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Explican posibles causas de la inmigración haitiana

Nueva York. Agencias. | 20 de Septiembre de 2013 a las 15:17

El 5 de diciembre de 1905, el presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, en un discurso planteó: "La República Dominicana es un verdadero desorden y un país solo de nombre". En el 2013, ciento ocho años después, el cardenal Nicolás López Rodríguez, revive esa tesis, declarando que la vida en la República Dominicana es un desorden total.

Y cierto que lo es, no porque lo diga "ese representante de Dios sobre la tierra", quien paradójicamente él y su iglesia son partes del desorden, sino, porque estamos inmersos en una pesada tragedia existencial, que una mayoría está padeciendo, sin que su causante mayor, el ambicioso ex presidente Leonel Fernández y co-causantes, puedan escurrir el bulto de sus dañinas acciones, bajo ningún sofisma, o cualquier otra conceptualización demagógica.

El cuadro desolador, desesperanzador y triste en que se debaten los ciudadanos de la república, donde la vida se ha convertido en un infierno, en una país cayéndose a pedazos, no se puede atribuir de ninguna manera a la inmigración haitiana, porque el desorden planteado por Roosevelt en 1905, y reafirmando por López Rodríguez, ciento ochenta años después, sigue impertérrito.

El desastre ecológico que desde ya nos está ocasionando la explotación del oro por la Barrick Gold en Pueblo Viejo, no es por culpa de esa presencia haitiana. La deuda externa que nos acogota, y el quiebre del país debido al hoyo fiscal dejado por Leonel, rotundamente no se puede atribuir a esos infelices inmigrantes.

No es atribuible a esa inmigración la corrupción rampante, que nos empobrece cada vez más, al extraer más de cien mil millones del erario. Pero tampoco, esa inmigración es culpable de que nuestros hospitales sean pocilgas, o que los servicios de agua y luz sean pésimos, o que los hombres estén matando a las mujeres, o responsables de los miles de embarazos de niñas y adolescente, o de que las ciudades estén llenas de basuras, del alto costo de la vida, de la inseguridad en nuestras calles, o de que la Policía Nacional y la Fuerzas Armadas sean nichos de delincuentes, o que la juventud se haya corrompido, o de que los cantantes urbanos, estén con su arte, excitando al sexo irresponsable, o de que en la misma frontera la inmigración sea una fuente de enriquecimiento, precisamente, para los encargados de velar para que ese trasvase se haga de una manera armónica, legal, civilizada, justa y humana.

Tampoco esa inmigración es culpable de la iniquidad e inequidad social, que nos devora, o del aumento del narcotráfico y del consumo de drogas, o de las fallas en la educación, o la falta de institucionalidad, que malogra nuestra democracia, o de la existencia de un congreso irresponsable, que con sus sueldos, barrilitos y otras canonjías desfalca el erario e irrespeta a su pueblo, o de la venta a precio de vaca muerta de nuestras empresas estratégica. Definitivamente, todos estos males señalados, que nos están conduciendo a un Estado fallido, no son debidos a la presencia de la inmigración haitiana, ni de ninguna otra inmigración.

En resumida cuenta, la inmigración haitiana que estamos tratando, señalada por algunos "analistas" como peligrosa para la dominicanidad, tiene su génesis en la naturaleza perversa de las clases dueñas de los medios de producción y de servicios, que desde 1844 han gobernado a esta res-pública, quienes en sus mentes nunca han tenido un proyecto de nación, sino, un proyecto personal de enriquecimiento a como dé lugar, aunque sea vendiendo el alma al mismo diablo, y el país al mejor postor.

En este tenor, la inmigración haitiana, viene a ser un problema más, que se suma a los sin resolver, a los creados y a los agravados por falta de una férrea voluntad política, que legal y humanamente, solucione esta problemática, que cada día se empeora, porque como ya dijimos, los responsables de resolverla, no están en eso, y porque nuestro pueblo llano, está en bachata y ron.

