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Alfabetizando en El Tortuguero

29 Julio 2013

Por Carlos Arturo Jiménez.

El libro "Brigadistas", las memorias de dos ex brigadistas de la Cruzada Nacional de Alfabetización de 1980, Juana Rodríguez y Evelyng Echegoyen, fue publicado en los Estados Unidos el año pasado.

El destino les hizo un cambio de carriles a toda una columna que la UNAN de Managua envió a la Costa Atlántica, y terminaron en las entonces vírgenes montañas de El Tortuguero-Walpa, donde pestes asesinas diezmaban a las aldeas y comunidades. Hay un encuentro con indios ramakíes quienes se negaron a recibir a los brigadistas. Juana describe en esta obra, la variedad de a flora y fauna que van desde los domésticos hasta los salvajes, y su encuentro con algunos gatos salvajes, el águila arpía, la Mata Buey, Barba Amarilla, el Danto, entre otros. Juana, eventualmente, se pierde en las montañas junto a un grupo de compañeros y contrarrevolucionarios que emprenden una persecución sin piedad.

Juana actualmente vive en el barrio San Judas de Managua.

Evelyng, que alfabetizó en las isletas de Granada, desgraciadamente murió en abril de 2012.

Esta es una parte del testimonio de Juana Rodríguez:

Naufragio en el Karawala

"Agárrense fuerte muchachos", grité.

Unos veinte metros antes de llegar a la intersección de corrientes, el bote giró con brusquedad ciento ochenta grados y brincó por unos segundos cuando navegábamos sobre la efervescencia. Sorpresivamente, la ebullición nos liberó pero 'trastabillamos', dando saltos desordenados de tal forma que éste se ladeó y poco a poco se fue inclinando cada vez más, hasta que justo al alcanzar los noventa grados, se volcó por completo y zambullimos. Y de repente, me vi dentro de las aguas con las corrientes jalándome con fuerza con todo y embarcación encima.

Desde mi posición, sentí que lo toqué varias veces e intenté aferrarme a éste pero fue imposible. Sentí que las aguas y corrientes aplastaban mi cuerpo, como que si tal estuviera cargando varios quintales de peso.

Sofocada por la falta de oxígeno, nadé hacia la superficie pero siempre había algo que me guiñaba o me obstruía, hasta que salí justo a un lado de la embarcación volcada, y por fin aspiré aire.

Pero la velocidad de las corrientes, lluvias y vientos agitaban la superficie que en borbollones sacudían su lecho y se hacía difícil mantener mi nariz fuera de las aguas. Y mientras tanto, las corrientes me jalaron y alejaron del bote.

Por suerte ubiqué a David quien también era empujado a dos metros detrás de mí.

A veinte metros ubiqué al otro quien nadaba con desesperación a unos cuantos metros detrás del bote volcado, y siguiendo el curso de las corrientes, libraba una batalla campal por recuperar las mochilas y salvarse así mismo.

"Tenemos que recuperar las armas", grité al momento que tragaba agua cuando abrí mi boca y las aguas embravecidas me empujaban.

Inesperadamente, en el mero centro había algo parecido al gancho de un tronco de árbol atascado, que dibujando una 'V' sobresalía a la superficie como única vía de salvación. Al pasar junto al mismo agarré una de sus ramas. En ese instante, vi por los mismos relámpagos a David, y cuando pasaba a mi lado, lo agarré de uno de sus brazos y balbuceé con dificultad pues estaba exhausta: "Agárrate…de este…de este tronco".

Pero las corrientes fueron más fuertes y en un abrir y cerrar de ojos nos hizo soltarnos de la misma. Como éste no sabía nadar, hacía poco o nada para flotar y buscar la orilla. Cuando miré atrás, vi que el bote quedó justo en el gancho de la tuca, por consiguiente, las armas quedaron momentáneamente a salvo. Ya sea por imaginación, alucinación o realidad miraba ojos verde-amarillos correspondientes a guajipales que se lanzaban al agua en nuestra caza, y serpientes de gran tamaño que nos observaban desde las ramas de los arboles; ya en medio de una obscuridad que hacía de aquel naufragio una pesadilla aterradora.

