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Luisa Amanda, una niña que irradiaba ternura

02 Abril 2019
Luisa Amanda, una niña que irradiaba ternura

Por Comandante Olga Avilés López (*)

El 3 de abril de 1970, caen en combate Enrique Lorente, miembro suplente de la Dirección Nacional del FSLN, y Luisa Amanda Espinoza. Enrique tenía 27 años; Luisa Amanda apenas 22.

 

En homenaje a Luisa Amanda, la primera guerrillera sandinista que muere en combate, publicamos una edición del testimonio de la Comandante Olga Avilés López. Ambas convivieron junto a otra compañera durante algunos meses en una Casa de Seguridad entre 1969 y 1970.

 

Quiero dar algunos datos importantes para aclarar el lenguaje que utilizamos al referirnos a algunas situaciones propias del momento histórico que nos tocó vivir, contra la dictadura somocista. En algunos momentos parecemos una organización extremista por las acciones militares que ejecutamos y que atacábamos de una manera disciplinada obedeciendo a las orientaciones programadas. Había que expresar de alguna manera la existencia de una organización revolucionaria. Vivíamos en la clandestinidad, nuestras acciones políticas estaban orientadas a concientizar al pueblo nicaragüense bajo el dilema de golpear para avanzar.

 

En aquel momento constituía un deber de todo nicaragüense, incorporarse, organizarse de cualquier forma para librarnos de la dinastía somocista, que representaba analfabetismo, del padecimiento del hambre, sufriendo de toda clase de vejámenes y prisionero en nuestro propio país.

 

Las casas clandestinas

 

Cuando nos referimos a las casas clandestinas de la lucha sandinista, no se puede olvidar a aquellos hombres y aquellas mujeres que se iniciaron tímidamente, primeramente con temor que luego se masificó con mucha decisión. Aquellas actividades permitían ir dándole al FSLN el lugar merecido que le correspondió ser parte en nuestra historia. No podemos olvidar a aquellos compañeros sandinistas que fueron el pilar y la base fundamental en donde se sentaron los cimientos, los cimientos antisísmicos, los cimientos firmes capaces de vencer cualquier debilidad; esos compañeros que ofrendaron, con una gran mística revolucionaria, sus mejores años de juventud; aquellos compañeros, algunos desconocida su identidad, su nombre de pila no se conocía sólo su seudónimo, pero que sí están en nuestra memoria y cada uno ocupa el lugar de los héroes, el lugar de los mártires, porque supieron dar el ejemplo grandioso, ese ejemplo que dio lugar a que la semilla germinara, esa semilla que germinó creció, se hizo adulto y se multiplicó.

 

Ese ejemplo maduró en las mentes de muchos jóvenes, mujeres y hombres, para ellas, sobretodo, poder adquirir ese gran compromiso de luchar por un mismo ideal, por la libertad de todos, por la liberación política, militar, social, económica etc., y poder lograr el triunfo, sentando las nuevas bases de una nueva sociedad.

 

Muchos como Luisa Amanda no pudieron ver el nuevo día, el nuevo amanecer lleno de un sol intenso, donde brilla, en cada instante, en nuestra memoria, en cada cosa que nosotros vemos, en cada cosa que nosotros tocamos, en cada gesto que recordamos a nuestros hermanos que cayeron y que no lograron ver el triunfo.

 

A ellos no podemos olvidarlos cuando hablamos de estas Casas Clandestinas.

 

Cómo conocí a Luisa Amanda

 

Voy a relatar la vida en una casa clandestina donde llegó Luisa Amanda y en donde convivió conmigo y en donde pueden apreciar toda la actividad que se desarrollaba.

Quiero relatar cómo la conocí, en qué circunstancias de mi vida clandestina. Fue en julio de 1969 cuando muere abatido Julio Buitrago, una época de duros golpes que asestaba la guardia somocista.

