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Chagres, el río que desemboca en dos océanos en Panamá

Ciudad de Panamá. Por Osvaldo Rodríguez Martínez/Agencia PL. | 18 de Junio de 2018 a las 08:11

El río Chagres es el alma de supervivencia de los panameños, porque de sus aguas bebe más de la mitad de los pobladores y sobre estas se mueven los buques que atraviesan el canal interoceánico.

Cristóbal Colón intentó bautizarlo como Río de los Lagartos, por la población de cocodrilos, pero se impuso el nombre del cacique local que dominaba el nacimiento de la corriente, e incluso, los propios colonizadores llamaron Chagres al asentamiento y puerto creados en la desembocadura caribeña.

Para aquel entonces la corriente permitía navegar tierra adentro hasta un caserío bautizado como Venta de Cruces, desde el cual hicieron un camino empedrado hasta lo que hoy se conoce como Casco Antiguo, sitio definitivo de la capital istmeña.

La rada fluvial en la ribera Este era el punto norte de la ruta acuática y terrestre de mercancías y personas entre los océanos Pacífico y Atlántico, llamada Camino de Cruces, mientras en el otro extremo estaba la ciudad de Panamá, adonde llegaban las riquezas saqueadas al imperio Inca, en Perú.

El Chagres corre 125 kilómetros desde la suave cordillera de San Blas, al noroeste de esta capital, atraviesa una tupida selva, que aún se mantiene frondosa, y está represado en el embalse artificial de Alajuela o Madden, que vierte sobre el Lago Gatún, a 27 metros sobre el nivel del mar y vital para el canal de Panamá.

Desde este último espejo de agua, que cubre 436,2 kilómetros cuadrados de superficie en medio de una serranía, fluye el líquido que permite el funcionamiento de las esclusas canaleras de ambas vertientes, por lo que el Chagres desemboca su flujo al Pacífico y al Atlántico: una exclusividad mundial.

La caudalosa cuenca enfrentó antaño temporadas de sequías, no tan intensas, sin que mermara su entrega cotidiana, que en el último siglo permitió el cruce de miles de naves de gran porte para acortar distancias marinas; pero desde mayo de 2013 hasta la fecha, el déficit de precipitaciones se elevó a la quinta parte de la media histórica.

Expertos de la Autoridad del Canal (ACP), bajo cuya administración está la fuente hídrica, confirmaron la disminución de las lluvias y en consecuencia los caudales de los ríos y aportes directos sobre los embalses, afirmó Johnny Cuevas, de la División de Agua de la ACP, al diario La Estrella.

Las predicciones de otro estudioso del tema, el holandés Johannes Hunink, dicen que el aumento de las temperaturas incrementará la evaporación y deshielo de los glaciares y casquetes polares, lo cual modificará los patrones de precipitación y humedad en la atmósfera.

El futuro de los ecosistemas hídricos no es alentador, adelantó el investigador, quien augura alteraciones en las descargas acuáticas, la cantidad de agua almacenada en el subsuelo y una mayor recurrencia y severidad de eventos meteorológicos extremos con riesgo a la seguridad alimentaria, como inundaciones y sequías.

En 2016, el Alajuela clamó por agua como el caminante en el desierto, por el pobre escurrimiento de la cuenca, la evaporación, el consumo insaciable de los pobladores y el gasto del cercano canal.

Todos culparon entonces a un travieso Niño que amarró las nubes y las alejó para que la tierra se secara, pero tal vez fuera un castigo porque los hombres destruyeron bosques y aún así, quemaron la pobre vegetación.

Caminar por el lecho del embalse resultó emocionante y trágico al mismo tiempo, porque pisar suelos que permanecieron inundados desde 1935 fue el peor síntoma de indeseadas realidades, cuyas consecuencias para la vida aún se desconocen plenamente.

Mirar al cielo en espera de la bendición de la lluvia pareciera la acción más común en Panamá, mientras el derroche de agua para el consumo humano convirtió al país en el mayor consumidor (dilapidador) regional, con casi 900 litros per cápita diarios, tres veces el promedio de Latinoamérica y el Caribe.

En tanto, el caudaloso Chagres comienza a flaquear y, si no se escuchan sus alarmas ahora, tal vez corra igual suerte que el Castillo de San Lorenzo Real del Chagres, el poderoso fuerte erigido en su desembocadura caribeña en 1595, cuyas ruinosas murallas y oxidados cañones, pierden la batalla frente al clima y la desatención.


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