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Testimonio de Amor

27 Octubre 2016
Testimonio de Amor

Por Ligia Arana García.

La palabra duelo –del latín duellum- tiene diversas acepciones: combate, enfrentamiento, lucha. También, según mi experiencia, implica una batalla emocional para superar la pérdida de un ser querido, no exenta la misma de sufrimiento, dolor y una significativa disminución del sentido de vida. No es fácil vivir este proceso. No se puede simplemente avanzar en las etapas definidas por las y los profesionales de la psicología. Va mucho más allá que eso. Es introducirte en un camino oscuro- de múltiples rutas que se intersectan- con la esperanza de encontrar una luz que te guíe hacia la aceptación de que el ser que amás ya no estará físicamente en tu vida.

Hoy es 14 de agosto, falta un día para que se cumplan 3 meses del deceso de mi esposo.

Durante estos meses he tratado de sobrellevar la pérdida de mi esposo Marcio en un escenario de casi aislamiento, con excepción de las visitas al cementerio, donde me siento conectada con él. Asimismo, los encuentros semanales –o más seguidos- con mi hermana Ana Esperanza, la niña grande especial a quien amo como a una hija, que depende emocionalmente de mí, y me llama mamita desde que murió nuestra Madre, hace 20 años. El itinerario es invariable: ir a la Iglesia San Miguel Arcángel (ahora en reconstrucción), participar en la hermosa Misa que se celebra viernes o miércoles a las 5:30, comernos un sorbete, compartir con nuestros hermanos, y siempre recalcarle(a mi hermanita), que las voces que escucha mienten y que, efectivamente, ingresará a la nueva Jerusalén –porque Dios así lo quiere-, se reencontrará con nuestros padres y los tres hermanos que también nos esperan. No puedo decirle todavía que su papito (como llamaba a mi esposo) ya no está entre nosotros.

Asimismo, durante este período he llevado a mi hijo menor al médico (semanalmente, quincenalmente, según sea su estado) quien desde finales de marzo del presente año ha luchado contra un episodio, producto de su bipolaridad, agudizado por la muerte de su Padre. Compartir con mis nietos ha sido de vital importancia para resignificar mi vida. Sin embargo, hoy siento la necesidad de escribir sobre ese año y medio que nos regaló Dios después que diagnosticaran a mi marido con cáncer de pulmón (adenocarcinoma estadio 4, metastásico, inoperable) con un estimado –según la expertisse médica- de 6 meses de vida.

No sé cuánto tiempo me llevará contarme a mí misma, no sé si a otras personas, lo acontecido. Buscar en mi memoria, ahondar en la razón y en el corazón sobre mi experiencia reciente, espero sean elementos catárticos que me ayuden en este corto o largo proceso de reajuste en mi universo todavía en caos.

Cuando los médicos nos comunicaron –en noviembre de 2014- los resultados de los variados exámenes practicados a mi esposo a quien llevara al Hospital (días antes) debido a un desmayo que sufrió en nuestro vehículo -gracias a Dios yo manejaba- y escuché la palabra cáncer, sentí que el mundo se detenía para mí. No era una enfermedad ajena a mi persona, pues había visto morir a muchos familiares –cercanos y lejanos- debido a ella. Precisamente por conocerla bien, sabía (o creía saber) lo que enfrentábamos.

La reacción de Marcio me dejó atónita: “Bueno, de algo hay que morirse”. A continuación me abrazó. Yo lloraba de forma inconsolable, pensando en él, en mí, en lo difícil que sería para nuestros hijos Marcio Raúl y Carlos Eduardo, enterarse de esta terrible noticia, pues para ellos –por la estrecha relación con su padre, fundamentada en el amor y respeto profundos- Marcio y yo éramos dos caras de una misma moneda, dos alas que siempre volaron juntas impelidas por vientos sublimes, tiernos que les acunaron de niños y los impulsaron siempre a ser mejores seres humanos. En lo personal, la intensidad del amor hacia mi esposo es la misma que siento por mis hijos. Poco después me pidió que lo acompañara a la terraza de la Sala J del Hospital, para fumarse un cigarro. Le pregunté, entonces, ¿vas a seguir fumando? Sí, me respondió, trataré de fumar menos, porque si lo dejo totalmente sí moriré rápido. También le pregunté si se sometería a la quimioterapia que le recomendaban, me quedó viendo y creo que adivinó mi angustia, porque respondió que sí. Conociéndolo no creo que haya querido alargar su enfermedad, sin embargo –estoy segura- pensó en mí, en sus hijos, en su nieta Daniela Sofía y en su nieto Marcio Camilo. Consideró que si permanecía más tiempo con nosotros sería menos traumática su partida. Realmente sí fue menos traumática, pero nunca pude sentirme preparada para la despedida final.