 

Esta casa estaba situada detrás del Hotel Nicaragua en la vieja Managua, cerca del cine Trébol en la Managua de antes del Terremoto de 1972. Esta zona tenía un movimiento vehicular y de transeúntes muy importante. Un sector con puntos de referencias notables como el Instituto Ramírez Goyena, la iglesia Santo Domingo, el cine Luciérnaga, la calle Quince de Septiembre, la Esquina de El Infierno. Era una casa de taquezal; para entrar, había que subir uno o dos peldaños. En un pequeño espacio estaba la sala; a continuación una cortina que la separaba del pequeño comedor cocina. Seguían dos cuartos. En principio me ubicaron en un local que estaba detrás de la cocina separada por un tabique de madera, en donde sólo alcanzaba un abanico y un pequeño catre.

 

La señora no sabía qué hacer. Encendió el abanico y me lo puso de frente a mis quemadas (debido a un accidente en otra casa clandestina, el 15 de julio de 1969). El ardor o dolor era terrible y perdí los estribos. Me incorporé como un demonio y agarré a patadas aquel artefacto. Y logré calmarme y darme cuenta que necesitaba medicamentos, también me di cuenta que había cometido una imprudencia, como bien digo perdí los estribos en lugar de decir que perdí la calma, o me desesperé porque actué no como un ser humano que ha perdido sus facultades para razonar, en ese momento. Pedí compraran una o dos inyecciones de morfina para calmarme el dolor y ungüento cuyo químico principal a base de picrato de butesin. A los tres días había botado parte de mi piel, la zona epitelial y se me veía delicada, rojiza.

 

Una relación entrañable

 

Llegó una visita con un santo y seña. Apareció una visita que me llevaba un mensaje de la resistencia urbana. Era Luisa Amanda Espinosa, que me preguntó por mi salud muy interesada, también si tenía deseo de comer algo en especial. Siempre me ha gustado la carne de armadillo o cusuco, también los mariscos, pero en especial la carne fina, soy muy rara en mis gustos, pues también me gusta el cabrito, el venado, los pulpitos, la tortuga. Fue impresionante la rapidez con que Luisa Amanda me cumplió mi deseo, me harté. Siempre estuvo atenta, me visitaba a menudo; no tenía seudónimo distintivo, le decía simplemente Luisa, todos creían que era un seudónimo.

 

Era una niña, no tenía muchos años, su rostro irradiaba ternura. A veces la veía como a mi sobrina que crie. Nos sentábamos a conversar de su vida y ella me las inventaba. Gozaba con sus cuentos, me sabía tranquilizar, porque las tensiones por la que se pasaba no eran fáciles, agregando que mi temperamento es un fosforito. Cuando se iba me parecía que me la arrancaban, me quedaba la sensación de que no la iba a volver a ver. Pero ella siempre volvía con los mensajes de fuera, de la calle, de Payin. En estos momentos nunca vi a Payín sólo a Luisa Amanda. Cuando apareció Carlos Guadamuz, ella nos sirvió para conseguir todos los materiales para el personaje que él necesitaba crear para irse a Cuba. Solo le dábamos las instrucciones y ella eficientemente iba y conseguía lo que necesitábamos.

 

Tenía el don de la palabra, aunque no hablara perfectamente el español o el nica, ella lograba convencer a la gente, por su carita inocente, por su dulzura, nunca se arrechaba como yo, siempre esperaba que pasaran las tempestades para abordar el problema y pedir disculpas si la había paseado o algo le salía mal. Esas son cualidades de un verdadero hijo del pueblo de un revolucionario innato. Dio ejemplo a muchos de nosotros que no somos capaces de luchar contra nuestra propia conducta y debilidades, de corregirnos para servir a las nuevas generaciones. Por esos seres especiales es que el pueblo nicaragüense se enamoró del FSLN. Y eso es un reto para toda la militancia, vivir como los santos, como decía Leonel Rugama, como esos hombres y mujeres que nos dieron la pauta para seguir luchando.

