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Las últimas horas de Mary y Felipe Barreda, asesinados por el somocismo en 1983

26 Diciembre 2019
Las últimas horas de Mary y Felipe Barreda, asesinados por el somocismo en 1983

El matrimonio constituido por María Eugenia y Felipe Barreda son un vivo ejemplo de cómo los cristianos hicieron suya la Revolución Popular Sandinista.

Ambos eran cristianos adinerados y tradicionales, padres de 6 hijos. Miembros del Consejo Pastoral de Estelí, impulsaron obras sociales, cooperativas, desde 1975, fueron colaboradores del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Participaron activamente en comités de barrios y en comunidades cristianas donde se reflexionaba y se fue gestando la insurrección contra la dictadura de Anastasio Somoza Debayle. Felipe y Mary llegaron a hipotecar sus bienes para colaborar con el FSLN. Después del triunfo, Mary integró la Primera Junta de Gobierno Municipal, mientras trabajaba en el barrio más pobre de Estelí. Felipe militó en las filas del Frente Sandinista.

Los meses de diciembre y enero son los meses del corte del café y eran también los de los ataques de la contra para impedir que se cortara. El peligro era sobre todo en la zona fronteriza con Honduras, porque desde allí entraban ellos a secuestrar y matar. Por eso había escasez de mano de obra para el corte. Pero la revolución no podía resignarse a dejar de colectar ese café. Por eso el Frente Sandinista hizo un llamado a sus militantes para que fueran a cortar café a esas partes, como una tarea partidaria. Y los esposos Barreda fueron, sabiendo del peligro que corrían, porque sentían que debían dar el ejemplo.

En diciembre de 1982 Mary y Felipe se sumaron a los miles de voluntarios cortadores de café. Trabajaban en el sector El Ural, departamento de Nueva Segovia. Desde el cafetal, Mary escribió una carta el 24 de diciembre a sus amigos del barrio Omar Torrijos, en aquel entonces el barrio más pobre de Estelí, y por lo mismo el barrio favorito de ella; a diario visitaba a las familias, tratando de darles toda la asistencia que podía. En la carta les dice que la cortada de café que estaba haciendo era el regalo de Navidad para ellos, porque ese café se convertiría en salud, vestido, techo, caminos, educación, comida. Y por eso lo estaba cortando con todo el amor y el entusiasmo de que era capaz.

El 24 de diciembre por la noche se les había preguntado a todos si estaban dispuestos a seguir más adelante, porque se les necesitaba, y los Barreda fueron los primeros en decir que sí, que irían adonde se les necesitara. Al verlos a ellos tan decididos, a su edad, todos los demás decidieron también ir, y eran como 80.

El 28 de diciembre estaban cortando café en ese nuevo lugar, cuando les gritaron a todos: “¡Salgan, que viene la contra!”. Cuando los contras los empezaban a rodear alguien se ofreció a ayudar a salir a los Barreda, y Mary le dijo que se fueran, que mejor los dejaran allí en vez de que murieran más; y que si ellos tenían que morir, los dos morirían juntos.

Entre el 28 de diciembre de 1982 y el 7 de enero de 1983, fueron secuestrados por la contrarrevolución somocista, llevados a un campamento en Honduras, torturados bestialmente y asesinados.

Alicia Huete Díaz, devota católica y revolucionaria, es una de las últimas personas que vio con vida al matrimonio Barreda. Ello ofreció su testimonio al sacerdote Teófilo Cabestrero, quien en septiembre de 1984 publicó un libro sobre el ejemplo y le matrimonio de ambos revolucionarios y cristianos ejemplares.

Reproducimos íntegro ese testimonio

«No quisieron separarse y se los llevó la guardia»

En Estelí me llevaron a ver a una mujer que había ido a los cortes de café con María Eugenia y Felipe. Me aseguraron que ella tenía "un excelente testimonio".

No sé a dónde fuimos, era de noche y aquellas calles tenían poco alumbrado. Entramos a un patio vacío, con suelo de barro y paredes de tablas viejas. Tan sólo había un pizarrón grande de tabla, verde y gastado, y una mesa que se nos cayó porque tenía una pata rota. La arrimamos a la pared y en ellas nos acomodamos en un rincón del patio. Había poca luz. Sabía que estaba en casa pobre, ante una mujer sencilla, bajita, de cara redonda y pelo recogido.

