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Eichmann en Nicaragua

17 Noviembre 2018
Eichmann en Nicaragua

Por Santiago Molina (*)

Quisiera escribir Eichmann (s) en plural porque considero que en el golpe fallido del 18 de abril participaron,  no un Eichmann aislado, sino muchos Eichmann multiplicados en varios estratos de la sociedad. El título de mi artículo envía al libro de la filósofa alemana Hanna Arendt (1906- 1975), Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del Mal. Obra clave para comprender desde su interior El Holocausto, la ideología fascista y todos  los significados  que pueda contener la palabra barbarie. Adolf Eichmann (1906-1962) fue la pieza humana que delineó toda  la logística de la puesta en marcha de “la solución final”. Responsable del traslado de miles de judíos a los campos de exterminio.

Se refugió en Argentina después de la guerra, hasta su captura por una brigada de los servicios secretos israelíes. Fue juzgado por sus crímenes y condenado a  muerte. Hanna Arendt -siendo ya conocida filósofa-  le concedieron el cargo de redactar para la revista The New Yorker  un reportaje del proceso. El trabajo en entregas de la filósofa resultó ser uno de los libros más importantes del Siglo XX,  y fue publicado en 1963 por la misma   revista. Dirán que  estamos en Nicaragua y que el fenómeno del nazismo es algo que aconteció hace mucho tiempo. Nada de eso.

El fascismo no ha desaparecido: está de vuelta entre nosotros, actualizando  nuestro pasado reciente de intervenciones y dictaduras  obedientes  al imperio. Bolsonaro en Brasil lo confirma. Trump hace de la supremacía  blanca punta de lanza de su concepción  política. Otro ejemplo de la renovación fascista es la reinstalación de los campos de concentración (Guantánamo y otros), como lo ha demostrado Giorgio Agamben en muchos de sus libros, afirmando: “el nacimiento del campo en nuestro tiempo aparece como un evento que señala de manera decisiva el mismo espacio político de la modernidad”. 

A pesar de los avances tecnológicos y  transformaciones materiales, nuestra época no parece haber progresado en la forma de pensar la política: la violencia hacia los excluidos es una actitud constante, por lo tanto no podemos decir que el “amor mundi” ha cambiado desde el surgimiento del nazismo.

En Nicaragua, la extrema derecha repite la violencia como vía para la toma de poder, apoyados y financiados sin  escrúpulo alguno  por  el imperialismo norteamericano. Hanna Arendt  temía  que los delitos cometidos por los nazis   se repitiesen: “que todo acto ejecutado una vez e inscrito en los anales de la humanidad siga siendo una posibilidad mucho después de que su actualización haya pasado a formar parte de la historia”. Arendt acuñó la conocida expresión “banalidad del mal” para indicar cómo algunos  individuos ejecutan  las órdenes de sus superiores, así pueden torturar, violar, matar sin reflexionar sobre sus actos.

En este sentido, un Félix Maradiaga  es un funcionario deshumanizado actuando como una ruedecilla más de la maquinaria administrativa imperial. Maradiaga -buen lector de Gene Sharp-, actuó igual que  Eichmann -mal lector de Kant-  sin preocuparse  por las consecuencias de sus actos, sólo  cumplió  las órdenes de sus tutores en Washington. El dolor de las familias nicaragüenses es lo que menos le  importó.

No tiene sentido destruir la economía de un país próspero, pero sí podemos decir que en el fondo   hubo una causa, que no es otra que la del placer destructivo del propio sujeto, el agente del imperio obedeciendo al sin sentido del  Mal.  Porque la  banalidad del Mal abarca un extenso campo de comportamientos. El Cosep,  pieza fundamental  en el golpe fallido, no reconoce el daño profundo hecho a la economía, asimismo no reconoce  el  desempleo  al  que sumieron a miles de trabajadores. No reconocer su responsabilidad es un síntoma de la banalidad del Mal.

