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Semblanza de un héroe y la matanza de los inocentes

05 Julio 2013

Por Jorge Loáisiga Mayorga.

Siete de julio de 1979, 4:30 pm. Un centenar de miembros de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI) de la Guardia Nacional, irrumpe violentamente en varias casas de la Villa Pacto Andino, barrio contiguo a las Américas 3 y la Colonia 5 de diciembre, entre ellas la casa donde yo vivía con mi madre, mis hermanas y mi hermano Rigoberto.

Estas fuerzas especiales de la Guardia son comandadas a nivel nacional por el hijo del dictador, Anastasio Somoza Debayle, Anastasio Somoza Portocarrero, "El Chiguín".

Llegan en camiones verdes olivos. Probablemente cinco o más. Se desplazan en 200 metros desde la entrada de la calle hasta la casa de mi hermana María Elena, ubicada, del hoy mercado Iván Montengro, seis cuadras al lago.

La caravana de vehículos la encabeza un jeep de las Brigadas Especiales contra Actos Terroristas, BECAT, descapotado, también verde olivo, en la que viaja una mujer vestida de civil, gafas oscuras y velo en la cara.

Entonces yo era un niño de 11 años. Días atrás había caído una bomba en la casa de la abuela Victoria, lanzada por un avión T-33, conocidos popularmente como push-pull. Somoza había ordenado el bombardeo sobre la ciudad para acabar con la insurrección. La bisabuela Luisa resultó herida en sus piernas.

La guardia andaba en busca de Rigoberto. Alguien lo había denunciado. Oímos los gritos y el rugir de los motores de aquellos camiones marca Ebro que usaba La Guardia.

Los guardias entraron por el techo, por el patio y por el frente, derribaron las puertas a patadas, quebraron las persianas delanteras y traseras de la casa, dispararon sus fusiles galil, gritaban con rabia todo tipo de groserías y estacionaron en posición de combate el jeep artillado con una ametralladora calibre M50 frente a la casa, dispuestos a abrir fuego. Igual hicieron con las casas vecinas aledañas.

Patearon a mi madre y sacaron a empujones y culatazos a mi hermano Rigoberto, de 18 años, que tenía en brazos a mi sobrino Allan y que se abrazaba con mi hermana Aura.

Mi sobrino tenía apenas un año de vida. También buscaban a mi entonces cuñado, Boanerges, padre de Allan, pero éste había salido en horas de la mañana rumbo al Crucero, por veredas.

Mi madre se aferró a su hijo, suplicó que no se lo llevaran y el guardia que estaba al mando del operativo, un tipo de estatura media, requeneto con facciones asiáticas, vestido con traje y gorro camufle, granas colgando de su pecho, armado de un fusil galil y pistola al cinto, amenazó con llevarse al pequeño (yo), sino "dejaba de joder y soltaba al otro".

Junto con la amenaza vino otra patada. Montaron a culatazos a mi hermano a uno de los camiones, lo acostaron en el piso, varios guardias pusieron sus botas sobre su cuerpo y se fueron con rumbo desconocido.

Imposibilitados de salir a buscar a mi hermano a los retenes que tenía la guardia por varios sitios de Managua o la Central de Policía por el estado de sitio que empezaba a las seis de tarde, mi madre, mi hermana Aura y yo llorábamos de rabia, impotencia y dolor presumiendo el destino fatal que tendría Rigoberto.

Fue la tarde y noche más amarga que hemos vivido a lo largo de nuestras vidas. En esos días no había luz eléctrica ni agua y Somoza había decretado el estado sitio. Por las noches se escuchaban disparos de todo tipo de armas en diferentes puntos de Managua.

Eran los pocos focos de resistencia que habían quedado de la insurrección que comandaba el Frente Sandinista, o el asesinato de otros jóvenes que la guardia había capturado en diferentes sitios de la capital. Eran las noches de terror de Managua. Con cada estruendo mi madre se soltaba en llantos incontenibles.

No solo lo llevaron a él, también a otros nueve jóvenes que habían sido capturados en la Colonia 5 de diciembre. Todos ellos fueron denunciados por una soplona de la Guardia somocista llamada Consuelo Centeno.

Tres de ellos eran los hermanos, Fabio, Mario René y Juan Calderón González.

Los otros eran Pedro Joaquín Luna, Silvio Pastrana Fernández, Jorge Luis Toledo, Gerald Francisco Marenco, Javier Chamorro Zeledón y Juan Francisco Amador.

Tras la captura de todos ellos sus madres y familiaries y incluida la mía, nicialmente por separado, empezaron a buscarlos en los comandos de la guardia, donde se los negaron.