– "Mi nombre es Alicia Huete Díaz. Soy de aquí de Estelí. Trabajo en el Centro de Salud Leonel Rugama y tengo seis hijos. Yo estaba en el corte de café con doña Mary y don Felipe cuando los secuestraron".

Alicia hablaba con dulzura. Vi en su cara una cicatriz enorme, como de piel quemada, violácea, que le cubría casi medio rostro. "Es de nacimiento", me dijo sin eludir mi mirada.

A doña Mary y a don Felipe los conocía hace mucho tiempo.

"De don Felipe recuerdo que una vez fuimos a vacunar juntos al barrio donde él vivía. Fuimos a una vacunación popular de antipolio. Anduvimos, casa por casa, en todo el barrio. Yo le decía, "don Felipe, a esa casa cómo haremos para entrar?" "Espérate", decía él, "vamos a entrar con facilidad". Y lo conseguía de una manera familiar con sus chistes. Y entrábamos y vacunábamos a todos los niños que había en la casa. Con él todo era fácil. Y de doña Mary recuerdo que llegó a darnos una charla sobre religión al Centro de Salud y fue muy lindo, quedamos encantadas de su fe en Cristo y de la manera en que nos habló.

– ¿Qué sucedió en los cortes de café?

Cuando nosotros fuimos a cortar café, íbamos decididos a ir a cualquier lugar de Nicaragua a prestar ese servicio a la revolución. Usted sabe que levantar la cosecha de café es muy importante para nuestra economía, para sacar adelante nuestro pobre pueblo. Íbamos decididos a ir a cualquier lugar, aunque hubiera peligros.

Fuimos primeramente a la UPE de Oro Verde. Eso fue el 24 de diciembre. Esa misma noche uno de los compañeros responsables nos dijo que si estábamos dispuestos a seguir más adelante, porque se nos necesitaba. Entonces doña Mary y don Felipe fueron los primeros en levantarse y decir que sí, que ellos estaban dispuestos a ir adonde se les necesitase. Así que al verlos a ellos tan decididos a su edad, todos decidimos ir adonde fuera.

Llegamos a la UPE de El Amparo. Ahí nos estuvimos dos días. Al siguiente día nos volvieron a decir que nos necesitaban en otro lugar y todo e! grupo decidimos ir. Y cuando llegamos a un punto que se llama Ural, ahí acampamos porque el camino era muy estrecho y muy trabajoso. Ya de ahí no podíamos seguir todos en la camioneta. A doña Mary le agarró un acceso de tos. Habíamos caminado un trecho a pie sobre un camino muy trabajoso. Entonces yo me arrime y le di agua y le dije: "doña Mary, ¿por qué no se regresa?" "Mira hija", me dice, "yo estoy decidida a llegar hasta donde vayamos, porque la misión mía y de Felipe ahora es cortar café, así es que yo no me voy a regresar".

Entonces me dirigí a don Felipe: "vaya a convencer a doña Mary de que se regrese de aquí para Estelí".

"Mira, mi hija, eso es tan difícil como que me digas que yo me regrese también. Mary va seguir aunque yo no siga, así que no la voy a convencer y no le sigas diciendo nada porque no va a retroceder".

Bueno, seguimos el camino hasta que llegamos a la hacienda Agronica, que era nuestro objetivo, a Wuambuco. Esa noche, como a tas 5 de la tarde, nos pusimos a rezar el Rosario, tres de las compañeras que trabajamos en el Centro de Salud, Amanda, Nora, Lidia y yo. Nos pusimos a rezar casi en silencio, en voz muy bajita.

No invitamos a rezar a doña Mary porque la vimos que estaba muy cansada. Pero no nos percatamos de que ella nos estaba viendo. Se acerca cuando yo estoy rezando y me dice "está bueno Alicia que no me invitaste a rezar el Rosario". Entonces le digo yo, "no doña Mary, yo creía que usted estaba muy cansada, creía que usted quería descansar". "No hija": me dice, "para esas cosas uno no se cansa".

Y cuando terminamos de rezar el Rosario, me dice, "vamos a rezar el Salmo 91. "Doña Mary", le digo, "yo no veo sin anteojos y es muy oscuro". Entonces me dice, "pone a una de las muchachas que lo lea" Entonces sacamos una Biblia chiquita que me había regalado una de las compañeras y otra Biblia que andaba un compañero, el Doctor... (¡ay! Ya se me olvidó el nombre).