 

La casa clandestina de Altagracia

 

La casa estaba situada cerca de la antigua Nunciatura Apostólica, vecina a una gasolinera, próxima a un comando de la Guardia Nacional (GN), cerca también de la Iglesia del barrio Altagracia. Hasta utilizábamos de buzón los alrededores del comando e inclusive nos parábamos a conversar con los guardias para despistar cualquier sospecha. Cerca de la iglesia hacíamos nuestras prácticas de seguimiento. En una ocasión llevamos a bautizar a un hermoso niño, que hasta hoy no sé dónde se encuentra. No quiero morirme sin verlo, para saber qué ha sido de él, qué ha dicho su madre de nosotros.

 

¿Cómo llegamos a esa casa? Después de la caída en combate de Julio Buitrago, y de caer presos muchos compañeros, estuve desconectada un largo tiempo de la gente que estaba de responsable de la Resistencia Urbana y de la Dirección del FSLN. Anduve por muchas casas de colaboradores. Cuando llegué me encontré con Luisa Amanda. Lo que comenzamos a hacer fue darle cobertura legal a la casa. Marela, ese era mi seudónimo. Montamos un taller de costura de ropa de mujer, con dos máquinas de coser, una me la regaló la doctora OIga Gómez, la otra la consiguieron los compañeros de "la casa del Mondongo", así le decíamos a la casa de donde a veces nos llegaba a través de Luisa Amanda un plato de comida. También poníamos inyecciones. Todo eso nos ayudaba a nuestros fines pero también nos permitía un ingreso económico para ayudar a la organización para que nosotros no fuéramos carga. Además nos servía para camuflar las actividades que realizábamos en confeccionar hamacas, ropa militar y además la escuela política militar que funcionaba con lo que podíamos inventar.

 

Coser, inyectar, fabricar bombas

 

La casa tenía un rótulo de "Se Cose" y "Se Inyecta". Ahí llegaba una serie de gente clandestina para descansar o para preparar acciones urbanas. Llegaban compañeros que venían enfermos, que entraban del exterior o de la montaña; o que eran trasladados a otros regionales. Yo era la responsable de la instrucción político-militar. Por ello el enmascaramiento de la casa tenía que hacerse con mucho cuidado. Para darle naturalidad y mayor seguridad a la vivienda, nos sentábamos a la puerta, por las tardes, a jugar tablero, ajedrez o a cantar, era una casa bien normal.

 

Luisa Amanda se incorporó a aquel grupo de cuatro mujeres como si toda la vida hubiéramos estado unidas por el lazo familiar. El ambiente no era agresivo a pesar de la cercanía y acoso de la Guardia. Había fraternidad, compartir la comida, las preocupaciones, los conocimientos, señalar nuestras debilidades para superarlas. Esto fue una escuela de revolucionarios con mística.

 

Yo no salía a la calle a ninguna actividad cotidiana sino que lo hacía Luisa Amanda. Cuando había que poner un suero, me tenía que arriesgar acompañando a Luisa Amanda, hasta que ella aprendió y lo hizo rapidísimo; era muy avispada o las dificultades nos volvieron inteligentes.

 

Con todo ello, nosotros podíamos financiarnos algunos gastos, ayudando de esa manera al mantenimiento de la casa; también comprábamos materiales didácticos para la educación y formación de algunos compañeros que no conocían absolutamente nada de cuestiones militares. De manera muy sencilla, con escasos recursos creamos una escuelita, donde además de las cuestiones militares también enseñamos a leer e instruíamos en cuestiones técnicas así como inyectar y coser.

