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¿Cómo murió el General Benjamín Zeledón?

03 Octubre 2018
¿Cómo murió el General Benjamín Zeledón?

(Textos del libro "El general Benjamín Zeledón y sus valientes del Coyotepe", publicado por la Alcaldía de Managua, con introducción de Clemente Guido Martínez).

El 4 de Octubre de 1912, hace 106 años, patriotas nicaragüenses combatieron a marines y soldados norteamericanos que habían desembarcado en Corinto el 4 de agosto del mismo año, por "invitación" del Presidente pro yanqui, Adolfo Díaz. Este combate se inició a las 5:30 de la mañana en la Barranca, extendiéndose durante las siguientes horas a la fortaleza de El Coyotepe, ambos sitios ubicados en Masaya. El resultado final, más o menos 150 patriotas muertos y heridos en combate, "despedazados por la artillería yanqui"; oficialmente de 13 a 18 marines caídos por el fuego patriota.

El General Benjamín Zeledón, era el jefe militar de las tropas nicaragüenses y Smedley D. Butler, era el jefe militar yanqui. En El Coyotepe, los jefes militares subordinados a Zeledón eran Salvador Sobalvarro e Isidoro Díaz Flores. Fue el patriota Isidoro Díaz Flores, quien con valentía resistió la artillería y la fusilería enemiga atrincherado en El Coyotepe, desde donde lograron infringir las bajas indicadas a los marines.

El General Benjamín Zeledón, atrincherado en Masaya, también enfrentó la embestida de los invasores que se hacían acompañar de tropas de Adolfo Díaz, teniendo que abandonar la plaza de Masaya para buscar apoyo militar en Jinotepe –desconocía que esta plaza también había caído– y en el camino entre Nandasmo y Niquinohomo, murió combatiendo al enemigo. El coronel Camilo Barberena Anzoátegui, acantonado en Catarina, ordenó sepultar el cuerpo de Zeledón en la parte externa del cementerio de Catarina, donde todavía está su sepultura.

Smedley D. Butler, dijo ante el Congreso de Estados Unidos en 1935: "Participé en la "limpieza" de Nicaragua, de 1909 a 1912, por cuenta de la firma bancaria internacional Brown Brothers Harriman (...) La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera (...). Tengo el sentimiento de haber actuado durante todo ese tiempo como bandido altamente calificado al servicio de los grandes negocios de Wall Street y sus banqueros. En una palabra, he sido un pandillero al servicio del capitalismo".

Y aquí en Nicaragua, Adolfo Díaz, convencido de que su actuación a favor de permitir el ingreso a Nicaragua de 3 mil marines y soldados norteamericanos en 1912, los que permanecieron hasta agosto de 1925, declaró en diciembre de ese mismo año que "mi gobierno exige desde hoy para sí, con orgullo, todo el mérito que la historia le discierne" (es decir, haber traído a los marines yanquis a quienes él califica como "una luz de bonanza estable").

Para honra de Nicaragua, el entreguismo de Díaz, fue enfrentado con valor por el General Benjamín Zeledón, quien a partir de la rendición del General Luis Mena el 24 de septiembre de 1912, asume el mando de las tropas Nicaragüenses y se decide a presentar batalla contra la intervención norteamericana en Nicaragua desde la plaza de Masaya.

Trece años después, Augusto C. Sandino estaba en México en busca de ayuda para la lucha contra los marinos norteamericanos. El 4 de octubre de 1929 escribió en Mérida, Yucatán:

"Benjamín Zeledón, gran patriota, soldado valiente, su heroico sacrificio en aras de nuestra soberanía nacional no será olvidado. Su recuerdo vive en el corazón de todo buen hijo de Nicaragua.

El 4 de octubre de madrugada, yendo yo camino de una de las haciendas de mi padre, escuché descargas de fusilería y ráfagas de ametralladoras en las hondonadas del cerro de Pacaya. Se oía después arreciar el formidable combate entablado entre dos mil marines norteamericanos, unidos a quince mil vende-patria nicaragüenses, contra quinientos hombres del General Zeledón, que se defendía heroicamente contra aquella oprobiosa avalancha humana. Los autonomistas nicaragüenses, con el prolongado sitio sufrido en aquella ciudad, tuvieron que comerse hasta sus cabalgaduras.

El General Benjamín Zeledón y sus valientes. Nuestro corazón joven y patriota experimentaba desesperante inquietud, pero nada pudimos hacer en bien de la noble y grandiosa causa sostenida por el General Benjamín Zeledón; a las cinco de la tarde de ese mismo día, aquel apóstol de la libertad había muerto y en una carreta tirada por bueyes fue conducido su cadáver al pueblo de Catarina convecino del mío, en donde hasta por hoy, bajo una lápida lamosa y semidestruida por la intemperie del tiempo se encuentran los restos de nuestro máximo héroe y gran patriota General Benjamín Zeledón".

