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Panamá no es un país rico

Ciudad Panamá. La Estrella | 6 de Septiembre de 2013 a las 12:26

Acecha la fantasía del primer mundo como meta idílica a la que debe aspirar Panamá, como bandera ideológica sostenida por los partidos tradicionales de gobierno y oposición y como bofetada inmoral para las grandes mayorías del pueblo panameño.

Una fantasía que nace de una incomprensión sobre las dinámicas globales, y a la vez, como engaño propagandístico para mantener vivas falsas expectativas de un supuesto progreso por venir.

El futuro real de todo país descansa sobre su poder relativo en el orden internacional, y sostenemos que sin transformaciones profundas del modelo panameño que alteren su lugar en el sistema-mundo, un verdadero desarrollo será imposible.

Ante todo, no debemos hablar de "primer mundo" por dos motivos. En primer lugar el término primer mundo es un anacronismo de la guerra fría sin vigencia. La terminología surgió para referirse a la posición que ocupaban los países en relación al conflicto, con el primer mundo siendo el bloque occidental estadounidense, el segundo mundo el bloque soviético y el tercer mundo los países no alineados.

En segundo lugar no debe utilizarse porque en su connotación actual genera una falsa idea sobre la existencia de diferentes mundos independientes entre sí.

Primer mundo termina siendo comprendido como un estado al que llega un país cuando alcanza determinadas condiciones socioeconómicas, sinónimo de desarrollado (con el tercer mundo siendo subdesarrollado), las cuales se generan por factores endógenos, o internas a cada país, sin ninguna consideración por sus relaciones internacionales, como si cada país fuera una isla.

Bajo esta concepción cada estado-nación debe pasar por una serie de etapas en forma lineal durante su periodo de "en vías de desarrollo", hasta alcanzar el estadio de desarrollo de los países de primer mundo. Opera dentro de la teoría clásica del comercio internacional, donde depende de cada país decidir su ventaja comparativa dentro de la economía mundial, estructurándose así la división internacional del trabajo.

Esta teoría se suscribe a lo que Boaventura de Sousa Santos llama "la monocultura del tiempo lineal", la idea que la historia tiene un sentido único y conocido, el cual puede ser formulado como modernización, progreso, crecimiento etc.

Plantea que la historia es lineal, encontrándose al frente de este sistema el primer mundo, que tiene conocimientos e instituciones más avanzadas, y después el tercer mundo, atrasado y premoderno, en un proceso de "evolución" donde debe emular los procesos del primer mundo para "alcanzarlo".

Esta forma de comprender el mundo, que obedece al discurso hegemónico de occidente, ignora los fundamentos reales de las desigualdades y asimetrías entre las naciones, ya que sin considerar los factores exógenos, el estancamiento será perpetuo.

Existe un solo sistema mundial, donde todos los países se encuentran relacionados en forma asimétrica e interdependiente, y donde la naturaleza de las relaciones geopolíticas y geoeconómicas que sostienen entre sí las naciones influyen sobre el grado de desarrollo de cada una.

Es lo que Immanuel Wallerstein llamo el Sistema-Mundo, que divide a los países en centro, semi-periferia y periferia. La división internacional del trabajo, viene determinada por la ubicación de cada estado-nación en el sistema-mundo, donde por una serie de procesos y dinámicas las riquezas y recursos de los países periféricos y semi-periféricos son apropiados y redistribuidos a los países del centro.

Un proceso de acumulación por desposesión. En otras palabras el desarrollo de los países de "primer mundo" proviene de sus relaciones ventajosas ante los países del "tercer mundo", cuyas economías se subordinan a las necesidades del primer mundo, centrándose en sectores como las maquillas, las industrias extractivistas de recursos naturales, la monoproducción agroexportadora, servicios profesionales y financieros de intermediación (call centers y off shore banking), etc.

Pero una comprensión holística del orden internacional no puede caer en un reduccionismo económico. El sistema mundo opera según una lógica de poder, y la explotación económica no puede existir sin la dominación política.

Los países del centro afianzan su posición mediante su poder geopolítica, la forma como utilizan la política internacional para controlar los recursos estratégicos, organismos internacionales, fuerzas militares, industrias clave, etc.

Los países que alcanzan un alto nivel de desarrollo económico tienen un posicionamiento ventajoso en la correlación de fuerzas globales, que les permiten imponer los términos de las relaciones bilaterales y multilaterales. Un ejemplo de esto son los tratados de libre comercio, que evidencian una asimetría entre las condiciones pactadas a favor de los países del centro.

Pero al cuestionar la fantasía del primer mundo debemos también poner en duda los criterios de medición utilizados. Bajo el auspicio de las teorías económicas dominantes, se pretende simplificar una realidad complejísima a través de mediciones cuantitativas selectivas, enmascarando las diferencias, desigualdades y disparidades que estas cifras no pueden ni quieren capturar.

La economía panameña funciona como una serie de enclaves de servicios internacionales donde se concentra la riqueza y cuyos residuos son el sustento del resto de la población. Un aumento de los ingresos promedio solamente refleja el dinamismo de estos enclaves, pero sin representar un mejoramiento de las condiciones de vida de la población.

Estos enclaves son funcionales a los poderes globales, lo que por el poder relativo de Panamá nos ubica en una posición de dependencia, y por lo cual solo captura una parte mínima de las rentas que potencialmente pudieran generar estas actividades.

La única forma que Panamá puede lograr un mayor nivel de desarrollo es alterando el papel que juega en el orden internacional, alcanzando un mayor nivel de poder en relación al resto de los países.

El sistema mundial es dinámico y se da en forma permanente una medición de fuerzas entre todas las potencias, por lo cual la esperanza de Panamá, dado su tamaño pero también posición estratégica, descansa sobre alianzas con los demás países latinoamericanos para que en conjunto puedan cambiar su peso en la correlación de fuerzas global, rompiendo con el neocolonialismo dependiente, y pasar de actor subordinado a uno que afirma dignamente en igualdad ante los demás países los intereses de su pueblo.

Pero por encima de toda consideración geopolítica, hablar de primer mundo es una profunda inmoralidad. En una realidad donde son aparentes las enormes contradicciones y desigualdades sociales coexistiendo la más absoluta opulencia y miseria, representa un insulto celebrar y ufanarse de esa riqueza en cara de quienes probablemente nunca la conocerán.

A menos, claro, que como pueblo, nos organicemos para luchar por una sociedad más justa, una donde el crecimiento no esté por encima de la vida.


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