 

Los compañeros clandestinos

 

Tuve muchos reencuentros con compañeros que luego de la muerte de Julio Buitrago nos dispersamos. Seguí encontrándome con Carlos Agüero. Su cariño y respeto lo llevó a preocuparse de manera especial por mi seguridad, se encargó de conseguirme un arma buena, mejor que la cargaba, pues la que tenía era una treinta y ocho revólver, viejita y muy dudosa por sus estrías y aguja percutora. Me regaló una pistola cuarenta y cinco, CALT, automática, nueva. Me sentí feliz por el regalo.

 

Luisa Amanda hizo su pedido a Carlos y ella quedó con la esperanza de tener un arma que le sirviera para sentirse segura en todas sus misiones de ser contacto y mensajera del cariño de todos nosotros los clandestinos. Ella irradiaba paz, abnegación, amor, fraternidad, humildad, entrega, una verdadera hija del pueblo con sus limitaciones superables por su gran inteligencia.

 

Cuando conocí a René Núñez Téllez, fue un día que él y yo estábamos cumpliendo años, un 2 de noviembre. Me lo presentó Pedro Arauz Palacios, pues habían sido compañeros de clase en la universidad. Siempre nos aconsejaban que no reveláramos la fecha de nacimiento. Sembrábamos la duda sobre estos datos, por eso quedó dudosa la fecha, puesto que René cumple en la misma fecha y me sorprendió esa casualidad, por ello se lo varié un día.

 

Un queque decorado

 

Luisa Amanda se había enterado de mi cumpleaños a través de mi sobrina, Fátima Avilés Sandino, que se encontraba en la misma casa, después de una serie hechos ocurridos en julio. Ella me había regalado un queque decorado, con el cual compartimos llenos de alegría detalles que nunca se olvidan, lo dijimos entre hermanas y eso quedó entre nosotras. Por su vocabulario, Pedro le decía a Luisa Amanda "la más mejor". Ella no se molestaba sino que se corregía cuando quería decir que algo era mucho mejor que otro. Esta forma humilde de tomar las bromas nos demostraba que tenía siempre la chispa encendida. Era baterías puestas (mucha energía), siempre instalada en el proceso.

 

Hacíamos algunas reuniones ahí dentro de esa casa, en las cuales aprendimos a soldar, a armar algunos instrumentos casero de guerra, ahí nos instruimos con las técnicas para hacer las minas antitanque, "la vietnamita", nos educamos para fabricar algunas pólvoras y explosivos, pero sólo aquello que las condiciones reales en que vivíamos lo permitían, porque no existía hasta ese momento grandes recursos para que nosotros montáramos una fábrica. Además de que en ese momento la guerrilla en la montaña no estaba en gran actividad. Había un proceso de preparación, fortalecimiento, crecimiento y avituallamiento.

 

La vida transcurría entre enseñar, jugar, realizar el enmascaramiento de la casa, sobrevivir con las actividades laborales de inyectar y coser. Aprendimos filosofía marxista. Ahí aprendió Luisa Amanda a jugar ajedrez, dominó y otros juegos de salón. Por su gran capacidad aprendió rápido. Después nos ganaba a todos. Supuestamente la profesora era yo, y la alumna superó a la maestra. Para enmascarar la casa, nos repartirnos las obligaciones domésticas -les enseñaba a cocinar con pocos recursos, mejor dicho a inventar en la cocina– aprendían a inyectar, a coser, a estudiar el marxismo, en hacer ejercicio para mantenernos en forma, en la preparación militar, en preparar actividades y participar en las mismas.

 

Su primer dibujo fue el Che

 

A Luisa Amanda le daba clases para nivelar sus conocimientos escolares, no era analfabeta pero sí tenía un nivel de segundo grado. Le enseñaba a dibujar por medio del método de cuadrículas que consiste en cuadricular con las mismas medidas el dibujo o foto que se desea dibujar luego cuadricular con las mismas medidas el papel donde lo piensas dibujar o pintar así entonces elaborarla. Eso aprendió con ese método e hizo algunas fotos, retratos. ¿A quién pintó en el aprendizaje de cuadrículas? Al Che y después hizo el retrato de su madre, no conservo nada de eso pues en el fragor de la lucha eliminé todo lo materia. Solo fueron quedando los recuerdos imborrables de su personalidad inclaudicable.