El holocausto de El Coyotepe

Por Mario Sandoval Aranda (*)

Este 4 de octubre es el aniversario del holocausto de El Coyotepe, cuando fuerzas intervencionistas de EEUU sin piedad masacraron a valientes defensores de su Patria. Ha pasado el tiempo, pero las heridas no han cicatrizado, ni cicatrizarán jamás. Para que las nuevas generaciones conozcan hechos históricos de nuestra Patria, narro la Batalla de El Coyotepe 1912.

Era presidente, puesto por EEUU, Adolfo Díaz Recinos, empleado de minas explotadas por compañías norteamericanas. Queriendo ser presidentes, sus generales Emiliano Chamorro y Luis Mena provocaron la guerra. Mena pidió apoyo a los liberales al mando del general Benjamín Zeledón. El liberalismo estaba proscrito por EEUU, después que derrocó al gran presidente liberal José Santos Zelaya López, en 1909.

Estando perdiendo la guerra el vendepatria Adolfo Díaz, pidió al presidente de EEUU William Howard Taft, intervenir militarmente so pretexto de proteger bienes americanos, pero también impedir que el liberalismo volviera al poder. Taft, envió 1,400 infantes y 1,000 marines, hollando nuestra sagrada tierra. Mena se rindió al contralmirante William Southemland, enviándolo a Panamá.

Zeledón fue nombrado jefe supremo, henchido de patriotismo desafió al ejército yanqui, negándose rendir ante el coronel Joseph Pledlenton, jefe del ejército invasor. Partió a Jinotepe buscando refuerzos, dejando el mando a los coroneles Isidoro Díaz, Masaya y Salvador Sobalvarro, Managua; yéndose, asumió el mando Díaz, quien con heroísmo defendió El Coyotepe.

Zeledón encontró al lado de Niquinohomo, Las Azucenas o El Arroyo, al coronel Ulpiano Gallegos y en la escaramuza dicen que como lo conocía lo apuntó matándolo. Llevado en carreta a Niquinohomo, el alcalde se negó enterrarlo en el cementerio, yendo a Catarina acompañado por gente del lugar y mujeres piadosas que lo envolvieron y llorando rezaban. Tampoco este alcalde lo consintió.

Como el cadáver se estaba descomponiendo lo enterraron a la entrada del cementerio de Catarina, al lado derecho. El liberalismo le erigió monumento y cada 4 de octubre con justicia se le rinde homenaje.

El carnicero Pledlenton, dividió sus 300 soldados en tres frentes, al mando del mayor McKelvy, del capitán Buttler y el suyo, dando orden de fuego a las 5:30 de la mañana.

Los cañones causaron inhumana matanza, al impacto de la explosión los cuerpos destrozados volaban por los aires brazos, piernas, cabezas. Muchos quedaron ciegos, sordos, cotos, sin piernas, como Bernabé Noguera C., con su canilla izquierda de palo.

Después del cañoneo subieron disparando ametralladoras y rifles automáticos. Los sobrevivientes a pesar de su inferioridad desde sus trincheras contestaban hiriendo y matando yanquis. Victoriosos arriaron nuestra sagrada Bandera, izando la suya. Después vino el suplicio horrendo para Masaya.

Los invasores dicen que tuvimos 163 muertos y ellos 7 y 28 heridos. Díaz contó 13, mi tío Manuel Sandoval (nieto del capitán Bartolo Sandoval, héroe de San Jacinto, cuya espada conservan sus descendientes como patrimonio de orgullo familiar), que combatió junto a los catarineños, Pedro Gaitán y Carlos Muñoz, contó 18 yanquis muertos, sin contar los metidos en bolsas y llevados al tren.

Nicaragua tiene el orgullo en la historia universal de que siendo uno de los países más pobres y pequeños del mundo, ser el primero en desafiar y enfrentar con heroísmo a la nación y Ejército más poderoso de la Tierra, matándoles más de 20 soldados y dejándoles numerosos heridos que tal vez murieron.

Honor y gloria a los mártires de El Coyotepe. La Patria orgullosa les rinde homenaje eterno.

(*) El autor es escritor, miembro del Centro Nicaragüense de Escritores.