A partir de ese momento me desvinculé de todas mis responsabilidades académicas en la Universidad Centroamericana, institución para la que trabajé por más de 26 años (también laboré durante 7 años para la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua, mi Alma Mater), y me dediqué a compartir con mi esposo los preciosos momentos que el Señor nos regalara.

A menudo recordaba todos los proyectos que atesoramos, pensando en nuestra jubilación, en el tiempo que tendríamos para disfrutar juntos de la vida hasta hacernos viejitos, con los pasos cansados, pero con el corazón rebosante de amor. Pasar largas temporadas en el mar, leyendo un buen libro y conversando tranquilos, sin pensar en el tiempo. Revisitar muchos sitios bellos de nuestro querido país. Quizá viajar a Italia y conocer pueblitos del interior, siempre fue un sueño no cumplido. Ambos conocimos muchos países –él más que yo (más de 30)-, pero por nuestros respectivos trabajos. Solamente viajamos juntos fuera de Nicaragua, dos veces con los hijos y solos, en una ocasión.

Como cristiana clamaba al cielo por su curación hasta que me di cuenta que era imperativo rogar al Señor para que no sufriera. El cáncer es dolor, dolor y más dolor. Dolor físico, espiritual, duele la vida, el alma, la existencia misma.

Siempre me sentí impresionada durante este año y medio por la entereza y valentía con las que Marcio enfrentaba la enfermedad y la muerte. Nunca lo vi agobiado, ni en los peores momentos; por el contrario, me inyectaba fuerza, me hacía sonreír con ocurrencias y chistes ácidos, pero no procaces. Por ejemplo, recordando frases que considerábamos de antología, ya sea por su superficialidad o por su innegable profundidad u obviedad. Recuerdo una que un compañero nos enviara en una tarjeta navideña, hacía algunos años: “La vida es dura y se sufre”, la que en su momento nos causó mucha hilaridad.

Sí, me expresó con mucha firmeza que no quería visitas, lo último que deseaba inspirar era lástima. Quedaron exentos su hermano Francisco y su esposa Brenda, y el Dr. Fernando Gutiérrez y mi prima Nidia (inseparables – la última pareja con nosotros- cuando andábamos de novios, casi hermanos) quienes nunca aceptaron esa decisión.

Generalmente atendía llamadas telefónicas. Deseo destacar y agradecer al compañero y hermano Luis, quien lo llamaba con frecuencia desde Cuba y lo hacía reír mucho. Asimismo, mantenía contacto con el exterior, a través de su facebook, al cual nunca ingresé porque aún me niego a utilizar este tipo de red social. Me basta y sobra con los correos electrónicos, skipe y whatsaap. De tal manera, que me enviaba las postalitas u otro artículo que escribía (cuando se sentía con ánimos) a mi dirección electrónica. Me he enterado, a posteriori, que algunos escritos no me los envió, seguramente para no causarme tristeza.

Cuando sentía dolor, caminaba y se iba al patio. Yo lo seguía al principio y le preguntaba si le dolía, indefectiblemente me decía que no, aunque yo sabía que sí. Después sólo lo abrazaba. Nunca tomó más que tramadol y enantyum, inclusive nunca visitó al anestesiólogo que le recomendaron para que le dosificara la medicación. Para mí sólo hay una explicación: el Señor manifestaba su inmensa misericordia.

El 8 de abril de 2015 cumplimos 39 años de casados y decidimos confirmar votos (según el ritual católico), pues no sabíamos si cumpliríamos los 40, fecha planificada para hacerlo. Fue un acontecimiento muy especial para ambos, nuestros hijos y nietos. Confirmamos votos en la Iglesia de Fátima, misma donde nos casamos en 1976. Ofició la Misa un Sacerdote con un ángel impresionante, cuyo nombre no recuerdo.

