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Menores hondureños bajo la sombra del trabajo infantil

La Habana. Prensa Latina | 21 de Junio de 2019 a las 11:06

Pocos males sociales entristecen tanto al mundo como el trabajo y la explotación infantil, y aunque mucho se aboga por su erradicación, en Honduras miles de niños viven actualmente bajo la sombra de este flagelo.

La legislación nacional considera trabajo infantil a toda actividad en la que participan menores de edad, ya sea en la producción, comercialización de bienes o prestación de servicios, que les impida el acceso, rendimiento y permanencia en la educación o que se realice en ambientes peligrosos, produzca efectos negativos en el desarrollo intelectual, físico, psicológico, moral e incluso social en la niñez.

Según estimaciones del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), cada año ingresan al mercado laboral cinco mil personas de entre 5 y 17 años, por lo que actualmente medio millón de infantes sufren esta problemática, el 16,5 por ciento de ese grupo etario.

Estas cifras convierten a Honduras en uno de los países con mayor índice de trabajo infantil en América Latina.

Las zonas rurales cuentan con una mayor concentración de este mal, con el 68,2 por ciento, aunque se cree que la situación de explotación laboral es mucho más grave de lo que reflejan los informes.

Mientras tanto, en el área urbana se registra un 31,8 por ciento de trabajo infantil, siendo Tegucigalpa, San Pedro Sula, La Ceiba y el Progreso las ciudades con una presencia más marcada de este flagelo.

De acuerdo con el INE, el 74,4 por ciento de estos 'pequeños trabajadores' son niños, y el 25,6 son niñas, lo que denota un fuerte componente de género asociado al machismo y a la visión del hombre como principal proveedor del hogar. Distintos sectores formales e informales de la economía hondureña cuentan con mano de obra infantil, al igual que al interior del contexto familiar donde muchos niños y niñas son forzados a realizar tareas domésticas desde edades muy tempranas.

Las áreas con mayor incidencia son la agricultura, la silvicultura, la caza y la pesca con el 52,6 por ciento; comercio al por mayor y menor con el 18,6; la industria manufacturera con el 11; la construcción con el cuatro, transporte y almacenamiento con el uno, y explotación de minas y canteras con el 0,2 por ciento.

Aún cuando el Código de la Niñez y la Adolescencia, las leyes del país y los múltiples tratados internacionales a favor de los menores de edad establecen los derechos fundamentales de este sector social, en Honduras el panorama es a todas luces desfavorable y lo peor es que no se advierten indicios de una solución inmediata.

VARIABLES DE UNA INFANCIA TRUNCADA

Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), la pobreza es el factor fundamental para la proliferación del trabajo infantil.

A nivel mundial más de 250 millones de niños viven bajo condiciones de explotación laboral, indican estadísticas de la Organización Internacional del Trabajo, principalmente por la necesidad de contribuir a la economía familiar.

En Honduras, un país con una palpable crisis política, la situación de las familias y la población menor de 18 años no es para nada favorable.

La pobreza monetaria afecta significativamente a los niños y adolescentes de este país: al 53,7 por ciento de los menores de seis años de edad, al 55,7 de los que tienen edad escolar y al 47 de la población adolescente, advierte el INE.

Por otro lado, los adolescentes hondureños tienen un acceso limitado a la educación. Solamente seis de cada 10 estudian, pues la temprana inserción de estos en el mercado laboral los excluye de oportunidades educativas y de otras ventajas sociales.

Huellas dolorosas del trabajo infantil

No es necesario decir que las consecuencias del trabajo infantil sobre los pequeños son negativas, con secuelas muchas veces imborrables a lo largo de su vida luego como adultos. Es un fenómeno nocivo para el desarrollo físico, mental y social de la niñez.

Incluye numerosos riesgos de contraer enfermedades infecciosas o de otra índole, sufrir accidentes laborales que pueden comprometer su integridad física, y hasta casos de abusos sexuales, sobre todo a niñas y adolescentes.

También genera bajo rendimiento académico y altas probabilidades de deserción escolar en los niños que llevan trabajo y estudio paralelamente.

Un menor que deja la escuela para trabajar, una vez adulto, ganará tres veces menos que un profesional y es que trabajar a una edad temprana lo sumerge en una desigualdad en donde posiblemente permanecerá el resto de su vida.

El trabajo infantil es, sin duda alguna, una sombra que debe desaparecer para siempre de las cabezas de cada niño en Honduras, América Latina y el mundo.

*La autora es periodista de la Redacción Centroamérica de Prensa Latina.


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