La cosa es que nos pusimos a rezar el salmo y cuando terminamos, dice doña Mary: "mañana no nos vamos a poner a rezar aquí delante de esos hombres, porque no les gusta rezar, fíjate que no escuchan el Rosario, no contestan ni nada. Lo vamos a rezar nosotras sólitas afuera".

En la mañana, que ya nos levantamos para ir a cortar caté, estábamos en el balcón de la casa de la UPE cuando, como a las 7, yo miro que van tres compañeros subiendo el cerro para Estelí y digo a doña Mary: "¿Y aquella gente por qué se va?" "Mira", me dice, "es que van de viaje mi nuera y la hija de Perfecta y la hermanita de mi nuera". "Doña Mary", le digo, "pero usted bien se puede ir con ellos". "No hija", dice, "de aquí vamos a salir todos juntos o no sabemos quiénes van a salir de aquí, pero, yo lo que sé es que no les dejo a ustedes solos aquí, así que olvídate si vos pensás que voy a estar dispuesta a dejarlos, hasta el último momento nos vamos a ir todos juntos".

Cuando estábamos para tomar el desayuno, me dice don Felipe: "Alicia, ¿no andás unas pastillitas ahí?, que estoy con gripe". "¿Cómo no?", le digo, "se las voy a buscar". Y vos Mary", le dice don Felipe, "no vayas a cortar café porque te miro que estás mal". "Olvídate", le dice ella, "ya dije que venía a cortar café no venía a temperar". Entonces vino el compañero Danilo y también le dijo a doña Mary que no fuera, que se quedara mejor en la cocina. Y ella le dijo que no.

Hasta se disgustó y dijo que ella iba a cortar café y no a estar de balde. La cosa es que nos fuimos a cortar café. Cuando nosotros estamos cortando café, ya como a las 9 de la mañana, se fueron unos de los compañeros más adelante para ver aquel sitio en qué condiciones estaba, a ver si estaba tranquilo, porque sabíamos que podían andar bandas de contrarrevolucionarios. Pero no hicieron nada. Entonces nosotros seguimos cortando café.

Pero, a las 11 en punto, baja uno de los compañeros en carrera y dice: "¡Bajen, bajen de inmediato que viene la contra!" Cuando nosotros nos acercamos a la casa de la UPE, empiezan los primeros disparos. Entonces dona Mary se vuelve en carrera para arriba diciendo "¿y Felipe? ¿qué se hizo?" "Ahí viene, doña Mary, regrésese!" "No", me dice, "yo quiero ver a Felipe, que no le pase nada". "Vamos doña Mary, regrésese!" "La convencimos y se regresó.

Los compañeros responsables nos dicen entonces que dejemos todo y que nos vayamos, que salgamos de aquel abismo porque hay peligro. Entonces mismo empezó ia balacera por todos lados, estábamos rodeados desde lo alto por los Guardias que nos disparaban. Nosotros vamos huyendo, alguien nos va guiando.

Pero ahí, el que corría escapaba, los más jóvenes corrían más y nos fuimos quedando atrás como diez personas, íbamos cerro arriba. Unos guindos enormes y toda clase de zarzas, sólo montarascales donde no había ni camino ni paso, lo íbamos abriendo nosotros.

Cuando ya habíamos caminado tal vez 6 u 8 kilómetros, yo miro y veo que sólo quedamos atrás cuatro: doña Mary, don Felipe, Humberto Pérez y yo. Cuando ya la balacera la sentimos más cerquitita, le digo yo: "doña Mary, hagamos un descanso, paremos". "No hija", me dice, "si nos paramos nos van a agarrar más rápido".

En eso yo oigo como un grito abajo, un grito que viene del abismo, de donde habíamos trepado, y le digo a Humberto: "Humberto, ¿no escuchó un grito abajo del abismo?" "No escuché nada", me dice, "ha de ser algún contra que viene detrás de nosotros". Pero yo sentí como que gritó la contraseña que teníamos la noche anterior, que era "Ernesto" y nosotros debíamos contestar "Che". "Son ilusiones que está oyendo usted", me dice. Pero, oí otra vez yo el grito, pedían auxilio.

