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Carlos Martínez Rivas nunca fue un amanuense de aparato, como sí lo ha sido Ramírez Mercado

27 Enero 2009
Por Amaru Barahona El Nuevo Diario, 27 de enero 2009
Secos de corazón, pulcros vistiendo voz en coro todo te lo dijeron: todas mis caídas, chicas y grandes. Ellos estaban enterados, madre. Ah, pero algo te callaron. Sólo una cosa (¡y yo río ahora!): que nunca quise jugar al más listo con nadie. Lo que ellos no me perdonan, madre Carlos Martínez Rivas
En mis noches de vigilia que se acentúan con el paso del tiempo, soy un recurrente lector de poesía. Entre mis libros de cabecera está "La Insurrección Solitaria" y en mi cuarto de trabajo tengo pegados en las paredes o en mi escritorio poemas que he ido pescando en periódicos y revistas de la obra posterior de Carlos Martínez Rivas. También le doy seguimiento a la obra literaria de Sergio Ramírez, y reconozco que después de su primera desastrosa novela "Tiempos de Fulgor" (no pude terminarla y la tiré al basurero llegando a la mitad), ha escrito una novelística de calidad que me ha ayudado a entender dimensiones importantes de nuestra realidad. Especialmente me ha alumbrado sobre la estructuración y funcionamiento del poder tradicional en Nicaragua. Leo poesía y literatura sin ninguna motivación erudita o de notabilidad. Esta afición responde exclusivamente al disfrute de un placer estético que ocupa un lugar de primer nivel en la jerarquía de mis placeres existenciales. Por ende, mis opiniones en este campo no tienen ninguna pretensión que vaya más allá de una reflexión sobre un placer al que le otorgo un lugar importante en mi vida. Es en este sentido que quiero referirme a la alharaca que una casta de ideólogos (algunos con talento artístico que me merece respeto) ha levantado sobre un episodio cuya resonancia sólo es explicable por la importancia que le asignan los escándalos de artificio que se inventan los poderes mediáticos. – Algo de sentido común es que si Carlos Martínez Rivas o su familia otorgó al Instituto Nacional de Cultura los derechos de autor sobre su obra, el diario El País si verdaderamente deseaba publicar la obra de Carlos estaba en la obligación de considerar y concertar los criterios del INC sobre la edición, incluyendo el perfil del autor del prólogo o presentación. Los criterios del INC con respecto al autor del prólogo fueron razonables y flexibles: propuso a un escritor nacional con suficiente calificación para asumir la tarea, Pablo Centeno; consideró también la alternativa de que fuese un poeta y estudioso español, sugiriendo el nombre de Luis Antonio de Villena. La intransigencia y la prepotencia provino de El País: o es Sergio Ramírez el autor del prólogo o no hay edición de Carlos Martínez Rivas. – Leí el escrito de Sergio Ramírez concebido como prólogo para la edición en España de la obra de CMR. Tiene dos carencias básicas para cumplir con la función de contenido introductorio a la excelsa creación de Carlos, que se agrandan si consideramos que la edición estaba diseñada para lectores que no han leído nada o casi nada de su poesía. La primera es que no contiene una sola palabra que se dedique a analizar la obra, su génesis, evolución y el contexto socio-histórico en que se creó. Estos elementos constituyen marcos fundamentales para cualquier lector de poesía que se plantea un deleite más profundo en el descubrimiento de una obra poética. La segunda carencia tiene que ver con el sesgo con que se presenta la personalidad de Carlos. Ramírez escribe con fulgurante prosa un retrato anecdotario ("impresionista" lo llamarían ciertos círculos literarios de moda), bien modelado y de amena lectura. Pero es un retrato superficial que se centra y regocija en las miserias de Carlos, e invisibiliza los atributos de grandeza humana de su personalidad. Por lo tanto, es un retrato que falsifica la personalidad de Carlos y convierte en ininteligible el insondable humanismo de su obra. Está exactamente en la misma línea de la versión grotesca de Darío presentado como el borracho genial. – No me jacto de haber sido amigo de Carlos, porque creo que era un hombre demasiado solitario para haber tenido amigos. Sin embargo, nos tratamos en encuentros esporádicos con mutua deferencia y simpatía, y en esos encuentros siempre conversamos largamente. De ese trato, quedaron registrados en mi memoria algunos rasgos de su asombrosa humanidad que siempre admiré. Uno: su desprecio consecuente por el poder (el poder, entendido en su ejercicio tradicional) y la acumulación del fetiche monetario. Su verbo preciso y cáustico con frecuencia se refirió con desdeño hacia esas personas cuyo sentido de la vida gira en torno a los círculos del poder y del capital. Este menosprecio nunca fue un juego de retórica de salón sino un valor que lo encarnó en su propia vida. Carlos apoyó la revolución sandinista