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Encuentro con el racismo

Atlanta. Por Nick Valencia, Mundo Hispano. | 5 de Octubre de 2011 a las 00:00
“¡Vete a casa!”, me gritó una mujer en inglés. “¿Por que no regresas a México antes de arruinar a este país como al tuyo?”. Ocurrió en el Festival de Music Midtown, en Atlanta. Minutos antes había conocido a un grupo de mexicanos con los que hablaba en español. Conversábamos de lo bien que la estábamos pasando, pero fue en ese momento que escuché los gritos de aquella mujer blanca de unos veintitantos años, que también repitió varias veces en español: “¡Vete!” Quedé paralizado. No supe qué decir ni quería creer que ella me hablaba a mí y a quienes me rodeaban. Soy mexicano-americano de tercera generación y, viniendo de Los Ángeles, nunca me había topado con el racismo de esta forma. De hecho, dado que mi familia ya tiene mucho tiempo de asimilación en el país, muchos de mis amigos latinos me consideran “pocho”. Mis amigos mexicanos me recuerdan que soy primordialmente estadounidense y luego mexicano, y que mi inglés es mejor que mi español. “Sí”, les digo. “Pero nunca podré entrar en un salón siendo blanco”. Para algunos, el color marrón de mi piel significa que no soy estadounidense. Y lo que me ocurrió aquel día, explican mis amigos, es un retrato de lo que los latinos viven actualmente en todo el país. Y no hay que ver más allá para entender este punto: en todos lados pareciera adecuado tratar a los latinos de forma negativa. Y las leyes antiinmigrantes lo hacen posible. Como muchos estadounidenses con ancestros que vinieron de otro país, vivo en la intersección de dos culturas. Como tacos y hamburguesas. Bailo salsa y escucho rock. Amo a mi país y mi herencia cultural. Esa dualidad es mi realidad. Mi padre estaba muy orgulloso de su herencia latina. Hijo de un inmigrante de El Salvador y de una madre mexicana de Texas, creció en Los Ángeles en la época de mayor tensión racial. Me contaba historias la violencia contra las personas de color y su lucha como adolescente en los sesentas. Murió cuando yo tenía 17 años, pero antes de ello me inculcó la frase que el activista César Chávez hizo famosa: “sí se puede”. Y ahora ahí estaba yo, a mis 28 años, frente a una extraña que me gritaba que me fuera. Pero no dije nada. No tenía porque hacerlo. La gente alrededor miraba la escena con asombro. Algunos le dijeron que hacía mal en hablarnos así. Los mexicanos la vieron con repulsión y, tras ver mi cara, me rodearon en señal de apoyo. Uno de ellos tomó mi mano y la alzó, diciendo: “Estamos aquí”. La mujer permanenció molestándonos por algunos minutos pero, al no recibir respuesta de nosotros, dejó de gritarnos. Cuando terminó el concierto, caminando hacia la salida, los ojos de la mujer se cruzaron con los míos. “Creo que no entiende a quién le dijo eso”, le comenté, pensando en que soy tan estadounidense como ella. “¿Qué? ¿Eres alguna especie de celebridad o qué?”, me dijo entre risas. No. Pero como los otros mexicanos que estaban ahí, soy un ser humano. Y estoy en casa.

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