que en 1954, apenas nacida Angela, se mudó con su familia de Hamburgo a la República Democrática Alemana (RDA), para atender a quienes ahí lo necesitaban, como respondió en una entrevista que concedió en 2006, a la pregunta de por qué esa decisión sorprendente. Por otra parte, el estilo Merkel lleva también el sello del puritanismo estalinista, pues como ella misma lo ha dicho: 35 años en la RDA son parte de su vida, y no habrían de esfumarse así nada más. Me imagino que esta declaración, que es una forma de reivindicar la historia de lo que fue un país hecho y derecho que muchos ahora pretenden olvidar, es una de las razones por las que Merkel recibe tanto apoyo en la antigua RDA.

El triunfo de Merkel y de la CDU-CSU era esperado. No obstante, entre los gobiernos europeos muchos contenían la respiración, dada la importancia que tiene Alemania en la economía de la región. Su posición, por ejemplo, en relación al apoyo financiero a los países endeudados del sur de Europa es decisiva, y, como hasta hace unas semanas era contraria a una operación de salvamento por parte del banco europeo, dio pábulo al renacimiento de la germanofobia en esa región –así como en Francia–, donde se considera insoportable la política de austeridad que defiende el gobierno alemán. En cambio, el voto de los alemanes revela una notable indiferencia a los problemas europeos, cuando no una franca hostilidad hacia países que, según cree buena parte de la opinión alemana, han tenido un comportamiento irresponsable. La propia Merkel expresó esta misma visión cuando habló como la hija de pastor protestante que es, y dijo "que paguen por sus pecados" (Timothy Garton Ash, "The new German question", The New York Review of Books, agosto de 2013).

Las elecciones arrojaron otros resultados que hay que considerar. En primer lugar, dado que la CDU-CSU no obtuvo la mayoría absoluta, le faltaron cinco escaños, tendrá que formar una coalición de gobierno. La primera opción es la socialdemocracia, pero como este partido obtuvo apenas 26 por ciento del voto, estaría en una posición ultraminoritaria dentro de la coalición, que no necesariamente le conviene. Losverdes, con 8.4 por ciento, son una alternativa preferible para Merkel que la tercera fuerza, Die Linke, la izquierda que obtuvo 8.6 por ciento.

Para algunos observadores el triunfo de Merkel es una mala noticia para los europeos. De hecho, el voto por Merkel tiene un tufillo antieuropeo. El presidente socialista francés, François Hollande, que ha tenido varios desencuentros con la canciller alemana, preveía este resultado; en consecuencia, ha buscado ya la manera de componer una relación que es fundamental para el buen funcionamiento de la Unión Europea y para los equilibrios de la región. Además, no obstante las apariencias, Merkel es una política experimentada y pragmática, ha sido parlamentaria 16 años y ya son muchos como canciller. Pero quizá el indicador más seguro de su buena disposición a probar una política que para muchos es una aventura peligrosa es que su sueño es recorrer la carretera Panamericana con su marido, de Prudhoe, Alaska, a Ushaia, Argentina, al término de su mandato, en 2017.


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