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«Mataron a dos sandinistas»

03 Abril 2019
«Mataron a dos sandinistas»

Por Margine Gutiérrez (*)

 

Luisa Antonia es su nombre de pila. Era la cumiche de sus hermanos. Nació el 19 de agosto de 1948, en el barrio El Calvario de Managua; es la menor de 21 hijos de doña Antonia Espinoza y creció en el Mercado Oriental, donde vivía con su mamá, quien lavaba y planchaba. A los 7 años se fue a vivir con un tío materno en Granada, que tenía una panadería. Allí estudió hasta tercer grado de primaria.

 

A los 12 años se regresó a Managua porque era víctima de maltrato. Viviendo con una pariente, doña Carmen, en el barrio San Luis, inició sus contactos con el FSLN, a través de la relación amistosa que entablara con guerrilleros sandinistas que usaban uno de los cuartos como casa de seguridad.

 

Doña Carmen tenía una comidería frente a la iglesia de San Luis. Allí estuvo Leonel Rugama como 20 días y se reunían algunos miembros de la Dirección, entre ellos Carlos Fonseca. Doris Tijerino recuerda que Jorge Navarro le cantaba canciones revolucionarias y le hablaba de la dura vida de la niñez en el campo.

 

En Cusmapa demostró su temple

 

Ya siendo una joven trabajó en el Servicio Nacional de Erradicación de la Malaria (SNEM), del Ministerio de Salud, en San José de Cusmapa, Madriz, y estando en ese lugar, un guardia intenta violarla. Ella forcejea con él y finalmente lo mata con un cuchillo. Esto la obliga a regresarse a Managua, busca a los compañeros e inmediatamente es pasada a la clandestinidad.

 

Una vez clandestina, hace labores de correo, vigilancia, seguridad y realiza actividades de contacto con otros militantes y colaboradores. René Núñez la recordaba como "una linda compañera, muy humilde, trabajadora, hacendosa, transparente".

 

Contiguo a la casa de seguridad en que vivía en Managua quedaba un cauce y ella lo recorría todas las noches para verificar que todo estuviera bien y a su vez mantener ubicadas las posibles rutas de escape.

 

Leonel Rugama, Rogér Núñez y Mauricio Hernández caen el 15 de enero de 1970 y ella después del combate, durante la noche, llega a esa casa, entra por el patio y recupera las armas que allí habían quedado. Lo consideró un deber dada las pocas armas que poseía el FSLN.

 

En León con Enrique y Gloria

 

Después del 15 de enero de 1970 es trasladada a León y ubicada en la casa de Rogelio Ramírez, quien la recordaba como una muchacha sumamente triste, seguramente por las muertes recientes de los compañeros. Dice Rogelio que le gustaba muchísimo leer. Pese a su bajo nivel de escolaridad, leía todo lo que caía en sus manos, incluyendo los libros de derecho que él, como estudiante de leyes, tenía en su casa. En esos días estuvo muy enferma y de esta casa salió para el hospital.

 

Luego Luisa Amanda fue ubicada en una casa de seguridad bajo la responsabilidad de Enrique Lorente, que además era el responsable militar de la zona. Allí también vivía Gloria Campos, la compañera de Enrique, Víctor Meza y otro compañero más. Dice Gloria que el seudónimo de Luisa Amanda era Lidia, en homenaje a la combatiente cubana Lidia Doce.

 

Gloria Campos recuerda que estando todos en la casa, el 2 de abril, se escuchó un tiroteo en la esquina. Enrique envía a Luisa Amanda a indagar que es lo que ha sucedido. Cuando ella llega, se encuentra con que el esbirro somocista Teniente Ernesto Abaunza Whitford, había sido ajusticiado.

 

Luisa Amanda regresa a dar la información y Enrique inmediatamente les ordena a Gloria y Luisa Amanda, retirarse. A las 7 de la noche de ese día, llegan a la casa de la madre de Oscar Danilo Rosales. Los otros compañeros iban a salir también pero parece que decidieron quedarse más tiempo.