 

Aprendió muchas cosas de cultura general; logramos juntas avanzar a un nivel de quinto grado, bien rápido, por su dedicación al estudio. Intercalábamos con la costura y la enseñanza de desarme y arme de las armas que llegaba a través de algún compañero. Siempre andaba tras de esos aparatos con el pretexto de limpiarlas; lo único que le faltaba a ella era disparar un arma, nunca había disparado un arma.

 

Aprendiendo a disparar

 

Por ello aprovechamos un siete de diciembre, cuando tiran los cohetes como a las seis de la tarde, nos fuimos detrás de la casa y disparamos al aire unos cuantos tiros. Ella se sintió muy contenta, de manera que cuando fueron las doce de la noche, se había acabado la munición del magazín de mi arma de reglamento, la bella cuarenta y cinco.

 

Le dio seguridad, había completado su aprendizaje, aunque no había hecho tiro al blanco de puntería, sino un hecho aislado para poder manejar el golpe de retroceso que produce el arma al dispararse. Lo que aprendió fue poder tener estabilidad al empuñar el arma; también les enseñaba tanto a ella como a Magda, poner inyecciones y suero; cosíamos ropa ajena, cobrando por su confección, ganábamos para nuestros gastos. A René lo rogábamos para que nos ayudara, lo poníamos a hacer dobladillos, lo hacía con mucho gusto.

 

Salíamos a hacer prácticas de medidas de seguridad, realizábamos cuestiones elementales como, hacer buzones, detectar seguimientos, detectar observador fijo, practicar contraseñas, etc. de tal manera que la casa tenía una serie de señales que las personas involucradas en la seguridad del local las conocían.

 

Eran muy alegres estas prácticas pues nos hacíamos los seguimientos a pie y en vehículo, de tal forma que se nos desarrollaba cierto paranoicosismo; desconfiábamos de todo lo que no estábamos acostumbrados a ver en las cercanías del local. Además, teníamos estudiado todo el vecindario, desde sus actividades cotidianas hasta sus relaciones de trabajo, esto nos permitió en el momento de que fuimos detectados poder tener un margen de ventaja.

 

Fabricando armas caseras

 

También teníamos aprendido cómo debíamos operar estando todos en el local; cada quién tenía su misión; manteníamos vigilancia todo el día con un sistema de rol de postas para evitar las probabilidades de que nos sorprendiesen; existían tres mujeres que vivíamos permanente en esa morada, también nos ayudaban los que llegaban de huéspedes, cada vez y cuando había un paracaidista, éste también hacia posta. La posta consistía en una o dos hora a partir de las diez de la noche, dividíamos las horas entre el número de personas que estuvieran en ese momento hasta las seis de la mañana, que era la hora de levantarse todos. De esta manera fuimos educándonos para ser cuidadosos con nuestra vida.

 

Teníamos pocas armas, un fusil carabina recortado, que no sabíamos si en realidad disparaba, porque no tentamos los cartuchos suficiente, solo teníamos cuatro o cinco tiros, siempre andábamos cuidando los tiros; lo asociábamos, los limpiábamos, la manteníamos limpita con el fin de que no nos fallara por ese requisito. El asunto es que siempre los tiros estaban asoleándose por la mañana en un plástico, yo tenía mi arma cuarenta y cinco que tenía el cargador del arma y un cargador más lleno de municiones; la cuarenta y cinco tiene siete tiros en el cargador más el que tienes bala en boca o sea ya listo para disparar. Siempre se andaba con seguro puesto, pues con cualquier movimiento se puede ir el disparador, aunque esta arma es muy segura porque tiene seguro de empuñadura, si no le aprietas aquí no se va el tiro, también tiene un seguro mecánico y el seguro de percutor, tiene esos tres seguros que difícilmente se te dispara. También habíamos fabricado unas bombas caseras efectivas. Estábamos claras que estas armas no iban a ser suficientes, por la correlación de fuerzas y armamento que disponía la Guardia, pero si sabíamos que la táctica de la acción sorpresa era bien importante para escapar.

