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La ruta de una traidora

05 Abril 2019
La ruta de una traidora

Por Ramón E. Matus

 

El 22 de Agosto de 1978 los nicaragüenses fuimos impactados por una noticia sensacional: el Palacio Nacional de Nicaragua, sede de algunos ministerios del gobierno y también del congreso somocista, había sido tomado por asalto y poco después –como dato curioso– los medios noticiosos también informaban que, entre la jefatura del comando guerrillero sandinista, se encontraba una muchacha desconocida y menuda. Luego supimos que ella era la tercera al mando del grupo y que su nombre era Dora María Téllez, nacida en Matagalpa y ex estudiante de Medicina en León. El resto es historia. La típica historia de héroes devenidos en villanos, es decir traidores.

 

A ella le gustan mucho las entrevistas y en ellas siempre cuenta (a su modo, claro) de su gran protagonismo, de su insustituible rol en la lucha. ¿Cómo llegó en un par de años de militancia, a ser escogida para una misión tan importante? ¿o por qué su ascenso dentro de la organización fue tan meteórico? Tal vez la respuesta tiene que ver con las condiciones particulares que impuso al sandinismo la división interna de esos años, la escasez de cuadros en las tendencias emergentes, el necesario cambio generacional, las características específicas de la misión o quizá, la buena valoración que Daniel Ortega (uno de los principales jefes del tercerismo en aquella época) hizo de la novel guerrillera. Quien sabe, pero el asunto no es quitarle sus antiguos méritos de comandante guerrillera, sino tratar de entender en lo que hoy se ha convertido: una feroz enemiga del FSLN y de su principal dirigente, el Comandante Daniel Ortega (¡qué ironía!), aliada de la derecha vende patria y enemiga de la paz y del progreso de nuestro país.

 

Fundó su partido de dos por ciento, escribió una tesis sobre aquellos indios que una vez se levantaron contra la oligarquía, la misma élite que hoy ella defiende (¡otra ironía!), sus amigos la hicieron académica (y entonces, olvidándose de su antiimperialismo de juventud, quiso impartir clases en... ¡Harvard! Pero los gringos no le dieron visa por su tufito izquierdoso). Se arrechó con los gringos, pero no con sus dólares: fundó o se apoderó de varios ONG y asociaciones para envenenar mentes jóvenes, desprevenidas y necesitadas que recibían generosas donaciones de aquellos gringos con los que se había arrechado y se entregó en cuerpo y alma a la causa del mal, a dañar a cualquier costo al país por una sola razón: el poder.

 

Hábil titiritera, bajó su perfil y entregó (sin soltar los hilos) los puestos de alto relieve de su agrupación de escasos cuadros y escuálida membresía a obedientes marionetas, se escondió en huecos oscuros y desde ahí hoy dirige a un desafinado concierto que manipula a su antojo.

 

Ordena desde las catacumbas que cuatro gatos arañen la tranquilidad de Managua y otras ciudades con ridículos piquetes y manda a montar tramoyas para intentar iniciar revueltas que ya no suceden, que sus títeres golpeen, que ofendan, que se hagan los mártires frente a las cámaras cómplices y lo más importante: que intenten boicotear las negociaciones de paz.

 

Manda, a través de mensajes cobardes, a desprestigiar y dejar en ridículo a sus supuestos socios negociadores, a no levantarse de la mesa pero si buscar el zaperoco y la sangre en las calles, a reclamar el regreso de organismos internacionales ciegos y complacientes, a buscar lo imposible para que el gobierno se levante ("porque el que se levanta pierde") de la mesa de negociación y que vengan más condenas y más sanciones para que el pueblo sufra y "bote al gobierno". "Negociar y presionar", ordena a sus tristes ratoncitos la "gran líder" desde debajo de alguna piedra. "Organizar la lucha armada", "volver a los tranques" se desgañita, tomando café y acariciando a sus gatos. Sabe que la única opción de acceder a algún huesito público es el relajo, pues nadie le cree y su partido no es más que una ficción al estilo de Sergio Ramírez o de la tal Gioconda.

 

No es un secreto que los ricos, los oligarcas y hasta los gringos que la acompañaron en la vil tarea de destruir Nicaragua, hoy la prefieran lejos, en su hoyo oscuro, en su nube toxica de humo de cigarrillos.

 

De aquella muchacha menuda y ojerosa que todos admirábamos, de aquella guerrillera que un día de agosto se asomó en la historia, ya casi todo es borroso recuerdo. Se la tragó la realidad infame de la traición, convirtiéndola en senil enemiga de su propio país.

 

Y aunque eso fue hace mucho tiempo atrás, bien dice el dicho: la traición no paga.

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