El 2015 estuvo signado por altos y bajos. Muy estable en su estado de ánimo, comía muy bien y estaba excedido de peso. Los malestares derivados de la quimioterapia eran atenuados por la medicación que recibía en el Hospital y por la que nos agenciábamos por nuestros medios y los solidarios envíos de Vidatox de Luis, a fin de garantizarle calidad de vida.

Le identificaron un tumor en la axila derecha, a estas alturas ya estaba afectado el otro pulmón. El oncólogo recomendó extirpar el tumor mediante cirugía, pero Marcio expresó que no se sometería a cirugía alguna, pues de todos modos el cáncer lo mataría más temprano que tarde y no quería incrementar su sufrimiento. En cumplimiento a una promesa que le hice desde el inicio de la carrera contra la muerte, yo le apoyaría en todas sus decisiones atinentes a tratamientos sugeridos por los médicos. El tumor, ganglio, no sé cuál es su nombre correcto, fue creciendo de tal manera que hubo un momento en que no podía bajar totalmente el brazo. En septiembre no quiso más quimioterapia. Recibía, no obstante, pastillas que ayudaban a neutralizar el crecimiento y expansión del cáncer que afectó de forma primaria al pulmón derecho.

Personalmente estaba presa de una angustia terrible que me resultaba difícil disimular. Lloraba todos los días cuando me bañaba (para no ser oída), sentía que me costaba respirar y que un peso enorme me oprimía el pecho. Rogué a Dios que me quitara esa angustia que atenazaba mi garganta y me enfermaba el alma. En agosto de 2015 el Señor escuchó mis súplicas y amanecí un día –no recuerdo exactamente cuál- con una paz que no había experimentado en mucho tiempo. Agradecí a Dios de todo corazón, pues me sentía con más fuerzas para continuar acompañando y alentando a mi esposo en su ruta inexorable hacia la muerte.

A menudo revisaba fotografías de cuando éramos novios. Me parecía ver y escuchar a aquel joven, flaco, peludo, inteligente que tocaba la guitarra y escribía poemas de amor. Teníamos tantas cosas en común, compartíamos sueños, esperanzas, utopías, queríamos cambiar el mundo. Cantábamos al amor, a la libertad, al cambio social, a la transformación del cosmos. Transitábamos –con velocidad estelar- de Serrat a los Mejía Godoy, de Camilo Sesto a Silvio Rodríguez… Nos encantaba la música, la literatura, la historia, conversar sobre filosofía, Sandino, marxismo, socialismo, acerca de la justicia social, sobre Fidel y Ché. Acerca del Frente Sandinista como expresión armada contra la dictadura somocista. Nuestro antisomocismo era tan fuerte como nuestro amor. Nos consideramos siempre de izquierda, siempre sandinistas, siempre revolucionarios.

Durante este año y medio conversamos mucho. Recordábamos sucesos que impactaron especialmente en nuestras vidas, generalmente algo que nos había hecho muy felices. Una constante en nuestra vida fue la lectura, por ello nunca introdujimos una televisión en nuestro cuarto. Ambos estábamos releyendo –en la última etapa de su vida- (dicen que quienes tienen juventudes acumuladas releen más de lo que leen), Marcio, Los pasos perdidos, de Alejo carpentier y yo, El tambor de Hojalata de Gunter Grass. De repente, durante las dos últimas semanas de su vida (yo sentía claramente que los días y horas se acortaban para él), me obsesionó la idea de que si concluía la lectura del libro, Marcio moriría al mismo tiempo. Por ello, terminé las páginas que me faltaban después de su muerte.

A inicios de octubre de 2015 nos enteramos que, a finales de ese mes, Joan Manuel Serrat se presentaría en el Teatro Nacional. Para nosotros, Serrat era un cantante especial de nuestra juventud Nos iluminaban y alucinaban las canciones-poemas de su cosecha y de poetas de la estatura de Antonio Machado, Miguel Hernández y Rafael Alberti. El disco Mediterráneo se convirtió en uno de nuestros preferidos y ahí conocimos y amamos la canción Lucía, la cual se constituyó después en nuestra canción. Marcio tocaba la guitarra y yo la cantaba. Ahora, cuando la escucho lloro y añoro la presencia de mi esposo. A continuación, la comparto:

Vuela esta canción para ti Lucía
La más bella historia de amor que tuve y tendré
Es una carta de amor que se lleva el viento
Pintada en mi voz
A ninguna parte a ningún buzón