 

Todas las noches era un taller de fabricación de armamento casero como parte de nuestro entrenamiento, aprendimos a desarmar y armar toda arma que aparecía por la casa; teníamos en ella un soldador eléctrico, después fueron dos soldadores, estaño, pasta de soldar, latas vacías de leche o jugos, tijeras para cortar lata, martillos especiales. Esto era un gran taller tanto intelectual como práctico de las artes del combate.

 

Tres hermanas

 

Hasta este momento las casas de seguridad con estas características no eran en casas de familias. Hasta después es que se toma la política de que sean lugares de colaboradores y que en situaciones extremas en que no se deba de exponer a una familia, que se haga un trabajo compartimentado como es montar una escuela o la preparación de una acción militar, se veía obligado en alquilar una casa. En este tiempo si se alquilaban casas, estas casas no era gran cosa, a veces eran cuartos; pero se trataba de mantener cuidado, o sea tomar todas las medidas de seguridad para que no fuera descubierta la casa, por movimientos o actividades de nosotros, por la misma practica que se realizaba dentro, por las tareas mismas que nosotros desarrollábamos.

 

Luisa Amanda y Magda iban a la pulpería, al mercado; Magda muy poco porque era conocida; ante el barrio, los lazos que nos unían eran familiares, y según decían nos parecíamos en algo; la afinidad, la actividad hacia afuera, incluso la manera con o que nosotras nos tratábamos, de una forma fraternal; había algunas discusiones de vez en cuando, pero no era extraño entre hermanos, porque nunca hubo resentimientos ni nada que nos cortara totalmente. Sería mentira decir que nunca hubo alguna discrepancia, algunas veces en cuestiones cotidianas, normales en una familia.

 

Así transcurría el tiempo y en noviembre fui a León para la elaboración de un plano de una acción que se iba a realizar de recuperación económica en un banco; la tarea más que todo fue de información, luego regrese nuevamente a Managua siguiendo la labor en la misma casa; donde Luisa Amanda salía más a diferentes labores como conseguir vehículos para trasladar a compañeros, recoger alguna colaboración; fue ampliándose el trabajo de la casa, hacíamos círculos de estudio con todos los moradores de la casa. Se conseguía recursos para la comida y gastos cotidianos de pagar luz, agua, alquiler. No teníamos acceso a teléfono, eso era un lujo sobretodo en el barrio en que operábamos.

 

Un error gravísimo

 

En estos días de noviembre realizamos varias acciones militares, mi tarea fue secuestrar un taxi para trasladar a la escuadra al banco de La Palmera y realizar una recuperación económica, todo salto bien, la cantidad era buena para proseguir preparando la insurrección del pueblo.

 

Esta casa se hizo famosa y fue detectada o denunciada por unos sujetos que en horas de la mañana fueron capturados. Posteriormente supimos los antecedentes. Habían robado en otra casa clandestina situada en la colonia Miraflores, era ahí donde vivía "el chaparro" Efraín Sánchez Sancho hijo de Domingo Sánchez Salgado, Chagüitillo; la propaganda de la acción de recuperación económica al banco "Lla Palmera" estaba regada en el piso; no habían robado muchas cosas, sino aparatos eléctricos pequeños, pero el ladrón denunció para tapar su abuso de entrar en el local. A partir de eso el "chaparro" ordenó desalojar el local y trasladar todos los muebles y cosas que habían quedado a diferentes puntos, entre ellos la casa de Altagracia, la casa del barrio por el Cementerio Oriental, donde según nos enteramos después vivían los compañeros Leonel Rugama, Róger Núñez y otros más; y el resto a una casa que habían alquilado en la colonia Dambach.

