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Australia no duda en rebotar a los refugiados que llegan por mar

Sidney. El País. | 12 de Octubre de 2013 a las 16:30

El aumento del número de refugiados que llegan a Australia en barco pidiendo asilo se ha convertido en el tema más candente del debate político. Australia está obligada a acoger a los refugiados que llegan a sus costas como firmante de la convención de refugiados de Naciones Unidas. Pero desde julio el Gobierno opta por trasladar a los recién llegados a centros de internamiento en Papúa Nueva Guinea o en islas del Pacífico como Nauru o Manus.

Las autoridades australianas alegan que la medida disuade a quienes se arriesgan a emprender en barco el viaje de los 500 kilómetros que separan el sur de Indonesia de la isla australiana de Christmas.

Las últimas estimaciones calculan que al menos un millar de personas han muerto intentando llegar a Australia desde 2001. Sin embargo, la cifra que disparó todas las alarmas fue la llegada de 7.464 refugiados en barco en el primer trimestre de 2013, cinco veces más que en el trimestre anterior.

El ministro de Inmigración, Scott Morrison, desató la polémica por su negativa a acoger a los refugiados: "Quienes intentan venir en barco no conseguirán lo que han venido a buscar". Morrison anunció que los demandantes de asilo "se encontrarán con una cadena de medidas diseñadas para disuadir, interrumpir e impedir su entrada a Australia y su instalación en el país".

El discurso agresivo del Partido Liberal en contra de la llegada de refugiados en barco ha dado sus frutos y el mes pasado la formación conservadora obtuvo la mayoría absoluta en los comicios parlamentarios con el lema "pararemos los barcos" como una de las principales consignas de la campaña electoral.

Amnistía Internacional ha denunciado que los centros de internamiento están masificados, no cumplen con las condiciones de higiene mínimas y no garantizan la protección de los refugiados.

"Los nuevos planes para recolocar a todos los refugiados en Papúa Nueva Guinea, Nauru y Manus muestran un desprecio absoluto hacia estas personas y un desdén total de las obligaciones legales y morales de Australia", declara el coordinador Graeme McGregor.

El director del Consejo para los Refugiados, Paul Power, recuerda que quienes piden asilo no son simples inmigrantes y agrega que "Australia está actuando en contra del espíritu de la Convención de Naciones Unidas".

Power denuncia que "la llegada de 8.000 personas se considere una emergencia nacional en un país que acoge entre 200.000 y 300.000 trabajadores al año, es sencillamente ridículo". En el último siglo Australia ha acogido unos 800.000 refugiados políticos. La mayor parte —alrededor de 750.000— llegaron de forma controlada desde otros países de acogida. "El Estado quiere mostrar que tiene el control, que controla quién pasa por las fronteras", argumenta Power.

Mirza Hussein, de 34 años, llegó a Australia desde Pakistán en marzo y batalla desde entonces para conseguir el estatus de refugiado político. Hussein pertenece a los hazaras, una minoría musulmana chií que sufre continuos ataques por parte de grupos talibanes y otros radicales suníes en la ciudad de Quetta, al este de Pakistán.

Hussein pagó unos 6.000 euros a varias redes de traficantes para huir desde Pakistán a Indonesia. Un barco de motor herrumbroso que se estropeó a medio camino consiguió salvar la distancia entre Indonesia y la isla de Christmas en cuatro días. Los tripulantes tenían en mente que "algunos no llegan nunca y otros pueden tardar meses", mientras que "a veces el barco se hunde sin que nadie responda a las llamadas de socorro".

A su llegada a Australia, las autoridades denegaron a Hussein el estatus de refugiado, pero le concedieron un tiempo para apelar la decisión ante los tribunales del país. "Hay que ser fuerte para soportar esto. Mi mujer y mi hija están todavía en Pakistán y cada vez que veo en las noticias que ha estallado una bomba pienso que ellas pueden ser las víctimas y que yo no puedo hacer nada para ayudarlas", lamenta.

Su situación, reconoce, es mejor a la de quienes son transferidos directamente a las islas del Pacífico. Allí, "muchos enloquecen, se sienten prisioneros, impotentes e intentan suicidarse".


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