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Bienvenidos hermanos migrantes

Querétaro, México. Por Luis Herrera Lasso. | 26 de Diciembre de 2014 a las 13:06

El pasado 18 de diciembre, en el atrio de una iglesia, desde temprana hora apareció un templete con la leyenda “bienvenidos hermanos migrantes”. Esto sucedió en Jalpan de Serra, Querétaro, en el atrio de la iglesia del mismo nombre, construida por Fray Junípero Serra, entre 1751 y 1758.

A las ocho de la noche se escuchó la tambora, que se acercó a la plaza principal seguida de un contingente de charros que encabezaba la entrada triunfante de una caravana de 170 camionetas, procedentes de Florida y Texas, con migrantes oriundos de Jalpan que llegaban a pasar la Navidad cargados de regalos de la más diversa naturaleza, producto de su trabajo en Estados Unidos.

Al llegar a la plaza estallaron en hurras, vivas y porras los familiares y amigos que se quedaron en Jalpan, encabezados en esta ocasión por el obispo de Querétaro que lanzaba agua bendita a las camionetas del contingente. El comité de recepción no dejo de aplaudir hasta que desfiló el último vehículo. Luego pasaron todos al atrio de la iglesia en donde el obispo, el presidente municipal y miembros de la comunidad dieron los discursos de bienvenida.

Las recepciones a los migrantes se repiten en cientos de poblaciones a lo largo y ancho del país. Migrar a Estados Unidos en busca de trabajo y calidad de vida es parte de la cotidianidad de millones de mexicanos que, no obstante, no abandonan su tierra, familias y tradiciones. En sus pueblos son recibidos como héroes, son los que triunfaron pero que además comparten su éxito con quienes se quedaron. Muchos de ellos son de segunda y tercera generación y cuentan con papeles, otros muchos son indocumentados, de primera generación.

Fray Junípero Serra y los evangelizadores de las órdenes de dominicos, agustinos, jesuitas o franciscanos pueden sentirse muy satisfechos de su cruzada pues cinco siglos después la religión católica sigue siendo eje de las vidas de la mayor parte de estos migrantes.

Días después, afuera de la iglesia principal de Río Verde, San Luis Potosí, repartían a quienes por ahí pasábamos un impreso con la oración del migrante, que inicia diciendo: Señor, tú me conoces y sabes el dolor y la esperanza que llevo en el corazón. Dolor, pues mi familia se ha quedado sola y, esperanza, ya que llevo la ilusión de lograr mejores condiciones de vida para los míos.

Pasan los años y las generaciones y las condiciones de vida de estas poblaciones en México no mejoran, o lo hacen muy lentamente. El incentivo de emigrar se mantiene. Quienes lo hacen prefieren arriesgar que esperar oportunidades de empleo que en México no llegan o no encuentran empleos equivalentes a los que pueden conseguir del otro lado. En México ya nos acostumbramos a los 20 mil millones de dólares que ingresan cada año por concepto de remesas.

La mencionada oración del migrante incluye una frase contundente: Bendice a quienes nos hacen el bien en tu nombre y transforma los criterios y el corazón de cuantos se oponen, por egoísmo y orgullo, a que nuestro ingreso sea legal en el país al que nos dirigimos.

Los políticos mexicanos han desarrollado una rica retórica en torno a la migración, pero nadie se arriesga. Los estadounidenses suman la retórica a la ineficiencia de su sistema de inmigración, que no se ha movido desde hace 18 años. Para fortuna de los migrantes, sus familias, amigos y algunos prelados de la iglesia, los siguen recibiendo como los héroes que realmente son. El terruño, la familia y la religión son sus referentes. Mientras los trabajadores sigan llegando a Estados Unidos y las remesas a México, para los políticos el resto de la historia parece ser pecata minuta.

Cónsul General de México en San Diego, CA, de 1995 a 1999.

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