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Inmigrantes huyen de la miseria del Cuerno de África acaban en manos de mafias

Madrid, España. Agencias. | 2 de Agosto de 2013 a las 12:59

Miles de inmigrantes que buscan escapar de la pobreza del Cuerno de África, en su mayoría etíopes, se lanzan, cada año, a una mortal odisea a través del extremo septentrional del Gran Valle del Rift, con la intención de arribar a los emiratos del Golfo Pérsico.

Sin embargo, la gran mayoría jamás llegarán a su destino; quedan atrapados en la ruta, que les lleva a atravesar Yibuti y Yemen, retenidos por los mismos traficantes que les habían prometido alcanzar su sueño. Extorsionados, maltratados y torturados por estas mafias, los que tienen suerte acaban regresando a sus países de origen, bien porque consiguen escapar -los menos-, bien porque sus familias aceptan la extorsión y pagan por su «rescate». El resto -la mayor parte de ellos-, mueren.

La organización humanitaria Médicos sin Fronteras denuncia en un informe esta situación, sufrida por gran parte de los 30.000 inmigrantes que, según cifras del gobierno yemení, se agolpan junto a la frontera del país árabe con Arabia Saudí. Ante tales cifras, las autoridades de Yemen han iniciado una campaña para repatriar a miles de ellos.

«Si no pagabas, era la muerte»

Desde que se anunció la medida, ha aumentado enormemente el número de inmigrantes que se han dirigido voluntariamente al centro de detención de ilegales en Saná, la capital del país, donde se hacinan más de 700 personas en un lugar que tan sólo tiene capacidad para 250. Allí, Jemale, etíope de 20 años, relata cómo cayó presa de los traficantes. Engañado por un hombre que le ofrecía comida, fue conducido a una estancia en la que se le retuvo junto a otras ocho personas. «Estaban todos aterrorizados», cuenta.

«Nos dijeron que, si no conseguíamos que alguien mandara dinero, nos harían daño. Intente explicar que era un hombre pobre». Después «quemaron un metal en fuego y lo usaron para abrasarme la pierna», asegura. Jemale consiguió escapar; no así uno de sus compañeros de reclusión, que recibió un tiro en la pierna cuando trataba de huir. El joven etíope, tras 12 días de travesía por la árida meseta yemení, logró llegar a Saná. De su compañero, no volvió a saber.

En el centro de detención de inmigrantes de la capital también se encuentra Taju, que malvendió sus bueyes tras escuchar las falsas promesas de los traficantes. Secuestrado junto a las costas de Yemen por un hombre armado, fue torturado durante días hasta que finalmente sus captores les soltaron en medio del desierto. Junto a otros rehenes liberados, consiguió llegar a la frontera con Arabia Saudí, pero unos soldados del reino islámico les impidieron la entrada, y abandonándoles en el desolado páramo que es la linde que separa ambos países. Días después Taju arribó al centro de detención en Saná. Ya ha renunciado a su sueño, ahora sólo piensa en volver a casa: «Es lo mejor para mí, por eso estoy aquí».

Shakualah también cayó preso en Yemen. Él fue liberado después de que su familia pagara por su liberación. «Si no pagabas, era la muerte», afirma. Awel Kedar, en cambio, no accedió a cumplir con las demandas de los traficantes. Se las ingenió para escapar, y gracias a una familia yemení que le acogió y sanó sus heridas, consiguió llegar a la capital del país. Desde el centro donde se encuentra en spera de la repatriación, lanza un mensaje a aquel que se plantee emprender este mortífero viaje: «A aquellos que están pensando en salir de Etiopía o que ya han salido, les digo que esta es una carretera a la muerte. Les aconsejo que mejor se queden en casa que ser esclavos, esto es esclavitud», sentencia.

Labor humanitaria en Saná

Desde el mes de mayo, Médicos sin Fronteras trabaja en el centro de detención de inmigrantes en Saná, junto a otros organismos como la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) y la Cruz Roja yemení, que proporcionan atención médica y comida.

En concreto, la acción de MSF se centra en la atención a la salud mental de los internos. Esperanza Leal, psicóloga de la organización explica que «las personas que llegan al centro están muy traumatizadas; algunos de ellos no han comido en días o semanas. Les explicamos que tienen reacciones normales a las experiencias traumáticas que han vivido». «Hay muchos casos de estrés postraumático y depresiones severas. Una parte esencial de nuestra intervención está relacionada con recuperar su dignidad, explicándoles que son personas con derechos», concluye.


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