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Así asesinaron a mi hermano David Tejada

06 Abril 2018
Así asesinaron a mi hermano David Tejada

Contado por René Tejada Peralta y publicado por el diario La Prensa el domingo 21 de abril de 1968. Reproducido por Memorias de la Lucha Sandinista.


La Corte Militar de Investigación no admitió que René Tejada declarara ante ellos sobre la forma en que fue muerto su hermano David. René hizo el relato completo a La Prensa para el más importante de todos los tribunales, el de la opinión pública.

El mayor Oscar Morales es el asesino de mi hermano –dijo René Tejada ayer en su casa de habitación al ser entrevistado por La Prensa y hacer un completo relato de la forma en que fue muerto su hermano.

Sin que los hermanos Tejada pronunciaran palabra, fueron atacados a puñetazos, con una carabina, a puntapiés, con manojos de alambres eléctricos de alta tensión por un enfurecido mayor Morales y por seis alistados a quienes continuamente él los excitaba a que continuaran con la inhumana golpiza.

El mayor Morales en el patio de su cuartel, la Tercera Compañía, era presa de satánica furia. Mientras él mismo golpeaba a David Tejada con la culata de una carabina ocasionándole las lesiones en el cráneo que seguramente le causaron la muerte, gritaba sin parar:

- ¡Denle! ¡Denle más! … ¡Maten a este hijo de puta! ¡Mátenlo! ¡No lo dejen vivo!

Los alistados excitados en esa forma no cesaban de golpear con los manojos de alambres eléctricos, mientras los hermanos David y René Tejada se encontraban dentro de una pileta de agua completamente desnudos, pues para mayor efectividad de las torturas habían sido previamente despojados de sus ropas.

Moralitos sin poder contener su ira proseguía:

- ¡Denles, denles más! ¡Estos son los hijos de puta que les volaron pija a ustedes el 22 de enero! ¡Este hijo de puta e fue el que mató al teniente Sixto Pineda! ¡Mátenlo, mátenlo!- y mientras tanto él mismo golpeaba con los manojos de gruesos alambres.

De nada le servía a David Tejada gritar: ¡yo no he matado al teniente Pineda! Mayor. … Recuerde mayor que usted fue mi instructor en la Academia… ¡Ay mamita, me están matando!

La llegada

Después de narrar la forma en que fueron capturados, René continuó:

"Cuando nos llevaron a la Tercera Compañía escoltados por el teniente Porfirio Mercado, en un jeep, vimos que estaba ahí el mayor Oscar Morales junto con los oficiales (Javier) Arana y (Oscar) Porras y seis alistados que estaban alrededor de una pileta que le llaman "piscina" ¡Vengan para acá. Hoy los voy a matar! gritó el Mayor Morales. Yo –continuó diciendo Rene -fui el primero en bajar del jeep. Forzosamente tuve que pasar por donde el Mayor estaba, pues él se encontraba en el vértice entre el callejón, la "piscina" y el edificio.

Al pasar cerca de él, me tiró un golpe que lo quise medio capear con el brazo izquierdo, pero me dio en el mentón. Caí mareado sin perder el conocimiento.

Ya en el suelo me agarró a puntapiés y me hizo meterme al callejón a donde yo llegué casi arrastrándome huyendo de los puntapiés.

En el callejón estaba el teniente (Oscar) Porras desarmado y un alistado con un fusil. A mí el mayor me había dado unos puntapiés que me dio cerca del corazón, y me había mareado.

Entonces le tocaba su turno a David y al pasar frente al mayor le dijo obscenidades, improperios, lo llamó hijo de puta, entonces fue que golpeó a mi hermano salvajemente con la carabina que andaba el teniente (Porfirio) Mercado.

-¡Te voy a matar, hijo de Puta! Vos fuiste el que mataste al teniente Pineda –decía el Mayor Morales. Y no he sido mayor, contestaba mi hermano. Pero el Mayor Morales lo seguía golpeando.

Lo metieron dentro de la piscina y los alistados le daban y le daban con los manojos de alambres. El Mayor Morales gritaba ¡Sáquenlo! ¡Sáquenlo! Y cuando salió afuera le seguían golpeando.

Yo le decía al teniente Porras que le dijera al Mayor Morales que no lo siguiera golpeando, que lo iba a matar. El Mayor Morales oyó y dijo: - ¡Dénmele a ese hijo de puta también! ¡A ese también lo voy a matar! Entonces el alistado que estaba junto al teniente Porras me dio con la punta de la mira del fusil y luego con la culata. Yo me retorcí de dolor.