"Humberto, yo me voy a regresar. "¡No haga eso!", me dice, "no se regrese". Y le digo a don Felipe: "don Felipe, usted que va para arriba, ¿no escuchó otro grito abajo?" "No", me dice, "vámonos, sigamos". Pero yo no me convencí y paré. Cuando escucho el grito la tercera vez, oí exactita la voz del doctor Ulises González (este es el nombre que no recordé antes).

"Es el Doctor que no puede trepar este cerro, viene fracturado. Me regreso, si ustedes quieren me esperan aquí o vean qué hacen". Y me regresé. Cuando llego abajo, estaban dos compañeros. Entonces les di la mano, trepamos arriba, y cuando ya llegarnos al lugar por donde supuestamente estaban don Felipe y doña Mary, ya sólo estaba Humberto Y le digo: "Humberto, ¿y don Felipe y doña Mary?" "Figúrese que por estar embelesado, viéndola a usted regresarse, ¡qué osadía la suya!, los perdí y no sé para dónde agarraron".

No había paso hacia donde ellos supuestamente habían ido, porque era un zacatal elevado que lo tapaba a uno y no había pisadas. "Bueno", le digo yo, "¿ahora por dónde agarramos? ¿tiramos aquí recto o hacia el sur?" Y agarramos recto. Parece que ellos agarraron sesgados y fueron a salir directamente donde estaba un foco de contras.

Cuando nosotros salimos a la carretera, empiezan a dispararnos. Nos estaban mirando desde arriba. Estaban con una 60 y empiezan a bañarnos en plomo. Nosotros ahí nos hicimos colocho los que salimos, que éramos cuatro, tres varones y yo. Ya estaba el traqueteo en lo fino y sólo estaban tres compañeros, la mayoría desarmados. Yo iba desarmada.

Cuando llegamos arriba, ni rastro de doña Mary ni nada. Ahí fue ya lo último.

Ella ya va bañada en sangre. Vamos las dos igualitas, porque ella con hemorragia y yo también. Pero ella parece que tenía días de estar así con esa enfermedad. Cuando vimos a otros compañeros que estaban por allá, les pregunté: "¿no salió doña Mary a donde estaban ustedes?" "No", me dicen.

Según los compañeros, don Felipe fue a salir donde estaba el jeep. Y entonces, cuando don Felipe habla por radio en el jeep pidiendo ayuda, es cuando lo localizan y rafaguean el jeep. A él parece que lo hieren. Otro compañero llegó donde ellos y les dijo que iba a ayudarles. Pero doña Mary le dijo que no, que mejor los dejara ahí porque si no iban a morir todos, que si ellos tenían que morir, los dos iban a morir juntos. El compañero insistió en que no, que se podían salvar, que él lo iba a traer a don Felipe a como fuera. Ella le dijo que se fuese, que se salvasen todos, que por favor le arrimase a don Felipe al guindo y que ahí se iban a quedar los dos escondidos. Parece que ahí no más, bajaron los Guardias y los agarraron y se los llevaron.

– ¿Cómo se salvaron ustedes?

¡De puro milagro! Nos llovían balas por todos lados. En eso, uno de los compañeros subió del lado de atrás del cerro donde estaba la contra y al ver que estábamos solas yo y la compañera Silvia Moreno, nos decía "¡échense al suelo! ¡cúbranse que las van a matar!" Nosotras nos tiramos al suelo pero sentíamos que igual íbamos a morir. Nos íbamos moviendo de un lado a otro de la carretera, hacia el abismo, hacia el paredón. Yo vi que ahí íbamos a morir, pero miré a uno de los compañeros que trepó el cerro y le dije, "¡esperame, Manzanares!". El compañero se regresó y me dio la mano y trepé el cerro. Los otros compañeros quedaron en la carretera,

Cuando vamos avanzando detrás del cerro donde está la contra arriba, va delante un compañero que se llama Alejandro y dice: "no avancen, ahí quédense". Y decidimos quedamos ahí escondidos detrás del cerro. Nos quedamos dos varones y yo. Cuando estábamos ahí sentados parapetados, sentimos unos pasos hacia el lado este y les digo a los compañeros: "viene un contra, muchachos, ahora sí que ya hasta aquí no más llegamos, pero por favor, no disparen porque allá arriba en el cerro la contra nos va a detectar y nos van a matar más rápido".

