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Mi madre: mi nidito suave

16 Noviembre 2018
Mi madre: mi nidito suave

Por Juan Ramón Falcon

-In memóriam-

De repente los días de ayer son tan cercanos y el niño que era yo corre despreocupado y sin prisas, sin la necesidad de llegar temprano a alguna parte, con la quietud y la paciencia de un reloj que camina lentas las horas, sin que importe si amanece, si quema el sol, si hay estrellas o si el día es nublado.

Las camionetas largas de pasajeros pasaban frente a mi casa del pueblo y mi diversión era verlas pasar desde la acera y que del interior algún viajante extraño me sonriera y moviera un adiós sacando su mano por una de las ventanas. Desde adentro de la casa, mi madre sonreía sin quitarme los ojos de encima, pedaleando su máquina negra de coser, vigilando mis pasitos. Y así era siempre, vigilándome desde cualquier parte, sonriéndome, desde el patio, el lavandero o desde la hornilla.

Desde la mesa del comedor, yo la miraba delgadita, esbelta, linda, parada junto a las ventanas del fogón, con sus facciones blancas rebotando los colores del fuego, reflejo de chispas doradas de los tizones encendidos que avivaban aún más sus ojos de color café muy claro, cuando preparaba el café de la mañana o palmeaba la masa de maíz nezquizado sobre el molendero de cedro grueso, o sacaba del comal la tortilla embombada que desprendía el vapor que esfuminaba sus dedos. Mi madre sonriéndome siempre, sin decir nada, adivinando cada una de mis necesidades y yo sin necesidad de preguntar nada. Abrazándome como si fuera yo su juguete o su mascota, con sus manos de nube, peinándome, y su voz de canto: "que pelito más suave el de mi niño bello", y yo feliz, feliz, bebito enteramente dependiente, buscando su mano y su mirada de arrullo.

Y en breve, soltándome, independizándome, volviéndose maestra con firmeza. Instructora desde aquel primer momento, cuando con un pequeño empujoncito me hizo dar los primeros pasos, y luego los segundos y después los terceros, hasta que me salieron alas, mi madre soltándome cual si fuera un perrito atado a ella por una cuerda que suelta a campo raso, controla, frena y libera.

Y así fue como aprendí a ir a la escuela, confiado, creyéndome libre, corriendo, mientras mi madre era como una diosa omnipresente que me seguía aún quedándose, que me vigilaba aún sin verme, que estaba sentadita conmigo invisible en el pupitre de al lado en la escuela nuclear, inseparable aunque estuviera lejos a varias cuadras, dejando que fuera yo quien encontrara mis trocitos de independencia, en los juegos con los otros niños, en los saltos a las charcas o las rocas o lo que fuera, o cuando venía juguetón divertido en las orillas de las calles o en el centro, en la época que casi no había carros y que fui más feliz.

Al marcharme, con los cuadernitos en la bolsa de manta blanca, las blancas manos de mi madre me decían adiós batiéndose como alas de paloma. Y era igual al regreso cuando ella abría sus brazos abrazándome a distancia, y yo corriendo al encuentro le adelantaba un beso a su rostro de encanto. Era mi madre un nido suave que me esperaba y yo como un polluelo, o más aún, como una pluma de sus alas.

Mi madre adivinando mi necesidad de ser abrazado, producía y almacenaba caricias durante mis pequeñas ausencias, para estamparlas con sus manos y su amor de mamá a mi regreso y grabarlas por siempre en mi piel de niño.

Debe ser por eso que a veces escucho su voz, similar a un viento fresco vital que es como alimento, que ha permanecido anidada en el tiempo, y que me suena perfecta, imperecedera, envolvente, como luz de estrella lejana y eterna.

No entiendo cómo pude en mi adultez, separarme, si ante ella sigo siendo niño en mis cincuentas, niño de cuna deseando su voz, niño como cuando rompí aquel radio buscando los hombrecitos, como cuando era un bebé de tres años y vivíamos en aquel paraíso donde nací, antes de trasladarnos al pueblo. Como cuando me llevaba a la quebradita que tenía aguas con transparencia y sonido de cristal, y yo desnudito y listo para el baño era una bolita de carne en sus manos, sentado en el borde de la pila bajo la pequeña cascada que se desprendía fría sobre la irregular pared de rocas. Ella se divertía vaciando guacaladas de agua en mi cabeza, quitándome de encima la espuma de jabón de lavar, que tenía un delicioso olor a limón que nunca olvido. El agua de la fuente caía desbordándose, y las hojas amarillas brillantes flotaban alrededor de mis pequeñas piernas blancas, mientras yo tiritaba de frío en el ambiente penumbroso bajo la espesura sobre la quebrada. Bajo el repleto follaje que debilitaba la luz, entre el sonido producido por los troncos de los inmensos árboles, los cantos de pájaros y animalitos de selva, sobresalía la voz de mi madre, cantando desafinada alguna canción mejicana, la canción más tierna que junto a su sonrisa y su caliente abrazo eran mi sábana más deseada. Y volvíamos a casa, ella cargándome y yo enganchadito en un lado de su cintura joven mientras cargaba en el otro la tinaja con agua; iba yo, siendo el más feliz de los niños pegadito, pegadito a ella como un mozote, subiendo la cuesta empinada hasta la casona de amplio corredor donde colgaba la pequeña hamaca frente al paisaje inmenso de cerros azules en la que me depositaba suave y donde yo me quedaba dormido.

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