 

El hecho que la GN encontrara en la casa de Miraflores las volantes, se considera un grave error de violación de las medidas de seguridad. La OSN de Somoza emprendió un seguimiento y uno a uno fueron cayendo los locales y los participantes de ese traslado. Uno de los prisioneros fue Oscar Benavides y su hermano por la camioneta que utilizaron, luego no sé cómo fue detectada la casa donde se encontraba Leonel Rugama, Roger Núñez y otros.

 

La salida de Altagracia

 

En la casa de Altagracia también nos llevaron nuestra parte de cosas, entre ellas la ropa que iban dejando los compañeros que entraban al país y pasaban a la vida clandestina. Discutimos con René Núñez y decidimos que desalojaríamos el local lo más pronto posible. Realizamos un plan. Primero saldría Luisa Amanda a buscar algún colaborador que pudiera alojar a una o dos personas, o conseguir una casa de alquiler para hacer el traslado poco a poco, sin llevar nada de la casa, porque sentíamos de que ya no ofrecía seguridad, por el mismo hecho de haber trasladado cosas de donde habían robado. Luego saldría Magda, quien buscaría donde quedarse no llevando nada sino sólo la ropa que llevaba encima y una mudada. Si Luisa Amanda no regresaba al medio día, Marela (yo) entendería que sólo había encontrado alojamiento para ella y procedería a movilizarse a otro sitio, dando un margen de dos horas. René se iba porque tenía otras cosas que hacer. Posteriormente supimos que Magda había sido apresada a unas cuadras de la casa y sin rumbo conocido; ella salió como a las trece hora o sea la una o una y media de la tarde.

 

Antes de llevar a efecto este plan, nos habíamos distribuido las tareas de la casa. En las cosas que llegaron había mucha ropa, treinta y seis camisas todas blancas, que usaba Efraín; también esa parte de lo que dejaban otros compañeros cuando se iban al campo o a la montaña pues no se llevaban ese tipo de ropa, sino azulón y manta. Estaban sucias, entonces, nos distribuimos entre las tres. La cuestión es que cuando llega la Guardia, ya nosotros habíamos casi terminado, yo estaba con mi parte, tenía la ropa en una lata hirviendo para que quedaran bien blancas, la que iba terminando iba saliendo.

 

Yo, Marela, no sabía nada de lo que estaba ocurriendo fuera, ni noticias recibía, todo era normal. Salí al corredorcito que daba al patio en donde teníamos todos los servicios de lavado, baño e inodoros; el patio por lado del fondo daba a un cauce y a la izquierda de la casa teníamos una vecina que era mi comadre por su niño chiquito; la cuestión es que no se encontraba la señora ni el señor sino sólo los chiquitos, tres o cuatro niños entonces cuando me salgo a ese corredor a mi lado izquierdo veo que apareció un fusil cerca del cerco de púas del vecino que daba a un cauce, posteriormente vi el cuerpo de un militar muy alto, moreno, bastante moreno y unos guardias que irrumpieron en la casa vecina donde se encontraban los niños; los mayores tenían como trece o quince años y los pequeños de cuatro a recién nacido; de este último fuimos sus padrinos de bautismo René y yo.

 

El enamorado de Luisa Amanda

 

Nosotros tentamos un rótulo que decía "Se Cose y Se Inyecta". Pero ese rótulo, la noche anterior, el mismo hijo de la vecina, la comadre, habla estado jugando con el tal rótulo, por estar molestándonos, el muchacho de unos catorce o dieciséis años, era como enamorado de la Luisa Amanda, ella se llevaba muy bien, y bueno por azares del destino, por molestar nos escondió el rótulo arriba del techo

 

(...) Después de muchas peripecias, yo ya estaba lista para abandonar la casa, revisé las municiones, unas cajas donde había estas cosas, el fusilito recortado, todo eso se quedó en su lugar, pues dejarlo a la comadre era comprometerla. Lo de más valor que nosotros teníamos eran las máquinas de coser, a nivel económico.

