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«No es justo que los maten solo por cruzar su país», dice padre de migrante asesinada

Tegucigalpa. Agencias | 24 de Junio de 2019 a las 16:53

“El coyote me ha dicho que de aquí en 15 días ya voy a estar con mi papá”, contó María Senaida Escobar, de 19 años, a su hermana Doris aquel domingo 9 de junio.

Y mientras en el parque central de Sensuntepeque, Cabañas, esperaban a que llegara el traficante de personas a traerla, Senaida le pidió a Doris, su hermana mayor, que le hiciera unas fotos.

Doris vio marcharse a su hermana. “Ella iba feliz, iba contenta de hacer el viaje”, dice. La joven posó sonriente, con su mochila en la espalda, donde llevaba cosas para aseo personal, un par de sandalias y ropa, la suficiente para cambiarse en el camino.

La joven María Senaida Escobar murió a causa de un disparo que recibió en la cabeza cuando policías mexicanos de Veracruz interceptaron la camioneta en que ella y otros migrantes iban rumbo a Estados Unidos.

A diferencia de muchos salvadoreños que emprenden el viaje apesadumbrados por dejar a su familia, a su país y a su gente, Senaida sonreía mientras Doris la fotografiaba.

Tres días después ya estaba en el sur de México, en el estado de Tabasco.

Darío Escobar, de 58 años y con casi diez de residir ilegalmente en Estados Unidos, también estaba feliz. Era la cuarta de sus hijos que hacía el viaje para reunirse con él.

Todo parecía marchar bien

El viernes 13 de junio, como a las 7:00 de la mañana, le escribió un mensaje a su padre, en el que le informaba que todavía estaba en Villa Hermosa (capital del estado de Tabasco) y que de ahí saldrían para México, Distrito Federal, pero que al coyote le habían ordenado que esperara porque había muchos retenes.

Sin embargo, ese mismo día, como a las 8:00 de la noche, Darío recibió una llamada de otra de sus hijas que vive en Estados Unidos, y llorando le dijo que Senaida había sufrido un accidente y que había muerto.

Senaida emprendió su viaje con rumbo a Estados Unidos con la esperanza de lograr mejores oportunidades de superación. Foto Cortesía

A Darío le han dicho que a la altura de la localidad conocida como Agua Dulce, en el estado sureño de Veracruz, el pick up en que viajaba su hija con otros migrantes (entre estos algunos salvadoreños) pasó una caseta de control policial y que de repente vieron que los iba persiguiendo un vehículo policial a gran velocidad; al cabo de unos segundos, el carro policial sobrepasó a los migrantes y les comenzó a disparar.

Senaida recibió un disparo en la cabeza y murió de inmediato. Otros inmigrantes, incluyendo un salvadoreño, resultaron con heridas de bala.

“Son cosas del destino”

Darío es un campesino oriundo del cantón San Antonio, del municipio de Victoria, en el departamento de Cabañas. Ha viajado tres veces de manera ilegal hacia Estados Unidos y por eso dice saber que viajar así conlleva muchos riesgos, incluso el de morir.

Sin embargo, jamás pensó que su hija fuera asesinada por la misma policía mexicana.

“Eso no es justo, que las autoridades mexicanas maten a los migrantes por el solo hecho de pasar por su territorio. ¿Si querían detenerlos, por qué no dispararon a las llantas de la ‘troca’ (camioneta); tal vez mi hija estuviera viva?”, se pregunta Darío, quien después de saber de la muerte de su hija, decidió volver a El Salvador para poder ayudar a su esposa a sobrellevar la tragedia, pues ella padece de diabetes.

La muerte de Senaida ocurrió en momentos en que el presidente estadounidense, Donald Trump, amenazaba a México con subir los aranceles a los productos que exporta a ese país, si no daba muestras concretas de contribuir a detener el flujo de inmigrantes, mayormente centroamericanos, que en el último semestre de 2018 han adoptado la modalidad de desplazarse en caravanas.

El gobierno de Manuel López Obrador reaccionó enviando a la recién creada Guardia Nacional y más militares y policías para frenar el tráfico de inmigrantes por su país.

