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Abandonados entre el desbordamiento y el caos en Cádiz

Cádiz. Agencias. | 3 de Junio de 2018 a las 15:56

Amadou, ojos vivos y bigotillo de 18 años, lleva cuatro meses huyendo. Su nombre es ficticio. Cuenta, recostado en una silla y sin apenas inmutarse, un periplo que casi lo mata. Lo echaron de su casa y ha escapado de un secuestro de los tuaregs. Salió de su Guinea Conakry natal con lo puesto y, 6.000 kilómetros después, ha llegado a Cádiz, donde las autoridades y organizaciones sociales se han visto desbordadas con el desembarco de pateras con cientos de inmigrantes a bordo. “Donde pasé más miedo fue en el mar. Estuve nueve horas en una zódiac, había tempestad y nos quedamos sin gasolina”, recuerda Amadou, ajeno al caos.

Mientras el joven relata su historia, la campanilla de la puerta de la Asociación Cardijn no para de sonar. El centro de acogida es un hervidero de personas en busca de ayuda ante la falta de estructura oficial. Solo a Cádiz, hasta el 31 de mayo, habían llegado por vía marítima más de 1.900 personas, un 95% más que en el mismo periodo del año pasado, según la Cruz Roja. Llegan deshidratados y con quemaduras graves por la reacción que produce en la piel la mezcla del gasoil con el agua del mar. La cifra crece por horas y el buen tiempo que se avecina apunta a que aumentará más deprisa.

Entre crisis y crisis -la migratoria y la de la moción que ha hecho caer a Mariano Rajoy-, el Gobierno lleva días improvisando la acogida y después abandonando a su propia suerte a centenares de recién llegados a diversas localidades de Andalucía. Andalucía ha sido el puerto de llegada de cerca de 3.400 inmigrantes solo en mayo y hasta el fin de mes había atendido a un 92% más de personas que el año pasado, 7.376. No caben más en los calabozos de las comisarías, donde permanecen un máximo de 72 horas hasta que se les identifica, ni en los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE), donde se les encierra, un máximo de dos meses, mientras se resuelve su expediente de expulsión. Las ONG tampoco dan más de sí.

Los fallos del sistema no son nuevos y así lo denunció el Defensor del Pueblo, Francisco Fernández Marugán, en abril: “Se constata una notable precariedad de dispositivos para articular una atención humanitaria merecedora de tal nombre, al margen de las labores puramente policiales. Ambos aspectos pueden y deben hacerse compatibles; más aún, insistimos una vez más, dada la reiteración de estas situaciones en los últimos 30 años”. Ya en 2017 las llegadas de personas se duplicaron respecto al año anterior, según la Organización Internacional de las Migraciones. Se registraron 26.941 entradas en España frente a las 13.246 de 2016.

Los magrebíes, debido a los acuerdos de devolución, acaban expulsados tras la detención, lo que no ocurre con los subsaharianos, entre otros motivos, por la dificultad de determinar su origen. A ellos se les abandona sin más. El jueves pasado, un grupo de unos 15 subsaharianos, deambulaba por las calles cercanas al muelle de Cádiz en busca de un locutorio. Otros 21 recorrieron a pie la madrugada del viernes los 14 kilómetros que hay desde la comisaría de San Fernando, donde les soltaron, a los centros de acogida en Cádiz. "Órdenes de Madrid para no generar alarma social”, informaron fuentes policiales.

A la concejala de Derechos Sociales de Granada, Jemi Sánchez, la llamaron el miércoles: “Tienes una hora para acoger a 54 inmigrantes”. El aviso, cuenta Sánchez, venía de la subdelegación de Gobierno. Le dijeron, asegura, que la comisaría y los centros de acogida de Motril estaban desbordados, que los habían trasladado a la comisaría de Granada y que los iban a dejar en la calle tras las 72 horas de detención. La ciudad no cuenta con recursos ni competencia para ese tipo de atención.

Tres días comiendo galletas

Sánchez corrió a un supermercado a comprar pan y queso —“llevaban tres días comiendo galletas y zumo”— y movilizó a toda la red asociativa de Granada, a una parroquia y una mezquita. “Me puse a llamar a todo el mundo, fue un caos”, recuerda. La concejala improvisó un campamento en la estación de autobuses y compró cargadores para que los jóvenes pudiesen usar sus móviles y avisar de que estaban vivos. Después se hicieron autorretratos. “La urgencia estos días fue cuidar de ellos, pero hay que exigir responsabilidades porque es indigno cómo les han abandonado”, critica la concejal. Contactados por este periódico, ni la Secretaría de Estado de Seguridad ni la Delegación de Gobierno de Andalucía respondieron a las quejas vertidas sobre su gestión.

Ante la situación desesperada, el malestar es evidente en cada uno de los eslabones que componen la cadena de recepción de los recién llegados. “Desde el año pasado había informes que preveían que, en 2018, se iba a duplicar la llegada de inmigrantes. Lo normal es que se hubiese hecho algo, pero, aparte de fotos, no se ha hecho nada. Cero previsión”, reconoce un cargo policial de la provincia de Cádiz. “La situación de acogida está desbordada. Estamos incumpliendo con la moralidad”, sentencia Carlos Carvajal, responsable de Cardijn, perteneciente al obispado.

Pero hay más fallos. “La atención jurídica del Colegio de Abogados de Cádiz no tiene turno específico de oficio para inmigración por lo que los letrados no tienen formación específica. Además, la comparecencia judicial no es individual, sino colectiva”, explica Jesús Mancilla, secretario de Algeciras Acoge. Algunos juzgados, denuncia una fuente policial de Cádiz, están también desbordados como se ha visto este fin de semana en el de Barbate con decenas de inmigrantes esperando la decisión que autorizará su ingreso en un CIE de Madrid.

El joven Amadou se siente un peregrino más queriendo continuar su ruta migratoria. Tras él hay una enorme cola de inmigrantes planeando cómo abrirse camino en Europa. Francia o Alemania son los destinos más deseados. "Nos creemos tan ombligos del mundo que creemos que quieren venir a España", remacha Mancilla con ironía. Amadou no piensa en quedarse en Andalucía. Su segunda parada será en Madrid para encontrar a su primo y, después, reconstruir la vida que dejó al otro lado del Estrecho: "Yo ni siquiera quería venir a Europa, solo deseaba continuar mis estudios y es lo que voy a hacer. Me gustaría estudiar Economía".


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