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Lecciones de la lucha contra las tolvaneras en Occidente

Managua. Por Jorge J. Jenkins *, Radio La Primerísima. | 14 de Marzo de 2015 a las 11:50
Lecciones de la lucha contra las tolvaneras en Occidente

Una de las herencias más nefastas del modelo algodonero de las décadas de 1950, 60 y 70, además de la contaminación por agroquímicos, ha sido la deforestación del llamado “granero de Nicaragua”, es decir, de la planicie volcánica entre la Cordillera de los Maribios y el Océano Pacífico. Como resultado de la tala de bosques para el monocultivo (antes algodón, ahora caña y maní) cada año se pierden, por la erosión eólica e hídrica, miles, si no millones de toneladas de la mejor tierra agrícola del país. A esta enorme pérdida económica de la Nación, a la que nadie se refiere, se añaden otros perjuicios como la contaminación de fuentes de agua superficiales por el polvo contaminado, daños a maquinaria, equipos y viviendas y, de manera principal, daños a la salud. El polvo que se levanta por la acción del viento de estos meses acarrea varios materiales nocivos a la salud, como granos de polen, esporas, partes de plantas e insectos, virus y bacterias en los componentes celulares, residuos de sustancias tóxicas como plaguicidas, herbicidas, fertilizantes, y otras sustancias químicas utilizadas en la agricultura y ganadería. Estas son las responsables de reacciones alérgicas, y de afectaciones diversas al sistema respiratorio, cardiovascular, piel, mucosas y ojos. Además del sufrimiento por diversas patologías, los costos sanitarios por atención, medicamentos y hospitalizaciones se incrementan en forma notable.

Este fenómeno no es nuevo, pero tampoco es un fenómeno natural. Es originado por la acción del hombre, que no repara en que los daños a la naturaleza tienen una estrecha correlación con la salud y el bienestar de las personas.

Con el paso del tiempo este problema se fue agudizado, al extremo de someter a los pobladores de León y Chinandega a terribles tolvaneras. La gente para protegerse usaba máscaras, pañuelos y sombreros y durante el día los automóviles tenían que encender sus faros para ser vistos en medio de la “neblina” de polvo. Un escenario de desierto con tormenta de arena en un país donde no hay desiertos. Fue la herencia del modelo agroexpoertador basado en el monocultivo y la utilización creciente de agroquímicos.

En el año 1980 el Gobierno Revolucionario de Nicaragua, consciente del problema, suscribió con el BCIE un préstamo de 5 millones de dólares –uno de los primeros de la Revolución-, para implementar el Proyecto de Control de la Erosión de Occidente (PCEO), por medio del cual se sembraron 1,200 kilómetros de cortinas rompevientos al este de la ciudad de León, con una arquitectura adaptada a las circunstancias. Estas constaban de cinco hileras de árboles con 10 metros de ancho y cada corredor separado del otro por 400 metros. Las hileras centrales eran de Eucalipto, y las laterales de Leucaena y Sardinillo, para amortiguar el viento a ras del suelo. Las franjas forestales paralelas se dispusieron en forma perpendicular a la dirección predominante del viento.

En la formulación y desarrollo del proyecto intervinieron varios profesionales, entre ellos el Dr. Francisco Mayorga en la parte financiera, los ingenieros agrónomos Alvaro Fiallos, Patricio Jerez y César Ruiz, que fueron directores del PCEO, ingenieros forestales como R. Araquistain, V. Ortega, F. Brautigam, B. Watson, L. Machado, J. F. Delgadillo, M. A. Reyes y otros, además de sociólogos, antropólogos y decenas de técnicos calificados que con todo ahínco se dedicaron por varios años a luchar “contra viento y arena”, lema del proyecto. Se reconoció que el PCEO fue en su momento el proyecto de recuperación ambiental más importante de América Latina; la NASA fotografió las cortinas rompevientos aumentando el interés internacional por la experiencia. El entusiasmo de técnicos y el apoyo de los campesinos rindieron sus frutos, y en pocos años pudo controlarse el problema y liberar León de esta dramática molestia.

Debido a la guerra de los años ochenta no se pudo continuar con la vigilancia y mantenimiento de las cortinas forestales, y la gente, necesitada de leña comenzó a destruirlas; lo mismo hicieron algunos productores que las cortaron hasta con maquinaria para disponer de mayor cantidad de tierra de cultivo, y mayor comodidad para sus aviones fumigadores. A partir de los noventas los gobiernos neoliberales abandonaron el cuido de las cortinas y mostraron desinterés en la recuperación de las franjas forestales.

El fenómeno, que antes estaba casi circunscrito a León y Chinandega, se ha ido extendiendo a la par del incremento de las velocidades de las ráfagas de viento de esta época, en especial cuando superan los 30 km/h. Ahora nos estamos enfrentando a tolvaneras en muchos municipios de Occidente, y también en Managua, Masaya, y algunas zonas del norte del país.

La calidad de vida de estos importantes centros urbanos se está deteriorando. Los costos sanitarios son de consideración, y el malestar está creciendo, en especial entre los más pobres. Los costos sanitarios, la pérdida de suelos, y de su fertilidad, son considerables.

El PCEO demostró que los beneficios económicos y sociales del control de erosión son mucho mayores al costo de implementación, aparte de que se trata de una actividad intensiva en mano de obra, por lo que celebramos la idea del Gobierno de volver a las raíces de la solución.

* Biólogo y antropólogo. Fundador de IRENA, actual MARENA.


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