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De ferias y de pactos, por Sergio Ramírez Mercado

None | 6 de Diciembre de 2005 a las 00:00

Cuando le digo a Mario Vargas Llosa que el cardenal Obando es hoy en día el más estrecho aliado del comandante Daniel Ortega pasa de la risa a la sorpresa. Se ríe primero porque cree que es una broma mía, y luego, ya convencido de que le hablo en serio, no tiene más remedio que asombrarse. Durante los años de la revolución visitó al menos tres veces Nicaragua, comisionado por el New York Times, y conoció de sobra a Obando, el enemigo más jurado de Ortega.

La Feria Internacional del Libro ha sido dedicada este año al Perú, y aquí está también Alfredo Bryce Echenique. Bajo las naves infinitas del recinto deambulan miles de visitantes ávidos, y los escritores, al encontrarse aquí, cumplen el mejor de sus rituales, de tertulia en tertulia, y saltando de sala en sala para participar en mesas redondas, encuentros, y presentaciones de libros. Dos acontecimientos mayores son este año la conferencia magistral de Toni Morrison, la imponente premio Nóbel autora de Beloved, que ha hablado sobre la globalización, y la multitudinaria ceremonia de reconocimiento a las glorias periodísticas del legendario Julio Scherer García.

Alguien puede tener la idea equivocada de que los escritores, cuando se reúnen, hablan de literatura. Nada más alejado de la realidad. Los temas son siempre políticos, y esta vez Chávez es uno de ellos, el más de moda diría yo. Pero de Nicaragua se habla demasiado poco, y se sabe demasiado poco, y es así que Vargas Llosa ignora que el cardenal Obando casó al comandante Ortega en ceremonia especial, con todos los ritos nupciales de la iglesia católica, en homenaje a su amistad.

Otro de mis amigos escritores, el mexicano Gonzalo Celorio, me dice que, al menos, ya se acabó el pacto entre Ortega y Alemán. Y cuando le respondo que no es así, quiere que se lo explique con detalle, y quedamos entonces de juntarnos para el desayuno la mañana siguiente.

Daniel Ortega no ha deshecho, ni mucho menos, su pacto de repartición de poderes con Arnoldo Alemán, reo de confianza suyo más que de la justicia nicaragüense, le digo, de frente a uno de esos demasiado espléndidos desayunos mexicanos. El pacto tiene mucho fondo, y no está en la voluntad de ninguno de los dos darle fin, y más bien ambos conspiran para quedarse en las elecciones del año que entra con el número de diputados suficiente para mantener el dominio de la Asamblea Nacional. Así podrán mantener agarradas del cuello, como hasta ahora, a todas las instituciones del país, empezando por el sistema judicial.

Lo que ha ocurrido, es que Ortega, quien es dueño del mayor poder que nadie estando fuera del gobierno haya tenido nunca en América Latina, decidió que era hora de replegar velas, al acercarse el inicio siempre anticipado de la campaña electoral, y tras amenazar de manera repetida con derrocar al presidente Bolaños, por fin ha dejado de amenazar con el derrocamiento del presidente Bolaños, al que hasta hace poco denostaba en sus discursos como "lame botas del imperialismo", el más benigno de los calificativos de un amplio repertorio.

A cambio, el presidente Bolaños concedió aceptar que las reformas constitucionales impuestas por Ortega y Alemán, y que cercenan facultades esenciales al presidente de la república, entren en vigencia una vez que él termine su período. Entonces, si los dos pactistas logran mantener el control de la Asamblea, entran en vigor las reformas; en cambio, si es electa una Asamblea en la que dominen fuerzas nuevas opuestas al pacto, las reformas serán revertidas.

Daniel Ortega va a ser por cuarta vez candidato. ¿Por qué una presidencia con poderes tan disminuidos, si quiere ser presidente? Es una buena pregunta. Antes de salir hacia Guadalajara asistí en Managua a la presentación de una encuesta muy completa realizada por la firma costarricense Borge y Asociados, y en ella se demuestra de manera inequívoca que Ortega no ganaría las elecciones del 2006 en ningún escenario. En esa encuesta, quienes acaparan la intención mayoritaria de votos son dos candidatos disidentes: el uno, del propio Ortega, Herty Lewites, y el otro, del propio Alemán, Eduardo Montealegre. Entre ambos sacarían al menos 65 diputados sobre un total de 90, mucho más que suficiente para enterrar el pacto.

Y esto es lo que lleva al asunto de fondo: sabiendo que las encuestas nunca le han mentido, ¿admitirá Daniel Ortega quedar fuera del cuadro decisivo del poder, relegado a un tercer o cuarto lugar en las elecciones que vienen? No querrá admitirlo, por supuesto, pero entonces comienza a pesar la distancia entre lo que se quiere, y lo que se puede. No siempre querer es poder.

Quisiera imponer una inhibición a Lewites, como ya lo está intentando, para que no pueda participar como candidato. Y por su parte, el reo Alemán quisiera sacar del juego a Montealegre. El asunto es que la voluntad política del país, tan claramente expresada en las encuestas, lo tolere. Y que la comunidad internacional también lo tolere. Si no hay tolerancia, no podrán, y se quedarán en la tentación de lo imposible, tal como el título del nuevo libro de Vargas Llosa que se presenta en la feria.


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