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¿Está acabado el Tea Party?

Washington. El País. | 10 de Octubre de 2011 a las 00:00
Se supone que era el momento del Tea Party. El presidente que ocupa el cargo, al que los rebeldes desprecian tanto, parecía vulnerable. La plana mayor republicana se había ausentado sin permiso, sin líder o intimidada. Por eso los insurrectos populistas, airados, temerosos de Dios y que odian al Gobierno se precipitaron al vacío, inflamaron los Ayuntamientos, contribuyeron a poner fin a cualquier compromiso en el Congreso y, básicamente, se apropiaron del debate nacional. Luego, durante gran parte de este año, dominaron las audiciones para un aspirante a presidente. En un espectáculo casi tan deliberativo como las citas rápidas para encontrar pareja, un candidato tras otro intentó pasar las pruebas para conseguir el papel de No Mitt Romney, entre ellos, a veces, Mitt Romney. Tuvimos la broma de Sarah Palin, sustituida por el fugaz encaprichamiento con Michele Bachmann, después del cual todo el mundo se derretía por Rick Perry. Herman Cain está teniendo su idilio ahora, aunque ni siquiera los votantes a los que les gusta su estilo creen que puede ganar. Rick Santorum, que es en cierta manera la conciencia social moralizadora del Tea Party, y Ron Paul, que juega la carta de su identidad libertaria de empollón, se han instalado en cifras de un solo dígito y en papeles muy secundarios a medida que el debate pierde intensidad. Newt Gingrich es el gracioso de la clase que hace pedorretas a los periodistas. Para ser justos, parte de esta lucha poco edificante se puede achacar de hecho a la prensa. Nuestro más sincero respeto hacia los sitios de información política hiperactivos que reclaman un relato nuevo cada 15 minutos, aunque sea una comedia de situación como Donald Trump. Y nos quitamos el sombrero ante Fox News, que ha contribuido a trivializar la campaña alofrecer una plataforma a una celebridad republicana que no-está-preparada-para-la-hora-de-máxima-audiencia tras otra. En nombre del periodismo, nuestras más sinceras disculpas por hacerles perder tanto tiempo. Pero la volubilidad del Viejo Gran Partido (G.O.P)no es del todo un fenómeno de los medios de comunicación. El último sondeo de Fox ofrecía al electorado republicano una carta con 11 candidatos y descubrió que los votantes no solo se dispersaban por todo el panorama conservador, sino que una cuarta parte de los partidarios del Tea Party entrevistados seguían “sin estar impresionados” por nadie. Es difícil impresionar a un movimiento que solo sabe contra qué está. “Ronald Reagan no podría pasar de la primera base en el entorno de hoy en día”, afirmaba un operario republicano de Tejas que se ha desanimado con la trayectoria del partido. Actualmente, salvo un enorme giro del destino, hay dos hombres en liza: Mitt Romney, el tecnócrata de Massachusetts metódico, sin emociones e ideológicamente flexible, que se ha convertido a sí mismo en el candidato por defecto; y la última esperanza del núcleo duro, el NoMitt: Rick Perry. Cualquier persona de los círculos políticos de Tejas les dirá que es demasiado pronto para considerar que Perry es una causa perdida. Sí, ha bajado en los sondeos después de los ataques, y ha quedado como un memo en un par de debates. Resulta difícil imaginarle pronunciando un discurso sobre política exterior tan impecable como el que pronunció Romney el viernes. Pero Rick Perry, como les gusta decir en Tejas, es tan serio como un ataque al corazón. Y no creo que sea solo porque a los tejanos les cueste imaginarse a Perry perdiendo porque nunca lo ha hecho. A los que visitan Austin se les recuerda constantemente que Perry tiene muchos amigos ricos, que los estados regionales que le apoyan, Carolina del Sur y Florida, serán de los primeros en votar, que Romney no inspira pasión entre las bases, y que el tejano hará loque haga falta. Por estos lares se da por hecho que los votantes que atrajo Herman Cain regresarán a Perry una vez que se den cuenta de lo lejos que está Cain de estar cualificado. Perry aporta a la campaña, además de una gran pose y un aspecto pulido, una trayectoria económica que parece una defensa del dogma del Tea Party, sin perjuicio de que fuera posible gracias a una cuarta parte de las reservas conocidas de petróleo de Estados Unidos, a muchos inmigrantes con sueldos bajos, a una reticencia a gastar el dinero del Gobierno en adornos como la educación y la atención sanitaria, y a un entorno fiscal y regulatorio sacado del salvaje Oeste. Sobre el papel – y, hasta donde yo sé, desdeel