No hay nada más bello
Que lo que nunca he tenido
Nada más amado que lo que perdí
Perdóname si hoy busco en la arena
Esa luna llena que arañaba el mar

Si alguna vez fui un ave de paso
Lo olvidé para anidar en tus brazos
Si alguna vez fui tierno y fui bueno
Fue enredado en tu cuello y tus senos
Si alguna vez fui sabio en amores
Lo aprendí de tus labios cantores

Si alguna vez amé, si algún día
Después de amar, amé
Fue por tu amor, Lucia, Lucia

Tus recuerdos son cada día más dulces
El olvido sólo se llevó la mitad
Y tu sombra aún se acuesta en mi cama
Con la oscuridad entre mi almohada y mi soledad

Disfrutamos mucho de esa presentación de un Serrat envejecido, pero radiante. Me puse a pensar que el tiempo pasa y que no era el mismo Serrat. Nosotros tampoco éramos los mismos, ahora, con más edad y con la muerte en acecho constante. El aire acondicionado del Teatro le hizo mal, pues tosió mucho. La gente nos dirigía miradas de reprobación que ignoramos. El Director del Teatro tuvo la fineza de llegar hasta nuestros asientos y saludarnos. Fue un buen día.

Un tema lo obsesionó durante toda su enfermedad: la elevada cantidad de dinero que se invertía en el tratamiento que recibía. Algunas veces expresaba que era más práctico utilizar todo ese dinero para luchar por la vida de niños y jóvenes con cáncer. En su caso, según él -se le detectó a los 60 años-, ya estaba en la recta final de su vida. Yo le expresaba que no compartía su visión, porque todas las personas tienen derecho a recibir tratamiento, independientemente de su edad. Por ello, el Estado – a partir del 2007- había mejorado significativamente la atención a personas diagnosticadas con esta terrible enfermedad. Ejemplo de ello, el Seguro Social, institución que en el pasado no atendía el cáncer, y ahora sí lo hacía, además de contar con programas especiales contra el cáncer en los hospitales públicos que atendían de forma particular a mujeres y niños(as), respectivamente. Es realmente loable la labor que desempeñan los diferentes programas de oncología en nuestro país. Mi agradecimiento y reconocimiento a médicos (as), enfermeras(os) y personal en general del Programa de Oncología del Hospital Militar Dr. Alejandro Dávila Bolaños que atendieron a mi esposo en su batalla contra el cáncer.

A pesar de que nos encantaba el mar, no logré convencer a Marcio sobre lo bello que sería contemplar juntos un atardecer en alguna de las hermosas playas del pacífico, distantes de Managua a tan sólo hora y cuarenta minutos, yendo a una velocidad adecuada. Siempre expresaba que temía indisponerse (ya había sufrido dos crisis respiratorias, una de ellas casi fatal. Un tanquecito de oxígeno se convirtió en nuestro acompañante obligado), además, el sol no rimaba con su piel, como consecuencia de la quimioterapia.

Llegó diciembre de 2015, y al igual que en 2014, pasamos los cuatro juntos (nosotros y nuestros hijos) 24 y 31, conversando en la terraza de nuestra casa, todavía con esperanzas y agradeciendo a Dios por el tiempo concedido. Recuerdo que los abrazos de fin de año fueron más prolongados, augurio, quizás de que serían los últimos en esa fecha.

Durante toda su enfermedad (con excepción de la visita al Teatro) sólo íbamos al Hospital, a visitar a su mamá, quien nunca supo que su hijo menor padecía de cáncer. Su padre, el Dr. Raúl Vargas había muerto en 1988, todo un personaje, muy querido como médico excepcional. El Centro de Salud de Nagarote, la Biblioteca y creo que hasta una calle llevan su nombre.

Para nosotros no era complicado vivir esta rutina de aislamiento, pues siempre fuimos medio ermitaños. Disfrutábamos más en familia, en nuestra casa, un verdadero remanso de paz. Nunca fuimos de amistades cercanas, de visitas frecuentes entre parejas. Indudablemente que compartimos en muchas oportunidades con personas con quienes teníamos lazos especiales, sin embargo, manteníamos nuestra privacidad. Por supuesto, que yo nunca dejé de visitar a mi hermana-hija (durante la enfermedad de Marcio con excepción del último mes y medio de su vida), y como había sido tradición, pasaba con nosotros la Semana Santa. Este año 2016 no fue la excepción.

