Escúchenos en línea

Pensamiento Crítico

Chile cae en un alarmante estado de semianarquía

Por Francisco Herranz / Francisco Jiménez De la Fuente | Sputnik / BBC Mundo | 04 Diciembre 2019

Seis semanas después del inicio de las protestas ciudadanas y los saqueos generalizados, Chile parece haber caído en un alarmante estado de semianarquía difícil de creer.

La gente quiere pensar que este país latinoamericano, envidia de sus vecinos, no se hundirá en el abismo y que volverá la cordura, pero ni las medidas sociales, ni la propuesta de aprobar una nueva Constitución, han conseguido detener la agitación pública ni los actos de violencia.

En la economía es evidente que se ha desatado un shock absoluto, y está cundiendo el miedo a lo desconocido. El último trimestre del año experimentará una caída en el consumo, un descenso en la actividad económica en general. El mejor indicio de lo mucho que la revuelta está afectando a la vida cotidiana es que los aviones de Iberia que cubren el trayecto Madrid-Santiago empiezan a estar vacíos de pasajeros cuando pasaba todo lo contrario.

Los intercambios comerciales caen en picado. También los culturales. Todo se paraliza. Los capitales internacionales se lo van a pensar muy mucho en continuar o regresar. La ola de saqueos intermitentes se prolonga por más de un mes, lo que, junto a la debilidad de todas sus instituciones, se traduce en una valoración muy negativa del país. El daño a la economía chilena es muy grave y lo pagarán los sectores sociales menos favorecidos, es decir, los pobres.

Las dos primeras semanas de crisis fueron de expectativa, pero a partir de la tercera el escenario cambió radicalmente. La alta volatilidad de la moneda nacional es un potente indicador de que las cosas están fatal y de que Chile ha sucumbido en un estado de descontrol y zozobra en el que no se puede planificar casi nada a largo plazo. De hecho, el banco central chileno se vio obligado a inyectar 20.000 millones de dólares en los mercados cambiarios para intentar frenar la fuerte devaluación del peso, cuyo valor ha caído más de un 15% desde que comenzó la crisis el pasado 18 de octubre.

Como apunta el periodista hispano-chileno John Müller, lo que está ocurriendo "no tiene precedentes en la historia y probablemente no tiene precedentes en ningún otro movimiento, Más que una cosa del pasado es una versión del futuro".

Müller califica los hechos de "insurrección 2.0", donde se aprecian al menos tres elementos: una capacidad de organización y gestión de la violencia muy perfilada, la ausencia de ley o anomia sustentada en la falta de respeto a la autoridad y una sobreexposición mediática, especialmente en la cobertura de televisión.

El Ejército no quiere intervenir. Por ahora. Cuando estuvo a punto de reimponerse el toque de queda, parte de los que frustraron esa medida extraordinaria fueron los propios militares, que prefieren no tener que salir otra vez a las calles a poner paz, después de la amarga experiencia inicial, cuando el presidente Sebastián Piñera decretó el estado de emergencia.

Piñera sin norte y debilitado

Piñera es el más perjudicado. Está absolutamente sobrepasado por los acontecimientos. Debilitado y desnortado. Y no deja de sufrir las presiones de los sectores más duros derechistas que le piden que se eche al monte y aplique mano dura.

El jefe del Estado intenta que el Congreso acepte un decreto que endurezca las penas para los delitos de saqueo y permita al Ejército proteger las infraestructuras críticas, es decir, esenciales, como las centrales eléctricas o los hospitales. En el fondo está evadiendo su propia responsabilidad al señalar que la forma de combatir legalmente la violencia corresponde al poder legislativo, como si él no tuviera suficientes facultades para hacerlo. Esa pérdida de un tiempo precioso lo está descomponiendo todo, dejando por los suelos la buena imagen de Chile. El presidente no ha atacado el problema de fondo —la desigualdad social— y no actuado ni bien ni rápido. Se durmió en los laureles.