Eichmann se describía a sí mismo como un funcionario eficiente,  llevando bien sus cuentas administrativas  y que cumplía con su deber, orgulloso también de sus convicciones religiosas cristianas. Si tenía un tiempito libre el día domingo corría a la iglesia para sentarse en primera fila. Arendt concluyó, observando el comportamiento  de Eichmann en el juicio, que el mal es un fenómeno superficial que contagia sobre todo a individuos que tienen  en su interior un mundo enciclopédico  limitado. Pienso en alguien con gestos arrogantes de centauro (mitad gringo, mitad caballo) listo para el salto,  pidiendo la renuncia del Presidente Ortega, mientras determinaba que la economía no era importante; o bien, individuos que indican su superficialidad por el uso de lugares comunes en la expresión, como es el caso de un periodista de un medio televisivo que tiene  un afiche donde se lee: “vamos ganando”, como si la política fuese una carrera con Usain Bolt a la cabeza. 

Eichmann consideraba que ganar era acumular víctima tras víctima, por eso el Ángel de la Historia de Walter Benjamin  tiene los ojos desencajados, pues mira las heridas que los vencedores de la Historia han infringido  a las generaciones pasadas. El hombre es un ser de lenguaje, especular “vamos ganando” aísla e infantiliza el discurso de la política, que es la realización de la pluralidad. Silvio Báez no escapa a la banalidad del Mal. En el famoso audio lo sentimos muy cercano al racismo de  Eichmann, parece no haber superado “el estadio del espejo” de Lacan (le stade du miroir), pues se imagina (la Imitatio Christi  ya no le sirve de consuelo)  ser un hombre de raza aria: alto,  rubio y de ojos azules cuando se burla del Canciller Moncada.

Alta es la dignidad del Canciller defendiendo nuestra soberanía ante los policías de la OEA, mientras que la ética de Silvio Báez se empequeñece más y más cada vez que reza para que el imperio intervenga en nuestros asuntos. Otro rasgo que identifica a Báez con el funcionario obediente: su lealtad a los señores de la oligarquía, tanto que es capaz de llorar oportunamente ante las cámaras  para manipular una situación política que favorezca a la narrativa del golpe de estado, Slavoj Zizek lo analiza de esta forma: “La ideología derechista, en particular, es experta en ofrecer a la gente la debilidad o la culpa como un rasgo de identificación: encontramos trazas de ello hasta en Hitler. En sus apariciones públicas, la gente se identificaba específicamente con lo que eran estallidos histéricos de rabia impotente, es decir, se “reconocían” en este acting out histórico”. 

Michel Foucault pone el acento en  que el poder se encuentra en todos partes, es una  fluida microfísica  recorriendo cada engranaje, rellenando cada parcela de la realidad con su capacidad infinita de presencia. Sygmunt  Bauman diría, que el poder es esa modernidad liquida que se vierte sobre el tiempo y el espacio.

El poder –insiste  Foucault- necesita  de sujetos que funcionen como verdaderos dispositivos de dominación,  necesita ser ejercido y “se ejerce –continua diciendo- haciéndose invisible; en cambio impone a aquellos a quienes somete un principio de visibilidad obligatorio”. Es decir, el imperio  al extender sus fronteras,  ejerce su poder violentando la soberanía de las naciones, para ello utiliza desde lo invisible a cualquier Eichmann que pueda acatar sus órdenes. Detrás de cada ONG hay un Eichmann trabajando.

El MRS ha reclutado en sus filas a todos los Eichmann posibles. Por esta obscenidad ideológica, cuyo fin en sí no es la democracia, sino gozar de ellos mismos, es que no pudieron vencer la unidad inquebrantable del pueblo  sandinista. Si  le preguntan  a la “oposición pacífica” (llámese MRS o Alianza Cívica) cuál es su programa de nación, responderán con las mismas palabras de Mussolini  a la pregunta: “¿cómo justifican los fascistas su pretensión de gobernar Italia? ¿Cuál es su programa?: nuestro programa es muy simple, queremos gobernar Italia”.

Pero en Nicaragua el pueblo es presidente, y los golpistas tendrán que esperar las próximas elecciones del 2021 para participar en ellas legalmente.   El filósofo alemán Theodor Adorno, dijo: “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”.  En Nicaragua, lo decimos de otra manera: después de la barbarie del 18 de abril, la poesía es un acto de paz que todos seguimos escribiendo.

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