2024: el despertar mundial es irreversible Moscú. Por Sergey Yevgenyevich Naryshkin, http://svr.gov.ru

2024: el despertar mundial es irreversible Moscú. Por Sergey Yevgenyevich Naryshkin, http://svr.gov.ru

El autor es Director del Servicio de Inteligencia Exterior de la Federación Rusa

Las turbulencias mundiales provocadas por la lucha encarnizada entre Occidente –que intenta mantener su dominio– y los nuevos centros de poder que reivindican el derecho a un desarrollo soberano, obviamente seguirán cobrando impulso en el próximo año. Además, hay razones para creer que el proceso de reestructuración mundial que se desarrolla ante nuestros ojos irá acompañado de un despertar geopolítico de cada vez más países, pueblos y continentes enteros que tratan de liberarse del “aturdimiento” liberal-totalitario.

El conflicto fundamental, o tal vez existencial, entre el “viejo” y el “nuevo” mundo, que subyace desde hace 30 años, desde el final de la Guerra Fría, y que entró en una fase abierta con el inicio de la Operación Militar Especial, se ha extendido geográficamente en el último año. La agenda globalista y descaradamente antihumanista impuesta con insistencia por Washington y sus aliados está provocando el rechazo de un número cada vez mayor de Estados no occidentales que comparten las ideas de la multipolaridad y se adhieren a una visión tradicional del mundo. Todo ello multiplica los riesgos de inestabilidad y conduce a un mayor caos en el ámbito de la política exterior, lo que exige una gran moderación y previsión por parte de los líderes mundiales.

El panorama mundial que ha surgido hasta ahora se parece cada vez más a una situación revolucionaria clásica, cuando los “de arriba”, representados por el debilitado Estados Unidos, ya no pueden proporcionar su propio liderazgo, y los “de abajo”, a los que la élite anglosajona, incluye a todos los demás países –sin exagerar– ya no quieren someterse al dictado occidental. Para evitar una ruptura radical de toda la “superestructura” mundial que existe actualmente y que sólo beneficia a los anglosajones, la cúpula euroatlántica seguirá el trillado camino de crear un caos controlado: desestabilizar la situación en regiones clave del planeta enfrentando a unos Estados “recalcitrantes” contra otros y formando después coaliciones operativas y tácticas en torno a ellos bajo el control de Occidente.

Sin embargo, lo concreto de la situación actual es que Washington y sus satélites son cada vez menos capaces de realizar plenamente sus designios destructivos. Los actores mundiales responsables, entre los que sin duda se incluye Rusia así como China, India y muchos otros Estados, se han unido y están demostrando su disposición a oponerse resueltamente a las aventuras externas y a llevar a cabo de forma independiente la gestión de crisis como es el caso, por ejemplo, de Siria. Además, incluso los aliados más cercanos de Estados Unidos buscan ahora diversificar sus lazos ante la incapacidad cada vez más evidente del antiguo hegemón para garantizar su seguridad. En este sentido, la escalada en la zona de conflicto palestino-israelí, sin precedentes en el siglo XXI, fue un ejemplo aleccionador para muchos políticos occidentales, acostumbrados a apostar por unas relaciones especiales con Washington.

Une y vencerás

Es evidente que el próximo año en la escena mundial estará marcado por una nueva intensificación de la confrontación entre los dos principios geopolíticos antes esbozados: el anglosajón –o insular– “divide y vencerás” y el continental, directamente antagónico, “une y vencerás”. Las manifestaciones de esta feroz confrontación en el próximo año se observarán en todas las regiones del mundo, incluso en las más remotas: desde el espacio postsoviético, el más importante para nosotros, hasta Sudamérica y el Océano Pacífico.

Con respecto a la situación en Ucrania, podemos esperar que los políticos occidentales, debido a la imposibilidad objetiva de lograr una victoria militar sobre nuestro país, intentarán retrasar las operaciones militares todo lo posible y convertir el conflicto ucraniano en un “segundo Afganistán” a la espera de nuestro agotamiento gradual en la agotadora lucha de potenciales. Lo intentarán, como antes, mediante un complejo de medidas económicas y militares-diplomáticas, incluida la presión de sanciones que violan las normas del derecho internacional y los incesantes suministros de armas y equipo militar a Kiev.