El mayor Morales agarró un cable de acero y se lo cruzó a mi hermano por la nuca. Mi hermano salió en carrera y cayó como a quince metros. A mí me dolió el alma de ver eso… Hice intento de arrastrarme hacia mi hermano para ayudarle, pero entonces el mayor Morales grito ¡denle a ese también! Y entonces me siguieron golpeando.

Los desnudan

¡Desnúdense! - ordenó el Mayor. Ya desnudos completamente pues hasta los zapatos nos quitaron, a David lo metieron primero en la piscina mientras los alistados continuaban golpeándolo con los manojos de cables.

A mí me metieron después y también me golpeaban. Cuando nos agarrábamos al borde de la piscina nos daban más.

El mayor Morales seguía gritando ¡hijo de puta… te voy a matar! Vos fuiste el que mataste a Sixto Pineda; mi hermano le contestaba: -No es cierto. ¡Sí!, vos fuiste.

Enseguida dirigiéndose a mí: ¡Salí, salí de la piscina que a vos también te voy a matar! Me dio un golpe, fuera de la piscina yo me acosté boca abajo me seguían golpeando en la espalda. Yo hacía esfuerzos para desmayarme para no seguir sintiendo, pues el sufrimiento, el dolor era horrible, como nunca había sufrido en mi vida, pues a mi propio dolor se unía el dolor que sentía al ver que se ensañaban aún más en mi hermano.

¡No podía más! Me tiré de nuevo a la piscina.

El Mayor Morales gritó: ¡Si. Vos hiciste un disparo. Se lo hiciste al Secretario del Presidente… ahora te voy a matar!

La escena se repitió una y otra vez. Ordenaba que nos sacaran de la piscina y nos golpearan fuera de ella. Insatisfecho volvía a ordenar que nos metieran y dentro de ella continuaban golpeándonos con los manojos de cables. Una de las veces que me sacaron de la piscina, un alistado a quien puedo reconocer, me dio golpes en la chimpinilla mientras decía riéndose macabramente:

- Allí es donde duele ¿verdad?

A David lo golpeaban más que a mí. Salió de la piscina corriendo perseguido por los que le golpeaban. No pudo más… Se desplomó. El mayor gritó:

- ¡Denle dos más! ¡Mátenlo!

Yo me acerqué a mi hermano y vi que estaba mal. Me tiré sobre él para protegerlo con mi cuerpo. Ya no nos siguieron dando.

En ese momento llegó el médico de la Tercera Compañía, capitán Fernando Cedeño. El Mayor Morales le dijo:

- Examiná a estos hijos de puta.

El médico me examinó a mí y dijo este tiene fracturado el brazo, lo voy a enyesar.

Me metieron en una celda, en la misma metieron a David totalmente imposibilitado. Yo le dije al médico que David estaba muy mal y que hiciera lo posible por enviarlo a un Hospital, pero él dijo: Yo no puedo hacer nada, están a las órdenes del Mayor Morales… Ustedes estuvieron en la Guardia y saben cómo es la cosa.

El médico miró que mi hermano tenía heridas en la cabeza. Le rasuró en dos puntos para hacerle curaciones: en la parte delantera al lado derecho y atrás sobre la región occipital. Tenía la cabeza deformada por los culatazos de la carabina, las patadas y los golpes con los cables de acero.

El médico le puso yodo y pedazos de algodón, después se fue.

Más tarde mire que llegaban donde mi hermano y le preguntaban dónde había conseguido la Luger (pistola Luger de 9 milímetros de fabricación alemana que portaba David Tejada al momento de su captura), que quién se la había dado. Mi hermano no respondió porque estaba como moribundo. Mi hermano quién sabe cómo hizo y se arrastró hacia una paja. Quién sabe cómo hizo y la abrió. Se formó un charco alrededor de él. Cuando el agua llegaba casi a mí yo le grité que cerrara la paja. Quién sabe cómo hizo y la cerró.

Yo lo llamaba y él no respondía. De arrastrada sobre mi espalda, boca arriba llegué hasta él. Él también estaba boca arriba. Yo traté de pararme pero me maree y caí sobre él. Después quedé en "cuclillas". Le vi la cara desfigurada. El ojo izquierdo lo tenía casi salido de órbita. Del lado derecho del rostro lo tenía tremendamente inflamado, como si tuviera los huesos desbaratados, como si otra cara se le prolongara hacia ese lado.