La cosa es que los muchachos tenían el arma bala en boca, y mi única arma era una navaja y la tenía lista, pues, para yo misma degollarme o a saber qué cosa. Cuando, en eso. Era el compañero Danilo Torres que venía. "Apúrate", le digo, "sentate, acóstate ahí en el suelo porque te van a matar".

Ahí nos estuvimos alrededor de dos horas esperando que cesara el fuego. Ya eran como a las 3 de la tarde, porque había empezado el fuego a las 11 de la mañana. Yo ya no resistía, cerque estaba sentada pero no tenía dónde recostar la espalda, me había quedado entre los compañeros que sí tenían palos donde recostarse. Cuando yo estaba así, que ya no aguantaba y con la gran hemorragia, entonces me dice Danilo: "doña Alicia, ¿cómo se siente?" Bien" le digo.

Y cuando estoy tratando de acomodarme un poquito, en eso miro arriba al cerro se aparece un Guardia con la metralleta para abajo. "No se muevan", les digo, "que está un Guardia arriba en el cerro viéndonos". "¿Y cómo está vestido?", me dicen. "Está con una camisa azul y un casco y con la metralleta enfocando para abajo".

A mí se me hicieron siglos durante el Guardia estuvo ahí viendo para abajo. Yo me hacía descubierta, y, con cautela, corté unas palmas de esas de helechos verdes y me las puse en cruz en el pecho. Entonces me decían los compañeros: "doña Alicia, no se mueva, no haga eso por favor, que al mover las manos la van a detectar". "No", le digo, "que así van a creer que soy monte".

En ese lapso de tiempo, vuelvo a ver para arriba y ya no estaba el Guardia. Entonces me dice Danilo: "doña Alicia, si no termina este combate ahora, ¿estaría dispuesta a seguir caminando de noche?" "Claro que sí", le digo, "con tal de salvar la vida, estoy dispuesta a cualquier costo".

Cuando ya eran como las 5 de la tarde, cesó el fuego. Entonces bajan los Guardias cerquitita, tal vez corno a unas cien varas de donde estábamos nosotros, recto como quien va para Jalapa. Iban con unas carcajadas diabólicas, como satánicas. "¡Hijo de puta!" decían, "¡no dejamos ni a un hijo de puta piricuaco!, ¡toditos los matamos!" "¿Se fijan –-dice– que sólo quejidos se oían en este cerro abajo?"

Entonces le digo yo a Danilo: "Danilo, gracias a Dios que ya se fueron". "Si, doña Alicia, parece que ya se fueron". Pero, no nos movimos.

Como a la hora, o tal vez menos, sentimos un vehículo que viene de arriba hacia abajo. Entonces le digo: "ahora sí nos terminamos todos, porque ahora vienen en vehículo y nos van a terminar".

Nosotros estamos detrás del cerro, nadie nos ve ahí. El vehículo se para frente a frente de donde estábamos, pero nosotros no los vemos ni los del vehículo nos ven a nosotros. Cuando, en eso empiezan a hablar: "Por aquí", dice uno, "yo creo que hay alguien".

Y dice otro, "allá se movió algo, abajo". Y entonces empieza a gritar, "¡a ver! ¿quién vive ahí? ¿hay alguien?" Nadie contestaba. Pero había más gente de los nuestros abajo, porque al ratito se oyó una voz: "¿Y ahí quién vive?" "Nosotros", responden arriba, "los que venimos a ayudarles, los guarda fronteras del Batallón de Carazo!" Y uno de los nuestros abajo: "Mira, si es cierto que sos de los nuestros, responde a esta consigna". Entonces él dijo una consigna y la contestaron mal los que llegaron en el vehículo. "¡Ah no, hijo de puta!", le dice así, "ustedes son contras que nos quieren engañar!" "¡No hombre!", le responden arriba, "venimos en ayuda de ustedes, recibimos un aviso y les venimos a ayudar!" "No. ustedes son contras!"

"Mirá", le dice, "para estar seguros de que ustedes son de los nuestros, si vos decís que son del Batallón de Carazo, me vas a decir cómo se llama el secretario político de Carazo!" "¡Fulano de tal!" Entonces dice Danilo "es cierto, doña Alicia, ese es". "Pero, si la contra a todos los miembros del Frente Sandinista les sabe los nombres!". "Es cierto", me dice Danilo.