A treinta metros el río dibujó una curva poco pronunciada y en el quiebre había un árbol frondoso lleno de bejucos, cuya raíces largas, gruesas y elásticas estaban al descubierto por las mismas corrientes fuertes que habían erosionado parte de la tierra.

Cuando estábamos a dos metros de los bejucos que se movían al paso de las corrientes, agarré uno, me jalé así misma con todas mis fuerzas y busqué la orilla.

Como las corrientes empujaban a David detrás de mí, que a su vez lo mantenían a flote, saqué fuerzas de flaquezas y lo empujé con mis pies, manos y con todo lo que tenía al instante que le supliqué:"Pipito, si no…intentás nadar… te morís".

Pero el desplazamiento de aguas me guiñaban con tanta fuerza que cuando ya estaba a punto de soltarme del bejuco, de repente, un trozo de algo duro que era arrastrado, me empujó de un solo hacia la orilla y de paso mi cuerpo empujó a éste, ya cuando estaba a punto de abandonarlo a su suerte.

Para ese momento, por la misma oscuridad y distancia había perdido de vista al Dr. Bigote. Además de mi propio peso y uniforme, cargaba el gavilán en una jaula que se guindaba de un mecate a mi hombro derecho, el pajarito se había desaparecido, también portaba mi pistola 9 mm browning. Después del empujón, David quedó a tres-cuatros metros de mí, a quien miré sólo por la iluminación de los relámpagos.

"Me ahogo Juani…ayudame… pipita", me suplicó, al instante que sacó ambos brazos en señal de socorro, quizás por última vez. Exhausta por el constante forcejeo con las corrientes, le hice una última súplica: "Hermanito, agarra este…este bejuco, no…no quiero perderte, pero si no la hacés… te…te llevan las corrientes, yo ya no tengo fuerzas para sal…varte", le advertí con dificultad.

Tomé otro bejuco y se lo tiré con todas mis fuerzas, como una última oportunidad, puesto que si no lo agarraba, las corrientes lo arrastrarían para siempre.

Sin embargo, éste se aferró a la vida y más por instinto de sobrevivir que por habilidad, agarró la raíz al tacto de un solo manotazo porque la oscuridad no le permitía ver.

Y poco a poco salió de las aguas hasta que llegó a la orilla ya hinchado por la abundante agua que había tragado. Hasta ese momento sólo lamentaba la desaparición del pajarito, la lora y los tres mapachines.

Lo situé a un metro sobre la orilla boca arriba. Quince minutos más tarde el Dr. Bigote se apareció con las mochilas, las cuales dejamos en la orilla junto a David, la jaula conteniendo el gavilán y regresamos por las armas.

Como nadábamos orillados para evitar la furia de las corrientes, esquivando ramas y matorrales, algo cayó sobre mi cabeza que pensé era un pedazo de rama pero cuando se movió, sacudí mi cabeza y lo que fuera se desprendió de la misma.

Divisamos el bote volcado en el gancho del árbol que estaba atascado en el centro del río. Y tuvimos que batallar juntos por más de quince minutos para darle vuelta, pues se hizo difícil por la misma presión que tenía al estar boca abajo. Con su yatagán mi compañero cortó el mecate y ya con el moño de las armas amarradas, nadamos de regreso hacia adonde teníamos las mochilas y el otro compañero.

Agotados, nadábamos y forcejeábamos orillados, a veces nos dejábamos llevar por las mismas corrientes, nos agarrábamos de los arbustos y las ramas de los árboles que caían sobre la ribera, y jalando las armas con el mecate.

En cuanto alcanzamos la ribera, el Dr. Bigote con las armas dio varios pasos, pasó encima de David y se tiró exhausto en la profundidad de la maleza. Mientras yo permanecí tendida en la ribera 'este' del río, boca arriba, encima de un monte, completamente exhausta, con mis dos brazos extendidos de tal forma que mi mano derecha tocaba el cuerpo de David y mi izquierda estaba parcialmente dentro de las aguas y movida por las corrientes.