fondo de su corazón – Perry es el más ardiente de los ideólogos del Tea Party.Su libro, Fed Up! OurFight to Save America From Washington [¡Hartos! Nuestra lucha para salvar a Estados Unidos de Washington], es un manifiesto del hiperfederalismo de la 10ª enmienda y del individualismo radical, que ataca la base constitucional de la Seguridad Social, el impuesto sobre la renta, la Reserva Federal,la protección al consumidor y las “leyes federales que regulan el medio ambiente, que regulan las armas, que protegen los derechos civiles, que establecen los programas a gran escala y Medicare y Medicaid, que crean leyes sobre el salario mínimo nacional, que establecen leyes laborales nacionales”, y así sucesivamente. El director de Texas Monthly, Jake Silverstein, resume a Perry como “un hijo de la mitología de la frontera”, en la que “cada hombre se vale más o menos por sí mismo, un buen vecino es aquel que no necesita ayuda, y donde no se debe confiar en los esfuerzos del Gobierno para interferir”. A esto, Perry le suma un negacionismo que maldice a quienes se las dan de listos (el calentamiento del planeta es una farsa y la evolución es solo “una teoría que está ahí”), un guiño a los evangélicos, el beneplácito al verdugo y una defensa ardiente de las libertades personales para quienes son heterosexuales y no necesitan un aborto. Puede que no crea en la evolución, pero su visión de la sociedad, la de la supervivencia de los más aptos, es bastante darwiniana. Temperamentalmente muestra un delirante resentimiento de clase que atrae a los votantes que se consideran pisoteados por las élites. Perry sabe sostener una horca como es debido. Hay muchos observadores de Perry que lo ven menos como un ideólogo populista y más como un oportunista, que es una manera poco amable de decir que es un político. “Sobre el papel parecía el hombre Marlboro del Tea Party”, me comentaba un miembro de un campo rival republicano.“Resulta que en realidad es insustancial y práctico. Así que ha perdido su frescura”. Tal vez. Pero independientemente de lo que piensen acerca de sus desviaciones de la pureza del Tea Party, tienen cierto sentido en el contexto de Tejas. Su decisión de permitir que los hijos de inmigrantes ilegales asistan a las universidades estatales pagando el precio de matrícula correspondiente, que tanto escandaliza a los conservadores de tolerancia cero, es pragmatismo bipartidista convencional en Texas. La lógica es la siguiente: si el Gobierno federal no puede impedir la entrada de ilegales, no es culpa nuestra, pero al menos podemos alejarlos de la asistencia social o de las cárceles y encaminarlos hacia una vida productiva. (También era,por supuesto, un gesto dirigido al nutrido electorado hispano del estado). Sus estrechos lazos con miembros de grupos de presión, como el ex ayudante convertido en representante de la empresa que fabrica la vacuna contra el virus del papiloma humano, podrían valerle una reputación en algunos estados; aquí forman parte de una cultura del amiguismo que los votantes de Tejas parecen dar por sentada. Asimismo, por mucho que deplore la ayuda federal, se aprovecha de ella todo lo que puede. Perry ha sido torpe a la hora de explicar sus digresiones del evangelio del Tea Party, pero no tiene ni mucho menos tanto que contar a ese electorado como el candidato favorito del Estado azul. Romney, para sonrojo suyo, negó a los ciudadanos de Massachusetts su derecho sagrado a respirar emisiones de carbono, bañarse en playas contaminadas y descargar sus crisis de salud en las salas de urgencias. La ley “Romneycare”es una carga. En comparación, su homóloga “Perrycare” es otro nombre que nos invita a rezar para no caer enfermos. En esta carrera, Rick Perry es el candidato soñado del Tea Party, la única figura que podría traducir un ruidoso contragolpe en poder serio. Si Rick Perry fracasa, el Tea Party habrá perdido la oportunidad de su vida. Si gana, con Perry siendo él mismo, no está del todo claro si apaciguará a sus miembros, pero yo pienso que lo intentará. “Rick Perry es el único candidato que cerraría de hecho un departamento del Gabinete”, me decía un viejo admirador suyo cuando le pregunté si Perry decepcionaría al Tea Party como presidente.“Vería una base muy feliz, al menos durante el primer mandato”. Al resto solo nos queda recordar el consejo que ofrecía hace 10 años la ocurrente agorera de Texas, Molly Ivins, ya fallecida: “La próxima vez que les diga que alguien de Tejas no debería ser presidente de Estados Unidos, por favor, presten atención”.

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