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La paz y la democracia, por Carlos Núñez Téllez

02 Octubre 2018
La paz y la democracia, por Carlos Núñez Téllez

Hace hoy 28 años, el 2 de octubre de 1990, falleció en La Habana, Cuba, el Comandante de la Revolución Carlos Núñez Téllez. Su participación político-militar y sus triunfos prolíferos, son parte de una trayectoria revolucionaria ejemplar, complemento de su labor como legislador, propulsor de la paz y de la reconciliación de los nicaragüenses y padre de la Constitución Moderna en Nicaragua. En fin, un estadista. En el Prólogo de su libro Un Pueblo en Armas, en la edición publicada por la Asamblea Nacional en 2013, hace una síntesis de su pensamiento sobre diversas temáticas expresadas en distintos foros, principalmente como Presidente del Consejo de Estado (1980 – 1985) y de la Asamblea Nacional Constituyente (1985 – 1990).

La Paz y la Democracia

Por Carlos Núñez Téllez (*)

Nos negamos a aceptar que como única alternativa se nos plantee la guerra y la muerte, cuando ansiamos una vida mejor para Nicaragua y los nicaragüenses. Ninguna política de fuerza puede prevalecer sobre la voluntad de los pueblos de mantener o conseguir la libertad e independencia, mucho menos el uso de los cuantiosos recursos económicos, financieros y materiales para imponer a los países en vías de desarrollo el fuero de sus respectivos procesos.

La humanidad no puede ser colocada en la disyuntiva de desaparecer; su ansiada meta es la paz, la preservación de las generaciones futuras y la construcción de las sociedades libres del yugo explotador.

Para algunos puede parecer paradójico, que este pueblo nuestro que es y se proclama, amante de la paz, se prepare para la guerra convirtiéndose en un pueblo armado. Pero es precisamente porque conoce la guerra, porque tuvo que entregar para liberarse cincuenta mil muertos y millares más de heridos y mutilados, centenares de hogares destruidos o dañados, es que ama la paz, que ansía la paz. Es porque siguen aún día a día, derramando su sangre y sufriendo privaciones, que ama la paz y comprende, que para poder lograrla tiene que prepararse para la guerra. Pero al mismo tiempo, este pueblo con una trayectoria histórica única, que conoce por su propia y dolorosa experiencia el precio de la explotación y opresión, es que está dispuesto a todo, menos a interrumpir su proceso revolucionario o a ponerse de rodillas, sabe, que también si quiere la paz, además de preparar la guerra, debe preparar las condiciones para la paz. Tiene que esforzarse por todos los medios a su alcance para que estos ataques provenientes de nuestras fronteras cesen; para que esa inminente invasión masiva no se materialice. Y esto es así, porque sabe que cada gota de sangre patriótica que no se derrame es una gota de energía que resultará en trabajo revolucionario; que cada día de paz, aún relativa, es un paso más en la consolidación de lo que ha logrado a través de su Revolución Popular Sandinista: seguridad, libertad, tierra, salud, educación, vivienda.

Preparar la paz requiere esfuerzo, dedicación, sacrificio, humildad revolucionaria. Pero nuestro pueblo está dispuesto a sacrificarse porque comprende, ¡que lograr la paz es su victoria! Es también tarea fundamental de las diversas instancias de nuestro Gobierno Revolucionario que, en Contadora, en las Naciones Unidas, en la Organización de Estados Americanos, ante los parlamentos amigos, en la Unión Interparlamentaria, en el Parlatino, en negociaciones bilaterales, en los grupos de solidaridad, en fin, ante todos aquellos que de una u otra manera puedan ayudarnos a mantener y hacer realidad la paz, con humildad solicitémosla.

La paz en cualquier rincón del mundo debe ser una aspiración constante que nos obligue a buscar en cada conflicto el diálogo constructivo, las posiciones justas y el respeto a la dignidad de cada uno de los pueblos; violar estos principios implicaría el surgimiento de más conflictos y tensiones; defenderlos nos compromete. La convivencia internacional no puede regirse por la ley del más fuerte; es imperioso el rescate del derecho sin tomar en consideración la extensión del país y su poderío militar, sino la justicia de su razón y de sus planteamientos. Nuestra nación ha hecho de estos principios una práctica cotidiana en sus relaciones internacionales y ha logrado proyectar la dignidad de nuestro pueblo en la lucha por la paz, por el establecimiento de un orden internacional justo y por la búsqueda de soluciones que representen los intereses de la humanidad.

No queremos una democracia falsa, mucho menos copias, ¡Queremos una democracia nuestra!, resultado de la realidad y la herencia de los pueblos, no aceptamos chantajes ni amenazas ni imposiciones de ninguna clase.

La grandeza de los pueblos consiste en su capacidad de escribir su historia y esto se logra con fortaleza, con convicción, con decisión y moral combativa.

¿Es posible continuar la consolidación democrática del proceso revolucionario, cuando nos cercan por todos lados? Mientras la más grave crisis económica campea por el mundo con su secuela de hambre, analfabetismo, mortalidad infantil, desempleo y nuestras empobrecidas economías hoy enfrentan, además, el grave problema del pago de la enorme deuda externa.

