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El Papa se reunión con chicos latinos en una escuela de Harlem

Washington. Agencias. | 26 de Septiembre de 2015 a las 12:52

¡Hola, Papa!, le dijo una maestra nerviosa, lejos de todo protocolo pero con una gran ternura. Sentaditos esperaban petrificados los niños para mostrarle las manualidades que habían preparado para la ocasión que vivirían solo una vez en la vida y para la que se habían preparado meses. Pero el clima se distendió porque Francisco hizo todo más sencillo. “¿Quién es el más caradura?”, preguntó, y pidió que le cantaran una canción.

No hay duda de que lo que hace más feliz al Pontífice es estar con los chicos. Les toca la cabeza, los abraza, los besa, habla con ellos. Con una sonrisa incansable, relajado, bombardeado con selfies, entre tangos, fútbol, San Lorenzo y un pizarrón electrónico que lo volvió loco, el Papa visitó ayer una escuela en el Harlem latino, donde la mayoría de los niños son inmigrantes y están bajo la línea de pobreza.

Todo un símbolo este ítem de su agotadora agenda en Nueva York, donde llegó el jueves por la tarde y fue directo a la catedral de Saint Patrick, en la Quinta avenida, donde no sorprende que un departamento cueste 120 millones de dólares o una cartera en las tiendas de lujo unos 100 mil.

En esta ciudad de contrastes, el Harlem latino es una de las zonas más postergadas de Manhattan, donde se nuclean buena parte de los inmigrantes de América latina, muchos de ellos “sin papeles”.

El tema de la migración ha sido una constante en los discursos de Papa desde que pisó Estados Unidos y este viernes se sintió en casa cuando fue recibido y despedido con “El Choclo” y “La Cumparsita”. Habló con casi todos en español y hasta un chico le hizo jueguito con la pelota.

El Papa llegó a las 4 de la tarde a la escuela Our Lady Queen of Angels, en un barrio donde reinan los grafittis y se escucha música fuerte en las calles, donde lo esperaban miles de alumnos de otras escuelas en la puerta.

Acompañado por el arzobispo de Nueva York Timothy Dolan, se tomó un rato para saludar a todos, bendecirlos, recibir abrazos para desesperación del servicio secreto, y aceptar tomarse decenas de selfies para los chicos que buscaban quedarse con el trofeo digital.

Adentro lo esperaban niñitos de unos 10 años en un aula para mostrale sus manualidades. A uno de ellos, hijo de argentinos, le preguntó de qué cuadro era. El chico le dijo de Boca Juniors y él replicó instantáneamente que era de San Lorenzo.

Pero del fútbol pasó a un terreno más espinoso: una nena le mostró un proyecto ecológico en un pizarrón electrónico y buscó que el Papa apoyara su dedo en la pantalla sobre el dibujo de un tacho de basura para que lo arrastrara al sitio correcto de reciclaje. Una y otra vez el pobre Francisco, que ni siquiera mira televisión, fracasaba en el intento. Al final despertó sonrisas cuando pudo hacerlo a medias, ayudado por la niñita. El, lejos de avergonzarse, parecía divertido con el endiablado pizarrón.

Luego pasó a un salón donde lo esperaban miembros de la organización comunitaria Caridades Católicas y saludó a centenares de inmigrantes que le querían contar sus historias y entregarle regalos. Recibió, por ejemplo, un cinturón portaherramientas de trabajadores hispanos, un casco de obrero de la construcción, manteles bordados por un grupo de mujeres mexicanas y un grupo de jóvenes de la organización hicieron jueguito delante suyo para luego entregarle la pelota firmada por todos.

“Queridos chicos, ustedes tienen derecho a soñar y me alegra mucho que puedan encontrar en esta escuela, en sus amigos, en sus maestros, ese apoyo necesario para poder hacerlo. Donde hay sueños, donde hay alegría, ahí está siempre Jesús”, dijo Francisco en español.

Para sorpresa de los chicos, les preguntó: “Antes de irme quiero dejarles un homework (tarea) ¿puede ser?” Y cuando los pequeños asentían, resignados, les dijo con una sonrisa: “No se olviden de rezar por mí, para que pueda compartir con muchos la alegría de Jesús”.


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