porque vio en ella un proceso en que el pueblo, por primera vez en nuestra historia, emergía como sujeto histórico. Jamás vio en la revolución una escalera de cucarachas para ascender motivado por ambiciones personales. Un día lo encontré con un legajo de documentos bajo el brazo entrando al Midinra, donde ocupaba un puesto de burócrata modesto; le di una broma sobre su porte de funcionario, y muy serio me reprendió: "quiero sentirme útil en este proceso". Después, mascullando sus problemas existenciales, se refugió en su retiro de Altamira; allí siguió defendiendo la revolución y escribió algunos de sus más hermosos poemas. Pero no escatimaba la emisión de sus dardos críticos contra todo lo que no le gustaba del proceso. A diferencia de Sergio Ramírez, Carlos nunca fue un amanuense de aparato, nunca escribió panegíricos dedicados a Daniel Ortega. Nunca fue el hombre más poderoso de Nicaragua después de Daniel Ortega; el hombre que manejó durante una década el ejercicio cotidiano del poder. Pasada la revolución, Carlos nunca tuvo el desparpajo de escribir unas memorias de cálculo, que escamotean lo esencial de la realidad para sacudirse la responsabilidad de los errores que, desde el poder, se cometieron en los 80. En su relación con el poder (el poder como forma de ejercicio tradicional), Carlos fue la antítesis paradigmática de lo que es la personalidad de Sergio Ramírez. – El otro rasgo que recuerdo con admiración de la personalidad de Carlos fue su rechazo tenaz hacia esa tara nacional que es el culto al "notabilismo". El concepto de "notable" es un concepto de origen colonial, incorporado a la práctica política oligárquica. Hace referencia al que "se ve", gracias a la investidura que le otorgan los poderes político, económico y religioso; o al status de prestigio que estos poderes asignan desde arriba. Éste que "se ve", el "notable", es lo opuesto al que "no se ve", al invisibilizado, al ninguneado por la jerarquía social. En suma, ser "notable" es lo opuesto a ser gente sencilla, a ser pueblo. Ninguno de los paradigmas éticos en nuestra historia política, ni Augusto Sandino ni Carlos Fonseca, fueron "notables" en sus respectivas coyunturas históricas; por el contrario fueron invisibilizados y ninguneados por los "notables" de su tiempo. A Carlos nunca le interesó la figuración en el círculo de los "notables". Rechazaba los cálculos y los entramados de las relaciones públicas. Con fervor de asceta asumió a cabalidad y hasta sus últimas consecuencias su vocación de poeta, dedicándose con obsesión autodestructiva a la construcción de una de las mejores creaciones poéticas de la lengua castellana en el siglo XX. De la trascendencia de su obra tuvo una lucidez incólume; siempre supo que la calidad de su obra permanecería invulnerable a los manejos de las tramoyas del poder. También en este sentido, la personalidad de Carlos fue la antípoda de lo que es la personalidad de Sergio Ramírez. – "No me merecen ningún respeto las opiniones que disienten de la mía". "Estoy esperando que quemen mis libros". El ego de Sergio Ramírez se torna inconmensurable y ese ego es inflado por la casta de "notables", los aspirantes a ser aceptados por la casta, y los poderes mediáticos que forman parte del engranaje que promueve y reproduce la casta. – Una conclusión me parece obvia. El diario El País es una empresa mediática que forma parte de una de las grandes corporaciones multimedia que dominan el mundo (remito a mi artículo anterior publicado en esta página). A este emporio le importa un bledo si se divulga o no la obra maravillosa de CMR. Quiere promover a Sergio Ramírez porque es un micrófono que transmite con resonancia la visión del mundo de la nueva derecha que sustenta el diario. A El País le interesa también armar un escándalo político que favorece los intereses con que se identifica. Quien sale perjudicado con las urdimbres de El País y las intrigas de Sergio no es CMR, cuya obra sigue conservando la calidad que la hace trascendente. A quienes perjudica El País es a los buenos lectores españoles de poesía, que los hay, y que serán privados del intenso deslumbramiento que provoca la poesía de Carlos. – El poeta que más amo, que representa para mí la cima de la poesía universal, es el poeta persa Omar Khayyam, quien escribió su obra hace casi nueve siglos. Los europeos lo descubrieron y valoraron en el siglo XIX; es decir que pasaron ocho siglos sin disfrutar el regocijo de su poesía inefable. De igual manera, si los poderes a los que sirve Sergio Ramírez no destruyen el planeta y la especie, más tarde o más temprano CMR será valorado universalmente como uno de los grandes poetas que en el mundo han sido. De ello siempre tuvo conciencia Carlos durante su vida; y por ello siempre veía con desdén los movimientos y las presiones para que su obra se divulgara.
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