Fue precisamente en marzo de 2016 que comenzó a evidenciar pocos deseos de comer y el 10 de abril murió su madre, la última de nuestros ancestros directos, de tal forma que nos quedamos sin referentes visibles. Sólo entonces percibí en toda su dimensión la fragilidad que lo embargaba. Me dijo que no tenía fuerzas para viajar y lidiar de forma cercana con la muerte de Doña Alicia. Nuestro hijo mayor representó a la familia, pues ya Carlos estaba afectado con la crisis mencionada líneas arriba. Sufrí mucho por mi marido, por mi hijo, por no poder despedirme de esta noble y querida mujer, quien me había considerado siempre una hija. Sentía que una sombra de dolor nos cubría y ahogaba.

Sin embargo, recordaba para mi consuelo, cómo la infinita misericordia de Dios se manifestó con la llegada de Marthita, la menor de mi numerosa familia (actualmente 7 hermanos vivos y 3 muertos), quien arribara en enero del presente año -en búsqueda de sus raíces- con su esposo, después de 33 años de vivir en el extranjero para radicarse definitivamente en Nicaragua. Conociendo mi situación, alquiló una casa cerca de la mía a fin de brindarme su apoyo, el cual ha sido vital para mí durante todos estos meses. Nuestra familia constituida por 6 mujeres y 4 varones (yo era la séptima), fuimos siempre muy unidos. A pesar de que 4 de las hermanas emigraron a Canadá y Estados Unidos, los lazos filiales nunca se rompieron.

Abril se precipitó en nuestras vidas como una tormenta, Pude identificar que Marcio perdía el apetito de forma acelerada. Además, comenzó a presentar problemas para retener objetos en las manos, sobre todo en la izquierda. De igual forma, arrastraba un poco el pie izquierdo. Cuando advertí esos detalles, pensé de inmediato en que el cáncer había hecho metástasis en su cerebro. Me sentí aterrorizada y llamé de inmediato al oncólogo. Lo atendió con celeridad y le realizó examen físico, incluyendo análisis de retinas. Corroboró mis temores: todo indicaba que el cáncer ya estaba alojado en el cerebro. Solicitó una tomografía, pero Marcio se negó. Lunas ha, sus venas habían casi desaparecido y la realización de tomografías se convirtió en verdaderas sesiones de tortura, al tratar de inocularle los contrastes respectivos. Por esa razón, desde hacía más de 8 meses sólo aceptaba rayos x. ¿Qué objetivo tiene comprobar si ya lo tengo en el cerebro?, expresó. “Si ya está instalado ahí, ¿en qué mejora mi situación comprobarlo?”

Yo, a duras penas, contenía el llanto. Se acercaba el final y no me sentía preparada todavía. Rogaba a Dios me proporcionara más fortaleza y repetía hasta el cansancio, por favor, Señor, que no sufra. Ahora lo que más me preocupaba era que estuviera lo más cómodo posible, que se sintiera amado, acompañado y en paz. Creo que escribió en su facebook hasta 10 días antes de morir. Un día encendió la computadora, pero sus dedos no respondían las órdenes enviadas por su cerebro ya afectado por el cáncer. Asimismo, resultaba difícil para él hablar de forma clara y comprensible. Cuando esto sucedió, le embargó una enorme angustia. Yo buscaba en mi mente palabras de aliento, pero no las encontraba, sentía en mi interior el inicio de una indetenible fragmentación existencial. Estuvo en silencio por algunos minutos y después, con mucha tranquilidad expresó: todavía puedo comunicarme con vos, eso me basta.

Mayo se anunció con presagios y hechos desalentadores. El deterioro físico de mi amado esposo se evidenciaba cada vez más. Perdía mucho peso y en algunos momentos se alejaba de la realidad. Ahora me preocupaba que no me reconociera, sin embargo esto nunca ocurrió. Hasta el último instante de su vida supo que estaba con él. Yo le preguntaba ¿quién soy?, indefectiblemente me respondía, “mi amor”.

El martes 10 de mayo –por la tarde- el tumor de su axila derecha rompió la piel y se desbordó en sangre y se distinguía, también, un líquido claro parecido al agua. Presa de angustia, llamé a mi hermana Marthita Me ayudó a limpiarle y colocarle una gasa. Increíblemente no sentía ningún dolor. Otra clara manifestación de la misericordia del Señor.