 

Tomé mi envoltorio donde tenía mi pistola y bajé por el cauce que estaba al fondo del patio de la casa, caminé sobre el cauce hasta llegar a una cuadra de la Nunciatura, luego subí a encontrarme con una iglesia que existe en Altagracia, entré a la iglesia, contrachequié para ver si no llevaba seguimiento; me hinqué para no despertar sospechas. Salí y caminé dos cuadras, hablan muchos guardias colocados en forma estratégica, no estaba tan limpio el paso, en cada esquina había un guardia. Yo cruzaba frente al guardia nunca traté de pasar por detrás, y le sonreía al guardia más que planificado por temor o nerviosismo.

 

Ante el altar de la Patria

 

Llegué a una casa cerca de los cines Trébol y Estrella. Detrás de ese hotel vivía una familia que después de la muerte de Julio Buitrago, por un accidente llegué su casa; ahí se preparó el secuestro del Avión de La Nica. La señora lloró, me rogó que me fuera, a pesar de mis explicaciones del peligro que ocurriría de si me encontraba en la calle, me tomarían presa, a lo mejor no solamente presa sino que matarían que debía decirse que era un familiar que había llegado enferma. Empezamos por construir una leyenda nuevamente sobre la estadía en esa casa. Se notaba que era un poco difícil puesto que para entonces los periódicos habían publicado mucho sobre mi persona, sobretodo Novedades, por lo que opté por estar siempre en un cuarto encerrada sin hacer el menor ruido. Así estuve quince días hasta que me trasladé a otra casa, donde Inés González, una mujer periodista, maestra y profesora de Educación Media.

 

Estando en la nueva casa, un día muy temprano, a las seis de la mañana oía las noticias, buena costumbre que me permitía estar en contacto con el exterior. Me enteré de la captura de René y de muchas capturas en esos meses. A pocos días de llegar ahí, Inés (la dueña de la casa) me mostró una revista llamada Grafico América, editada por la secretaria de la presidencia de Somoza, donde podía ver mi fotografía junto a la de Tomás Borge, Germán Pomares y otros. Ya Inés sabía quién era yo. También conocí la noticia de la deserción de "Payo", Efraín Sánchez Sancho. En esos días habían llegado al país un contingente de compañeros que había recibido entrenamiento en el exterior, asacar Turcios, Julián Roque, Polo Rivas. Aquí permanecí de enero hasta mayo de 1970. Este periodo fue de mucha represión, murió Leonel Rugama, Roger Núñez, habían apresado a una gran cantidad de gente como Oscar Benavides y familia, René Núñez, en las inmediaciones de la colonia Dambach. La persecución que se desata se observa que fue alrededor de la relación de los muebles trasladados, lo cual reafirma la experiencia que era mejor perder lo material y no la vida de tanta gente. Era una experiencia dolorosa, muy dura.

 

En abril entrega su vida al altar de la Patria, Luisa Amanda Espinoza, dando muestra de su capacidad de combate. Su mano no dudó en defenderse con la misma arma. Su práctica de tiro al blanco fue perfecta, se graduó para la posteridad. Vivió entre nosotras con un ansia de aprender el arte de la guerra para que llegara el momento de expresar de qué estaba hecha. No aspiraba a ir a un salón de belleza, o a cumplir sus obligaciones de mujer común sus aspiraciones estaban muy lejos de quedar en tan poco, su fuerza estaba en su voluntad de luchas por una Patria Libre. Tenía muy claro su papel en el momento preciso, poseía todas las capacidades de hembra con el condimento de Patria Libre o Morir.

 

(*) Una de las primeras militantes del FSLN.

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