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Inmigración latina desconocida esperanza para Estados Unidos

San Antonio, Texas. Agencias. | 18 de Septiembre de 2013 a las 18:14

El arzobispo metropolitano de San Antonio, en el Estado de Texas, monseñor Gustavo García-Siller, ha concedido una entrevista a Aleteia en la que toca temas muy importantes tanto de la reforma migratoria que se está negociando en el Congreso de Estados Unidos, como del papel de los hispanos en una nación de inmigrantes como lo es la Unión Americana.

Monseñor García-Siller es Misionero del Espíritu Santo, nacido en San Luis Potosí, en México, y desde su instalación arzobispal, el 23 de noviembre de 2010, gobierna una de las diócesis más importantes del sur de Estados Unidos, con cerca de un millón de católicos, casi 50 por ciento de ellos de origen hispano. Anteriormente, había sido obispo auxiliar de Chicago.

¿Cómo ve el estatus actual de la reforma migratoria en Estados Unidos? La posible intervención en Siria pareciera ser que la dejó a un lado del debate en el Congreso...

Ciertamente, lo de Siria es algo muy serio. Parece que hay negociaciones que podrían detener la intervención. Eso nos daría de nueva cuenta la posibilidad de poner en la agenda lo de migración. Estaba asegurado, pero con Siria pasó a otro término. Desde 1986, la última de las amnistías para los migrantes en Estados Unidos, no habíamos estado tan cerca de una reforma como ésta. La dificultad es que aunque ya hay representantes de los dos partidos políticos interesados en la reforma, sigue siendo un acuerdo político, sin mirar de fondo al inmigrante. Lo que se debate no es la persona del emigrante sino en qué nos beneficia y cómo nos vamos a proteger de él. Cómo darle entrada, sí, pero cómo protegernos de él.

Hay muchos fantasmas en torno a los migrantes, ¿no es así?

Hay muchos fantasmas, mitos, miedos en torno a los emigrantes en este país. Realmente el emigrante es de ayuda, viene a trabajar. Pero hay todavía mucha presencia de personas que no valoran al emigrante, particularmente, al emigrante latinoamericano.

Ustedes tienen reuniones permanentes, me refiero a los obispos de Tejas y de los estados fronterizos con México; ¿qué deliberan en ellas?

Nos reunimos dos veces al año. En las últimas tres ocasiones nos hemos centrado en el tema de la familia; desde luego, la familia de los emigrantes. Lo que se está buscando es cómo expresar la urgencia que hay para que se dé la unificación de las familias.

¿No es ése el tema principal de la propuesta de reforma de los obispos católicos de Estados Unidos?

Sí, por un lado el tema de la familia en general, por la secularización, el relativismo y el consumismo que hace que la familia viva una desintegración muy fuerte. Pero, particularmente, nos preocupa la familia de los emigrantes. Ahora mismo tenemos cientos de campos de detención aquí en los Estados Unidos, tanto para hombres como para niños y jóvenes. Están separados: se deportaron a los padres, los hijos pasan a centros de detención; si son hijos nacidos acá se le busca una familia que los adopte por un tiempo, pero la realidad es que la familia queda desmembrada. Eso es algo muy serio. Hay niños que cinco o seis años viven sin sus padres. Y esas vidas quedan afectadas, dañadas profundamente.

Cuándo ustedes, los obispos de Estados Unidos, hablan de una reforma migratoria integral, ¿a qué se refieren específicamente?

A que las familias puedan juntarse. Que puedan tener la posibilidad de obtener la ciudadanía. Si no la tienen, es darles migajas. Ahora, la verdad es que aún si se hace una reforma migratoria más amplia, la gente estaría en espera de ciudadanía de trece a veinte años. No es que si se hace el cambio, el cambio surta efecto ya. Hay una línea larguísima de peticiones que viene desde 1986. Aunque, desde luego, la reforma sería mejor que no tener nada... Y lo más importante que perseguimos es que se reconozca la dignidad de las personas; que se reconozca la dignidad humana de los emigrantes.

Ése es otro de los grandes temas de la Conferencia del Episcopado estadounidense...

Nosotros, como católicos y siguiendo el ejemplo de Jesús, vemos en las personas su dignidad humana y divina, creados a imagen y semejanza de Dios.

En poco tiempo el episcopado mexicano va a emitir una nueva carta sobre los migrantes. Supongo que ustedes también participan en ella, ¿estoy en lo correcto?

Sí, sobre todo en los estados de la frontera de Texas y México. Hace diez años salió un documento de los obispos de Texas-México un documento que en inglés se llamó "Srangers no longer", algo así como "Extranjeros nunca más", y lo que motivó fue que las dos conferencias –tanto la de México como la de Estados Unidos—apoyaran nuestra visión. Tomó una fuerza muy grande. A una década y frente a la reforma migratoria posible, la nueva carta se llamará "Familia sin fronteras" y esperamos que tenga un gran impacto por el bien del emigrante. Saldrá, Dios mediante, en octubre.

¿Qué reflejará esa carta?

Dando tres testimonios de inmigrantes es ver cómo la familia no tiene fronteras. Nos toca honrarla, promoverla y hacer todo lo posible para que viva en continuidad. Sin embargo, tenemos que enfrentar una realidad: el tráfico de personas y el tráfico de órganos aquí en San Antonio y en toda la franja fronteriza es muy fuerte. Sobre todo de gente joven.

¿Se concibe el Estados Unidos actual como lo que es, una nación de inmigrantes?

La emigración ha sido una bendición para los Estados Unidos, pero esto no se refleja en las posiciones políticas. Los estadounidenses están abiertos a la historia de la inmigración, pero no conocen la realidad de las últimas emigraciones, sobre todo las de los pueblos de América Latina. Y eso es un grave error. La gente ha sido manipulada por la economía, por los partidos políticos, los medios de comunicación y por los empleos. Y también por lo que oyen que sucede en sus países de origen de los emigrantes. Piensan que primero hay que arreglar sus problemas allá. La solución no es así; requiere una postura multilateral y multinacional.

¿Ha fertilizado el inmigrante al catolicismo?

Es una contribución esencial a los valores nucleares de la sociedad y a la familia. La emigración hispana es una gran esperanza. Y toda la Conferencia Episcopal estamos a favor de la reforma migratoria porque creemos que los hispanos son muy importantes para la renovación de la fe en Estados Unidos. Nosotros, el retraso que hemos tenido de integrar a los hispanos en el desarrollo de Estados Unidos, es porque no les hemos facilitado su educación e integración en español. La fe que se recibió en lengua hispana no tiene el mismo sabor en lengua inglesa. Y eso es lo que debemos estar haciendo ahora, capacitándolos en español para que puedan seguir fecundando los valores de este país desde la fe.


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