Llamé al Oncólogo, le informé sobre la situación y me expresó que me preparara, pues la expulsión de líquidos del tumor axilar, evidenciaba que el pulmón estaba en proceso necrótico, en otras palabras, se le escapaba la vida. Cada vez le sería más difícil mantener niveles de oxígeno en la sangre que le permitiera a su organismo funcionar. Me embargaba una extraña sensación; caminaba y actuaba como autómata. Sentía que no era real lo que estaba sucediendo Me percibía desde fuera de mi cuerpo, sencillamente es algo que no puedo explicar, pero lo experimenté durante muchos meses, y se agudizó en la última etapa de vida de mi esposo.

Ese día –martes 10 de mayo, el calor era insoportable- Marcio había permanecido acostado, ya sólo ingería agua y ensure advance, no admitía nada sólido. Cuando entré a nuestra habitación, después del intercambio telefónico con el médico, me miró expectante. Me resultaba tan difícil hablar, pero tenía que hacerlo en cumplimiento con lo prometido. Le conté, llorando, lo que el doctor había explicitado. Lo abracé y me dijo que me calmara, que todo iba a estar bien. Enfatizó en que no quería más pastillas, y que llamara al Padre Toñito. Antonio Castro, el cura bueno que ama a su pueblo y vive el evangelio con y para con los más desposeídos.

Me postré ante Dios, rogué por mi marido, para que no sufriera, por mí para que me diera la fortaleza necesaria para acompañarlo y confortarlo hasta el final. Supliqué a Jesús Sacramentado por mi hijo en crisis, a María Santísima como intercesora de mis peticiones ante su Santo hijo, y Éste ante el Padre Eterno. Deseo dejar claro que éste no es sólo un testimonio de amor, sino también de Fe. Puedo aseverar que mi marido no tuvo dolor alguno desde el martes 10 hasta el 15 de mayo, fecha de su deceso. Las personas cercanas, el Dr. Fernando Gutiérrez, pueden dar fe de lo que afirmo. Para mí es un milagro, es la expresión fáctica del poder y misericordia de Dios.

Efectivamente, el Padre Toñito vino a nuestra casa al siguiente día para administrar a Marcio la Extremaunción. Salí del cuarto y fui a la habitación de mi hijo afectado por la crisis. Su hermano luchaba para que no saliera, pues lo alteraba mucho la presencia de un Sacerdote en la casa. Lo abracé fuerte y se calmó. Le empaqué alguna ropa, pues se había decidido que se iría con sus tíos, porque tanto su hermano como yo debíamos dedicarnos ciento por ciento a su padre.

Cuando ingresé a nuestra habitación a instancias del Padre Toñito, mi esposo evidenciaba calma y mucha paz. El Padre bendijo nuestros 40 años de matrimonio (cumplidos el 8 de abril), bendijo nuestro hogar, a nuestros hijos y nietos. Realmente, me sentí fortalecida.

En algunas ocasiones habíamos conversado sobre el final, más bien escuchaba a Marcio hablar de ese momento con mucho aplomo, y expresaba que era su deseo permanecer en casa hasta donde fuera posible y que lo llevara a morir al hospital, pues no quería dejar la huella de su muerte en nuestro hogar.

Mi hijo Marcio Raúl y yo cumplimos sus deseos. Recibió cuidados y mucho amor en los días sucedáneos, así como atención médica de nuestro amigo y hermano Fernando. La mayor parte del tiempo estuvo consciente, aunque a veces su mente viajaba por caminos ignotos. El sábado por la noche su condición se agravó. Llamé al hospital para que enviaran la ambulancia por la mañana. Salimos hacia el hospital el domingo 15 de mayo a las 8am. Al llegar dejé bien claro lo que mi esposo había expresado sobre sus momentos finales. Sólo deseaba una habitación para esperar la muerte. No quería ningún tipo de intervención por parte de los médicos que significara alargarle la vida. Así se hizo.