La muerte de Senaida podría deberse al uso desproporcionado de la fuerza que México estaría usando con el propósito de disuadir a miles de centroamericanos que cruzan ese país para llegar a Estados Unidos, según versiones de funcionarios mexicanos, como por ejemplo, el fiscal general del estado de Veracruz, Jorge Wickler Ortiz.

El funcionario mexicano ha dicho a diversos medios de comunicación, que en el hecho donde murió la joven salvadoreña, las investigaciones preliminares, basadas también en entrevistas a sobrevivientes, apuntan a que un vehículo policial fue el que abrió fuego contra el grupo de inmigrantes que viajaban en una camioneta.

No obstante, Darío cree que son cosas del destino; que su hija emprendió el viaje pensando en que iba a llegar; él tampoco se imaginó que su hija, la menor de todos, moriría en el intento.

Quería reunirse con su familia

Desde hacía varios años, la familia de Senaida estaba separada. Su padre y tres hermanos viviendo en Estados Unidos; ella, dos hermanas y su madre, viviendo en el cantón San Antonio, una comunidad fronteriza con Honduras, con muchas casas grandes y construidas al estilo americano, cuya vía principal es pedregosa, encharcada en invierno, y sin más oportunidades de trabajo para los jóvenes que la misma agricultura; ocasionalmente, la albañilería, pero esto último es cuando algún salvadoreño decide mandar dinero para construir su casa o mejorar la de su familia.

En el cantón San Antonio, de donde era originaria Senaida, tampoco hay oportunidades de superación académica para los jóvenes, según explican sus habitantes.

En ese mismo cantón solo hay escuelas que dan educación hasta el noveno grado. Si quieren continuar el bachillerato, deben viajar hasta la ciudad de Victoria.

Senaida solo logró cursar el primer año de bachillerato, pero lo hizo en la modalidad “a distancia”, refiere una de las dos hermanas.

Pero a pesar de la falta de oportunidades de estudio y trabajo, el cantón San Antonio, no tiene problemas de inseguridad o delincuencia provocada por grupos de pandillas.

Senaida no se iba huyendo de la inseguridad o porque se sintiera amenazada. Ella estaba encantada de hacer el viaje a Estados Unidos para poder tener las mismas oportunidades de prosperidad de las que hablaban sus tres hermanos que se fueron ilegalmente.

“Ella no se fue por problemas de seguridad, sino por buscarse un mejor futuro y por reunirse con su padre y sus hermanos”, indicó Beatriz, otra hermana de la joven.

Según Darío, Senaida sabía que a sus hermanos les iba bien, a fuerza de trabajo, en los Estados Unidos, y esas mismas condiciones de vida eran las que ella ansiaba, además de poder ayudar a Milagro, su madre diabética.

Pero por sobre todo, la joven salvadoreña quería ver al resto de su familia, a su padre, quien se marchó a Estados Unidos en el año 2010, cuando ella apenas tenía 9 años.

“Ya voy a llegar, papá, ya vamos a estar juntos otra vez para hacerle su comidita”, recuerda Darío que le decía su hija, a quien dice que le insistió en preguntarle si se iba por su voluntad o si había otras condicionantes.

Un retorno forzado

En los planes de Darío no estaban regresar pronto a El Salvador, pero la tragedia que ha enlutado a su familia lo hizo retornar la semana anterior para poder arreglar todo lo concerniente al sepelio de su hija.

Además, asegura, temía que las condiciones de salud de su esposa se agravaran al saber la noticia, lo cual han evitado poniéndola en manos de un médico.

Los restos de Senaida serán repatriados a El Salvador el próximo miércoles y su sepelio está previsto para el siguiente día, en el cementerio de la comunidad Santa Marta, Victoria.

Mientras esperan el cuerpo, los amigos y amigas de Senaida le han hecho varios vídeos con las fotos que la joven había publicado en su cuenta de Facebook.

En el cantón San Antonio recuerdan a Senaida como una joven dinámica que le gustaba andar en motocicleta. En su habitación solo quedan como recuerdos, el casco y la motocicleta, su ropa y zapatos ordenados, como si esperaran su regreso.


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