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Me fui voluntario al Servicio Militar, y no me arrepiento

03 Mayo 2019
Me fui voluntario al Servicio Militar, y no me arrepiento

Por Ricardo Cuadra García.

Masaya, martes 2 de mayo de 1989. La decisión ya la había tomado desde hacía un par de meses atrás, no había vuelta de hoja. Tras despedirme entre lágrimas y abrazos de mi abuela materna, quien me crió desde los tres años, y mi tía, agarré mi mochila y me dirigí hacia “el zonal”, para presentarme como voluntario del Servicio Militar Patriótico, SMP.

Atrás dejaba a mis amigos del barrio San Jerónimo, con quienes jugaba béisbol en la calle, -a pesar del disgusto de algunas vecinas cuando las pelotas caían sobre sus techos-, mis estudios de tercer año de secundaria en la nocturna del Instituto Nacional Carlos Ulloa Aráuz, INCUA, y mis compañeros de trabajo en Cecalsa, donde actualmente está ubicada la Plaza Paseo Masaya.

Así que con el carnet de inscripción del SMP #4002603 en mano, me dispuse a presentarme en las oficinas ubicadas contiguo a la Iglesia San Juan. “Buenos días, vengo a presentarme voluntario al SMP”, le dije a un oficial al llegar al lugar, el mismo en donde me inscribí seis meses atrás, el día de San Carlos.

Luego de recibir mi carnet y llenar un extenso formulario con mis datos me dijo señalando con su dedo índice: “sentate allá, más al rato nos vamos”. Esperé casi cinco horas, tiempo suficiente para arrepentirme de mi decisión, pero ni siquiera lo pensé. Estaba claro que estábamos siendo agredidos y que miles de jóvenes habían muerto defendiendo la revolución… ¿qué corona tenía para no hacer el sacrificio de dedicarle dos años a mi país, cumplir con el sagrado deber defender la soberanía patria?

Nos atacaban por ser libres

Miles de jóvenes de todos los rincones del país murieron en la guerra organizada y financiada por Ronald Reagan, ese estandarte de democracia que enarbolan orgullosos los republicanos y miles de peleles en el mundo. (Los de aquí, todos los conocemos). Toda una agresión cobarde de una potencia a un país tercermundista que trataba de consolidar su revolución y su destino, financiada legalmente, a través del Congreso, y de forma sucia: Irángate (1985-1986).

“Allá afuera hay un camión, montate, ya vamos de viaje”, oí decir de repente desde adentro de una oficina. Al salir del local miré el camión de camastro que llevaba una veintena de muchachos. Sus caras los delataban, estaban agüevados. Todos habían sido reclutados por patrullas de “Prevención“, que recorrían las calles en busca de posibles reclutas para ser enviados a la montaña.

Algunos no podían contener el llanto, por el temor de ir a la guerra o porque no pudieron despedirse de sus familiares, que en la mayoría de casos desconocían la suerte que corría su muchacho en ese momento. Aunque los combates y el número de muertos eran pocos en ese entonces, en comparación con los años más duros de la guerra (1984-1988), siempre existía la posibilidad de no regresar con tus seres queridos.

Además, todos conocíamos a alguien de nuestro barrio que había caído en combate, o que la contra lo había secuestrado y que nunca más regresó, así que el temor no era de balde. El camión arrancó y el trayecto, que no fue de más de una hora, fue de un silencio sepulcral, cada quien lidiando con sus miedos y angustias. Llegamos a la Hacienda La Amistad, ubicada cerca de San Marcos.

Allí se estaba aglutinando lo que sería el Contingente Danto 89, llamado así en honor a la operación Danto 88, que propinó un duro golpe a la contrarrevolución y que significó el principio del fin de la agresión en el aspecto militar. Fui parte de uno de los últimos contingente de jóvenes cachorros.

Lo primero que hicimos al bajarnos del camión fue formarnos en fila para ingresar a una champa en donde un par de médicos chequeaban a ritmo de maquila a los nuevos reclutas. Tras pedirnos que nos desvistiéramos, nos revisaban los oídos y la boca. Con el estetoscopio nos escuchaban el corazón y los pulmones. También el pene, para luego decirnos que nos diéramos vuelta y mandáramos nuestra vergüenza al carajo y mostrarles el ano, separando con nuestras manos las nalgas. Casi no me dan la aprobación médica, pesaba apenas 120 libras. Era más pelo que otra cosa.

Dejar tu casa no es fácil

Llegó la hora de la cena. Nos llamaron a formación y pasábamos en grupos de 80 al comedor. No había agua y nos servían en las bandejas -sin lavar- arroz y frijoles fritos donde otros ya habían comido, y sin cubiertos. No describiré la sensación de ese momento. A las 8pm. dieron la orden de dormir. Sería la primera noche que dormiría fuera de mi casa. Eso tampoco lo voy a describir. Solo imagínense un chavalo de 17 años que nunca había dormido fuera de su casa, criado por una abuela que lo sobre protegía tanto que lo mandó a la escuela hasta los 10 años “porque estaba muy chiquito”, cómo se siente. Ah… y que nunca había ido al mar “porque es peligroso”.

