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Manuel de Jesús Rivera «La Mascota»

05 Octubre 2018
Manuel de Jesús Rivera «La Mascota»

Revista Correo

El día que lo mataron hacía casi 13 años que Manuel de Jesús Rivera había nacido en los cafetales de Diriamba, hijo de una recolectora de café. A esa edad, chaparro y requeneto, su rebeldía le había ayudado a vencer sus limitaciones físicas y se había graduado en el mercado de cargador de canastos y descargador de camiones, mandadero y lustrador, entre otros muchos ilustres y honrosos oficios que se aprenden pero no se enseñan en los mercados de Nicaragua. Su manera de ser le hizo ganar el cariño de las mujeres comerciantes y con ello la comida de todos los días, porque sobraba quien le regalara la sopa del día o un buen planto de gallo pino y carne asada.

Tenía menos de 13 años y ya era un experimentado combatiente popular.

Hacía muchos meses que se había ganado el mote de “Mascota”, porque debido a su edad, su estatura, su arrojo y simpatía, era el más querido de todos los muchachos sandinistas que combatían a la Guardia Nacional (GN) en Diriamba y en las ciudades vecinas. Una de sus tantas acciones en Monimbó, en la insurrección de febrero de 1978, era casi leyenda: le había quemado el vehículo a un oficial de la genocida, quien desde entonces juró vengarse de aquella osada criatura.

Minutos antes que lo mataran aquél 5 de octubre de 1978, La Mascota andaba con un hombre a quien sus compañeros del Frente Sandinista conocían como Marvin pero él sabía que se llamaba Ramón Gutiérrez en la acera del restaurante Carleti, sobre la calle del Teatro González en Diriamba (la misma que viene de Managua) jugando a la cara y sol con otros cipotes.

Con solo verlo, Manuel supo que en “algo” andaba Marvin. El cipote dejó de jugar, salió a su encuentro y caminó junto a él algunas cuadras. No se equivocó: su cuñado debía llevar una información a unos compas que estaban ubicados en las afueras de la ciudad. Entre risas, aguantó la regañada porque no estaba escondido, a sabiendas que la Guardia lo buscaba para matarlo. Para entonces, cuatro niños habían sido asesinados por la genocida, confundiéndolos con La Mascota.

Uno de esos chavalos se llamaba Oscar Romero (así, como el santo salvadoreño, pero sin el Arnulfo) y no tenía ni padre ni madre ni hermanos. Bueno, madre sí: lo crió doña María Romero, una marchante del mercado, hasta que un francotirador de la GN, un oficial casado con una diriambina, lo cazó desde la torre de la Iglesia San José. Un barrio de Diriamba lleva el nombre de aquél niño y por sus calles hoy se pasea su asesino, quien regresó al país 12 años después que huyó a Miami, poco antes del triunfo revolucionario.

Manuelito, como le decía su cuñado, sabía el odio que le tenían los guardias pero no les tenía miedo. O quizás lo tenía, pero lo disimulaba con risas y audacias. El caso es que se fue caminando con Marvin. Hasta que en el sector donde hoy es un supermercado PALI, a La Mascota se le metió que tenía que ir a cobrarle 50 córdobas a una señora dueña de un tramo en el mercado, por quien sabe cuántos mandados que el chavalo le había hecho en los ratos libres que le dejaba la lucha antisomocista. El cuñado insistió que lo hiciera después, que irían juntos, que no se fuera solo, que no se metieran en el mercado... Pero más tardó Marvin en decir esas frases que Manuelito en desaparecer de su vista.

Eran como las diez y media, tal vez las once de la mañana. El cuñado lo siguió infructuosamente unos cuantos metros hasta perderlo de vista. Segundos más tarde, Marvin se topó con un par de patrullas de la GN, aquellos famosos jeep de la Brigada Contra Actos Terroristas (así les decía Somoza a los guerrilleros), conocidos únicamente por sus siglas: los tenebrosos BECAT. Iban rumbo a la zona del mercado. Manuelito también los vio y actuó contra una de las patrullas: en la esquina de la ferretería de Luis León les tiró una bomba de contacto y luego corrió hacia el mercado, el refugio que creía seguro, a solo una cuadra hacia el sur.