Después del triunfo de la Revolución buscaban sus cadáveres en el cerro Mokorón, en las costas del lago de Managua, en la Cuesta del Plomo, en Piedra Quemada, en los predios cerca del aeropuerto, en las salidas de las ciudad, como Tipitapa, carretera nueva a León y carretera vieja a León.

Todos estos lugares eran ocupados por la guardia para lanzar los cuerpos de los miles de jóvenes que a diario asesinaban después de capturarlos en sus casas, en los campos deportivos y en la calles de la ciudad. Igual ocurría en otras ciudades del país.

Mi hermano Rigoberto tenía su propia historia ligada a la vida sentimental de mi madre. Prácticamente nació en la clandestinidad. A raíz de los sucesos que culminaron con la muerte del padre de la dinastía somocista, Anastasio Somoza García, su padre, Toño López, famoso caricaturista del diario Nueva Prensa y destacado opositor al régimen, es enviado al doloroso exilio.

Su compañera de vida, doña Aura Mayorga, (mi madre) mujer de profunda raíz proletaria y consciente de lo que le espera en su posición de cónyuge de un destacado opositor, se suma al exilio.

Por esa fecha se encontraban también en Costa Rica, Carlos Fonseca, Tomás Borge y Silvio Mayorga a quienes mi madre les brindó refugió y alimentación en la humilde casa que rentaba con Toño López en San José.

En esas fechas (noviembre de 1961) y a pesar de las penalidades y sufrimientos que les causara el exilio, nació Rigoberto. Pero su padre debido a la necesidad de la organización, parte a Cuba, quedando mi madre en Costa Rica, con su recién nacido, que debido a las circunstancias no logra conocer a su padre.

En el año de 1962, mi madre, burlando a las autoridades de Migración ticas y nicaragüenses, regresa a la patria, llevando sobre sus hombros la dura tarea de educar a su hijo Rigoberto y sus otras dos hijas. Yo aún no había nacido.

A su regreso logra inscribir el nacimiento de Rigoberto como que había nacido en un hospital de Managua y empieza a trabajar en las maquilas de aquella época.

Rigoberto cursa su primaria en la escuela Leonor de García en el barrio Meneses de Managua y el Loyola. Realiza estudios secundarios en el Instituto Simón Bolívar, donde hace contactos con activistas estudiantiles en el año 1976.

Este movimiento estudiantil se llamaba Comité de Luchas Estudiantiles (CLES), destacándose como un dirigente de la lucha estudiantil y luego incorporándose a un destacamento Juvenil del Frente Proletario, en tiempos de la división de FSLN. Estos destacamentos eran las Brigadas Populares que comandaba el Comandante Gabriel Cardenal.

Se inició en las Brigadas Populares, como foco de resistencia. Nuestra casa de habitación fue buzón de la guerrilla urbana, casa de seguridad para entrenamiento y charlas políticas. Participó diferentes acciones y en un operativo sobre la Guardia Somocista el 24 de marzo de 1979, acción en la que cae el comandante Elvís Díaz Romero.

Después de esta acción se intensifican los operativos de desgate a la dictadura, con recuperaciones económicas, asaltos a establecimientos comerciales y una sucursal bancaria, armas y ajusticiamientos contra oficiales de la Guardia Nacional y miembros de la OSN, especialmente en la Brigada Popular Oscar Miguel Rivera "Loyola.

Por esta época vivía con nuestra madre en el barrio Meneses, uno de los tantos barrios marginados del sector oriental de la ciudad de Managua; asiste a reuniones clandestinas en casas de seguridad de la Colonia Nicarao, donde recibía orientaciones políticas y militares.

Durante la insurrección final participó en combates contra la genocida guardia somocista en los sectores de la Colonia Nicarao, Barrio Meneses, Colonia 14 de Septiembre, Barrio Ducualí y en El Dorado. Estuvo destacado en la barricada que detenía el avance de la guardia en el sector del cruce de Villa Progreso y Bello Horizonte, hasta que inició el repliegue táctico.

Debido a la falta total de municiones del rifle 22 con que combatió en la insurrección final, decide ir a la casa en Villa Pacto Andino en busca de su madre, hermanas y hermanos. Después fue capturado por la guardia.

Hasta la fecha los restos de Rigoberto y los otros nueve jóvenes no han sido encontrados para darles cristiana sepultura y aquí se hace realidad la estrofa de la canción de Carlos Mejía de que la Tumba de Rigoberto y esos otros nueve jóvenes es todo nuestro territorio.

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