El conservador Piñera ha propuesto crear una nueva Constitución, pues la actual, que data de 1980, tiene obvios problemas de legitimidad ya que fue elaborada e impuesta por la dictadura del general Augusto Pinochet.  La propuesta implica el consenso nacional y el cumplimiento de unos plazos, que giran sobre el mes de abril, para que la nueva ley suprema sea debatida, redactada y ratificada por el pueblo soberano. El objetivo es que el nuevo texto sea más moderno y flexible, y no obstáculo a los derechos civiles como ocurre ahora. En cualquier caso serán meses de incertidumbre e inestabilidad. ¿Aguantarán las costuras? Pues no se trata de una crisis gubernamental sino de una contingencia sistémica que necesita medidas serias y urgentes, no sólo políticas y sociales, sino también económicas y fiscales que favorezcan a los más jóvenes, protagonistas indiscutibles de los tumultos y huelgas que se viven.

​A la lenta reacción político-institucional se ha sumado la brutal actuación de los Carabineros, acusados de graves violaciones de los derechos humanos a la hora de sofocar las protestas. La Justicia investiga las muertes de 26 manifestantes, cinco de ellas fruto de la participación de los agentes del Estado. Las fuerzas policiales chilenas tienen métodos de trabajo que no sólo son muy duros sino también bastante anticuados: los perdigones que disparan contra los manifestantes más revoltosos ya no se utilizan en los principales países de Europa. En las algaradas de Cataluña, por ejemplo, se han estado empleando balines de goma para disolver a los más violentos. Ahora los carabineros chilenos o pacos, como les llaman popularmente, han optado por una inacción voluntaria, que roza la negligencia, para evitar ser denunciados, pero eso mantiene la crispación, la inseguridad y el vandalismo en los barrios periféricos santiagueños de La Cisterna, La Pintana o Quilicura.

Aunque se buscan razones sociológicas, todo este caos es el resultado de décadas de ignorancia sobre el sufrimiento de las clases bajas. ¿Es acaso el suicidio de un país? Parece todavía pronto para decir algo tan rotundo y severo como eso, pero ciertos comportamientos resultan incomprensibles y fomentan esa terrible interpretación de los hechos.

​El Ejército no se mueve pero podría cambiar de idea si esta anarquía no cesa. Si continúan los excesos se abriría paso el fascismo nostálgico pinochetista, que desgraciadamente no ha desaparecido del todo de la sociedad chilena.

Valparaíso: un campo de batalla

Francisco Jiménez De la Fuente / BBC Mundo

Por estos días, caminar por Valparaíso dista mucho de ser el agradable paseo que atrae cada año a miles de turistas ansiosos por conocer uno de los lugares más particulares y atractivos de Chile.

Al llegar, la recepción te la da una intensa brisa de gas lacrimógeno. A tu alrededor, de inmediato puedes observar gente con mascarillas, algunos estornudos y ojos irritados.

Todo se complementa con miles de pedazos de vidrio esparcidos por las calles.

Y no es lo peor.

Su característico colorido ha sido reemplazado por un tono gris metal que cubre decenas de locales comerciales que intentan hacer frente a la ola de saqueos, robos e incendios que ha azotado al centro de la ciudad puerto desde hace más de un mes, cuando se inició el estallido de las protestas en Chile.

Valparaíso se transformó en una ciudad blindada. José es dueño de una Zapatería en calle Condell, epicentro de los desmanes No dice el nombre de su tienda, porque tiene miedo, como nunca lo había tenido en el largo tiempo que lleva vendiendo zapatos y zapatillas a los porteños. "Llevo 45 años trabajando aquí, he atendido a tres generaciones de clientes, los abuelos, los padres y ahora a los hijos", cuenta, antes de asegurar que estaba obstinado con cumplir 50 años con su tienda antes de retirarse.

Sin embargo, ya no está seguro de lograrlo.