Los guardias lo siguen y piden refuerzos. En cuestión de minutos, llegan dos, cinco, diez, muchos guardias, rodean toda la manzana del mercado y empiezan a buscarlo tramo por tramo, lanzando todo tipo de insultos contra La Mascota y de amenazas contra los comerciantes, casi todas mujeres. El cuñado sintió que un fogonazo le subió desde los intestinos hasta el cerebro. Supo lo que iba a ocurrir. Corrió en la misma dirección y pudo ver cuando varios guardias bajaban de las patrullas, corrían hacia el mercado y montaban sus enormes fusiles Garand y Galil (israelitas).

No lo encontraron. Furiosos, estaban a punto de rendirse cuando una comerciante de Chinandega con señas muestra a un guardia en dónde está escondido Manuelito. Era la venta de abarrotes de la Panchita Areas y Pedro Briceño (a quien le conocían como “el bizco”, padre de Pedro Briceño, un chavalo que colaboraba con La Mascota). Varios guardias se introducen en el local, pero no lo hacen para buscarlo. Ya sabían que La Mascota se había metido en una caja con bolsas de café (o tal vez de cigarrillos).

El primero de ellos disparó una ráfaga y casi en forma simultánea los otros dispararon también. Las metrallas sonaron una y otra y otra y otra y otra vez... Nadie pudo contar cuántas fueron. Parecía 7 de diciembre, cuando los juegos de pólvora inundan las ciudades para celebrar a La Purísima. Vaciaron sus cargadores.

Entonces sí empezaron a buscar. Encontraron el cadáver y lo arrastraron fuera del local.

Marvin, superando el miedo a que lo identificaran, había llegado como a 100 metros de la matanza. Había guardias tendidos por todos lados. Ya no se oían disparos. Sólo escuchaba las frases que musitaban los comerciantes entre sí, con furia contenida: “la Marta lo denunció” ... “la ‘chinandegana’ lo vendió” ...

Marvin llegó hasta la esquina de la Chila Carrión y ahí pudo ver a dos guardias que arrastraban un cuerpo, tomado de los ruedos del pantalón y la cabeza golpeando contra el cemento. Sí, era Manuelito. Las bestias somocistas reían, escupían y rodeaban el cuerpo del niño, como perros. Un camión de volquete, propiedad de la municipalidad, que servía para recolectar la basura, se estacionó frente a la venta del Tico. Hasta ahí, en donde había una acera como a un metro de altura sobre la calle, llevaron el cadáver. Un guardia lo tomó de los ruedos y otro del cuello de la camisa. Lo levantaron como plumita y lo tiraron desde arriba al volquete del camión, cuyo conductor arrancó tan rápido como pudo con rumbo desconocido.

Empezó el calvario que vivieron entre Diriamba y Managua la abuela Juanita, su madre doña Arcadia y el cuñado Marvin por recuperar su cuerpo. Ayudados por muchos amigos conocidos y desconocidos, finalmente el dictador accedió a entregar el cadáver ocho días después del crimen. El cuñado contó que cuando les mostraron el cuerpecito, lo primero que vio fue un pedazo de trapo rojinegro amarrado en su brazo izquierdo. Su carita la pudo identificar aunque tenía balazos en su cabeza. “En total le contamos 47 orificios de bala de todo tamaño”, repitió un millón de veces Marvin, cada vez que alguien le preguntaba por el Niño Héroe.

Metieron el cadáver en una caja y lo llevaron en un vehículo de la Cruz Roja Internacional hasta la casa de una tía de Manuel, cerca de la estación del tren en Diriamba. En el trayecto desde Managua, la Guardia estaba tendida en toda la carretera, temerosa de una revuelta popular.

Cuando el cortejo llegó a la estación, una multitud recibió el cuerpo de su Niño Héroe. La gente gritaba de dolor, lloraba de rabia, gemía de impotencia.

Aquella escena está grabada en la memoria colectiva de los diriambinos así como lo ocurrido después, cuando la guardia impidió que la gente acompañara a doña Arcadia y su familia hasta el cementerio para sepultar a Manuelito.

Al final de la tarde de aquel 13 de octubre, cuando ya solo quedaban madre, abuela, hermanos y cuñados frente a la tumba, a lo lejos aún se escuchaban los gritos de la multitud: “La Mascota” “¡Presente, presente, presente!”

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