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Historia de un niño inmigrante separado de su padre en EE.UU.

Lansing. Agencias. | 15 de Junio de 2018 a las 16:59

Cuando aterrizó en Michigan a fines de mayo, lo único que el niño llevaba era una bolsa de basura llena de ropa sucia de su travesía por México, y dos pedacitos de papel —un dibujo “de palitos” de su familia de Honduras y uno de su padre, quien había sido arrestado y alejado de él cuando llegaron a la frontera con Estados Unidos en El Paso, Texas.

Un escolta del gobierno estadounidense entregó al niño de 5 años, identificado en sus documentos de viaje como José, a la mujer estadounidense cuya familia tenía la encomienda de cuidarlo. Él se negó a tomar su mano. No lloró. Estuvo callado durante el viaje a “casa”.

Las primeras noches lloró hasta que lo venció el sueño. Luego “sólo gemía y gemía”, dijo Janice, su madre temporal. Recientemente durmió toda la noche por primera vez, aunque todavía insiste en guardar las fotos de su familia debajo de su almohada.

La separación de José de su padre es resultado de la política fronteriza más debatida de EE.UU.. El mes pasado, el fiscal general Jeff Sessions anunció que el gobierno procesaría penalmente a cualquiera que cruzara la frontera ilegalmente, una orden que está desintegrando a cientos de familias inmigrantes y canalizando a los niños a refugios y casas de acogida en todo el país.

En sólo las primeras dos semanas bajo la nueva política del presidente Donald J. Trump, se había procesado a 638 padres que llegaron con 658 niños, dijeron funcionarios de la administración al Congreso.

Kirstjen Nielsen, la secretaria de Seguridad Nacional, dijo que separar a las familias no era el objetivo, sino simplemente el efecto de su nuevo enfoque. “No tenemos la política de separar a los niños de sus padres”, dijo a un comité del Senado. “Nuestra política es que si infringes la ley, te procesaremos”.

KIND, una organización que proporciona asesoría legal a menores de edad, dice que sabe de al menos seis niños que quedaron abandonados cuando sus padres fueron deportados, incluyendo a una niña de 2 años.

El apellido de José y el de su familia temporal, así como el lugar donde viven, no se publican para proteger su privacidad. Desde su llegada a Michigan, dijeron los miembros de la familia, no ha pasado un día en que el niño no haya preguntado en español, “¿Cuándo veré a mi papá?”.

Le dicen la verdad. No lo saben. Nadie lo sabe.

“Estoy viendo cómo la historia se desarrolla frente a mis ojos”, dijo Janice, de 53 años. “Es horrible.”

Janice, su esposo Chris y sus dos hijas adolescentes se encuentran entre las familias que en años recientes han dado un hogar temporal a menores que buscan refugio en EE.UU.

En los últimos dos años, 12 niños ocuparon la habitación del segundo piso. Todos habían llegado solos y la familia los cuidó hasta que se identificó a algún padrino a largo plazo, por lo general un familiar, que ya se encontraba en el país.

“Tenían comunicación con sus padres todos los días”, dijo Janice. “Hablaban con ellos por teléfono. Hemos hecho videochats con mamá, papá y hermanos con cada niño —excepto ahora”.

José es el primer niño que albergan que cruzó la frontera con uno de sus padres y luego fue separado por la fuerza. En su vuelo a Michigan había otros dos niños centroamericanos en circunstancias similares.

Bethany Christian Services está coordinando la colocación de unos 100 niños inmigrantes en casas de acogida, incluyendo a José.

Entre otros niños acogidos recientemente por familias de Bethany se encuentra una niña de 18 meses separada de su padre, quien fue detenido. La niña llora con frecuencia.

Un niño de 3 años arrebatado de su madre en la frontera estaba inconsolable durante su vuelo a Michigan y lloraba sin cesar cuando llegó a su nuevo hogar el mes pasado, dijo Dona Abbott, directora del programa de refugiados de Bethany. Recientemente comenzó a establecer un vínculo con su madre temporal, de la que ahora no quiere separarse. “Parece que tiene miedo de perder otro apego”, dijo Abbott.

Al principio, José estaba triste y retraído.

Se negaba a deshacerse de la ropa con la que había llegado, una camiseta amarilla que le quedaba grande, pantalones deportivos azul marino y un suéter de lana gris que probablemente le dieron las autoridades que lo procesaron en Texas.

“Me di cuenta de que él no quería que nadie le quitara nada”, dijo Janice.

Lo único que lo animaba era hablar de sus “fotos”, como les llamaba a los dibujos de su familia.

Presentaba a “mi familia”, señalando las figuras de sus padres, hermano y hermana menor. Mirando intensamente el dibujo de su padre, con bigote escaso y una gorra, repetía su nombre en voz alta una y otra vez.

Era “sólo él y yo” en el viaje desde Honduras, le dijo a Janice una noche mientras yacía en la cama barajando las fotos.

El niño comenzó a asistir a un jardín de infantes en Bethany con muchos otros niños inmigrantes.

Al inicio de la segunda semana con la familia, sonrió un poco e incluso se permitió algunas risas.

“Me provoca un gran conflicto como madre ver a este niño empezar a divertirse y experimentar alegría en los placeres simples”, dijo Janice. “Su papá no tiene la oportunidad de verlo alegre. Es como si le hubieran robado estos momentos con su hijo. Yo no puedo reemplazarlo”.

A principios de este mes, José finalmente habló con sus padres. Las llamadas fueron por separado: su padre sigue detenido y su madre está en Honduras.

Las llamadas cambiaron todo. “Volvió a desencadenar todo el trauma de la separación”, dijo Janice.

Ella intentó ofrecerle sus juguetes, pero él gritó y lloró en la mesa de la cocina durante casi una hora.

Cuando se calmó, el niño se colapsó en el piso de la cocina, aún sollozando. “Mamá, papá”, decía, una y otra vez.

Cerca estaban tendidas las fotos de la familia, que él había tirado al suelo.


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