Escúchenos en línea

¿Qué hace Colombia por los Raizales de San Andrés?

Bogotá. Por: Iván Gallo/Agencias. | 5 de Marzo de 2015 a las 04:46

Sé tan poco de San Andrés que creía que después de los arrecifes que protegen a la isla de huracanes y tifones estaba Nicaragua. No, para cruzar la frontera deberás navegar en una lancha durante cuatro horas y entonces verás los acorazados, el circulo de metal y metralla con el que dos países ejercen su soberanía.

Hemos llegado a una casa ubicada en La Loma, en pleno Barrack. Las direcciones en esta zona son sencillas, antillanas. Desde el mar sopla una brisa que mitiga el calor de ese plato amarillo e inflamado que es el sol de las dos de la tarde.  Acá la gente saca sus bafles a los porches y ponen a todo volumen las canciones de Coupé Cloé, la zoca de Mario Chico. Por un momento uno puede creer, al sentir el colorido, la alegría de los niños que acaban de desayunar pescado y fruta de pan, que está en Senegal.

Ellos tienen razón, esto no parece Colombia. Las casas construidas de madera y color evocan las Antillas. Para alguien que llega de Bogotá el contraste es muy brusco, por eso, si se viene a descansar en la isla lo mejor es ubicarse en las playas del centro. Allí las tiendas de perfumes, las licorerías y los hoteles cinco estrellas te dan la seguridad de que no has salido de Miami. Occidente siempre va a estar ahí, protegiéndolos de todos esos negros resentidos y peligrosos que pueblan La Loma.

Me habían dicho que los funcionarios de OCCRE me iban a recibir con la misma hostilidad que la Stasi aceptaba a los visitantes occidentales en la Alemania Democrática, que me iban a bombardear a preguntas sobre cuál era mis intenciones en la isla y que probablemente me embarcarían de vuelta en un avión por culpa del racismo que impera en San Andrés. En Bogotá no sienta muy bien que la gran mayoría de empleados de la Oficina de Control de Circulación y Residencia sean negros, “los negros son más racistas que los nazis, usted se va a dar cuenta”, me dice un periodista antes de irme.

Hablando claro, en Bogotá se ve con muy malos ojos eso de que estos negros, liderados por el pastor de la primera Iglesia bautista, Raymond Howard, se reúnan un viernes de finales de febrero, frente al aeropuerto Rojas Pinilla, a protestar por el abandono al que los tiene condenados el gobierno colombiano.

Entre la manifestación que se arrastra como una culebra gigantesca hasta la gobernación, una señora se acerca y me muestra un recibo de la luz que supera las seis cifras, otra se queja de la subida del más del 100 % que tuvo este año el impuesto predial y un grupo de mujeres cantan en creol un calipso que es una oración por la liberación de Débora Wilson, la funcionaria de la OCCRE que está detenida injustamente en Bogotá desde hace más de seis meses. Frente a la gobernación la marcha se ha detenido. El pastor Raymond invita en su dialecto a entregarse a las manos de Dios. Al parecer esa es la única esperanza que les queda. El año pasado más de 700.000 turistas invadieron la isla, dejando a su paso una millonada de dólares para las cadenas de hoteles internaciones que pululan en San Andrés y al pueblo raizal toneladas de mierda y basura que dejan los gringos jubilados y gordos que vienen a tostarse en el sol del Caribe.

A cada reclamo del pueblo raizal, el gobierno les contesta con una mentira. El año pasado, ante las continuas quejas que le hacían los pastores bautistas por la evidente sobrepoblación de la isla, el Dane organizó un censo que entregó la cifra de 70.000 habitantes en San Andrés. Los raizales despreciaron ese número. Viendo los cerros devastados, las playas invadidas y extinguido el verdor que alguna vez sobrecogió a los piratas, uno sabe que están mintiendo. Acá viven más de 150.000 personas, de las cuales un 38 % pertenece al pueblo raizal, los verdaderos dueños de la isla. El resto son extranjeros, pañas como les dicen ellos, que vinieron del continente con la despiadada ansiedad de enriquecerse y traer el progreso. ¿Quién necesita el progreso cuando se está frente al paraíso?

Y a pesar de la falta de alcantarillado, de agua potable, de empleo, el raizal es una persona alegre. Me senté con Jackson y Efrén a tomar ron jamaiquino en un café y a escuchar zoka hasta que nos amaneció, frente a una laguna fumé marihuana toda una noche con unos rastas y tomé de un coco una rara mezcla de brandy con jugo de cereza. Me dieron su alegría, su fe ancestral y sobre todo el convencimiento de que a ellos de nada les sirve ser colombianos. Ellos quieren quedarse con su pedazo de tierra y sueñan con el día en que los pañas se lleven su ejército, sus armas, sus tiendas y los dejen como eran hasta hace menos de un siglo, desparpajadamente felices y puros en  esa isla paradisiaca que se está hundiendo por  el peso del progreso.


Descarga la aplicación

en google play en google play