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“Vivimos escondidos y aterrorizados”: la pesadilla de los inmigrantes bajo el acecho de Donald Trump

Estados Unidos. Clarín. | 21 de Julio de 2019 a las 14:01
“Vivimos escondidos y aterrorizados”: la pesadilla de los inmigrantes bajo el acecho de Donald Trump

Aura vive con Dios, aunque el presidente Donald Trump la ha condenado. “Fue una bendición venir aquí”, confiesa esta guatemalteca de 38 años en la oficina de la iglesia del Upper West Side de Manhattan donde se refugió en marzo del 2018. La acechaban los agentes de inmigración y aduanas, el temido ICE para los indocumentados. O simplemente “la migra”.

El templo, el único lugar en el que se siente segura, se ha convertido en su hogar, a pesar de que no lo sea. Allí llegó con sus dos hijos, de once años y dos y medio. Aquí dio a luz a la “bebita” hace un par de meses. Su marido, con treinta años de estancia en Estados Unidos –“llegó cumplidos los 17”–, tampoco tiene documentos. Pero él no se encuentra bajo el radar porque nunca lo han detenido.

Sin embargo, ella es uno de los objetivos de los patrulleros federales. Tiene muchos números para ser una de las supuestas 2.000 personas que están en la lista de las redadas, tan publicitadas por Trump, que se programaron a partir del pasado domingo.

Esta iglesia, como tantas otras en Nueva York y en numerosas ciudades estadounidenses –sean o no de las llamadas “santuario”, es decir, que cobijan a los sin papeles-, ha abierto sus puertas a otros indocumentados en estas jornadas de persecución. Las peticiones de resguardo temporal han crecido de manera exponencial.

“Ejercer de comunidad santuario es parte de nuestra misión”, señala Sheila Powers, directora de administración de esta congregación. Saben que muchos de estos “fugitivos” tuvieron que escapar de sus países porque afrontaban graves riesgos si se quedaban.
“En el caso de Aura, lo hablamos entre los feligreses y estuvimos de acuerdo en acogerla”, matiza.

Aura anhelaba el sueño americano, pero también quiso escapar de Guatemala en busca de asilo. “Huía de la violencia doméstica, se lo expliqué a los de inmigración, pero no me hicieron ni caso”, recalca. “Tengo una orden de deportación porque no me presenté en la corte”, indica. “Los abogados no realizaron un buen trabajo”, dice.

Cruzó la frontera por México en el 2002. Lo hizo con la ayuda de coyotes, esos traficantes de seres humanos desesperados a los que tratan de sacar el máximo de provecho a la vista de su indefensión, desconocedores del terreno, al albur del desierto.

Si bien no consiguió regularizar su situación, sí que logró establecer una existencia más o menos normalizada. “Tenía un trabajo, mi familia, mi casa, conducía, y todo esto se acabó”, suspira. Nada que ver con esos delincuentes con los que Donald Trump siempre generaliza. Los números demuestran lo contrario, que los matones del MS13 (la temible mara Salvatrucha) son una gota en un océano.

La política del miedo

La historia de Aura es como la de millones de indocumentados que se encuentran en Estados Unidos. Estos días, todos los que como ella, que viven en el lado oscuro de la sociedad por no tener papeles, sufren una ansiedad superior a la habitual, que ya es mucha.

Hay una consigna: “Si llaman a la puerta, no les abras”. Las operaciones de caza al indocumentado han registrado un significativo cambio respecto a las prácticas anteriores. Los agentes del ICE, que por lo general se focalizaban en los puestos laborales para desarrollar sus redadas, se centran ahora más en los lugares de residencia al practicar las detenciones.

“Salvo que lleven una orden judicial en la que se cita a alguien en concreto, los agentes no pueden acceder a la casa”, remarca Vicente Mayorga, activista de Make the Road Nueva York, una organización sin fines de lucro de apoyo a los inmigrantes.

Mayorga lleva unas jornadas de ir de aquí para allá, de atender llamadas por posibles detenciones que terminan en falsas alarmas. “Aunque no está pasando nada especial, esto responde en primer lugar a una táctica de difundir el temor y, luego, a una campaña preelectoral, porque el discurso en contra de los foráneos llevó a Trump a la presidencia”, sostiene.

A la semana de su inicio –el propio Trump lo confirmó y habló de que era un éxito– no existe constancia de que el operativo se haya concretado en detenciones masivas ni en un número de arrestos superiores a los habituales. Pero el daño ya está amplificado.

“Estas amenazas del presidente están diseñadas para provocar pánico. Si vas a ir a por ellos, ¿por qué lo dices con tres semanas de antelación? Desarrolla, obviamente una estrategia para infundir pavor y hacer que la gente regrese a las sombras. Es una forma de represión”, según un comunicado de Deborah Lee, directora ejecutiva del Interfaith Movement for Human Integrity de Oakland, California, el estado que más desafía la política represiva de Washington.

“Esto es sólo política, la política de provocar el miedo. Si ya vivimos a la sombra, estos días estamos escondidos. Sabemos que inmigración puede venir, que tiene su plan. Sólo pretenden aterrorizarnos aún más”, subraya Aura.