Lo ingresaron en una habitación, y transcurrió el día, sin dolor, con el oxígeno conectado, con períodos de conciencia y de inconciencia. Constantemente le expresaba que lo amaba y que Dios lo acogería en sus brazos, rezaba los salmos 23 y 91 (nuestros preferidos). A las 9pm lo llegó a visitar Fernando, el médico primo y hermano. Aproveché para bajar a la cafetería y tomarme una leche. Cuando al regresar me acerqué a su cama me dijo mamá. Lo acaricié, sonrió y me dijo “si sos vos,mi amor”. Se quedó profundamente dormido, a las 10pm. No despertó más. A las 11pm dejó de roncar, cesó su respiración. Al mirarlo, parecía que estaba dormido. Una paz infinita se reflejaba en su rostro. Lloré mucho, sentía que no podía respirar, me atenazaba la angustia y el dolor, sin embargo, daba gracias a Dios por su misericordia. Mi esposo había muerto en paz, sin ningún dolor.

Llegamos a casa a las 2:30 de la mañana del lunes 16 de mayo. A esa hora, mi hijo informó en su Facebook sobre el deceso de su padre.

Recibí llamada telefónica de la compañera Rosario Murillo antes de las 7am. En ese momento estaba casi paralizada de dolor y de terror ante la situación que vivía. Ella me expresó su solidaridad, su disposición de apoyo y el deseo que le animaba de organizar un homenaje a mi esposo en el Teatro Nacional Rubén Darío. La verdad es que no recuerdo qué le respondí, pero sus palabras fueron un bálsamo para mí. Nunca la había conocido personalmente (mi marido le profesaba un cariño especial, pues habían trabajado juntos en La Prensa; él como redactor y ella como asistente del Director) y ésta era la segunda vez que hablamos por teléfono. La primera, fue en agosto de 2005. Yo me encontraba en mi oficina de la Universidad, cuando recibí una llamada de mi marido, quien estaba en el Aeropuerto Augusto César Sandino, en espera de nuestro hijo Carlos Eduardo, el cual regresaba de Venezuela después de participar en el Décimo sexto Festival Mundial de la Juventud y de los Estudiantes. Le pregunté si ya había arribado el avión y su respuesta me dejó helada. El avión presentaba un desperfecto y no pudo aterrizar en el Aeropuerto y se dirigía en esos momentos hacia El Salvador cuyo Aeropuerto internacional contaba con una pista de aterrizaje más amplia. Los noticieros de nuestro país brindaban información al respecto desde hacía varios minutos y no quería que me enterara a través de los mismos. También había enviado a nuestro hijo mayor a la UCA, por cualquier eventualidad. Me embargó una inmensa angustia, Mi esposo trataba de tranquilizarme, y me dijo que estaba con él Rosario, quien había llegado al Aeropuerto a recibir a miembros de la delegación de jóvenes sandinistas que habían viajado al evento antes mencionado, y quería hablar conmigo. Ella me expresó que todo iba a salir bien, que no me preocupara y que tuviera fe.

Todo salió bien al final y nuestro hijo regresó sano y salvo. Sin embargo, nunca olvidé esas palabras de aliento y nunca olvidaré ese hermoso homenaje que le brindara a mi esposo en el Teatro. Realmente, la compañera Rosario es una mujer que merece nuestro reconocimiento, pues está presente –dando muestras de un gran humanismo- en todas y cada una de las tragedias que han afectado a nuestro pueblo (terremotos, incendios, epidemias). Asimismo es la gran impulsora de leyes que favorecen a las mujeres en nuestro país. En lo personal, me siento muy orgullosa de que sea la candidata a la vice presidencia de Nicaragua. Es un ser humano con las calidades y cualidades necesarias para ese cargo Es una incansable trabajadora por el bienestar del pueblo, una persona capaz, una cristiana en todo el sentido de la palabra, una mujer de fe. Dios la bendiga siempre a ella y al Comandante Ortega. Dios bendiga a nuestra patria.

Estoy transitando, en estos momentos, por una ruta intrincada de desapego que es compleja. Por insistencias de mi hermana, a finales de agosto, empaqué toda la ropa de mi esposo para regalarla. En ese momento, en un impulso irrefrenable, también empaqué la mía y la regalé junto con la de él a personas que lo necesitaban.

Ha sido muy difícil para mí aceptar primero la muerte de Marcio, el amor de mi vida y luego el proceso doloroso de aprender a vivir sin su presencia física. Estuvimos casados 40 años, un mes y siete días. Fuimos novios durante cuatro años y cuando murió, no había cumplido los 62 años. Yo no creo que la muerte nos ha separado. Siempre lo siento cerca: en la razón(su recuerdo) y en mi corazón(amor infinito) Estoy segura de que lograré remontar este profundo valle, salir y aprender a transitar nuevas rutas sin él, pero con su imperecedero recuerdo, esperando –según nuestra fe- reencontrarnos algún día.