"Secuestrados por el vandalismo"

Desde hace más de un mes, apenas entra gente. Hay un par de zapatos y botas en vitrina, que son los que no alcanzaron a robar. Los ventanales rotos y los ojos llorosos de José cada vez que habla, dan cuenta de la crudeza del momento que atraviesa. Ya tuvo que despedir a dos de sus trabajadores y la meta que se autoimpuso, de los 50 años, poco a poco se va alejando. "En mis años nunca antes había visto algo así. Cuando una ciudad se muere, se mueren sus ciudadanos, muere todo. Estamos secuestrados por el vandalismo", se lamenta.

Y puede sonar a exageración pero para Héctor Arancibia, Presidente de la Corporación de Comercio Unido de Valparaíso, no lo es. "En Calle Condell hay 150 locales comerciales, de ellos 46 están saqueados, 17 quemados y 55 funcionando a media máquina. Otros 12, ya decidieron cerrar e irse" asegura con pesar y continúa: "Hemos tenido que escondernos y protegernos para salvar nuestros locales, los que quedan... Estamos contratando guardias privados y blindando. Parecemos bunkers".

Cada blindaje metálico, dependiendo del tamaño del frontis, cuesta entre 200,000 (US$248) y un 1,5 millones de pesos (US$1.866), pero aún así, no garantizan seguridad total. Nada lo podría hacer. "Acá nos quedamos dos o tres personas toda la noche, para cuidar, cuenta Víctor Suárez, dueño del famoso local J. Cruz.

A sus 81 años, asegura que nunca le había tocado ver tal envergadura de violencia y pese a que su típico restaurant no la ha sufrido de manera directa, como todos los lugares en el centro ha visto disminuida su clientela en niveles dramáticos. "Es la primera vez que no he podido pagar los sueldos y las imposiciones", dice Víctor con preocupación.

Naya, una de sus trabajadoras, agrega que "gracias a Dios hasta el momento nos han respetado a nosotros, pero hemos llorado aquí, todos los compañeros de ver cómo está Valparaíso. Ya como que aquí no hay vida". Pese a todo, dice que la gente en Valparaíso está unida. "Igual nos vamos a parar de esto".

Ciudad Patrimonial

En julio de 2003, el casco histórico de la ciudad de Valparaíso fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Las autoridades de ese entonces, no dudaron en recalcar la importancia de dicho nombramiento en pos del desarrollo de la ciudad, y la responsabilidad que la distinción conllevaba. Poco más de dieciséis años después, no queda nada que celebrar y los planes que un día se trazaron para hacer de Valparaíso una ciudad merecedora de la distinción de "patrimonial", simplemente se esfumaron.

Para Lorena Colivoro, representante del Movimiento Valparaíso Ciudadano, la situación que explotó junto a las demandas sociales de todo el país, en esta ciudad se arrastraba hace tiempo. "Hace rato Valparaíso es una ciudad en crisis, pese a que tenemos la condición de patrimonio. Para nosotros Valparaíso es una ciudad maravillosa, pero tienes que saber que vivir acá significa bajar tu estándar de vida, tienes que saber que la ciudad tiene hoyos, que está complicada, que tiene basura...", dice.

A su vez, agrega que los problemas de la ciudad no son solo arquitectónicos, sino que hay una profunda crisis social. Asegura que "tenemos problemas de salud mental severos. Sientes que caminas por una ciudad que en cualquier momento se va a descontrolar".

En conversación con BBC Mundo, el alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp, afirma que "esta es una ciudad que fue declarada por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, sin embargo, nunca el Estado le ha garantizado el trato igualitario y equitativo que merece". El alcalde, a su vez, asegura que "la situación de Valparaíso no es tan distinta a la de otras ciudades de Chile que se han visto afectadas en el marco de estos 45 días de protesta nacional. Quizás en Valparaíso la crisis golpea de una forma distinta porque arrastramos una situación de abandono del Estado de Chile, de muchos años".

