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Crónica de una odisea migrante en ruta a EEUU

Dallas. The New York Times | 7 de Junio de 2019 a las 16:28

Todos los días llegan a las ciudades fronterizas estadounidenses miles de migrantes de Guatemala, Honduras y El Salvador. Y todos los días parten a ciudades en todos los rincones de EE.UU. —a Atlanta, Orlando, Richmond, Nueva York, Los Ángeles y Seattle.

Después de 72 horas iniciales en los centros de procesamiento de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza a lo largo de la frontera méxico-estadounidense, la gran mayoría de quienes ingresan al país ahora son liberados a centros de refugio temporal sin fines de lucro donde reciben ropa y alimento. De allí, sacan boletos para micros Greyhound a destinos donde tienen amigos, familia o la esperanza de un empleo. Pagan un precio alto, a menudo entre 250 y 300 dólares cada uno, que generalmente es abonado por adelantado por sus familiares en Estados Unidos.

Las largas filas y los migrantes zarrapastrosos se han vuelto algo habitual en las estaciones de micros del sudoeste —y una nueva fuente de ganancias sustanciales para Greyhound, una empresa que había estado en problemas.

La estación de Greyhound en Dallas, sede de la empresa, se ha transformado de hecho en un refugio temporal de migrantes.

En McAllen, Texas, cientos de migrantes colapsan la estación diariamente, haciendo fila para abordar los colectivos. En El Paso, cientos llegan en masa a la terminal sin Zuleima López, de 37 años, había hecho casi todo el camino en micro desde Guatemala hasta México con su esposo Héctor y tres hijos, para luego cruzar la frontera a Estados Unidos con ayuda de un coyote, pero nada los había preparado para este nuevo viaje que los llevaría por Arizona, Nuevo México, Texas, Arkansas y Tennessee.

Si podían llegar a Nashville, el hermano de ella vivía cerca y había prometido ayudarlos a encontrar trabajo, si el tribunal de inmigración les otorgaba permisos de empleo. Podrían vivir con él mientras se instalaban. Los niños podrían ir a una escuela estadounidense y empezar a aprender inglés.

Pero primero tenían que salir de Dallas. Eso tomaría 48 horas, dijo el agente de la estación, porque habían perdido su conexión.

El viaje había empezado más de 24 horas antes, en el primer piso de un ex monasterio en Tucson, Arizona que hoy sirve como albergue temporal para migrantes recién llegados. Una pantalla de televisión mostraba el nombre de cada adulto, la edad de sus hijos y la fecha y hora en que tenían programado partir, así como su destino.

Héctor López, de 40 años, escuchó mientras un voluntario repasaba el itinerario de la familia –que constaba de varias páginas– y subrayó con un marcador amarillo Dallas, donde tendrían que cambiar de autobús después de ocho paradas.

El viaje fue problemático casi desde el principio: el autobús Greyhound, que ya llevaba a bordo migrantes que había recogido en Phoenix, llegó una hora tarde a Tucson y estaba sobrevendido. Dos familias tendrían que quedarse atrás. Los López y sus tres hijos —Kevin, de 17 años, Nataly, de 12, y Caleb, de 6— apenas lograron subirse.

Nadie hablaba adentro del colectivo y sólo se escuchaba el lloriqueo de un bebé mientras el vehículo viajaba al este por la ruta Interestatal 10. Había mamás con bebés y niños pequeños y varios papás que viajaban solos con un hijo o una hija. Sólo la familia López iba completa. Unos cuantos estadounidenses llenaban los demás asientos.

“A veces es casi como si nosotros fuéramos los extranjeros”, dijo Don Shockley, un camionero jubilado de 77 años, mientras miraba las hileras de asientos desde su asiento en la parte trasera. “Yo creo que tenemos que construir un muro. No los mantendrá afuera a todos, pero por lo menos a algunos”.

Los López habían decidido abandonar Guatemala a principios de año, en medio de una profunda crisis económica y una violencia que empeoraba.

 

La pareja juntó sus ahorros y pidieron dinero prestado para completar los 10 mil dólares que cobraban los “guías” que los transportaron en camión y micro para cruzar la frontera de Estados Unidos a finales de marzo.

Después de ser detenidos, los López entraron en un procedimiento de deportación —un trámite que podría llevar años— y fueron llevados a tres centros de detención distintos antes de que la Patrulla Fronteriza los entregara al ex monasterio de Tucson el 3 de abril.

El hermano de Zuleima López había pagado sus pasajes de 250 dólares a Nashville, donde un agente de la Patrulla Fronteriza ya les había agendado la cita para presentarse ante el tribunal de inmigración.