Cuando en eso dicen arriba; "Mirá. Aquí andamos otro batallón de Somoto". Entonces le dice el de abajo: "Decime cómo se llama el secretario político de Somoto". "Fulano de tal". Y dice Danilo, "es cierto, así se llama" "Pero hombre!", le insisto yo, no caigas en ese error, que la contra le sabe a todo el mundo el nombre".

Pero estaba abajo uno de los compañeros, de apellido Gallo, que trabaja en el INE y le reconocieron la voz: "¡Gallo! Soy yo, Fulano de Tal, que soy de Somoto, soy no sé qué y no sé cuánto de vos. Y mira, si no salen ustedes dentro de tres minutos, empezamos a rafaguear ahí", "¡No, no hagan eso porque aquí andamos más de cien personas!". Pero es mentira, solo habían como cuatro. "Es igual, si no se quieren identificar o salir de ahí, empezamos a rafaguear!".

Entonces los compañeros le dicen desde abajo: "Si sos tan huevón, yo también, vamos a salir vos y yo desarmados". Y el compañero Armando salió y ya se identificaron. Era cierto que era un pelotón que venía en rescate de nosotros. Salimos, pues, de allá, como a las 7 de la noche, y llegamos a Orosí, donde estaban los otros compañeros. Cuando nosotros llegamos ahí, faltaban 29 compañeros.

Al día siguiente, en cuanto amanece, dicen que van a salir a ver qué hay. Y se arma un buen contingente de compañeros y están listos a salir. Y en eso le digo yo a uno de los compañeros; "Miren, ¿por qué no me llevan?" Yo con mi poquito de medicamentos, entonces me dicen: "Olvídese, dona Alicia de que la vamos a llevar. "Miren", les digo "me van a necesitar, yo voy a servirles para algo si hay un herido se los voy a curar; cualquier cosita, yo les ayudo" "¿Cómo va a creer que vamos a llevar mujeres ahí?’’, me dice, "si ahí toda la zona es de peligro". "Pues sea mujer o sea hombre, lo que sea, de todas maneras a eso venimos aquí", le digo, "para hacer cualquier cosa". "Pues no. no la estamos llevando".

Cuando yo miro que se apea el chofer, a no sé qué cosa, me le monto en la cabina. "Ideay", me dice ¿quién le dio permiso para montarse?" "El permiso nadie me lo ha querido dar y yo me quería montar a las buenas, pero como no me quieren llevar, me estoy montando a las malas, y ya vámonos". "¿Cómo que vámonos?", me dice, "aquí quien ordena soy yo". "Pues a mí poco me importa quién ordene, lo que yo sé es que no me van a apiar de aquí" Y tuvieron que llevarme.

Nosotros llegamos al punto donde había estado la contra parapetada en el cerro. "Aquí apéense no vamos a llegar con el vehículo hasta la UPE porque puede haber peligro ahí. Apeense". De ahí se divisaba, quedaba cerquita. Nos apeamos toditos. "Esta señora", dice uno de los compañeros, "de balde la trajeron porque este cerro ella no lo va a trepar" "Olvídense, ¿que yo no lo voy a trepar?" Entonces me les adelanté y me subí por una vereda más corta.

Cuando yo trepé arriba, ellos iban apenas subiendo. "¿Se fijan?" les digo. Y luego encontré el saco de medicamentos que yo siempre llevo conmigo y que en la huida el día anterior quedó abandonado. "¿Se fijan que para algo vine?". Hasta una guitarra del doctor Ulises la hallé ahí y nos la llevamos.

En eso llegó el compañero Carlos Manuel y llevaban unos perros para rastrear, a ver si hallaban a don Felipe y a doña Mary. Bajaron con los perros hasta unos guindos donde les dije yo que por ahí habían trepado. Nada, ni rastro. Llegamos a donde estaba el jeep, todo dañado. Vimos sangre y todo. El radio del jeep estaba quemado Y los perros anduvieron ahí olfateando, pero nada. Uno de los compañeros que había estado ahí con ellos en los últimos momentos, nos señaló la posición, así recto, pero ella no quiso seguir y pidió que ahí la dejaran mejor morir, porque ella no iba a dejar a don Felipe y ninguno de los dos se iban a abandonar.

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