Frente a este desafío es imperiosa la unidad de toda la Nación en la lucha por vencer el hambre, la desnutrición, el analfabetismo, el desempleo, la mortalidad infantil, la escasez de viviendas, el atraso. Queremos democracia, entendida como el derecho de vivir en paz, sin represión, sin temores; el derecho a expresarse, a organizarse, a manifestarse; el derecho a tener un techo digno, a la educación, a la salud; el derecho a tener un empleo y no morir de hambre; el derecho a vivir como un ser humano.

La democracia es modelada por nuestro pueblo con su participación abnegada y decidida en las tareas revolucionarias.

Democracia, es el régimen económico que asegura a hombres y mujeres sus necesidades básicas: alimento, trabajo, vivienda, educación y salud, a medida que estas necesidades se van satisfaciendo la persona humana va adquiriendo su libertad total.

Democracia es el perfeccionamiento de las instituciones del Estado, vertebradas para acortar la distancia y hacer fluida la comunicación con las mayorías populares.

Democracia es la institucionalización ordenada, real y coherente de la participación popular organizada para la realización de los planes económicos, políticos y sociales.

Democracia es voluntad política, acción, legislación, agilidad en los organismos y mecanismos para efectivizar y garantizar los derechos políticos, sociales y culturales de nuestro pueblo.

Democracia es confianza, solamente una revolución es capaz de fortalecer la defensa del poder apoyada en la acción del pueblo en armas. ¿Es posible continuar la consolidación democrática del proceso revolucionario?

¿No es acaso democracia haber reducido la tasa de analfabetismo al 12.9% sobre la población mayor de 10 años? ¿No es acaso democracia los grandes avances en materia de salud, al lograr por vez primera en la historia del país que no se produjera ningún caso de poliomielitis?

¿Y no es acaso democracia que sea el pueblo en armas quien defiende sus conquistas?

No queremos la democracia de hambre y miseria ofrecida a los negros norteamericanos. No queremos la democracia de promesas ofrecidas a los chicanos en el período electoral para después sumirlos en la indiferencia una vez lograda la victoria electoral. No queremos la democracia en donde una minoría prevalece sobre las mayorías. No queremos la democracia que exige una sociedad en donde los pobres no tienen nada y los pocos lo tienen todo. No queremos la democracia que legitima a la nación norteamericana como gendarme del mundo, al mismo tiempo que se apropia de las riquezas de los países subdesarrollados. No queremos la democracia que en su nombre permite la intervención en otras tierras, ocultando sus aventuras criminales, impidiendo la presencia de la prensa internacional.

Nadie nos puede imponer nada. Estados Unidos de Norteamérica deber saber que la democracia en Nicaragua está al servicio del pueblo. Respetando la voluntad del pueblo en armas, decimos, nada nos podrá detener en la construcción de la nueva sociedad, haremos todo lo posible por lograr la construcción de un nuevo sistema al servicio de los intereses populares, negando esa corrupta concepción de democracia norteamericana que a sangre y fuego impusieron en el continente latinoamericano, a través de sangrientas dictaduras.

De manera casi invariable, cada vez que la democracia debe definirse, se recurre a los conceptos generales y se concluye que debe llevarse a un «gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo», definición ya clásica que por su grado de abstracción pierde su efectividad en la práctica. Para que una concepción de gobierno popular pueda llevarse a la práctica se necesitan más que las buenas intenciones: una plena congruencia entre los intereses de la mayoría de la sociedad integrados por sus masas trabajadoras, la estructura de la propiedad en que se asienta la economía nacional y la orientación revolucionaria del poder político y administrativo del Estado.

Todas las otras estructuras jurídicas, ideológicas o sociales, como fiel expresión de un régimen tal, deberán responder al mismo tiempo a los intereses de la clase que mayor influencia ejerce en el poder político encargado de imprimir su conducción al Estado. Como inevitable resultado de tal estructura estatal, en relación con el grado que desarrollen, se amplían o restringen las condiciones para disfrutar de la libertad de organización, de educación, de desarrollo cultural, de recreación, del grado de participación en las transformaciones sociales, así como el derecho a la libre información, movilización y actividad política.

La retórica y toda la esterilidad verbal que necesita para ser escuchado, se agotó como recurso para la sobrevivencia entre nosotros, gracias a su incompatibilidad con la nueva realidad social establecida por la revolución. Pero, lógicamente, no ha desaparecido del medio social y político que se margine de la histórica tarea de crear una auténtica democracia.

Todavía seguimos escuchando y no importa si por corto o largo tiempo, los viejos estribillos en nuevas voces acerca de lo que suponen debería ser una democracia, pero que no saben más que definirla y ponernos ejemplos que, de seguirlos, solo daríamos la media vuelta hacia el pasado.

Ahí, ya de vuelta, tendríamos que volver también a luchar para hacer de nuevo el cambio. Todo es quimérico, pero podemos perfectamente «volver» imaginariamente a esa etapa de nuestra historia definitivamente superada, para convencernos otra vez y de nuevo de que democracia no es la libertad para explotar; no es tampoco libertad para desorientar a la juventud y hacer negocios con su educación o con su corrupción, mucho menos la libertad para vivir bien a costa de los que viven mal.

No seremos entregados a los bárbaros fieros, porque aquí en este país, en esta patria, en este pueblo, existen gentes humildes, que producen, combaten y luchan y como Sandino aman esta tierra tanto como él la amó.

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