Investigación del doctor Clemente Guido

Según una investigación del médico, historiador y escritor Clemente Guido (fallecido en 2004 a los 74 años), el General Zeledón murió a manos de una patrulla del gobierno entre Nandasmo y Niquinohomo. Esto afirma el doctor Clemente Guido:

El cuartel principal, Masaya, de las fuerzas Menistas, es tomado por las fuerzas de Adolfo Díaz, en las primeras horas de la mañana, del 4 de octubre de 1912. Los Generales José Francisco Sáenz, Arsenio Cruz y Fernando Elizondo y los Coroneles Camilo Barberena Anzoátegui y Rodolfo Moreira, participan en el asalto por parte de Emiliano Chamorro. Los marinos entraron a Masaya cerca del mediodía.

El general Zeledón se repliega al iniciarse el combate final, rumbo a Jinotepe, donde creía que aún tenía una plaza menista; es muerto antes del medio día del mismo 4 de octubre, en combate con una patrulla gobiernista, entre Nandasmo y Niquinohomo.

En una investigación que siguió el Alcalde de Nandasmo, por orden del General Emiliano Chamorro, sobre la muerte del General Zeledón, se encuentran las declaraciones juradas de la joven Rosa Natalia Sandoval, de 19 años, que dice que yendo ella con su cuñada y un soldado franco, hacia el retén del Coronel Camilo Barberena, en Catarina, se encontraron en el lugar llamado "El Ojoche" con la patrulla encabezada por el general Zeledón a eso de las 10 de la mañana. Eso  sucedió el 4 de octubre de 1912.

Otra declaración es la de Justo Galán, de 25 años, quien dice que cuando en Nandasmo se dieron cuenta de la proximidad de esos hombres, el alcalde formó una comisión encabezada por el mismo Justo Galán, acuerpado por Andrés Galán, y 3 soldados; que salieron al encuentro de Zeledón y que cambiaron disparos, muriendo Andrés Galán y el caballo de Justo Galán. Eso sucedió el mismo 4 de octubre antes del mediodía, en el camino "El Carretero". La patrulla de Galán huyó en desbandada.

La tercera declaración es del aguador Jorge López, de 28 años, quien asegura haberse encontrado con un grupo armado en el lugar llamado El Trapiche, entre Niquinohomo y Nandasmo.

Estas declaraciones fueron rendidas ante el Alcalde de Nandasmo, el 8 de octubre de 1912, a las 7 a.m., 7.30 a.m. y 9 a.m. respectivamente.

Por tanto, queda por conclusión que el General Zeledón y el Coronel Emilio Vega fueron muertos por una patrulla que los perseguía proveniente de Catarina, enviada por el Coronel Camilo Barberena, cerca del mediodía del 4 de octubre, más allá de El Trapiche. Esto explica por qué la patrulla regresó con el cadáver de Zeledón a Catarina donde fue enterrado, pues tenía que ser reconocido por el Coronel Camilo Barberena; y explica su paso de regreso por Niquinohomo, donde se dice que fue visto su cadáver por Augusto Calderón Sandino.

También existe la posibilidad de que Zeledón se haya suicidado antes de caer en manos del enemigo, según relata Hernán Robleto.

¿Se suicidó el General Zeledón?

Por Hernán Robleto (*)

Eran las nueve de la mañana del 4 de octubre de 1912 y Emilio Antonio Vega, sobre una loma, bajo un "pochote" en que estaba clavado el aparato telefónico, dictaba órdenes serenamente.

Le comuniqué la orden de reconcentrar la tropa para romper línea, y le confié la verdad. Se encogió de hombros, como resignado. En lo alto del árbol, Juan José Rodríguez (a) Papaché, que había estado rifleando, echó a gritar, enronquecida la voz.

En ese momento llegaba el General Benjamín Zeledón con sus ayudantes. Nos alistamos para salir.

Llegado que hubimos al borde de la laguna, en el extremo derecho de nuestros atrincheramientos, encontramos al Mayor Barraza, telegrafista.

– Entendido, general –dijo el Mayor– de aquí no saldré hasta que la muerte lo quiera...

De ese lugar Zeledón había mandado al Ayudante Rodolfo Olivares a dar la orden de concentración al Coronel Tomás Vargas. Olivares no pudo llegar porque ya la Parroquia estaba rodeada.

Volvimos al pueblo, al ver la imposibilidad de atravesar el arroyo bordeando la laguna.

La Colt manejada por Heliodoro Lara, había sido sacada a lo limpio, disparando las bandas que quedaban.

¡Salimos, por fin! "Papaché" rompió a culatazos el teléfono, algunos escogieron infames dispuestos a todos. Zeledón, a caballo, recorría una parte de la línea, en donde caían las balas. Alguien le rogó que se apeara o se hiciera al lado de un paredón.

– ¿Para qué? –contestó– Ya está señalada la bala que me ha de matar.

Con alicates cortamos los alambres que en un tiempo nos defendían. Éramos a lo más doce o quince los que salimos. De esos, cuatro o cinco, con rifles, los demás con cutachas y pistolas.