Ahora finalmente estaban en camino.

Ya eran más de las 2 de la mañana cuando el autobús entró a El Paso.

“Todo el mundo tiene que bajar del micro”, dijo el conductor después de entrar a la estación y encender la luz, lo que despertó a todos. Los agotados pasajeros tenían que esperar en la estación.

Sentada en unos asientos azules de metal con sus tres adormilados hijos, Julia Cortez, una solicitante de asilo de México preguntó: “¿Cuánto falta para Nashville?”.

Cuando se enteró de que la ciudad estaba por lo menos a 24 horas de distancia dijo en voz baja: “Ay no. Ya no nos queda comida ni dinero”.

La familia de Cortez ya había pasado dos noches en la estación de Greyhound de Phoenix, donde los dejaron las autoridades migratorias, porque no había habido lugar en otros micros.

En el colectivo, Shockley se enteró del apuro de la señora Cortez y sacó un billete de 20 dólares.

“Dénselo a ella”, dijo inclinando su sombrero vaquero. “Yo he andado en la ruta toda mi vida. La gente me ha ayudado”.

Un nuevo conductor se puso detrás del volante. La mayoría de los pasajeros se quedaron dormidos, arrullados por el micro que se dirigía a Dallas.

Pero no por mucho tiempo. Poco después de las 4 y media, el colectivo se detuvo en un puesto de control de la Patrulla Fronteriza y dos agentes subieron a bordo.

“Si no son ciudadanos estadounidenses, deben mostrar sus documentos” dijo una agente mientras caminaba hacia la parte trasera del autobús.

Diez minutos después, el micro estaba otra vez en camino, haciendo paradas en distintos lugares como Big Springs y Weatherford, aunque nadie más lo abordó. “Este es como un colectivo que va a la Dimensión Desconocida”, murmuró Shockley.

El paisaje seco cedió el paso al verdor cuando el vehículo empezó a acercarse a Dallas. Caleb, Kevin y Nataly se animaron cuando en el horizonte apareció el contorno de la ciudad. Sus ojos se abrieron de par en par al ver un parque de diversiones.

“Dallas es hermosa”, dijo Héctor López.

Dentro de la terminal de micros, un gerente de Greyhound anunció que quienes habían perdido su conexión tendrían que volver a hacer una reserva. Y ahí descubrieron lo larga que iba a ser esta espera.

Un profundo sentimiento de resignación invadía la terminal. Algunas familias compartían la poca comida que llevaban. Padres empezaron a acostar a sus hijos en el piso.

De pronto, Cortez recibió una noticia bienvenida: uno de sus familiares envió un chofer a recoger a su familia. Le dijo a Zuleima López que su familia también podía ir, pero el vehículo no tenía cabida para cinco pasajeros más.

Alrededor de la medianoche, con los niños finalmente dormidos, los López se acomodaron en sus asientos en la estación e intentaron conciliar el sueño.

El día siguiente transcurrió entre los interminables avisos de salidas que se escuchaban por el altavoz.

“Adiós, Dallas”, dijo Zuleima López mientras el autobús 1506 emprendía el camino a las 16:39, tan sólo cuatro minutos después de lo programado.

Cada uno de los 54 asientos en el autobús estaba ocupado, 33 de ellos por migrantes.

Tres hermanos, Efraín, Jeramaya y Samuel Caal, se dirigían a Silver Spring, Maryland, para ocupar el lugar de su padre Avelin, un hombre de 60 años que llevaba 15 años trabajando como jornalero indocumentado y enviaba dinero a su familia en Guatemala.

“Es nuestro turno. Papá se está haciendo mayor. Quiere ir a casa y estar con mamá”, dijo Jeramaya, de 30 años, el hermano de en medio.

Cada hermano viajaba con un niño. “Nuestro boleto para Estados Unidos”, bromeó Jeramaya, haciendo referencia a las leyes de inmigración que hacen más fácil evitar la detención si los migrantes llegan con un niño.

A la 1:08, el micro realizó una parada de una hora en Memphis para cambiar de conductor. Casi cuatro horas después, mientras los primeros rayos de sol caían sobre Nashville, el autobús 1506 entró a la estación de colectivos y la familia López descendió.

Habían viajado poco más de 2500 kilómetros y habían pasado 85 horas desde que dejaron Tucson —y lo que parecía toda una vida desde que partieron de Guatemala. Abrazaron a sus parientes y rápidamente subieron a un automóvil, diciendo adiós con las manos mientras el coche se alejó acelerando.


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