Sin embargo, es muy probable que un mayor apoyo a la junta de Kiev, especialmente dada la creciente “toxicidad” de la cuestión ucraniana para la unidad transatlántica y la sociedad occidental en su conjunto, acelere el declive de la autoridad internacional de Occidente. La propia Ucrania se convertirá en un “agujero negro” que absorberá recursos materiales y humanos. Al final, Estados Unidos corre el riesgo de crearse un “segundo Vietnam”, con el que tendrá que lidiar cada nueva administración estadounidense hasta que llegue al poder en Washington una persona sensata, con suficiente coraje y determinación para tapar el agujero.

Los países árabes

El mundo árabe seguirá siendo el escenario clave de la lucha por un nuevo orden mundial en 2024. Aquí podemos ver más claramente cómo se están haciendo añicos las pretensiones de las élites globalistas al papel de hegemón, que se imaginaban ser tras el colapso de la URSS. La invasión de Irak, la infame “primavera árabe” que destruyó las pacíficas Libia y Yemen, la prolongada guerra en Siria, la aparición del monstruoso grupo terrorista ISIS y, por último, los intentos de hacer colisionar los “polos” suní y chií en Oriente Próximo: esta no es en absoluto una lista completa de las criminales manifestaciones del pensamiento estratégico de Washington y algunas otras capitales occidentales. Este rumbo conceptual ha sido perseguido sistemáticamente por las sucesivas administraciones republicanas y demócratas en la Casa Blanca con el único objetivo de un dominio indiviso. Aunque, al parecer, en ningún otro lugar podría ser más indiscriminado, dada la masiva presencia militar estadounidense desde el Mediterráneo hasta los mares de Arabia.

La razón principal del colapso de una política tan unilateral y miope de Occidente es increíblemente sencilla: se trata de un nuevo y esta vez verdadero despertar de los pueblos de Oriente Próximo, a diferencia de la infame “primavera árabe” orquestada por Washington hace diez años. Por un lado, este despertar se manifiesta en la llegada al poder en varios países árabes de líderes fuertes y soberanos y, por otro, en el rápido crecimiento de los sentimientos antiestadounidenses y, más ampliamente, antioccidentales en la región. El mundo multipolar es ya una realidad que los globalistas no podrán “cancelar”. Lo que ayer parecía casi imposible es hoy un hecho inalterable: la normalización de las relaciones entre Arabia Saudí e Irán, su entrada en los BRICS junto con Egipto y los Emiratos Árabes Unidos, el regreso de Siria a la “familia árabe”.

Rusia da la bienvenida de todas las maneras posibles y seguirá contribuyendo al éxito de estos procesos en la medida de sus posibilidades. Pero lo más importante es que todo esto habla del estado de ánimo existente en el mundo árabe en favor de una resolución mutuamente aceptable de los conflictos, una búsqueda conjunta de vías para resolver los problemas de seguridad y la construcción de relaciones constructivas previsibles respaldadas por intereses económicos y humanitarios comunes. En este contexto, no se puede dejar de mencionar el alto índice de desarrollo de lazos mutuamente beneficiosos entre los países árabes y Rusia y China, a pesar de los desesperados intentos de Estados Unidos y la UE por impedirlo.

África, América Latina y el Caribe

En el próximo año, África también continuará su firme marcha para convertirse en uno de los centros independientes de poder en la escena mundial. Los países africanos son cada vez más independientes en su política exterior e interior, y sus voces son cada vez más fuertes en la ONU. En el futuro, también aumentará el papel de la Unión Africana como institución mundial capaz de resolver crisis en África sin ayuda externa. De hecho, estamos asistiendo a una auténtica descolonización del continente negro, que empieza a verse a sí mismo como un sujeto independiente de las relaciones internacionales, y no sólo como un mercado de recursos baratos, como lo siguen viendo los anglosajones.

