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El Año Nuevo según Rubén Darío

Por Luis Mario. Diario Las Américas, Miami, Florida. | 2 de Enero de 2007 a las 00:00
En su libro Prosas profanas y otros poemas, publicado por Rubén Darío en Buenos Aires en 1896 con una segunda edición en París en 1901, el maestro de poetas de Nicaragua dio a conocer su poema "Año Nuevo", que vale la pena recordar en estas fechas, comenzando ya los primeros pasos de 2007. Darío se apoya en el Vaticano para describir los cambios en el calendario, y así empieza el poema: "A las doce de la noche, por las puertas de la gloria,/ y al fulgor de perla y oro de una luz extraterrestre,/ sale en hombros de cuatro ángeles, y en su silla gestatoria,/ San Silvestre". La figura clave de este poema es uno de los primeros papas, San Silvestre, cuya fiesta se celebra el 31 de diciembre. Con el mismo ritmo trocaico del "Nocturno" mayor de José Asunción Silva, Darío dibuja la imagen del Papa que se dirige a Oriente, donde recibirá los doce meses que trae Enero: ""Va el Pontífice hacia Oriente; ¿va a encontrar el áureo barco,/ donde al brillo de la aurora viene en triunfo el rey Enero?/ Ya la aljaba de Diciembre se fue toda por el arco/ del Arquero". El año que termina completó con diciembre su arco de doce meses y, tenuemente, deja el recuerdo de los muertos: "Al redor de la figura del gigante se oye el vuelo/ misterioso y fugitivo de las almas que se van,/ y el rüido con que pasa por la bóveda del cielo/ con sus alas membranosas el murciélago Satán". El poeta y crítico argentino Arturo Marasso publicó en 1954 el libro Rubén Darío y su creación poética, en el que incluyó un valioso estudio sobre "Año Nuevo". Aparentemente, según Marasso, el poeta nicaragüense se inspiró en un viejo grabado que reflejaba una ceremonia del Vaticano, en la que el Papa salía en su silla gestatoria. Un feo murciélago representaba al demonio, mientras en el cielo de la antigüedad brillaba la constelación Orión, y Darío menciona a Sirio, la estrella más brillante y a Arturo, tomado por Reinaldo Arenas para titular una de sus novelas insoslayables. Da gusto cómo Darío se recrea dibujando historia y fantasía con versos que son a un mismo tiempo acentuales y métricos, porque si el ritmo grecolatino perdura en todo el poema con una sílaba larga y otra breve (troqueo), también está formado por hemistiquios octosilábicos, desde el primer verso: "A las doce de la noche, por las puertas de la gloria..." Las estrofas tienen otra particularidad, porque terminan siempre en un pie quebrado tetrasilábico, como en otra descripción de la figura del Papa: "Sus pies cubren los joyeles de la Osa adamantina/ y su capa raras piedras de un ilustre Visapur:/ y colgada sobre el pecho resplandece la divina/ Cruz del Sur". Siguiendo la costumbre estética digna de su maestría, Darío deja lo mejor para el final. El Papa, que es el santo, vislumbra sobre las aguas la embarcación en la que viene Enero. La cultura ilimitada del poeta se mezcla con su prodigioso oído para la prosodia, y el resultado deviene en una pieza poética ejemplar: "Reza el santo y pontifica; y al mirar que viene el barco/ donde en triunfo llega Enero,/ ante Dios bendice al mundo; y su brazo abarca el arco/ y el arquero". El Sumo Pontífice ha cumplido su misión. El poema completo se desenvuelve dentro del marco misterioso de la Divinidad. Sobre el pecho del Papa la Cruz del Sur es brillo celestial. Laúdes eternos forman una orquesta de himnos y motetes. La música de los versos es rotundamente clásica, que es decir universal. El mensaje se reviste de antigüedad remota. Todo es descriptivamente apropiado, justo y a la medida... Tiene que ser así cuando una obra es moldeada por un artista excepcional. Nada queda al azar. Existe una elocuente correspondencia entre tema y poesía. Habló el poeta llamado Rubén. Solamente queda el recurso de inclinarse ante su voz.

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