Le pregunté ¿cómo te sentís?

Él me contestó:

- Me siento reventado, parece que me quebraron la columna.

Él me preguntó ¿y a vos te pegaron? Yo le dije que sí, entonces él dijo ¡qué imbéciles! Esas fueron las últimas palabras que dijo.

Yo me arrastré nuevamente hacia dónde estaba, buscando un lugar seco fuera del charco. Decidí dejarlo a él en el charco pues creía que quería refrescarse. Me quedé como dormido. Más tarde me desperté. Volví a ver hacia donde estaba David y ya no lo vi.

Me arrastré y entonces vi que estaba en el servicio higiénico. Tenía el brazo derecho dentro del tanque y tenía la cabeza sobre el brazo izquierdo. Yo pensé que estaba descansando y me volví a mi lugar.

Después del mediodía no sé exactamente la hora volví a llamarlo: - ¡David! ¡David!, no me contestó. Me arrastré de nuevo y vi que estaba en la misma posición. Ya de cerca le grité: - ¡David! ¡David! Y no me contestó. Me alarmé y me dije: ¡Está muerto!

Le toqué la zona del corazón, no había latidos. Le toqué el pulso y no había pulso. Sentí que no respiraba. Estaba helado. Ya mi hermano estaba muerto.

Desesperado me arrastré hacia la puerta y grité a los alistados: ¡Vayan y digan que mi hermano acaba de morir! Ellos solo volvían a ver. Eran como caras de piedras. Yo seguí gritando que mi hermano estaba muerto. Al rato llegó el teniente (Oscar) Porras a quien informé que mi hermano estaba muerto, pidiéndole que informara para que llegara un médico, que tal vez era posible que se pudiera recuperar. El teniente Porras se fue pero no volvió.

Yo me arrastré de nuevo hacia donde estaba el cadáver de David. Con fuerzas que no sé cómo las saqué lo tomé en mis brazos y lo levanté, lo lleve hasta el charco de agua. Caímos abrazados sobre el charco. Yo le hice ejercicios. Le sobé el corazón, pero el corazón no le latía. Lo llamaba ¡David! ¡David!. Él no me respondía. Yo lo sentí helado. Lo arrastré y lo senté a la orilla de la pared, me costó mucho. Después pensé que se iba a helar en esa posición y que sería difícil meterlo en un ataúd para ser sepultado. Yo pensaba que se le iba a dar cristiana sepultura.

Lo arrastré hacia el centro y lo extendí poniéndole los brazos junto a los costados, en posición para que pudiera ser introducido en el ataúd.

Llega el médico

Volví a la puerta y seguí gritando, que llamaran en a un médico! que inyectaran a mi hermano, que tal vez era posible. Pero los alistados tenían las caras como de piedra. Ni siquiera me contestaban.

Pasaron las horas. Ya en la noche, temprano de la noche, no sé a qué hora, tal vez como a las siete, llegó el médico, el capitán Cedeño. Yo le dije inmediatamente: doctor mi hermano murió. Ya vio doctor, que yo le pedí que lo enviaran a un hospital.

El médico estaba terriblemente conmovido y me dijo:

- Hermano, yo no puedo hacer nada. Ustedes están a la orden del mayor Morales. Comprendé que la orden era que los encarcelaran, no que los enviaran a un hospital.

Yo le dije:

- Dígale al mayor que quiero hablar con él. Que quiero que me permitan salir con el cadáver de mi hermano para enterrarlo.

El médico había llegado con el teniente (Manuel) Berríos quien estaba presente.

El médico se fue después de inyectarme y volvió como a las diez de la noche. El médico con unos alistados sacó el cadáver de mi hermano. Los alistados no querían que yo lo viera. Lo sacaron de arrastrada, completamente desnudo como estaba.

- ¡Vuelva a ver a otro lado! –me ordenaban los alistados; entre ellos estaba el alistado que yo conozco, el que me había golpeado en la chimpinilla al salir de la piscina.