A la mañana siguiente descubrí algo que impactaría a cualquier adolescente: las letrinas múltiples. Compartir la letrina con otras siete personas a la vez estoy seguro que no estaba entre mis cosas pendientes por hacer algún día. Allí comprendí que la intimidad y mi espacio se habían acabado.

En La Amistad estuvimos la noche del 2 y todo el 3 de mayo. La madrugada del 4, a eso de las 3,00am. nos despertaron con el sonido intermitente que emite un tanque de gas al ser golpeado con un tubo, quebrando la quietud de la noche. Esas eran las “campanas” en las unidades militares. “Formación, formación”, se escuchaba por todas partes.

Me levanté apurado, enrollé mi hamaca, tomé mi mochila y corrí a formarme. Muchos camiones IFA, haciendo un ruido ensordecedor e iluminando todo el campo, nos esperaban. Tras informarnos que ya nos movilizaríamos hacia las regiones donde seríamos asignados, nos ordenaron subirnos a los IFA. Recuerdo que hacía frío, todavía en esa época existía el frío.

Tuve la oportunidad de pasar nuevamente por mi Masaya, despedirme en silencio, mientras la ciudad dormía tranquila, pero con la firme esperanza de regresar. Sabía que extrañaría mucho a mi familia, a mi pandilla de amigos “Los Tímidos“, a como nos decía otro grupo de amigos de una calle cercana; y los tres meses de fiesta en honor a Tata Chombo.

Al llegar a El Coyotepe, los camiones doblaron hacia la derecha, rumbo a Tipitapa, para luego dirigirse a la Fuerza Aérea Sandinista-Defensa Antiaérea (FAS-DAA), ubicada contiguo al Aeropuerto Internacional Augusto C. Sandino. Allí esperamos formados nuestro turno para abordar un Antonov An-26, con bancas laterales y con capacidad de transportar hasta 40 miembros equipados y que pueden volar a una velocidad de 435 kilómetros por hora.

El inmenso mar

Era la primera vez que volaba, y la verdad es que ninguno, a excepción de la tripulación, jamás se había montado en un avión. A un par de metros de donde estaba sentado se encontraba un joven, iba descalzo y llorando, muerto de pánico por volar. Luego me enteré que era de una comunidad rural de Masatepe y que no sabía leer.

El vuelo duró un poco más de una hora. Al bajarnos a la pista Luis Delgadillo, divisamos el mar, a menos de dos kilómetros. Una vista extraordinaria. La primera vez que miraba el mar, en todo su esplendor en vivo y a todo color. Ese bello mar en donde en lugar de ocultarse el sol, nace.

Luego fuimos trasladados a Kambla, comunidad ubicada a unos 10 kilómetros de Puerto Bilwi, a la VII Región Militar, cuyo jefe era el teniente coronel Juan Lorenzo Santana, un aguerrido exguerrillero que por su valentía y hazañas logró escalar en el EPS. Pasamos todo el 4 de mayo allí, y al día siguiente, viernes, a eso de las 3 de la tarde, nos ordenaron formarnos.

Resulta que se habían desmovilizado, ya habían cumplido su SMP, muchos de los muchachos que estaban acantonados en la Unidad Militar 2605, ubicada en la comunidad miskita de Tuapí. En esa unidad, de artillería terrestre, habían 12 piezas de cañones antitanque de 76mm. de fabricación soviética.

El capitán Hilton Kent Ellis Banks, (q.e.p.d), se paseaba entre los formados. Mientras caminaba tocaba el hombro de algunos y les orientaba que se salieran de la formación. Cursar el tercer año de secundaria y medir 1,70, que en nuestro país eso se define como “alto”, evitó que fuera a Slilmalila, al curso de 45 días donde entrenaban a los nuevos cachorros para la guerra. Fuí el último, el número 12, al que Ellis Banks tocó en el hombro y fui asignado a Tuapí, en donde nos llevaron cerca de las 7 de la noche.

Tuapí es una comunidad, con casas de tambo y sin cercos en sus propiedades, ubicada a 14 kilómetros de Bilwi, muy cerca del mar y con muchos cocoteros. Tiene un río muy caudaloso, como la mayoría que tiene nuestra Región Autónoma Costa Caribe Norte. La unidad militar estaba a la entrada de la comunidad, a unos 9 kms. de Bilwi, en medio de hermosos bosques de pinos. Jamás he visto tantos pinos en mi vida.

Allí hay un popular balneario, y en sus aguas salobres nadan peces del mar. En la 2605 estaban ubicados los pozos que abastecen de agua potable a Bilwi. Era uno de los puntos que vigilábamos celosamente las 24 horas del día para evitar sabotajes de la contra. En el SMP serví como comunicador, mis 120 libras tenían que cargar pesados radios soviéticos, que sumado al AK, la pechera, la mochila de tiros y el casco, por ser artillero, hacían que me pandeara al caminar.

Fueron vivencias inolvidables, compartir con los compañeros de diferentes departamentos de la IV Región, y experimentar la solidaridad, no tiene precio, para todo lo demás existe Master Card. Así como también conocer la cultura del pueblo misquito de Tuapí y de los afrodescendientes de Bilwi. Fue una gran experiencia de vida. 1989 fue un año especial, para mí, y para el mundo. Fue convulso, es cierto. Fue el fin de la mejor década de mi vida. Muchos la añoramos.

Managua 2 de mayo de 2019.

* Periodista

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