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El Alma Lacustre de Managua que documenta la Paz de Nicaragua

29 Julio 2016

Por Edwin Sánchez.

Managua es algo más que la principal cabecera del país: es, ha sido, la metáfora de Nicaragua. Teniéndolo todo, se vino a menos. Después del terremoto de 1972 se convirtió en la única capital del mundo sin ciudad.

Si continuó existiendo Managua fue por ser la sede del poder y no tanto por sus desperdigados caseríos y alguno que otro edificio horizontal, casi siempre en mal estado. Era, qué más da, un museo abierto, con sus heridas sin restañar, con sus escombros y un pasado que se confundía de época para cercar el presente. Triste: una ciudad con su futuro damnificado.

Fueron tímidos los intentos de gobiernos anteriores, centrales o municipales, en acordarse de lo que se salvó de la catástrofe. Unas fuentes por la Avenida Bolívar y dos rotondas fueron las obras “considerables” que quisieron aportar otra imagen a Managua. El maquillaje de lo que alguna vez fue urbe, imitaba la cosmética política: el retoque, el barniz, la demagogia.

De Managua lo que había quedado en pie era el testimonio ingenieril de lo que bien se miraba antes de sus cataclismos: aunque García Márquez lo llamara “Partenón bananero”, el Palacio Nacional cuenta con lo suyo, además de estar bien hecho y ahora mejor usado que nunca.

Quedó, como lastimado testigo colosal, la antigua Catedral cuya armazón de hierro se sostuvo durante la hecatombe del Martes Santo de 1931, y ya construida, no logró soportar los embates del 6.2 Richter y sus réplicas, en la víspera navideña de 1972. Semana Santa y Natividad, los grandes días de nuestra cultura cristiana: Calvario, sacrificio y resurrección y nuevamente el Nacimiento.

La Providencia dicta el Camino de ir hacia adelante: se desploman las casas y las estructuras comerciales y gubernamentales, más no así el espíritu. ¿Pero, quién sacó lo mejor de ese espíritu para volver a andar? ¿Acaso bastaba con la reedición de memorias en los diarios y publicación de fotografías de la “vieja Managua” para exorcizarla de su abandono y letargo? Desarmar una nostalgia es difícil, más cuando no se quiere atender la realidad.

Managua nació con todo lo que puede soñar cualquier capital del planeta: las lagunas de Asososca, Nejapa, Tiscapa y por si fuera poco, el Xolotlán. Pero sus directores, sus gobernadores, maltrataron la ciudad incluso más que lo que puede leerse en sus páginas telúricas: un Presidente en los años 30 del siglo XX decidió convertir el segundo lago grande del país, en cloaca.

La costumbre presidencial después ganaría adeptos al por mayor: los cauces comenzaron a ser botaderos de inmundicias. El “dejar hacer, dejar pasar” fue el lema citadino.

Centro anómalo

Managua no solo era una capital sin ciudad, sino además, sin centro. Las “fuerzas ciegas del mercado” fueron haciendo una “ciudad privada” a su imagen y semejanza, sin ninguna preocupación oficial. Entonces el “centro” fue comercial, no urbano: el managua dejó de ser ciudadano para ser cliente.

Las plazas que distinguen a cualquier ciudad que se precie de serlo, se degradaron en “plazas de compras”. Y no deja de ser ostentosamente ridículo que los que se colocan un halo de pureza como guardianes de la institucionalidad, el orden y las leyes –y los bosques para estar a la moda– son los que no respetaron a la primera institución de la vida en comunidad: la Ciudad y su entorno ecológico.

Porque la ciudad es de todos, no de un pequeño o gran capital, no de un grupo, de unos iluminados “ambientalistas” que entonces estaban apagados. Los que se autoproclaman demócratas, jamás convocaron a los y las managuas para decidir cómo querían que fuera su capital. Los tomadores de decisión también irrespetaron las leyes de la naturaleza, a pesar del diagnóstico de los especialistas que advertían el peligro de las fallas geológicas.

Resultado de aquellas decisiones antidemocráticas fue la réplica de un “centro” anómalo, a la medida del mercado; un centro improvisado que se multiplicaba en la carretera a Masaya. Comercio, urbanizaciones, hoteles…sin planificación, sin regulación, sin precaución, al arrasar sin ninguna lágrima, por lo menos de tinta, al “Bosawas” que protegía la vulnerable provincia.

Así acabaron con un saludable punto cardinal que los habitantes de generaciones pasadas de la capital habían creado y que hoy nos habla de la autenticidad devastada: la Montaña. Porque en vez de Norte, decían “hacia el Lago” y en vez de Sur, “tantas cuadras a la Montaña”, como se conocían Las Sierritas.

La capital fue así perdiendo su inocencia y los últimos vestigios de lo que había quedado de la polis. En la década finisecular y los primeros años del siglo nadie podía contestar a ciencia cierta dónde estaba el centro. Lo que se vio, en el casco histórico, fue un gran deseo de venganza contra uno de los espléndidos símbolos que constituyen el corazón de una ciudad: la Plaza. Sí, los nuevos directores del poder neoliberal quisieron demolerla porque era de la Revolución.

El urbicidio se inició rebautizando el área como Plaza de la República. Posteriormente instalaron una “fuente musical”. Pero una plaza original no necesita de pegostes que pasando por “arquitectónicos” revelan un rencor monumental que hasta la vez algunos siguen llorando.

La Managua de hoy, con su nueva espina dorsal, la Avenida de Bolívar a Chávez, sus tiangues y el parque Luis Alfonso Velásquez Flores, no sale tanto del presupuesto como de las buenas voluntades que animan su transformación.

Aunque falta mucho, hasta ahora se puede decir que por fin un gobierno, el del FSLN liderado por el comandante Daniel Ortega y la escritora Rosario Murillo, y el municipal, le están dando su lugar a la ciudad: no solo se recuperó su antiguo casco, sino, sobre todo, su Alma Lacustre. Es su marca.

Los visitantes nacionales o del exterior, disfrutan del Xolotlán con uno de los mejores malecones de América: el Puerto Salvador Allende, con sus Paseos, con la reproducción de los emblemáticos edificios del ayer. Con sus tres espaciosos lugares: La Fe, la Revolución y 22 de Agosto.

En sus plazas se confirman las verdaderas ciudades: son lugares de encuentro, de pláticas, de esparcimiento. Ahí la ciudad se deja caminar, se deja andar, se deja querer: se hace más humana.

De la misma forma que Managua ha narrado históricamente a la nación con sus calvarios naturales, políticos y económicos, también hoy su florecida Alma Lacustre documenta la Paz de Nicaragua.

No se puede amar al país, sin estimar primero a su ciudad… aunque no sea natal.

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