Agarré la ropa de mi hermano y la mía y me acosté sobre ella. Como a las tres y media de la madrugada llegó el mismo alistado de quien les hablo y otros alistados. No vi ningún oficial. Yo pensé que llegaban para sacarme a matar, como testigo de la muerte de mi hermano. Los alistados me ordenaron que me levantara. Uno de ellos me puso una esposa en la mano derecha. En la izquierda no, porque la tenía enyesada.

Me pusieron de pies. Me pusieron una camiseta sobre la cabeza. Después otra camiseta me la amarraron sobre la boca y sobre esas dos camisetas me pusieron una colcha sobre la cabeza. Yo no veía nada ni podía decir nada.

Entonces creyendo que me iban a matar, comencé a medir tiempo y pasos. Avancé hacia donde estaba un carro. Me sentaron en el asiento de atrás en medio de dos alistados. El carro se puso en movimiento, yo traté de saber a dónde iba por el tiempo y el ruido del motor la velocidad tratando de averiguar. Advertí alguna claridad y supuse que me llevaban o por la salida de la carretera Sur o por el bulevar de la salida de la Carretera Norte.

Después sentí que tomaban un camino carretero. Pensé: Me llevan a matar, aquí termina mi papel en esta vida. Se paraban, daban vueltas como para desconcertarme. Como a los veinticinco minutos el carro se detuvo y alguien que iba en el asiento delantero, que yo supongo era el teniente Mercado, se bajó. Al rato regresó y ordenó que me sacara.

Me introdujeron dentro del edificio y después en una pieza donde me acostaron en una cama. La esposa la cerraron sobre uno de los tubos de la cama. Entonces me quitaron las camisetas y la colcha, pude ver que estaba en una pieza que tenía techo de láminas de asbestos cemento.

Llegan los cigarrillos

Ahí me comenzaron a dar comida de guardia; después sus oficiales me daban su comida; comenzaron a tratarme bien. El teniente Mercado llegó a verme al día siguiente y me preguntó ¿qué te hace falta? Yo le pedí cigarrillos. Después le pregunté por el cadáver de mi hermano y le dije que si lo habían llevado a la Morgue, seguramente podían conservarlo ahí para varios días para mientras yo salía. Él me dijo –sí, sí, así es, pueden tenerlo ahí por varios días.

A los cuatro días relevaron al teniente Mercado. Llegó el teniente Berríos. Después lo relevaron y llegó el teniente Martínez. Cada noche yo pensaba que me iban a sacar a matarme.

El médico llegaba todos los días. A los días me quitó el yeso, al averiguar que no tenía el brazo fracturado. Yo le preguntaba: - Doctor ¿qué hicieron el cadáver de mi hermano? Él me contestaba –yo no sé nada de eso. Yo le decía: - indáguese doctor, esto es terrible. Quiero saber si lo enterraron o no lo enterraron.

Así pasaron los días, hasta que una madrugada, como a las cuatro llegó el médico y me despertó diciéndome que no me iba a pasar nada. Que se había formado una Junta Militar de Investigación y que el mayor Silva Reyes estaba ahí para llevarme a declarar.

Cuando yo vi que era un mayor el que llegaba pensé: ¡no me van a matar! Porque cuando van a matar a alguien solo mandan alistados, no a oficiales de alta graduación.

El mayor Silva Reyes ya cuando yo estaba en el jeep, me dijo: -Vea don René, no sabe cómo lamentamos nosotros lo que ha pasado… no sabe cómo se encuentra indignado el General Somoza… Diga usted la verdad de lo que ocurrió y no tenga miedo. Tenga la seguridad que los responsables serán castigados.

En ese momento en el Cuartel de Mokorón se recibió una llamada telefónica. Salió el oficial de turno y dijo: -Es a usted mayor Silva. ¿Quién es? –preguntó Silva Reyes. El general Somoza contestó el oficial. Después que el mayor Silva Reyes habló por teléfono volvió y me dijo: Así es la cosa. El General Somoza quiere que lo ocurrido se investigue y que usted diga la verdad y nada más que la verdad.

Me llevaron a enfermería del Campo de Marte en donde comenzaron a atenderme muy bien. Un oficial que estaba de turno llegó y me dijo: El general ha ordenado que se le atienda bien para que esté en condiciones para declarar. Ahí estuvo René Tejada hasta la noche del viernes cuando fue llevado a la sala de justicia.

Al final la Corte Militar de Investigación decidió que no se le pediría declaración y fue puesto en libertad. Habían transcurrido 17 días desde la tremenda golpiza y aún sufría los efectos de ella.

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