¿Se podría ver comprometida la distinción de Valparaíso como ciudad patrimonial? "Sería muy bueno una visita de la UNESCO a Valparaíso, en la medida en que la UNESCO también se comprometa con nosotros a sensibilizar al Estado de Chile de que su contribución a la categoría de patrimonial hoy día en Valparaíso, es muy baja. Hay que trabajar para evitar que ese riesgo tenga lugar", dice Sharp.

¿Quiénes son los saqueadores?

Para Lorena Colivoro "hay varios factores que hicieron esta tormenta perfecta. La falta de pertenencia es uno de ellos". Gente que no se ve ni se siente representada por nada, y que no tiene problemas en destruir lo que porteños, quizás como ellos, han construido con esfuerzo. "Hay algunos que fueron a robar para revender y otros a saquear para sus casas". Es difícil clasificarlos o identificar sus problemáticas individuales.

El alcalde Sharp, sin embargo, va un poco más allá: "Sin duda hay personas que se organizan para delinquir. Actúan verdaderas bandas, cuyas acciones no tienen ningún vínculo o relación respecto a los fenómenos sociales que hoy día están en la calle". Y agrega: "Se les paga por saquear. Si eso la policía no lo sabe... bueno... Nosotros hemos ido construyendo esa historia a través de lo que nos dicen los vecinos, por lo que dicen los videos, por lo que han visto funcionarios municipales".

Si hay algo en que ambos están de acuerdo es en que, como asegura Jorge Sharp, "se ha privilegiado desplegar grandes recursos para reprimir a quien se manifiesta. No ha habido a nuestro juicio, el mismo tipo de despliegue y preocupación con el patrimonio, con el espacio público, con el comercio".

¿Cuál es la salida?

Según datos de la Municipalidad van más de 140 locales quemados o saqueados en todo Valparaíso y a su vez, se estima que se han perdido más de 1.000 fuentes de trabajo.

Para Lorena, la solución es una sola: "Aquí las pilas se las tienen que poner las autoridades. Dar la cara y poner a todos sus equipos a trabajar por lo que la gente necesita", dice.

En la misma línea, Héctor Arancibia, representante de los comerciantes más afectados, espera un gesto por parte de las autoridades ya que "tenemos miedo de ver 200, 300 personas en una turba que vienen a saquearnos, dispuestos a todo. Si el día de mañana el alcalde nos invita a una mesa de trabajo, ten por seguro que ahí estaré".

El alcalde, por su parte, siente que "la desigualdad se nota en la manera en que la estrategia de orden público se desenvuelve en Valparaíso. En comunas ricas de Chile Carabineros tiene la estrategia y la dotación necesaria para evitar saqueos e incendios. En Valparaíso no sucede eso, ni en La Pintana, ni en Quilicura".

Y reclama por lo que cree, es un ninguneo a la ciudad: "La pregunta que nos hacemos los porteños es por qué tanta indolencia, ¿se está castigando a Valparaíso? ¿se le quiere dar una lección? ¿o es simplemente incapacidad?", plantea.

Desde la Municipalidad de Valparaíso ven las fiestas de fin de año como un pequeño empujón para reactivar la economía, por lo que se han planteado seguir adelante con las tradicionales celebraciones de la ciudad.

"El año nuevo en el mar es una de las fiestas de año nuevo más importantes del mundo. Constituye para nosotros más que una fiesta, un motor económico, por las oportunidades que le da a la economía local. Pensamos que mantener la fiesta es un aporte, ya que en los días que dura los ingresos para la ciudad alcanzan los 300 millones de dólares, se generan más de 3.000 puestos de trabajo y llegan a la ciudad más de 500.000 personas", explica el alcalde Sharp.

¿Entonces está confirmado que se va a realizar?  "Por ahora sí. Salvo que no tengamos las condiciones mínimas de seguridad que requiere un evento de estas características, cuestión que no depende de la municipalidad sino que del gobierno y de las policías".

Descarga la aplicación

en google play en google play