Recuerdo a pocos: Emilio A. Vega, Francisco Tapia Ortega, un artillero Pacheco, Humberto Barberena, Pablo Saballos, Alejandro Cerda, Federico Ramírez (asistente de Zeledón), "Papaché" y el corneta de órdenes Paulino Alvarez. Los barrancos abiertos a nuestros pies, hacían apearse a los de a caballo. Por ser conocedor, guiaba la ruta Tapia Ortega, y había veces que caíamos bajo los caballos, rodábamos con ellos, subíamos una pendiente. La colt de la retaguardia nutría sus descargas. El clarín tocaba a degüello y blandíamos las cutachas brillantes saliendo al encuentro de la muerte, con Zeledón a la cabeza.

– ¡Toque a degüello, clarín! Y el pobre Pantaleón, sudoroso debilitado, se detenía un momento para tomar resuello, inflaba los carrillos, lanzaba las notas y corría tosiendo a incorporarse a la pequeña escuadra que avanzaba siempre.

– ¡Toque a degüello, clarín! Como se iba tirando de las bestias, había ocasión en que se tenía necesidad de hostigarlas para que saltaran. A Zeledón se le enredaba el chilillo en las yerbas y me lo entregó para que se lo llevara. ¡No se lo pude devolver jamás!

Tapia Ortega murmuró, siempre caminando.

– General, si Ud. hubiera hecho lo que yo le decía, no nos viéramos en estos apuros. Alistando un bote en la laguna hubiera sido más fácil la salida.

Como fastidiado, reconviniendo al que le hablaba, Zeledón dijo:

– Vea, General Tapia, era una cobardía pensar en la fuga. Yo nunca creí salir como lo hago ahora.

Llegamos al momento en que distinguíamos perfectamente los rostros de los soldados del otro bando. Zeledón desgonzaba la pistola, la carga con calma y disparaba sobre los otros. Ignoro por qué no quedamos todos tendidos entre aquellas colinas de bombonaci.

Algo muy grande pasó entonces; vimos una parte de la tropa replegarse hacia un lado de San Sebastián, dejándonos el paso libre. Nuestro clarín seguía tocando cuando pasamos por las trincheras y entramos al camino.

Nos reorganizamos ligeramente. Montaron los de a caballo, trotando para que los de a pie fuéramos con ellos. Muchos, rendidos, se apoyaban en los postes del telégrafo, sobre el camino de Los Pueblos.

Al emprender de nuevo el viaje, miramos a una caballería que bajaba de una loma del camino. ¡Otro encuentro! Los más miedosos, recularon; pero al ver al general Zeledón que con la pistola en la mano, a la cabeza del grupo gritaba:

– ¡Adelante!

Todos continuamos, pero ya más escasa la fila, por los ignorados que habían muerto a la salida, al tiempo de romper línea.

Al doblar un recodo nos encontramos con la caballería. Bien lo recuerdo. A la cabeza venía un hombre joven con sombrero de pelo, plomizo, vestido de kaki. Al sorprendernos, cara a cara, tocándose los caballos, preguntó admirado y conteniendo rienda:

–¿Y de ahí!

– ¡Viva el partido liberal! –se le contestó y Zeledón fue el primero en disparar. Quedaron tres de ellos y uno de nosotros.

Disparando siempre sobre el enemigo se nos gastaba el parque. Creo que el mismo Tapia Ortega o Emilio Antonio Vega, dijo:

– No hay que desperdiciar parque, general. Nos pueden coger sin tiros. Zeledón, disparando siempre, le contestó.

– Reservaré uno de mi pistola para suicidarme, antes de caer en manos enemigas.

Cuando dejábamos atrás el cerro de Catarina, a la izquierda de nosotros, ya los de la caballería nos llevaban ventaja.

Encontrábamos soldados muertos y agonizantes en el camino.

Pablo Saballos, y yo íbamos desfallecidos. En vano llamábamos a los de adelante para que nos llevaran a la grupa. Nos temblaba el cuerpo, el sudor empapaba nuestras ropas de soldados.

Al bajar una sima rodando sin sentido, refugiándonos de los disparos que sonaban atrás, alcanzamos a ver por última vez a los compañeros. Pasaba la escuadra por el ancho camino.

Zeledón siempre al frente, en su caballo retinto, con los amigos de lucha, en camino hacia la muerte.

(*) Periodista y escritor, nacido en Camoapa, Boaco, el 17 de octubre de 1892, y fallecido en Ciudad de México el 19 de febrero de 1969. Fue alcalde de Managua entre 1939 y 1940. Artículo publicado en el diario El Comercio el 4 de octubre de 1913, en el primer aniversario de la muerte del general Benjamín Zeledón.

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