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Al Norte, sobre «La Bestia»

Migrantes, Los Ángeles. Vívelo Hoy. | 7 de Octubre de 2011 a las 00:00
Son palabras de Alicia Rivera, expresadas al recordar su travesía por el vasto, hostil y peligroso territorio mexicano abordo de “La Bestia”, también conocido como el “Tren de la Muerte”. Rivera cuenta que siempre tuvo la inquietud de emigrar a Estados Unidos, pero que su deseo se acrecentó luego que su hijo Walter, de 22 años de edad, fuese asesinado por pandilleros en El Salvador en 2005. Dos años más tarde, emprendió su viaje junto a una amiga. Traía 80 dólares en el bolsillo. El viaje fue interrumpido rápidamente cuando fueron detenidas por ocho días al ser interceptadas por autoridades migratorias de México, antes de llegar a Arriaga, Chiapas. Haciéndose pasar por guatemaltecas, ambas fueron regresadas a la frontera de ese país con México. Un día después, con la ayuda de una mujer que encontraron en Tecún Umán, Guatemala, y que había sido deportada cinco veces, las tres mujeres regresaron a Arriaga, rodeando montes y cruzando ríos. En esa ciudad chiapaneca, Rivera se topó con “La Bestia”, el ferrocarril de carga que viaja desde Chiapas a la Ciudad de México y que es utilizado por inmigrantes centroamericanos para avanzar en su trayecto. Según organizaciones no gubernamentales y de derechos humanos, los transmigrantes se convierten en presas fáciles de asaltos, violaciones, secuestros y asesinatos. “Yo había prometido no subirme nunca al tren porque en el camino se oye de todo… Pero no me quedó otra”, relata Rivera. “Eso es terrible, uno tiene que subirse y bajarse corriendo. Yo venía bien afligida y asustada. Pero la gana del ‘sueño americano’ hace que uno se decida a todo”. Rivera y sus amigas pasaron un mes subidas en el tren. El único punto en que se vieron amenazadas durante el viaje fue en “La Arenera”, en Oaxaca, donde el ferrocarril se detuvo a medianoche. “Ese lugar es feo. No se ven ni las manos, nada”, dice Rivera, describiendo la oscuridad que dominaba el camino. Ahí aparecieron “los garroteros”, individuos con garrotes y lámparas que van de vagón en vagón obligando a los migrantes a “pagar” por el viaje. “El que no paga, es golpeado y lanzado desde el tren”, señala. “Hablan fuerte y feo. Ponen a temblar a cualquiera”. Víctima de “garroteros” En Tierra Blanca, Veracruz, Rivera se encontró con una vendedora ambulante de dulces que no pudo pagar la cuota que le exigieron “los garroteros”. “La muchacha venía con otras dos [mujers] y las mataron enfrente de ella. A ella la violaron y quedó embarazada. Quedó parapléjica del shock y ahora vende dulces en la calle”, relató la inmigrante. En Ciudad de México, Rivera y su amiga, con la que había venido desde El Salvador, se separaron de la tercera mujer y cambiaron de trenes. Prosiguieron rumbo al norte de la nación azteca, hasta llegar a Piedras Negras, Coahuila, donde llegaron a “La Casa Amarilla”, una vivienda de “polleros”, donde los inmigrantes pasan unos días antes de ser llevados a cruzar la frontera. El costo por el cruce fronterizo era de 2,500 dólares y ella no los tenía. Su amiga, sí y ahí cada quien tomó su propio camino. Su amiga fue arrestada por agentes migratorios al intentar cruzar la frontera y fue deportada a su país. Sin embargo, después emprendió nuevamente el viaje a Estados Unidos y logró llegar a su destino, de acuerdo con Rivera. Sin dinero, Rivera fue echada de esa casa tres días después. Pero conoció a una persona que la recomendó para que le limpiara la casa al hermano de un diputado de la región. Su paga era de 700 pesos a la semana. Ahí trabajó dos meses para ahorrar un poco de dinero. Posteriormente, tomó un autobús a Nogales, Sonora, donde llegó a la casa de un recomendado, para quien trabajó por unos meses cuidando a sus hijos. No obstante, Rivera quería llegar a su destino y pagó 1,500 dólares a un “coyote”, quien la cruzó ilegalmente hacia Estados Unidos junto con otras 60 personas más. Según ella, caminaron alrededor de 20 minutos por el desierto hasta que encontraron unas camionetas, en la que los inmigrantes fueron apilados unos sobre otros. “Yo quería que me bajaran porque sentía que me ahogaba”, cuenta Rivera. “Me venía asfixiando…Todos venían llorando porque ya no soportaban”. Sin embargo, lograron llegar a la ciudad de Phoenix, Arizona, donde una persona que hace viajes la trajo hasta Los Ángeles. Llegó en mayo de 2008, siete meses después de haber salido de su país. Rivera reconoce que tuvo bastante suerte en el camino, ya que muchos no llegan a Estados Unidos. Eso fue lo que le pasó a 72 migrantes que fueron encontrados asesinados en San Fernando, Tamaulipas, a finales de agosto de 2010 –un suceso que le abrió los ojos del mundo de la realidad de los centroamericanos por su paso a México. El Informe Especial Sobre Secuestro de Migrantes en México, Febrero de 2011, indica que entre abril y septiembre de 2010 se documentaron 214 casos masivos de secuestro para un total de 11,333 víctimas. Del total de los plagios, 44.3% eran hondureños; 16.2% salvadoreños; 11.2% guatemaltecos, 10.6% mexicanos, 5% cubanos; 4.4% nicaragüenses; 1.6% colombianos y 0.5% ecuatorianos, y del resto se desconoce su nacionalidad. “Son gente que no tienen lástima, no se tocan el corazón para hacerle daño a la gente”, dice Rivera, hablando de los criminales que acechan a los inmigrantes en tierras mexicanas. “Esa es una plaga que no se termina”, subrayó. Por eso no ha permitido que ninguno de sus seis hijos emigre a este país, a pesar de que algunos de ellos le han pedido que se los traiga. “Yo me vine porque ya estoy vieja y si me pasaba algo ya había vivido. Pero no quiero que ellos se mueran en el camino”, manifiesta Rivera. “No quiero que se vengan con toda esa delincuencia que hay en México”. Tres meses luego de arribar a Los Ángeles, Rivera, cuya odisea migratoria está incluida en el documental La Bestia, la cual será exhibida la próxima semana en Los Ángeles, encontró su primer trabajo en la industria de la costura y sigue laborando en ese campo. Dice que no sabe exactamente lo que le depara el destino. “Pienso trabajar y regresarme a mi país. La vida aquí es muy estresada”, expresa Rivera. . “Aquí tengo el trabajo que me hacía falta allá, pero si yo llegara a tener 20,000 dólares me iría”, prosigue. “ No me hago a la idea de morir aquí”.

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