Esta situación se ha complicado, con la gestión irresponsable de los sucesivos gobiernos, pero, especialmente con los desgobiernos de Leonel, y porque nuestro pueblo, otrora honrado y trabajador, al compás de los malos ejemplos, del leonelismo, también se ha corrompido y envilecido; viniendo a ser, que el sector tradicional que se dedicaba a las labores del campo y construcción y labores similares, ya no quiere trabajar en eso, páguenle, lo que le paguen.

El grueso de ese sector, se ha dedicado al motoconchismo, o son beneficiarios en nominilla por su activismo y militancia política en el peledeismo. Pero además, la mayoría tiene un familiar en el exterior que le remesa dólares, cajas de comida, tenis, perfumes, pantalones, camisas y ropa interior de marca, y de vez en cuando, a petición, le llegan unos dólares extra, ya sea para celebrar el cumpleaños con buen vino, o abundante cervezas; y si se enferman, u ocurre algún accidente, el familiar en el extranjero cubre los gastos de hospitalización, honorarios médicos y medicamentos; y hasta el partido mete su mano en eso.

Así vemos, que la gente de la presente generación, formada en el leonelismo, ha asumido la filosofía laboral del Negrito del Batey, enarbolando, que el trabajo lo hizo Dios como castigo, pero esta vez, no se los están dejando al buey, sino a los haitianos, porque ya los bueyes casi no existen en el campo.

A ese respecto, por doquier se oye, que esos trabajos de las fincas y construcciones, son para haitianos. Es decir, son trabajos denigrantes, para gente inferiores. La cosa ha llegado tan lejos, que una mujer de la nueva generación no le hace caso a un trabajador de esa categoría, por considerar que al hacerlo, se rebaja; decantándose al efecto, por uno de los llamados jodedores, que la montan en buenas jipetas, le hacen buenos regalos, y la llevan a lujosos moteles, todo en un ambiente al son de merengue, bachata, dembow, reggaetón, ron, wiski, cervezas, buenos vinos, cigarrillos, y hasta de otras drogas ilícitas.

Todo lo expuesto, es parte de la real génesis de la inmigración haitiana, la cual, cada vez se torna más compleja, si tomamos en cuenta, que ni Trujillo con su mano y corazón duro, logró que los dominicanos cortaran su caña, ni que se dedicaran de lleno a otras labores agrícolas y de construcción, por lo que el mismo, después de la matanza de 1937, se vio precisado a traer braceros haitianos para cortar la caña en sus campos cañeros, y en los demás que había en el país.

Trujillo como solución a ese problema inmigratorio, nos dejó el modelo genocida, el cual como vimos, después no funcionó, porque el mismo, posteriormente, tuvo que traer braceros haitianos para cortar esa gramínea, porque como ya dijimos, ni él, con su mano y corazón duro, pudo lograr que los dominicanos se dedicaran a esa dura labor.

Ante semejante realidad, ¿Cuáles son las posibles soluciones a un problema tan delicado y con tantas aristas a ventilar?

Ya vimos que el modelo trujillista fracasó, lo mismo que el modelo irresponsable asumido por Leonel y los gobiernos que le precedieron.

En este inventario de modelos, pienso que el de Duarte es el más acertado, por humano y civilizado. Debemos de avanzar, ya no es posible, ni debe ser, que en esta época pensemos, en resolver los problemas a machetazos, apoyados en patriotismos o en nacionalismos rancios.

Si desde la creación de la República en 1844, hubiésemos aplicado el modelo de Duarte, que implica un acuerdo de comercio bilateral negociado con seriedad, lo mismo, que una inmigración basada en leyes regulatorias para tal fin, hoy no tendríamos el problema económico, social y político, creado por la falta de un comercio y una inmigración reguladas por leyes claras y justas.

En esta ocasión solo me resta decirles a los futuros gobernantes y a nuestro pueblo en general, que definitivamente, en conjunto tendrán que enfrentar esta y otras inmigraciones, tomar en cuenta la filosofía de Duarte, del que yo pienso aborrecería y entraría en pánico con la solución trujillistas, porque nos diría:

"Dominicanos, Yo no luché, para que ustedes sean una horda salvaje de asesinos, sino, para que fueran un pueblo de Dios, rabiosamente decente, justo, solidario y civilizado".


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