No sé cuánto tiempo transcurrió, quizás quedamos inconscientes y dormidos por agotamiento o permanecimos despiertos, puesto que ya no distinguía entre lo real e irreal…

¡Tssssss!, sentí que algo lucio, largo y aguado pasó rozando mi mano izquierda.

"¿Qué fue eso? ¿Qué fue eso?", pregunté sobresaltada e incorporé la parte superior de mi cuerpo hasta que quedé en una posición de sentada. Escudriñé entre la obscuridad a mi derecha para ubicar a los muchachos, pero estos no respondieron, estaban tendidos y quizás dormidos.

Pensé que había sido una pesadilla relacionada a las corrientes, que producían ruidos y sonidos extraños que arrastraban lo que encontraban a su paso. Unos vientos soplaban con tanta fuerza que hasta a los árboles más altos mecían y hacían crujir, más una lluvia incesante. Por suerte en ese lapso, unos relámpagos iluminaron el lecho y a sólo metros de mí y en toda la orilla, miré grupos que parecían pedazos de tucas o piedras que flotaban en el agua. Pero noté que no iban a la deriva sino que se acercaban hacia mí, y otros relámpagos me permitieron ver con claridad que se trataba de una manada de guajipales.

"¿Qué es esto Dios mío?", pensé así misma.

En ese instante, el Dr. Bigote se despertó gritando.

"¿Qué fue lo que me pasó rozando?".

Percibí que estábamos siendo acorralados por diversos animales, y el rugido de un felino en las profundidades de la vegetación, me disuadió de internarnos.

¡Grrrrrrrrr!.

Además, una obscuridad total y con matorrales tupidos e impasables, nos tenían atrapados en un callejón sin salida.  

"Levántense muchachos, levántense", les ordené.

Vi la silueta del Dr. Bigote que se incorporó pero no así la del otro compañero que parecía estar muerto.

"Las armas, dame las armas, rápido".

"¿Tenés la pistola todavía Juani?"

"Sí, aquí la tengo pero necesitamos las ametralladoras".

Comprendiendo que era un caso de vida o muerte, creo que pasó encima de David, se me acercó con las armas amarradas y al tacto, desciframos los complicados nudos.

"¿Hay matabueyes aquí verdad?", me preguntó.

"Son guajipales y nos están acorralando; necesitamos tirar varias ráfagas para ahuyentarlos".

Éste momentáneamente dejó de desenredar los nudos, con ambas manos me asió los lados de mi cabeza de forma suave y me reclamó en tono de súplica.

"Juani por favor, olvidate de ahuyentar; abrí los ojos por favor pipita, ¿no te das cuenta que a lo mejor no salgamos nunca con vida de estas selvas?, han muerto más de cincuenta compañeros hasta ahorita, ¿querés que nos unamos a esa lista?, son ellos o nosotros, tiremos a matar o terminaremos en sus panzas".

"Está bien, está bien pero primero desamarremos estas chochadas y después veremos".

Pero en ese mero instante escuché voces lejanas e imprecisas que provenían de norte a sur, o sea de 'río abajo hacia río arriba', que nos hizo interrumpir el desamarre de las armas y aguantar el hecho de que los guajipales se acercaban sigilosamente.

Como ya no teníamos tiempo de hacer otra cosa, ambos doblamos nuestros cuerpos superiores hacia atrás quedando boca arriba y semi oculto entre el follaje. Por la iluminación de unos relámpagos, vi tres botes de remos uno tras otro que navegaban en el mismo borde (este) donde yacíamos tendidos. Las probabilidades que alguna lancha se atreviera a navegar a esas horas y bajo la furia de las tormentas era una en un millón; por lo que casi descarté que se tratara de una casualidad.

¿Y si son los del EPS que vienen a rescatarnos?, pensé.

Sin embargo, recordé las palabras del haitiano: "Pase lo que pase no vendremos por ustedes, no tendremos tiempo para hacerlo, pues tenemos que proteger al resto de brigadistas aquí; ustedes ya conocen la zona y para eso tienen armas. Recuerden que están solos y por su cuenta".

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