Hoy es 15 de octubre de 2016, han pasado 5 meses desde la muerte de mi esposo, Puedo asegurar que escribir me ha ayudado mucho( el primer día sólo pude redactar un párrafo; en ocasiones pasaba semanas sin poder hacerlo), aunque es apenas el inicio en mi proceso de duelo. Todavía no sé si compartiré este testimonio.

 

¿Quién es Marcio Vargas Aguilar?

Periodista, historiador, escritor y revolucionario. Esposo y padre ejemplares. Incursionó en la radio a los 20 años. En 1975 colabora -en la sección de deportes- con el diario La Prensa. En 1976 con sólo 21 años es contratado (de planta) por el Dr. Pedro Joaquín Chamorro, Director de ese medio de comunicación por la calidad de sus escritos, asignándole las fuentes (entre ellas la económica) del periodista William Ramírez, quien había pasado a la clandestinidad como miembro del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

En 1978, una instancia del gobierno de Estados Unidos envía invitaciones a diferentes diarios de prestigio a nivel latinoamericano, con la finalidad de que escojan a un periodista, preferiblemente joven para que realice un curso sobre periodismo investigativo, mismo que sería certificado por la Universidad de Tucson. Marcio es seleccionado –por ser el periodista más joven y con talento- por la dirección del periódico La Prensa. Realizó, además (como parte del curso), pasantía en los diarios más importantes de los Estados Unidos, entre ellos, The Washington Post, en el que alternó con Bob Woodward y Carl Bernstein, los periodistas estrellas del famoso caso Watergate.

Incursionó –en diferentes momentos de su ejercicio profesional- en periodismo investigativo.

Con la escisión que se produjo en el Diario la Prensa a inicio de los ochenta, opta por trabajar en el Diario Barricada, iniciando como redactor, hasta convertirse en Editor del mismo.

Trabajó en la Asamblea Nacional como Director de Comunicación –a solicitud del Comandante Carlos Núñez Téllez- en la época de consulta y aprobación de la Constitución Política de Nicaragua: 1986, 1987.

Fundó con la periodista Ángela Saballos la revista “Ya Veremos”.

Fungió como corresponsal de Prensa Latina y años después, como corresponsal de la Agencia Nueva Nicaragua en México entre 1987 y 1989. En este país publicaron sus escritos periódicos de prestigio como Excélsior, La Jornada, entre otros.

Durante la década de los noventa trabajó en Barricada, El Nuevo Diario. Fue Director de El Semanario. Asimismo, fundó un espacio radial –con la periodista Alicia Talavera- denominado “Análisis” Durante esa época colaboró con muchos diarios extranjeros.

Trabajó como corresponsal –durante más de 15 años- de Agenzia Nazionale Stampa Associata (ANSA) Agencia Italiana Internacional de Prensa Asociada.

También desarrolló su talento en el área de la televisión con el programa de entrevistas y análisis “Otro Día”, el cual estuvo al aire en diferentes canales de televisión por aproximadamente 5 años. Aunque era considerado un programa con énfasis en lo político, entrevistaba con frecuencia a escritoras(es), pintores(as), músicos, historiadores, entre otros.

Asimismo, creó con el Periodista Luis Hernández el programa de entrevistas “Entre amigos”. Fue parte del equipo fundador del programa “IV Poder” con el periodista Miguel Mora y otros colegas y participó también –durante un tiempo-en el programa deportivo “Los Protagonistas”, junto al periodista Pepe Ruiz y otros colegas. Siempre fue un amante del periodismo deportivo, aunque no lo ejerciera de forma sistemática.

Colaboró con el Diario “La Noticia”, “Bolsa de Noticias”, la revista “El País”, el semanario “7 días”, “Confidencial”, entre otros. Colaboró, asimismo, de forma sistemática con medios de comunicación revolucionarios. Escribió dos libros, uno de ellos en coautoría con el periodista Edgard Rodríguez. Muere el 15 de mayo de 2016

Galardones recibidos:

Orden Independencia Cultural Rubén Darío

Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí en 1988, en calidad de Mención.


 

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