Se le escapa una risa triste al preguntarle por el futuro. “Es el pavor a que este presidente vuelva a ganar, hay compañeros (por hispanos) que están regularizados que le votarán”, remarca. “Estos años han sido los peores de nuestras vidas”, remata a la hora de describir el desasosiego por sentirse criminalizada sólo por el deseo de “disfrutar de una oportunidad para un futuro mejor”, insiste.

“Por supuesto que siento miedo. No tanto por mí, bueno sí, porque los policías pueden venir a la iglesia, no tengo garantías de que no vayan a entrar”, replica. “Pero siento más pavor por mis hijos, qué pasaría con ellos”, añade.

Por nacimiento, los tres son estadounidenses. Cuenta Aura que dispone de “otro plan” en prevención de que la detengan y la deporten. “He escrito una carta para poder dejar a mis niños con alguien”, revela. Sólo apunta que el padre tampoco es la solución óptima. “Él no es residente y eso supondría que deberían seguir en penumbra como todos”, aclara.

Patricia, mexicana, también lo tiene pensado y se ha esforzado para que sus tres hijos, nacidos aquí, “estén preparados para cualquier imprevisto”. Esta mujer acude a la cita en la sede de Make the Road en Queens, en el barrio de Jackson Heigths, zona de ambiente hispano. Llega con sus niñas de dos y cuatro años. El mayor ya celebró los 18 y se prepara para ir a la universidad.

“Mis hijos son los que me dan fuerza. Les digo qué es lo que deben hacer si me detienen. Que vean que esto no pasa en la tele, que soy su mamá y qué es lo que me sucedería”, reflexiona.

A su favor juega que su madre ha recibido hace poco la ciudadanía y que su hijo mayor está comprometido. “Él es muy importante –subraya– porque es el adulto para sus hermanas y eso supone una gran responsabilidad para el hijo de una indocumentada. Es muy consciente porque ha sufrido las altas y las bajas de su mamá”.

Pánico, pesadillas y otros males

Un estudio del diario médico Jama Pediatrics incide en que la retórica y las políticas antiinmigración de Trump tienen consecuencias reales en la salud mental de los adolescentes latinos, incluidos los nacidos en EE.UU. En la encuesta de esa indagación se certifica que estos jóvenes expresan un alto nivel de preocupación por el impacto de esa circunstancias familiares y muestran una ansiedad elevada y un sueño de mala calidad. Más bien una pesadilla.

“En otro momento, esto de las redadas me habría echo llorar de pánico, pero ahora estoy informada y tengo la guardia alta”, replica Patricia. Lo que no quita que sienta miedo. “Hoy no he ido a trabajar”, comenta. Se dedica a limpiar casas. “Mi hijo me ha mandado un mensaje, ‘no salgas, que están revisando los trenes, piden identificaciones’. Estaba asustado y me ha pedido que no saliera”, prosigue. “Ahora está cundiendo mucho más el pánico”, reitera.

Esto es lo que significa vivir en la oscuridad. Patricia no ha dejado su casa. Siempre va atenta, la incertidumbre no se la quita nadie, a pesar de que carece de la amenaza en ciernes que padece Aura.

Como para la mayoría, la trayectoria de Patricia no ha sido un camino de rosas. En el 2000, con 17 años y embarazada, entró en Estados Unidos por la gestión de los coyotes. Dio a luz en Nueva York. Cayeron las Torres Gemelas y ese 2001 regresó a Puebla, a su cuna. “No podía trabajar con el bebé y no me podía mantener”, recuerda.

Al cabo de seis meses volvió a recurrir a los coyotes. Si embarazada la trataron bien, esta otra vez fue muy duro. Emprendió la aventura y lo preparó todo para que su hijo llegara a la Gran Manzana una semana después que ella. El plan se torció. Hacía el cruce con una tía y la detuvieron. Patricia se dejó retener para no dejarla sola. Las enviaron de vuelta a México. Se quedó en el área de la frontera y lo intentó casi de inmediato. “Tenía que entrar, mi niño estaba aquí”. Llegó con tres días de retraso respecto a él. No ha vuelto a México.

“He pasado muchas cosas”, susurra. Una chica de 17 años, sin una palabra de inglés. Ha trabajado en bares, restaurantes, todas esas ocupaciones que no desean los blancos estadounidenses. “Han dejado de pagarme –relata–, me han robado los cheques y las propinas, he sufrido abusos sexuales o me han echado del apartamento con mis hijos por no saber qué podíamos hacer”.

No se arrepiente. “Aunque viva en la sombra, mis hijos gozan de más oportunidades que si me hubiese quedado en México siendo una madre soltera. No creo que mis hijos estuvieran donde están”.

A Aura le resultaría trágico que, tras el esfuerzo por su estancia en la iglesia, acabara deportada. Pero extrae una lección que trasciende al trumpismo. “Pensaba que no había personas que nos apoyaran y aquí he visto que muchas nos ayudan”, dice. “Hay gente buena”.


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