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Yo, Rubén Darío

Caracas. Por Ricardo Gil/El Universal | 18 de Febrero de 2016 a las 11:44
Yo, Rubén Darío

Para estas cuartillas sobre Félix Rubén García Sarmiento (Nicaragua, 1867-1916), mejor conocido como Rubén Darío, conmemorativas del centenario de su muerte, estuve tentado a entrar de lleno en una hermenéutica de su obra Prosas profanas (1896 y 1901), en la que el autor deja una profunda huella del amor, ya no desde la mirada de lo bucólico y de su pasión por el entorno natural, sino desde el arte como expresión del Yo Creador en su más elevada cima estética. En contraposición a esto, leí de pasada un texto en prosa que me impresionó desde las primeras líneas, titulado Dilucidaciones, inserto en su libro El canto errante, que forma parte a su vez del conjunto de piezas titulado Prosas profanas y otros poemas, y que viera luz por vez primera en El Imparcial, órgano periodístico en el que Rubén Darío colaboró con frecuencia, que lo invitó a escribir en torno a su poética, a guisa de aguda reflexión-respuesta a quienes, desde la amistad o la animadversión, intentaban la interpretación, el desmontaje y (tal vez la) tergiversación de su pensamiento y de su obra.

Dilucidaciones es, pues, un texto breve (10 páginas tipográficas), que a modo de ensayo auto-reflexivo (que él denomina autobiografía literaria) busca dejar en el lector claridad en torno a su interioridad erigida en obra poética, y en legado universal. Veamos lo que nos dice: "Pienso que el don del arte es aquel que de modo superior hace que nos reconozcamos íntima y exteriormente ante la vida". Abraza el autor de estas palabras la poesía como tabla de salvación en medio de un entorno complejo, atrabiliario, que lo azuza permanentemente desde ambas orillas a erigirse en figura autárquica, a esquematizarse hasta el extremo de hacer de su imagen arquetipo de lo acabado y de lo perfecto como expresión de lo humano, ante el "inminente fin" de la poesía como género, proclamado por algunos incautos. Rubén Darío se niega a ello, y desde su atalaya grita con fuerza a las voces agoreras que buscan desahuciar a la poesía: "No, la forma poética no está llamada a desaparecer, antes bien a extenderse, a modificarse, a seguir su desenvolvimiento en el eterno ritmo de los siglos". Agrega lacónico: "Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía... ". Y luego se desdice en un inaudito juego de ideas: "Siempre habrá poesía y siempre habrá poetas. Lo que siempre faltará será la abundancia de los comprendedores... ". Como podemos percatarnos, deja el asunto en manos de los lectores y de quienes se acerquen a la poesía desde la mera teoría literaria.

Con pasmosa lucidez se deslastra el poeta de la pretensión de muchos de erigirse en escuela, de pontificar en torno a sus obras, para reiterarnos sin falsas modestias aquello que en sus Palabras Liminares de Prosas profanas expresara con diafanidad: "Sobre todo no imitar a nadie, y mucho menos, a mí". Es Rubén Darío un crítico de su tiempo y de su espacio, a los que nada lo ata, tan solo el hecho de tener que echar a andar su naturaleza física por los caminos de América, España y de Europa en general, hasta llegar a morir en el origen a la temprana edad de 49 años.

A pesar de ser su obra punto focal de polémicas en el mundo literario de entonces, por ser expresión de su espíritu de lo original, sin ataduras y sin confesas deudas autorales, se declara como un hombre al que tan sólo le recrea su propia verdad. Nuestro autor prefiere declararse "ciudadano de la lengua" ante aquellos que buscan contraponer las letras americanas a las españolas, en un intento de enfrentarlo con viejos amigos y con sus contemporáneos, a quienes reconoce en sus espacios, sin que esto represente un lastre en su propia poética y en su incisiva cosmovisión.


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