La República Centroafricana y Mali son una prueba evidente del proceso de replanteamiento de la identidad geopolítica de África, que está cobrando impulso. Las nuevas autoridades de Bangui y Bamako han tenido el valor de rechazar decididamente el patrocinio de Francia y del “Occidente colectivo” para establecer estrechos vínculos con nuestro país en los ámbitos económico y político-militar, y en la práctica han demostrado lo acertado de su elección. En este sentido, el ejemplo que han dado servirá de inspiración a otros Estados del continente negro interesados en seguir una vía política soberana, basada principalmente en los intereses nacionales e independiente de los caprichos de las élites occidentales.

Al mismo tiempo, es obvio que las antiguas metrópolis no cejarán en sus intentos de socavar las aspiraciones de desarrollo soberano de los africanos, utilizando un probado “juego de caballeros” de métodos coloniales clásicos: desde interminables promesas de ayuda financiera y político-militar hasta la incitación deliberada a conflictos interestatales, la propagación de la ideología islamista radical y las intervenciones militares directas. Sin embargo, esto sólo animará a los líderes regionales a buscar “proveedores” de seguridad más fiables, que a sus ojos son Rusia, China, India, así como las monarquías árabes, que no tienen un oscuro pasado colonial y, lo que es más importante, están dispuestas a ofrecer a los países y pueblos africanos una cooperación en pie de igualdad y no ideológica.

Cabe señalar que procesos similares se están desarrollando activamente en todas partes, incluida América Latina, que los estadounidenses siempre han considerado su “patio trasero”. También allí es cada vez más persistente la demanda de estructuras de integración independientes que no estén sometidas a los dictados de los anglosajones. Una de ellas es la Comunidad de Países Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), en la que, como es lógico, no está prevista la participación de Estados Unidos y Canadá.

El bloque euroatlántico

Ahora unas palabras sobre la situación dentro del propio bloque euroatlántico. El año que viene, es seguro que veremos en Estados Unidos y Europa un aumento del nivel de desunión pública y política en toda una serie de temas, desde el apoyo a Ucrania hasta la promoción de la agenda LGBT. Un presagio de la inevitable tormenta fue Eslovaquia, donde el partido de orientación nacional, Dirección-Socialdemocracia (SMER), dirigido por Robert Fico, ganó las recientes elecciones parlamentarias a pesar de la enorme presión de las élites occidentales liberales de izquierda.

En mi opinión, en 2024 la mayoría de las campañas electorales en Occidente -desde las elecciones al Parlamento Europeo hasta las presidenciales en Estados Unidos- se desarrollarán en un ambiente de feroz confrontación entre los globalistas, por un lado, y por otro los partidarios del realismo en política exterior y de los valores tradicionales en el ámbito social. Aunque apenas tiene sentido predecir los resultados concretos de las futuras campañas, puede pronosticarse con absoluta exactitud que los políticos occidentales tratarán habitualmente de culpar del inevitable aumento de las tensiones internas en sus países, a Rusia, así como a China y a otros Estados que tengan el valor de ofrecer al mundo su propia visión del presente y del futuro, alternativa al “campo de concentración” totalitario-liberal.

Eurasia

Mientras tanto, se está configurando una realidad fundamentalmente nueva en Eurasia, cuyos contornos empezaron a perfilarse con la devolución de Crimea a Rusia y la reintegración de las Repúblicas Populares de Lugansk y Donetsk, así como de las regiones de Kherson y Zaporozhye. En 2024, estoy seguro de que no hará sino reforzarse el papel unificador de Moscú como centro de los principales proyectos de integración del continente. Así lo indica también la amplia alianza emergente entre Rusia y nuestros aliados y socios de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) y la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), así como la naciente Gran Asociación Euroasiática. La cualidad más importante de estas estructuras –que las distingue fundamentalmente de los bloques occidentales– es que no se dirigen contra terceros países sino que se centran en la formación de un orden mundial justo basado en el respeto incondicional de la soberanía y la observancia del derecho internacional.