 

«Mataron a dos sandinistas»

 

Rogelio Ramírez, que la conocía como Maura, recuerda que el 3 de abril caminaba junto a su esposa hacia el Parque La Merced, cuando en la otra acera iba una muchacha extrañamente bien vestida, con ropa, zapatos y cartera todo de color verde pero con la sencillez de Luisa Amanda Espinoza. Rogelio le hace una seña. Ella se cruza a su acera y sin dejar de caminar junto a ellos les pasa diciendo "no me han visto". Sin volverla a ver, le pregunta "¿qué necesitas?". Ella le contesta "nada. Voy a tomar un taxi, anotá la placa". Ella tomó el taxi y Rogelio diez minutos después llegó a Servicio Agrícola Gurdián, que era su centro de trabajo, y en cuanto entra la recepcionista le dice "acaban de matar a dos guerrilleros en San Juan".

 

Gloria recuerda que Luisa Amanda estuvo todo el tiempo intranquila y preocupada de que por el tiroteo y la represión desatada, llegaran a catearlos ya que desde el mismo momento el patrullaje genocida fue intenso. Muy de mañana salió para ir a alertarlos de que podían caerles.

 

Es así que salen de la casa Enrique y Luisa Amanda Espinoza. Enrique lleva un maletín de una línea aérea del que sobresalen unos mapas. Parece que un oreja de apellido Aguilera los ve sospechosos y los empieza a seguir.

 

Doblan la esquina y aceleran el paso. Se meten a una casa esquinera que tiene un gran patio y se atrincheran tras unos lavanderos. El primero en entrar es "El Chele" Aguilera –que luego fue ajusticiado en El Sauce– y Enrique lo recibe con un disparo que le pega en la pierna. Se arma la balacera contra casi 20 guardias. Enrique Lorente cae heroicamente combatiendo, en desiguales condiciones, apenas con una pistola.

 

Luisa Amanda recoge su arma, dispara y hiere a un agente de seguridad. Cuanto intenta tirarse una cerca en el patio es acribillada. Es capturada herida. Se la llevan en un jeep GN, es torturada por el esbirro Ronald Sampson y es asesinada momentos después. Es la primera mujer sandinista que muere producto de un combate.

 

Una seña en la rodilla

 

Luisa Amanda pasó varios días sin ser identificada. Su madre vio las fotos en el periódico pero no la reconoció. Supieron hasta días después que llegó doña Carmen y al no encontrar a nadie en la casa, les dejó un papel informando que Luisa Amanda había muerto en León.

 

Su hermana Vicenta Espinoza dice que después llegó un muchacho en una moto "que era mensajero de ellos a decirnos que si no íbamos a reclamarla. Entonces le dije que sentía miedo. Pero me dijo que no, que fuera, que no se podía dejar que la quemaran o la botaran".

 

Tampoco tenían dinero para viajar a León pero al final fueron a conseguir y lograron "una poquedad", pero cuando ella llegó a la parada de bus, allí estaba el mismo muchacho esperando para entregarle dinero. En el comando de la Guardia en León, doña Carmen estuvo encañonada todo el tiempo y fue interrogada.

 

El impacto al entrar a la morgue fue fuerte al extremo que se desmayó. Estaba irreconocible pero la identificaron por una seña que tenía en la rodilla y por los zapatos que su mamá le había regalado en Navidad.

 

Ese día no pudieron trasladarla a Managua porque no tenían dinero ni para el ataúd ni para el viaje. Se regresaron y al día siguiente fueron a pedir ayuda a La Prensa. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal les ayudó en todo.

 

Su mamá dice que la llevaron a su casa como a las cuatro de la tarde y la velaron. La guardia les dio permiso de hacerlo hasta las diez de la mañana. El cortejo salió acompañado de muy pocas personas pero con varias avionetas sobrevolándolo. A la altura del Café Soluble "aparecieron unos muchachos en un carrito. Salieron en carrera, tiraron una bandera roja y negra y se la clavaron a ella, pues…"

 

(*) Elaborado a partir de testimonios de Gloria Campos, Antonia Espinoza (su mamá), Vicenta Espinoza (su hermana), Rogelio Ramírez, Tita Valle y Emmet Lang publicados en el libro "Todas estamos despiertas", de Margaret Randall. Entrevista a René Núñez, Radio La Primerísima; "Somos Millones: La vida de Doris María, combatiente nicaragüense", de Margaret Randall.

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