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Hambre, sed, amputaciones y muerte: historia de migrantes

Chihuahua. Agencias. | 4 de Agosto de 2013 a las 15:14

Hambre, sed, malos tratos, accidentes que les roban un brazo, una pierna o la vida misma son sólo algunas de las cosas que los migrantes —mexicanos y del extranjero—, deben enfrentar durante su recorrido por el país. Vienen del sur con la mirada enfocada hacia un norte imaginario que visualizan como “la solución a sus problemas”. La mayoría de las veces no es así, casi todos lo han comprobado.

El desprecio de unos y la indiferencia de otros es lo que más duele, dicen, porque “a veces nos tratan como si nosotros no fuéramos también seres humanos”.

Estos hombres y mujeres, provenientes en su mayoría de estados del sur de México y de países centroamericanos, viajan “de trampa” sobre el techo de los trenes cargueros que recorren la red ferroviaria del país y que esperan que los lleve a su destino: la frontera.

El objetivo de cruzar al país del norte no se cumple la mayoría de las veces y cuando lo logran, en poco tiempo son deportados y regresan en peores condiciones que las de antes.

Su rostro denota cansancio, hambre y pobreza, pero también molestia contra una sociedad que “los hace a un lado”, dicen, simplemente porque “para los pobres no hay un lugar”.

“No somos delincuentes”, aseguran, mientras se espantan las moscas que se arremolinan en su entorno carente de higiene. La ropa está rota, desgastada, igual que el alma y las ilusiones. Duermen bajo un puente, allí comen y allí también sueñan mientras esperan un tren que “posiblemente pasé a las 10 de la noche o a las 3 de la mañana”; no lo saben y tienen que mantenerse alerta porque de lo contrario, “la oportunidad se va”.

‘a donde dios diga’

José tiene 35 años y es originario de Veracruz, donde, dice, trabajaba en un ingenio azucarero, pero “la labor se acabó” y tuvo que salir a buscar trabajo. Optó por marcharse con rumbo a Cuauhtémoc a la pizca de manzana y de allí “a donde Dios diga”. Ahora, dice, igual que antes, cuando subió al tren, no tiene dinero para el pasaje, ni para comida, pero espera pronto conseguir un trabajo.

De este viaje, señala, ha aprendido que “hay que conocer muy bien el tren porque es un monstruo” que ha dejado a muchos paralíticos, sin piernas o sin brazos. A otros, les ha quitado la vida.

La historia de José se replica en Miguel, que salió de Oaxaca por las mismas razones: la falta de empleo. Él sí logró cruzar la frontera, pero apenas lo hizo fue deportado y hace dos semanas llegó a Chihuahua. Ahora, piensa que quizá irá a Sinaloa a buscar trabajo.

Rubén por su parte, es de Guatemala y también fue deportado por Acuña, Coahuila; allí, dice, les prometieron que les darían dinero para el pasaje, pero les dijeron que tendrían que esperar 15 días por lo que todos decidieron mejor marcharse.

“Nos quitaron todo y en México nos tratan peor aún que en Estados Unidos”, dice y asegura que lo único que carga en su bolsa es el documento que lo acredita como “deportado”.

Fernando es originario de Ascensión, Chihuahua, y molesto señala que en éste, su propio estado, los tratan como si fueran delincuentes. Es la tercera vez que cruza a Estados Unidos y ya estaba trabajando en una plantación, pero lo detuvo migración y lo regresaron así, sin más.

“Desde adolescente empecé a cruzar y ahora sólo quiero regresar con mi familia”, asegura.

Un ángel en el camino

Elena es una mujer que vive en la colonia Vista Ávalos y desde hace 20 años ha prestado apoyo a los migrantes que cada día llegan desde diferentes puntos del país hasta su puerta a pedirle alimento.

He visto de todo, dice, desde niños enfermos, mujeres afectadas por las drogas y hombres heridos. Nunca les ha negado ayuda a pesar de la “mala fama” que tienen. Sin embargo, a veces son tantos, dice Elena, que la comida no le alcanza para todos, “a unos les toca y a otros no”.

Para ella no hay distinciones, igual ayuda a los mexicanos que a los colombianos, salvadoreños, hondureños o guatemaltecos; todos traen su mochila y su botella, que encuentran en la basura, para llenar con agua.

Hay días, dice, que se reúnen de 20 a 30 personas bajo el puente de la avenida Pacheco a esperar el tren, pero “los guardias de los trenes los agreden, los insultan y los bajan de los vagones en movimiento”.

Hay algunos dice Elena que han llegado con muchas heridas, con cortaduras en brazos y piernas, pero a ellos, aunque intente no es posible ayudarlos porque requieren atención médica.

“No les temo, me da compasión verlos en esas condiciones”, asegura.


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