El BRICS+

Una asociación tan representativa como el BRICS, de la que seis nuevos Estados se convertirán en miembros de pleno derecho el año que viene, tiene también un poderoso potencial para construir una arquitectura de relaciones internacionales justa y verdaderamente democrática. Como parte de la campaña para desacreditar este foro, los medios de comunicación occidentales suelen referirse a él como una alternativa al G-7 promovido por Moscú y Pekín. Sin embargo, el G-7 es Estados Unidos y los seis satélites que le sirven, y el orden dentro del bloque no difiere mucho del de una prisión, donde sólo el alcaide mayor tiene derecho a voto, mientras que los demás se ven obligados a cumplir obedientemente sus órdenes.

A su vez, el BRICS, especialmente en su composición ampliada, es una alianza de potencias iguales, o más bien de civilizaciones, según las palabras del Presidente Vladimir Putin, que se esfuerzan juntas por encontrar respuestas a los retos y tareas más apremiantes de nuestro tiempo. Confío en que la próxima Presidencia rusa del BRICS en 2024 dará un impulso adicional al desarrollo de este formato verdaderamente prometedor.

A su vez, el BRICS, especialmente en su composición ampliada, es una alianza de potencias iguales –o mejor dicho, de civilizaciones, por utilizar las palabras del Presidente Vladimir Putin– que se esfuerzan juntas por encontrar respuestas a los retos y tareas más acuciantes de nuestro tiempo. Sin duda, la próxima presidencia rusa del BRICS en 2024 dará un impulso adicional al desarrollo de este formato verdaderamente prometedor.

Occidente y Rusia

Ciertamente, Estados Unidos y sus aliados seguirán tomando medidas para ejercer presión directa e indirecta sobre nuestro país, así como sobre todos los demás que no acepten “entregar su alma” y “jurar lealtad” a los valores neoliberales. En el próximo año, esperamos que se intensifiquen los ataques anglosajones, incluso en plataformas internacionales, principalmente en la ONU, así como en el marco de diversas “cumbres por la democracia” revisionistas y formatos multilaterales ad hoc. El verdadero objetivo de estos empeños salta a la vista: bajo el pretexto de una respuesta colectiva a la “amenaza” rusa, china o de cualquier otro tipo, seguir desmantelando las instituciones de gobierno surgidas a raíz de la Segunda Guerra Mundial, removiendo así los últimos obstáculos para el odioso “orden basado en reglas” impuesto por los estadounidenses.

También en este caso cito al Presidente de Rusia, que calificó esta “orden” de “disparate” y de intento de sustituir al derecho internacional. Añadiré por mi parte que en el emergente mundo multipolar este “producto podrido” ya se vende mal incluso entre los políticos occidentales que no quieren defender los estrechos intereses propios de las élites anglosajonas y de ciertos grupos de influencia. ¡Qué decir de los demás!

Los dirigentes y los pueblos de la inmensa mayoría de los Estados del planeta hace tiempo que reconocieron la doble cara de Occidente y ya no se creen sus dulces promesas ni sus falsas promesas: el despertar mundial es irreversible.

También nosotros tenemos que despertar de la “estupefacción” liberal de los años noventa y volver a nuestras raíces. Tenemos nuestro propio camino. Rusia es un país-civilización característico con una historia milenaria, que no debe olvidarse y mucho menos traicionarse.

Félix Edmundovich Dzerzhinsky

Por esta razón hemos decidido, para restablecer la justicia histórica, erigir en el territorio del cuartel general del Servicio de Inteligencia de Rusia (SVR) en Yasenevo un monumento a Félix Edmundovich Dzerzhinsky (*), destacado estadista y fundador del servicio de inteligencia exterior ruso, un símbolo de determinación, abnegación y determinación, un héroe que se mantuvo fiel a la idea de construir un mundo nuevo y justo hasta el final.

(*) Félix Edmúndovich Dzerzhinski (11 de septiembre de 1877 – 20 de julio de 1926) fue un revolucionario comunista soviético de origen polaco, estrecho colaborador de Vladimir Ilich Lenin y fundador de la policía secreta bolchevique,​ la Checa, que combatió y venció al movimiento contrarrevolucionario entre 1917 y 1923, conocido como “Guardia Blanca”, financiado principalmente por Alemania y el Imperio Británico.