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Niños migrantes, la crisis sin fin

Ciudad de México. Agencias. | 10 de Mayo de 2015 a las 13:53

La historia de Carmen (nombre ficticio) se parece a muchas otras escritas en reportes similares, los que algunos abogados de clínicas legales universitarias u ONG pro migrantes presentan a las cortes que deben decidir si conceden asilo u otros beneficios para evitar la deportación. Carmen es salvadoreña, acaba de cumplir 20 años e ingresó a Estados Unidos en 2012, embarazada. En El Salvador un pandillero la había violado. No era la primera vez: un tío, con el que su madre la dejó en 2007, la violaba regularmente. Carmen hoy vive en el estado de Maryland con una tía. Aquí espera la audiencia en la que el juez le dirá si le ha concedido el asilo que pidió o si debe regresar en un avión de deportados al barrio de Apopa del que salió.

La historia de Carmen es una como muchas. Es una de las historias de los menores migrantes indocumentados, protagonistas de una crisis cíclica que parece no tener fin: estos jóvenes siguen viniendo por miles a Estados Unidos, no tanto como en 2014, pero sí como en 2012 y 2013, años récord en número de llegadas antes del año pasado.

Y hoy la historia de Carmen es también otra historia, la de su hija, Kenny, quien nació en Estados Unidos hace dos años y medio. Kenny es ciudadana estadounidense por derecho propio. Sobre su madre pende el riesgo de la deportación.

Las primeras flores, rosadas y blancas, ya adornan las ramas de los gigantescos árboles que pueblan el cruce entre la avenida Piney Branch y la Sligo Creek Parkway. El frío ha cedido. El bus de la ruta 15 que viene de Langley Park ha parado en la esquina, a dos cuadras del Mary Center, un centro comunitario bilingüe que presta servicios de salud a residentes de bajos recursos. Carmen ha traído a Kenny a una consulta “por la alergia” que tiene a la niña tosiendo sin parar.

Ninguna de las dos, dice Carmen, “son de frío”. A la joven madre salvadoreña Estados Unidos, su costa este, la recibió en el otoño de 2012, en la antesala de un invierno que no ha sido de los más fríos en la última década, pero que ella le supo a polo Norte, y a depresión. “Si ni sale uno de la casa. Ahí metido todo el día con ese frío. ¡Tristeza da!”, recuerda con cierto fastidio Carmen mientras empuja el cochecito de su hija por la Piney Branch.

 En la recepción del Mary Center, una enfermera latina da instrucciones en español. Pide a Carmen referencia del seguro médico y los datos de Kenny. A ambas las cubre un seguro gratuito proveído por el condado de Montgomery a residentes de bajos recursos sin importar su situación migratoria.

Carmen apenas tiene recursos. Gana algunos dólares por los tres turnos que hace limpiando un supermercado latino que está a medio camino entre la clínica y el apartamento de dos cuartos en el que vive con seis familiares y su hija.

“Siéntese. Ya la van a llamar”, pide la recepcionista.

Carmen toma su asiento en una de las dos decenas de sillas pegadas a las paredes de la antesala. Su rostro se parece mucho al de otras jóvenes madres de aspecto latino que han venido este día a pasar consulta; la mayoría, me dirá luego la recepcionista, comparten historias similares a la de la salvadoreña: indocumentadas que han llegado a Maryland a vivir con parientes a los que no veían hace años, mujeres que despertaron desde niñas a la actividad sexual y que, en muchos casos, han sido víctimas de abusos sexuales.

A Carmen no le gusta hablar de El Salvador ni de lo que dejó allá. Al leer la historia que ella contó a trabajadores sociales, policías y abogados en su ruta desde un albergue de menores en Arizona hasta llegar a Maryland su silencio adquiere sentido.

El expediente judicial de asilo es una historia de horror. “La criaron sus abuelos maternos y creció siendo víctima de abusos sexuales y psicológicos. Un tío abusó de ella cuando era niña. Un primo la violó. Su abuela la golpeaba. En 2009 a dos de sus primos los mató la MS 13. Su abuelo, a quien ella consideraba su padre, murió poco después por razones vinculadas a los asesinatos”. Todo eso en un solo párrafo.

Quien ve a la joven esta tarde primaveral solo verá a una mujer pequeña, menuda, de tez blanca y desordenados cabellos negros que se resisten a estar quietos en la cola que pretende sujetarlos. Verán un gesto en el que muy pocas veces asoma una sonrisa, y a una madre que se irrita fácilmente ante las correrías de su hija. Nadie verá el peso de la historia, terrible, escrita en el párrafo de un expediente judicial.


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